Sálvame de tiempo. INSOMNIO
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INSOMNIO

Eran las cinco de la mañana y apenas había dormido algo a ratos.

Me encontraba muy despejado. Tenía tendencia a ser noctámbulo, pero últimamente andaba bastante cansado y dormía temprano, y siempre toda la noche del tirón.

Pero esta noche me constaba conciliar el sueño.

Estaba impaciente por contarles mi descubrimiento mañana a todos los del equipo. Pero para eso faltaba tiempo.

Le levanté, tenía sed. Era muy extraño, no había comido nada especialmente salado en mi cena rápida. Me acosté otra vez e intenté relajarme y dormir, si no, mañana iba a estar cansado y atontado todo el día.

Me dormí, pero despertaba cada media hora más o menos. Despertaba con sueños en los que escuchaba órganos de tubos. Me había sugestionado con todo. Luego se me venía a la cabeza Paty y todo el misterio que la rodeaba. Dormitaba otro rato y se repetía el proceso.

Ya eran las seis, intenté conciliar el sueño de nuevo…

Un sonido agudo me despertó. Era el despertador, ya eran las siete.

Ahora había dormido una hora seguida, apagué el despertador y me quedé tumbado.

Ahora sí que tenía sueño, las mañanas siempre me habían costado.

Pero entrábamos a las ocho y no debía despistarme.

¿Qué hora es? —Miré el despertador—. ¡Las ocho menos diez! ¡Maldita sea! —Me había quedado dormido. Tendría que estar llegando.

Me levanté, me duché rápido, me vestí y desayuné rápidamente. Cogí una fruta, me la comería en el autobús y luego comería algo en la cafetería durante el descanso. Eché la mano al maletín donde llevaba el portátil algo de papel, bolígrafos y calculadora, por si acaso y salí apresuradamente.

Llegué a la calle y justo llegaba el autobús.

Por el día se restablecía el tráfico en la calle y podía seguir usando el transporte público con normalidad.

Subí, piqué el billete y me senté en la parte trasera.

No iba muy lleno, la hora punta ya estaba pasando.

Me puse a comer la fruta que había cogido.

A Hoffmann no le iba a hacer nada de gracia que llegara tarde, a ver si podía apuntarme un tanto y me libraba del reproche con mi descubrimiento.

Mientras el autobús se iba deteniendo en las distintas paradas del trayecto para subir y apear viajeros, yo miraba la hora inquieto.

Ya eran la ocho y veinte, todavía me faltaban diez minutos en el mejor de los casos.

Seguimos hasta llegar a mi parada, me bajé y eché a correr por la calle con el maletín colgado en bandolera.

Llegué sin resuello casi, había casi medio kilómetro desde la parada hasta el edificio y era una ruta en llano y cuesta arriba. Entré en el vestíbulo a paso rápido.

—Hola —dije al bedel.

—Hola —contestó.

Fiché y me fui hasta las escaleras. Las subí de dos en dos hasta la segunda planta, suponía que estarían en la oficina trabajando en los resultados de ayer.

Llegué sin resuello y sudoroso. Caminé por el pasillo a paso rápido recuperando un poco el aliento. Llegué a la puerta, me arreglé un poco, llamé y entré esperando caras largas.

Todos me miraron y luego bajaron la vista, excepto Hoffmann, que me reprendió.

—Llega tarde —dijo con disgusto apreciable.

—Perdón por el retraso —me disculpé.

—Ocupe su sitio y continúe su tarea.

—Sí, señor —respondí y me dirigí a mi sitio, al escritorio contiguo al de Katerina, desde donde podíamos compartir información y opiniones fácilmente.

Katerina estaba trabajando en los gráficos, concentrada.

Me senté y encendí el ordenador, mientras arrancaba me acerqué a ella y le pregunté.

—¿Te falta mucho con los gráficos?

—Todavía un poco —respondió sin desviar la vista.

Hoffmann se giró al sentirme hablar, no parecía muy amigable. Entonces decidí que debía compartir mi descubrimiento.

—Señor Hoffmann, creo que sé por qué el motor funciona mal cuando llega a ese régimen de trabajo.

Hoffmann guardó silencio un momento, como incrédulo. Parecía que lo molestaba que, aún encima de llegar tarde, viniera dando lecciones.

—¿Cuál es su teoría? —preguntó al fin.

—¿Cómo se han calculado las longitudes de los conductos de entrada del aire y de salida de escape al motor? —Hoffman y Vasilii se habían encargado de ello contando con gente del departamento de fluidos.

—Se ha empleado un método análogo al del motor de hidrógeno de menor potencia que ya sacamos hace unos meses, pero adaptándolo a nuestro caso.

—Sin embargo, ahora usamos volúmenes más grandes, con una velocidad superior en los conductos y con conductos más largos.

—Entiendo por donde va, pero hemos calculado los conductos y el comportamiento del aire está modelado. El problema no debería ser por ahí.

—Pero quizás emplearon un ciclo de aire equivalente.

