Sálvame de tiempo. FORTUNA
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FORTUNA

Me desperté sobresaltado, había tenido un sueño. Estaba… ¿Qué había pasado? Ya se me había ido. Miré el reloj, eran las dos de la madrugada. Me di media vuelta para volver a dormirme y… Me volví despertar. ¿Qué hora era? Las tres y cuarto.

Aquello no era normal, había tenido alguna noche salteada de insomnio, pero nunca dos seguidas. Quizás debería ir al médico. Igual estaba demasiado cargado con el trabajo.

Volví a quedarme quieto y tratando de coger el sueño de nuevo. Me volví a despertar, eran las cinco de la mañana. Había algo que parecía tenerme atento. Como si se me estuviera olvidando algo importante o tuviera un compromiso que no pudiera olvidar y, aunque no me acordara, estaba en vilo.

Me dispuse a dormir de nuevo y, otra vez me desperté. Esta vez eran las siete menos cuarto.

Pues ya me levanto, no vaya a ser que me duerma otra vez.

Con un día era suficiente. A Hoffmann no le haría pizca de gracia que llegara tarde otra vez.

Hoy sí me levanté con calma y pude preparar todo sin prisas.

Desayuné como es debido y salí para coger el autobús como un día más.

Cuando llegó me subí, todavía no iba muy lleno, pero a mitad de ruta se ponía hasta los topes.

Me fui a los asientos traseros y me senté junto a la ventanilla.

Iba a hacer un día radiante, no había nubes en el cielo, y las últimas estrellas estaban desapareciendo anunciando que el sol ya estaba a punto de salir.

De repente, una sensación de caída; reaccioné y me incorporé sobresaltado. Me había quedado dormido y me había pasado una parada. Miré el reloj, faltaba todavía un cuarto de hora para entrar.

El autobús llegó a la siguiente parada y me bajé.

Por suerte no estaba muy lejos y podía llegar a tiempo si iba buen paso.

Comencé a caminar a paso acelerado, con un ritmo monótono y uniforme.

Con este ritmo caminaba a buena velocidad y no me cansaba.

Además me despejaba y me daba claridad para pensar.

¿Cómo podía ser que estuviera durmiendo tan mal y por las mañanas tuviera ese sueño?

No había cambiado los hábitos ni estaba haciendo nada diferente a los demás días. Me resultaba todo muy extraño.

Llegué a la puerta principal, me identifiqué y entré. Katerina acababa de entrar.

—Hola —la saludé.

—Hola —me respondió con una amplia sonrisa—. Hoy has llegado a tiempo. —dijo divertida.

—Sí…

—¿Subimos? —dijo mirando hacia la escalera.

Entonces nos pusimos en marcha hasta la oficina. Cuando llegamos la puerta estaba entreabierta. Hoffmann y Vasilii ya estaban dentro. Apenas estaban empezando.

—Buenos días —saludamos Katerina y yo al mismo tiempo.

—Buenos días.

—¿Les falta mucho con los gráficos? —preguntó Hoffmann.

Katerina me miró fugazmente antes de responder.

—Para mañana por la tarde esperamos que estén.

—De acuerdo, sigan con eso. Nosotros continuaremos con los cálculos preliminares de los conductos.

A partir de ahí el día fue bastante rutinario, descanso a las diez y parada para comer a las doce.

Luego por la tarde, más. Sin embargo, yo me sentía cansado después de comer.

Las horas se alargaban mientras veía como apenas era capaz de sacar el trabajo adelante. Katerina se percató y me lo comentó.

—Pareces cansado.

—Sí. La verdad es que llevo dos días durmiendo mal.

—¿Y eso?

—No lo sé, la verdad. No he cambiado de hábitos y tampoco hice nada extraordinario, el trabajo es el mismo y, además, ahora parece que avanzamos. No estoy especialmente preocupado en esto. Por lo demás, no he recibido ninguna mala noticia. Es muy extraño.

Katerina guardó silencio un momento antes de decir.

—Quizás no sea nada. Pero si persiste quizás deberías ir al médico y también puede que decírselo a Hoffmann. A lo mejor unos días de descanso te vienen bien. Estoy segura de que lo comprenderá.

Asentí y me quedé callado. Entonces, para mi sorpresa, Katerina se acercó, me echó un brazo al hombro y me dio un beso en la mejilla.

—¡Ay Ferreira! Te preocupas mucho —dijo sonriendo y marcando la erre con su característico acento del este.

Le gustaba mucho gastarme esa broma. Era algo muy curioso, tantas erres en mi nombre y, entre la gente extranjera, cada uno las pronunciaba de una manera.

Había veces que casi ni entendía cuando me llamaban.

Continuamos con el trabajo, yo medio adormilado, hasta la hora de salir. Katerina había calculado bien. Mañana, avanzando a ese ritmo, tendríamos acabado. Luego podríamos estudiar todo con más facilidad.

Salimos y, como el día anterior, yo volví a la academia.

Esperaba que el paseo me despejara un poco.

Pero, cuando llegué, al meterme otra vez al calor y sentarme, me volví a amodorrar.

Casi no me pude enterar de la clase; apenas podía mantenerme despierto.

Cuando la clase acabó salí y me dirigí hacia donde había quedado con Paty para volver a casa.

