Sálvame de tiempo. EL JARDÍN DE LA REFLEXIÓN
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EL JARDÍN DE LA REFLEXIÓN

—Hola —saludé—. Ya pensé que no venías.

—Y yo que no me esperarías. —Nos callamos un momento y, a la vez, nos comenzamos a reír.

—¿Llevas mucho rato esperando?

—Un poco, pero bueno, tampoco eres mi chófer particular. Tú también tienes tus obligaciones —dije mientras me abrochaba el cinturón de seguridad.

—Tuve un viaje largo y a esta hora está el tráfico bastante congestionado —se disculpó.

—No pasa nada, lo importante es que haya ido todo bien.

Asintió.

—Y, cambiando de tema. ¿Qué tal el día en tu proyecto de motor?

—Realmente somos cuatro en el equipo principal.

Y luego están todos los que colaboran desde otros departamentos, no es mío solo.

Pero la verdad es que bien, más que bien —dije sin disimular mi alegría—.

Tenemos la esperanza de avanzar mucho en los próximos días.

Quién sabe, igual este motor es una realidad dentro de poco.

Y todo gracias a una idea que tuve ayer por la noche y lo mejor de todo es que fue gracias a ti.

—¿A mí? —preguntó Paty con cierta incredulidad.

—Sí, el órgano de tubos me dio la pista. Si funciona deberías estar en la lista de agradecimientos.

—¡Quita! ¡Quita! No me gusta la fama.

—Tu nombre perduraría, serías inmortal —dije bajando la voz casi a susurro y dándole un tono dramático a “inmortal”.

A Paty pareció hacerle gracia esta frase.

—¿No te haría ilusión?

—No sé. Me da no se qué estar en la palestra. Pero no me insistas mucho que me contagias tu alegría e igual hago algo de lo que luego me arrepiento.

—Recuerda, in-mor-tal —repetí nuevamente con tono grandilocuente.

Paty sonrió o eso me pareció por el gesto de la cara que yo veía desde el asiento trasero.

—Y si sale bien. ¿Qué harás después? ¿Te meterás en otro proyecto grande? ¿Perseguirás otro sueño? ¿Qué sueños tienes?

—¿Ya empezamos con las preguntas complicadas? —Hice una pausa—. Por cierto, ¿hoy no hay música?

—Me da la impresión de que ya has pensado en ello. ¿Verdad? —preguntó Paty mientras subía el volumen. Hoy era ópera o, al menos, canto clásico. La pieza desde luego me era totalmente desconocida. Apenas era audible antes de subir el volumen.

—¿Cómo puedes escuchar con el volumen tan bajo?

—Aquí delante se escucha más. Además, la mayoría de la gente va en silencio, no como tú —me dijo mientras me miraba por el espejo y me dedicaba una sonrisa socarrona. Me gustaba ese tono ácido y un poco impertinente. Sabía medir para pinchar y no pasarse, para que resultara gracioso y amigable.

Entonces retomé la conversación.

—Sí, algo en ello sí que pensé. No me gusta acabar algo y no tener nada con lo que continuar, me da sensación de vacío, de falta de propósito.

—¿Y bien?

—La verdad es que tengo muchas cosas pendientes que nunca he hecho, por miedo, por dinero también, por falta de tiempo, porque otra actividad me ocupaba en ese momento.

Pero la verdad es que, después de todo esto, si sale bien, creo que por un tiempo estaré saturado de ingenios y me vendrá bien descansar un poco.

Además, supongo que me podré permitir tomarme un tiempo de descanso.

Podría ser ésta la oportunidad de viajar por el mundo, que siempre deseé hacerlo.

Saltar en paracaídas, quizás escribir un libro, aprender a tocar bien algún instrumento…

Me detuve un momento a pensar que más cosas me gustaría hacer, pero entonces Paty interrumpió mis pensamientos.

—Son muchas cosas.

—Sí, y dicen que hombre de muchos oficios, maestro de ninguno —bromeé—.

Sin embargo, quiero conocer otras realidades, experimentar todo lo que pueda antes de que el tiempo me lo impida.

Cuando mi cuerpo falle y mi mente se empiece a nublar de poco me sirve regodearme en la autocompasión y vivir atormentado por el arrepentimiento de lo que ya no puede ser.

—Pareces ser muy hedonista.

—No estoy seguro de ser hedonista. Aunque para mí, aceptar mi destino y resignarme solamente a ver pasar el tiempo sin presentar la mínima batalla me resulta desasosegante. Aunque sé que es una lucha perdida, pero rendirme a priori, me cuesta.

Paty me miraba de vez en cuando por el retrovisor mientras hablaba, parecía que quería oír mis reflexiones sobre la vida y la muerte.

Entonces continué exponiendo lo que había pensado durante cierto tiempo.

Parecía que era de las pocas personas a las que les interesaban estos temas, que no tenía miedo a meterse en los terrenos pantanosos de la incertidumbre y los tormentos de la mente.

Me detuve un momento mientras pensaba si debía contar lo que se me estaba viniendo a la mente, un montón de recuerdos y experiencias que siempre me causaban desasosiego cuando se colaban en mis pensamientos.

Por fin, decidí que tampoco pasaba nada por contarlas.

