Sálvame de tiempo. FORTUNA #2
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FORTUNA #2

Entonces se hizo el silencio. No quería molestarla más, me parecía una persona interesante y quería pasar más tiempo con ella. No debería comportarme como un memo o se enfadaría. Entonces, expuse mis razones de una forma más lógica y argumentada.

—Paty, yo no sé lo que sabes. Pero intuyo que sabes más que yo y que tienes una idea de lo que pasa. Por favor, esto también me afecta a mí y me gustaría saber qué pasa. Todo lo que puedas decirme te lo agradecería mucho.

Paty continuó en silencio. Yo tampoco hablé más. A veces, para que una persona hable, hay que permanecer en silencio un momento. Eso genera un vacío incómodo que presiona a alguien que tiene algo que decir a que lo cuente.

Pasaron unos segundos. Parecía que Paty no iba a ceder.

Entonces miré por la ventanilla en silencio.

Por la calle se veían personas caminando, cada uno con su rumbo, aparentemente desvinculadas de lo que las rodeaba.

Yo siempre había sido bastante fisgón. Me gustaba fijarme en las cosas mientras caminaba.

No entendía que la gente fuera con la vista fija sin, aparentemente, darse cuenta de lo que las rodea.

O quizás no le prestaban atención a posta. No les interesaba.

Seguimos por las calles de Madrid en silencio. Parecía que Paty se había decidido a no contar nada. Así que seguí mirando por la ventanilla los escaparates, muchos ya cerrados, la gente pasar…

Íbamos por una calle de un solo sentido, al final teníamos que girar a la izquierda. Paty iba conduciendo absorta, el sueño parecía ralentizarla. No destacaba su atención y mirada despejada usuales.

Entonces, una escena me hizo gracia. En la acera, una madre intentaba convencer a un chico con una pelota, supuse que sería para irse a casa.

Ya era tarde y mañana habría colegio. Era hora de cenar y acostarse para el pequeño.

No obstante, parecía que el infante no estaba por la labor.

Tenía cara de pocos amigos y se movía airado.

¡Ah! La crianza de los hijos, grandes alegrías en las casas, pero grandes trabajos también —pensé mientras me preguntaba cuándo formaría yo una familia—.

¿Quién sabe? Katerina creo que está soltera y es una chica encantadora.

Otra cosa es que se fije en mí. —Comencé a fantasear—.

Paty también es guapa, y muy inteligente.

Pero tiene demasiados secretos por ahora para mi gusto.

En este breve instante que me había quedado absorto, el niño tiró la pelota y se echó a correr. La madre iba detrás llamándolo, mientras la pelota quedaba en la acera botando y rodando por el suelo. Era rebelde el chiquillo.

Lo mismo al llegar a casa se llevaba una colleja —pensé divertido.

Pero por ahora era la madre la que se iba a llevar una buena carrera.

¡Cómo corre el condenado! —pensé mientras me divertía con la escena. La madre apenas le daba recortado distancia.

El niño llegó a la esquina de la calle un poco antes que nosotros, no íbamos muy rápido.

Con suerte, cuando giremos, todavía veo como acaba la cosa por el cristal de atrás.

Pero en ese momento, el chico hizo un movimiento inesperado al llegar a la esquina y giró hacia nuestra dirección.

Yo pude verlo a través de los cristales de un coche.

Miré hacia delante, Paty había puesto el intermitente e iba mirando hacia la izquierda para girar.

El semáforo estaba en rojo para los peatones.

No iba a ver al chico con la mirada fija en el otro lado.

Por puro instinto de conductor, al tiempo que tomaba aire para advertir a Paty, apreté los puños con gran tensión en un volante imaginario al tiempo que levantaba los pies y pisaba un embrague y un freno inexistentes.

—¡Pa…! —iba a gritar alarmado.

Entonces, un latigazo en el hombro derecho y una banda por todo el abdomen y vientre me cortaron la respiración. Me fui para adelante y, de rebote, golpeé la nuca contra el reposacabezas. El coche se había detenido violentamente en el momento que yo había hecho el gesto de pisar los pedales.

En ese momento Paty giró la cabeza hacia donde estaba el niño.

Yo estaba totalmente fuera de lugar e incrédulo.

Era imposible que lo hubiera visto. Cuando yo había mirado para ella todavía tenía la cabeza girada a la izquierda.

¿Cómo había podido parar sin ni siquiera haberlo visto y sin haberme dado tiempo ni de avisarla?

El chico estaba delante del coche a la altura del faro derecho. La luz del foco hacía que su expresión desencajada y aterrorizada se acentuara. Paty y yo soltamos el cinturón de seguridad y nos bajamos del vehículo. Yo estaba algo dolorido en las zonas donde el cinturón hizo presión.

Nos acercamos al chico.

—¿Estás bien? —preguntó Paty, asustada.

Entonces el chico empezó a llorar.

—Tranquilo —le dije yo—. Te has llevado un buen susto, pero no te duele nada, ¿no?

El chico negó con la cabeza sin parar de llorar.

—Bueno, pues los chicos valientes no se asustan fácilmente. ¿A qué no?

—No sé yo si eso… —dijo Paty escéptica.

Entonces el chico, todavía sollozando en hipando, comenzó a controlar el llanto.

—Eso es. ¿No te duele nada, verdad?

El niño negó otra vez con la cabeza.

—Entonces vamos a buscar a tu madre, que estará preocupada.

En ese momento apareció la madre, también muy asustada y nerviosa.

—¡Mi hijo! ¡Mi hijo! —gritaba.

Entonces fue Paty la que fue a calmarla.

—Tranquila señora. Por suerte lo vi a tiempo y no se ha llevado ni un rasguño. Solo un buen susto.

Entonces la mujer y el chico se abrazaron, ambos llorando. Esperamos un momento. Hasta que Paty les ofreció.

—Si quiere podemos llevarlos a los dos al médico, por si acaso —y, dirigiéndose a mi me preguntó—. No te importa, ¿no?

—Para nada, me voy con vosotros.

Entonces montamos los cuatro en el coche y fuimos a un centro de atención que había allí cerca.