Hoffmann asintió. Aunque parecía empezar a molestarse.

—En mi opinión, el fallo está en que, debido a las potencias que empleamos, se requiere una mezcla muy rica en hidrógeno, que tiene una densidad mucho menor que el aire, alterando así la densidad media de la mezcla.

Además —proseguí—. Como los volúmenes embolados son grandes y las velocidades en los conductos también, es probable que se produzcan ondas de presión y rarefacción que provoquen sobrellenados o llenados deficientes en los cilindros.

Hoffman en este momento comenzó a escuchar con gran atención.

—A mayores, la aceleración y el detenimiento del aire en el punto de inyección hace que se generen núcleos de gran riqueza de combustible y zonas muy pobres.

Todo esto junto hace que se produzcan mezclas muy ricas o muy pobres con llenados de cilindro deficientes en unos casos y con sobrellenado en otros.

De esta forma, hay cilindros que pueden tener un gran llenado y, al final del ciclo tengan una gran presión o que tengan alta riqueza de combustible, o con ambos.

Lo que provoca combustiones descontroladas.

Y, en el caso contrario, cilindros con poco llenado, poca riqueza, provocando que tengan combustiones deficientes y tardías.

Esto explicaría los encendidos irregulares, tempranos o tardíos, las presiones descompensadas entre cilindros y las fluctuaciones en el par, las vibraciones y los sacudimientos.

Se hizo el silencio, no me había dado cuenta de que los demás miembros del equipo habían dejado su trabajo y me estaban mirando fijamente. El silencio se alargó un poco y todos giraron la cabeza para mirar a Hoffmann, esperando su reacción.

Hoffmann tenía una expresión tensa y herética.

Estuvo en silencio un poco más. Suponía que estaba analizando si lo que había dicho tenía sentido.

Yo estaba muy seguro, pero la espera hacía que empezara a dudar y temía que Hoffmann me dijera que era un disparate y que no perdiera el tiempo en eso.

Pero no estaba dispuesto a darme por vencido fácilmente.

Era un razonamiento bueno y si me lo discutía lo rebatiría hasta ver en qué me había equivocado.

Finalmente se rompió el silencio. La expresión de Hoffmann se relajó, soltó un resoplido y dijo:

—Es probable que tenga razón. Debemos evaluar de nuevo los conductos teniendo en cuenta la densidad en función del dosado y las frecuencias de resonancia en función de éste para diseñar la longitud de los conductos.

Hoffmann se calló un momento y prosiguió.

—Ferreira, usted y Yanukova seguirán con los gráficos que estaban haciendo para tener una mejor visión del comportamiento actual. —Ahora dirigiéndose a Vasilii dijo—: Podolsky, usted y yo volveremos al departamento de fluidos para centrarnos en el diseño de los conductos.

Ambos se levantaron, cogieron sus portátiles y se dirigieron a la puerta para ir a la primera planta donde se encontraban las oficinas de fluidos. Cuando llegaron a la puerta Hoffmann se giró y dijo:

—Ferreira, espero que esté usted en lo cierto. Sería un gran avance, aunque calcular esto será un auténtico dolor de muelas.

Y desaparecieron.

Me recosté y me quedé un momento así, podría estar en lo cierto y ser uno de los grandes artífices de que el proyecto saliera adelante, me llenaba de orgullo pensarlo.

Pero ahora tenía un montón de datos que traducir a gráficos.

El subidón se volvió bajón y pereza, era tedioso.

Me volví hacia el ordenador, que ya había arrancado, y vi que Katerina me miraba con cara de asombrada.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—¿Cómo se te ha ocurrido? —preguntó con gran interés.

—Es una larga historia con un órgano de tubos por en medio —contesté riéndome.

Ante el interés de Katerina le conté como la noche anterior había alquilado un coche con conductor, que la conductora llevaba puesta música de un órgano de tubos y que fue eso lo que me hizo pensar en las frecuencias de resonancia del aire en los conductos del motor que, a falta de un estudio más detallado, cualitativamente sería capaz de provocar aquel funcionamiento caótico.

Durante todo el relato Katerina escuchó con gran atención. Aunque apenas mencioné detalles sobre Paty y lo misteriosa que parecía ser.

Cuando acabé de contarle mi anécdota, nos pusimos al trabajo.

Trabajamos durante casi dos horas hasta que decidimos tomarnos un descanso.

Fuimos hasta la cafetería a darnos un respiro y aprovechar para picar algo.

Yo desde luego lo deseaba después del exiguo desayuno.

Al cabo de veinte minutos estábamos de camino de nuevo a la oficina a continuar con los gráficos.

Trabajamos otras dos horas hasta las doce y nos dispusimos comer algo. Fuimos los dos juntos y cuando llegamos, allí estaban ya Hoffmann y Vasilii. Nos servimos en el autoservicio, pagamos y nos sentamos a la mesa con ellos.

—¿Hay novedades, señor Hoffmann? —preguntó Katerina.