La verdad es que hoy no sé si tendría muchas ganas de hablar.

A las ocho y diez volvía estar esperando.

Como el día anterior, esperé un rato mirando alrededor.

Me llamó la atención un extraño patrón que había dejado el agua al arrastrar el polvo en la acera dos días atrás, cuando llovía.

Parecían las curvas de nivel de un mapa.

Lo curioso es que eran increíblemente simétricas, dibujaban una curva y, cuando hacían un requiebre, lo dibujaban todas a la par, prácticamente a la misma distancia.

Otro día que lloviera tenía que pasar por ahí para ver el patrón que dibujaba el agua para generar esas filigranas.

En ese momento, por intuición, levanté la cabeza y miré a la izquierda.

Se veía el coche de Paty doblando la curva.

Abandoné la zona donde estaban los regueros de polvillo y me acerqué al borde.

Paty paró a mi altura y me subí, me senté mientras saludaba y cuando miré hacia delante me di cuenta de que estaba mirando hacia mí.

—Tienes mala cara.

No me extrañaba con lo cansado que me encontraba. Miré hacia ella y me quedé sorprendido. Ella no parecía haber descansado mejor que yo.

—Pues anda que tú… —le respondí. En ese momento me di cuenta de que igual sonaba algo brusco—. Quiero decir, que parece que tú también estas cansada.

Su cara parecía algo demacrada, con sombra de ojeras y sus ojos no parecían tan brillantes como el primer día. Nos pusimos en marcha y, entonces, Paty respondió.

—Tranquilo, no me molesta. La verdad es que he dormido poco.

—No sé si es buena idea dedicarte al transporte de personas si no estás en tu mejor forma. No voy a decir nada que no sepas, pero el sueño es algo peligroso al volante. —Entonces intenté darle un poco de humor a la conversación—. ¿Y qué ha pasado para dormir poco? ¿Trabajo, preocupaciones, pareja…?

—La verdad es que no sé. No he hecho nada extraordinario. He seguido con la rutina de siempre. Pero me cuesta conciliar el sueño.

—Esa historia me suena.

—¿Qué quieres decir?

—Que a mí me pasa lo mismo. Desde hace dos días que duermo fatal, despertando cada poco y tardando en volver a dormirme.

Luego, por las mañanas, me entra un sueño terrible y estoy todo día molido.

Ayer estuve igual, al llegar a casa estaba muy cansado, pero cuando me acosté seguí sin poder dormir a pesar del cansancio.

Parece como si me desvelara o tuviera algo pendiente de hacer.

Alguna vez tuve algún día suelto que me constaba dormir.

Pero era un día y, al día siguiente, con el agotamiento, dormía sin problema.

—¿Dos días dices? —Paty parecía mostrar especial interés en ese dato.

—Sí. ¿Por qué?

—Por nada.

—¿Te dice algo que sean dos días? ¿Tienes alguna idea de lo que puede ser?

—No, no puedo saber la causa de tu insomnio. —Parecía que estaba intentando evitar el tema.

—No me lo creo. Te ha llamado la atención que sean dos días precisamente el tiempo que hace que duermo mal.

—Entonces me di cuenta. Hacía dos días había conocido a Paty.

Eso me turbó un poco. Era una casualidad.

Pero Paty desde luego no era alguien normal y corriente.

Además, su celo con según que cosas no ayudaba.

—Pues no es nada.

—¿Me has hecho algo sin saberlo? ¿Eres una espía? ¿Para quién trabajas? —En ese momento me incorporé en el asiento y me puse en guardia ante un posible ataque.

—No seas paranoico. No te he hecho nada y no te voy a atacar.

—No creo que me vayas a atacar —desmentí.

Paty hizo una mueca, como diciendo “lo que tú digas”.

—Entonces, ¿qué pasa? —insistí.

—Ya te dije que no lo sé. —Su tono, aunque calmado, se volvió más duro. Pero yo seguía sin creérmelo. Paty no parecía una frívola que hablara por hablar. No daba puntada sin hilo. Entonces cambié el punto de vista.

—¿Cuánto hace que duermes mal tú?

—¿Y eso qué más da? —Como el día anterior vi como se tensaban sus manos en el volante.

En ese momento tenía que girar en una calle y, al levantar las manos de la zona del volante dónde las tenía, me pareció ver los dedos marcados en la tapicería del volante.

Tenía que haber visto mal, me habría engañado un reflejo o algo.

¿Cuánta fuerza hace falta para marcar los dedos en la tapicería del volante? Y Paty era una mujer muy esbelta.

La chica parecía seguir nerviosa.

—Para mí no da igual. Vengo del ámbito científico. Analizo información y luego descarto la que me parece irrelevante. Pero quiero tener la máxima posible y, dada la coincidencia, puede que haya alguna conexión. Por eso me interesa.

Paty guardó silencio.

—No me lo quieres decir. ¿Verdad?

—No tengo información que pueda darte.

Entonces aproveché ese pequeño matiz para rizar el rizo.

—No tienes información que puedas darme. Eso no significa que no la tengas. Pero la pregunta es: ¿por qué no puedes? ¿O es que no quieres?

—No le saques puntilla a todo —dijo ahora más molesta.

—Esta sí que es una grieta de las que me permiten ver más allá.