Paty no parecía alguien que se asustara por cualquier cosa.

—He tenido alguna experiencia cercana a la muerte.

Vi morir a gente que quería, algunos violentamente, otros se apagaron poco a poco y, aunque veo mucha gente que explota en arengas y soflamas sobre la muerte o contra ella.

La verdad es que yo no he visto nada honroso, glorioso o reconfortante, solo vacío, fin y resignación mientras cualquier esfuerzo por ganar un segundo más con la persona que tenías delante era fútil.

Luego hay quién se deshace en elogios, recuerdos y atenciones hacia sus muertos.

Si eso lo hubiera hecho en vida ambos habrían gozado de mucha más felicidad y ahora no se sentiría obligado a rendir cuentas a alguien que quién sabe si ya solamente es un poco más de polvo estelar o si ha trascendido a alguna hipotética dimensión desconocida.

Se hizo un silencio que Paty rompió al cabo de un momento.

—Veo que has dedicado tiempo a pensar sobre el asunto y todavía no has encontrado las respuestas que querías. ¿Has hecho las preguntas correctas?

—¿A qué te refieres? —pregunté intrigado.

—Ves todo en términos de vida o muerte. ¿Podría haber otras realidades?

—¿Cómo saberlo? Nadie que las haya experimentado ha vuelto para contarlo y si hay algo intermedio, ante mí, nunca se ha manifestado.

—¿Sabrás que hay gente que asegura tener experiencias místicas, de contacto con muertos y espíritus?

—Sí pero, generalmente, bajo efectos de sustancias neuroestimulantes, por problemas mentales, problemas de percepción o, simplemente, por su propia sugestión.

—¿Acaso eso no las hace reales?

—Para ellos sí pero, ¿qué es la realidad? Cada uno podemos tener diferencias en su percepción. Incluso a nivel cuántico el propio hecho de observarla la cambia. —Tomé un momento para reorganizar mis pensamientos. Estaba mezclando cosas.

—Te estás liando —se percató Paty.

—Quiero decir, que la realidad que vemos parte de nuestra percepción y el hecho de distorsionar tu percepción cambia tu realidad percibida, no la realidad misma.

Y, yendo a un nivel profundo, en los elementos más básicos del universo existen muchas paradojas y elementos contraintuitivos que parecen contradecir todo lo que conocemos a nivel macroscópico en la escala en la que nosotros nos movemos y, si consideramos que lo grande se construye a partir de lo pequeño, todo podría ser un mero estado de observación alterado por el propio hecho de observarlo.

—Eso no descarta ni confirma nada.

—No. Sin embargo, todo lo que he visto y percibido hasta ahora no me da indicios de estados intermedios.

—Estás en el punto de partida.

—Ya lo sé. Doy vueltas en círculos, pero no veo fisuras o grietas por las que explorar otra realidad. Hasta ahora los muertos que vi estaban inertes y no mostraban más interacción con el mundo que una piedra.

—El cuerpo no pero, ¿podrían las distorsiones del espacio-tiempo que provocan los campos cerebrales dejar una consciencia sin contenedor ni capacidad de interacción?

Después de todo, lo que nos da identidad es nuestra consciencia.

El cuerpo podría ser intercambiable y habitar en otro lugar.

De hecho, si fuéramos capaces de transferirla a otro cuerpo, o reanimar el cuerpo, se entraría ya en un estado intermedio.

Ese razonamiento me dejó perplejo. Y más viniendo de una taxista.

Ya había pensado alguna vez en eso, pero parecía una realidad muy distante, ni se sabía cómo transferir una consciencia.

Además, copiar una consciencia implicaba destruir la original y, en cuanto a la reanimación de un cuerpo, para el cuento de Frankenstein estaba bien.

Pero en el mundo real un cuerpo moría porque ya no era funcional.

Miré un momento por la ventanilla hacia la calle pensando sobre lo que me había dicho mientras seguíamos circulando.

—Si la consciencia quedara remanente en dimensiones extra estaríamos hablando de una especie de fantasma atrapado en dimensiones que nosotros no podemos contemplar por su escala o por nuestro propio espacio. Al menos, no todavía —razoné.

—Podría llamársele así. Pero la teoría de cuerdas predice once dimensiones, ¿no?

Me quedé boquiabierto, nada más y nada menos que la teoría de cuerdas. ¿Quién demonios era aquella chica? Sin embargo, estaba tan intrigado que seguí debatiendo con ella.

—Si ese fuera el caso, podría estar atrapado sin posibilidad de manifestarse. No podríamos saberlo.

Se hizo un silencio, que decidí romper hablando nuevamente.

—Y lo de reanimar un cuerpo. Ya lo he pensado, pero todavía nadie sabe cómo hacerlo, y ni siquiera si es posible. Además, un cuerpo que muere es porque ya no es funcional. La reanimación es imposible o al menos inviable.

—¿Y si algún virus o nanotecnología pudiera leer su ADN y reconstruirlo a un estado de plenitud funcional?

—¿Zombis? —pregunté con incredulidad.

—Si la conciencia no se dispersara no sería un zombi, ¿no? Morirías, sí, pero no desaparecerías y conservarías tu mente lúcida una vez reconstruido.