UNA NUEVA AMISTAD #2
El hecho de saber que hay algo que me interesa y se me escapa, me estimula a intentar averiguarlo. Es una especie de motivación interna cuando tengo algo a punto de terminar y percibo avances.
—¿Qué me dices? —Paty me llamó la atención. Me había quedado callado, perdido en mis pensamientos por un momento.
—Hay trato. Todo a su tiempo pero, ¿por qué te interesan las tormentas solares?
—¿Y a ti? —replicó.
—Bueno… En mi caso trabajo con tecnología, y hay veces que me pueden perjudicar en el trabajo.
Sin embargo hoy por hoy, me preocupan las averías que puedan causar en los telescopios espaciales, son delicados e increíblemente útiles para estudiar el universo.
Pero, desde un punto de vista más filosófico, es maravilloso, que la fuente de todo lo que tenemos y somos sean estrellas.
Todo vino de ellas y, en cambio, son capaces de destruirlo todo también.
Los avatares de algo que nos da la vida nos pueden destruir sin ni siquiera ser su intención, es su propia naturaleza.
Parecemos una casualidad, un accidente dentro de un discurrir que parece que ni siquiera le importamos, puede que ni siquiera se dé cuenta de nuestra existencia.
—Hice una pausa—. Quizás me puse un poco espiritual demás, la evaluación más científica sería decir que son fenómenos extremos naturales e inherentes a la propia existencia de la estrella.
Me interesan por cómo nos pueden afectar y por mi propio interés de conocer el cosmos, de entender el universo y su devenir, el porqué de las cosas y responder a las preguntas que llevan milenios acechando a la humanidad.
Las preguntas de los límites, el sentido de todo…
—¡Vaya monólogo! —exclamó divertida.
—Y eso que te conté la versión de bolsillo —dije sonriendo—. Pero es que hay ideas y conceptos que no caben en dos palabras.
Paty asintió.
—Todavía no respondiste a mi pregunta. —Era mi turno.
—Tú tampoco eres un trabajador normal y corriente totalmente absorto en tus quehaceres diarios.
—Supongo que nuestros tratos nos llevarán a descubrirlo con el tiempo —contesté enigmático e insistí—. Pero sigo sin saber tu opinión.
—Puede parecer una respuesta para salir del paso, pero coincido contigo.
—La verdad es que lo parece.
—¿El qué?
—Una respuesta para salir del paso.
—No, no… Es que coincido contigo. Vivimos encerrados en nosotros mismos y nos cuesta extender nuestro pensamiento más allá de los límites de la percepción.
Siempre me he preguntado de donde venía todo y cuál es su destino.
Si todo lo que conocemos es originario y desarrollado en este mundo o si acaso podría ser todo lo que existe en este planeta originario de un lugar moribundo y remoto, lanzado a discreción en formas diminutas y primitivas, por seres superiores que querían conservar lo que en su hogar existía o que, por puro azar, se encontrara aquí, por casualidad, un buen lugar para desarrollarse y empezar de nuevo.
Esto podría pasar en otros lugares o que tengamos que hacerlo nosotros en un futuro.
Podríamos no estar solos, sino que muy distanciados de nuestros hermanos.
Podría ser que seamos unos más emergiendo en el inmenso cosmos, o podría ser que fuéramos nosotros la semilla de la vida.
—O podríamos estar solos.
—Podríamos… Pero entonces, menuda tristeza, que estando solos ni siquiera nos queramos más entre nosotros.
Asentí con la cabeza, aunque no estaba seguro de que ella me hubiera visto.
No sabía si lo decía por darme el contento o si realmente lo percibía así.
La verdad es que hacía tiempo que no encontraba a alguien con quién hablar de temas enrevesados, a todo el mundo parecían aburrirle, o puede que les dieran miedo.
Es mucho más fácil limitarse a existir que enfrentarse a la zozobra de la desaparición.
El ser humano desde que tuvo consciencia de su propio fin ha vivido aterrorizado con él.
De ahí la aparición de todo tipo de religiones y ritos, todas distintas, pero con un denominador común, la trascendencia, bien por resurrección en otro mundo, reencarnación o lo que fuera.
En la mayoría, sino todas, su conexión universal era la trascendencia.
En mi caso, la verdad es que no lo sabía ni tenía idea.
No me gustaba la idea de creer a pies puntillas doctrinas con fundamentos proféticos y no evidenciables.
Pero se desconocía tanto del funcionamiento del universo, tanto a nivel infinitesimal, como a nivel colosal, que quién sabe si una teoría del todo no podrán encontrar un camino por el que la información de las partículas que nos componen se transfiera por el universo o por dimensiones desconocidas o quizás un multiverso conservando cierta identidad. Es todo tan loco e incomprensible…
—Nos hemos puesto un poco existenciales —rompí el silencio—. ¿Son habituales estas conversaciones con tus clientes? Porque alguno se irá a casa y no dormirá en toda la noche; o te montará aquí un buen escándalo si das con algún fundamentalista.
—No, para estas conversaciones la persona debe estar dispuesta. Trabajando en esto, si observas y sonsacas un poco, puedes ver lo que preocupa a la gente. Los pensamientos más comunes son el sexo, lo bueno o buena que está el compañero o compañera del trabajo…
—Que pertenecen al mismo ámbito —apostillé.
—El dinero, llegar a fin de mes, fantasías de fama y fortuna, educar a los hijos, cuidar de la familia… Hay muchas preocupaciones, pero la mayoría no se cuestiona su existencia de raíz. Se limitan a vivir.
—Pero si sólo te limitas a vivir, ¿qué te distingue de un animal más? ¿De qué te sirve tu autoconsciencia si no te preguntas por ti mismo?
Paty asintió y nos quedamos en silencio. Se escuchaba la música, seguía siendo de un órgano de tubos, pero esta pieza nunca la había oído. Ya casi estábamos llegando. Habían sido unos minutos de trayecto intenso.
—Ya casi hemos llegado —anunció Paty.
El navegador dio la instrucción de girar a la derecha.
—Espera, no gires —le dije—. Hay obras en toda la calle y no puedes pasar.
Para aquí. —me bajé del coche y, antes de cerrar la puerta y despedirme, dije—.
Recuerda nuestro trato. Mañana en el mismo sitio, pero a las ocho y cuarto.
No me quedaré hasta tan tarde. Me gustaría que me sorprendieras con algún otro tema de conversación interesante.
—Allí estaré. —Paty me dedicó una última sonrisa, cerré la puerta y se fue.
Me eché a andar por la acera, el vendaval era bastante fuerte.
Había unos doscientos metros hasta el portal del edificio donde yo tenía mi estudio diminuto.
Era una de las pocas zonas asequibles de Madrid y, para mi solo, era de sobra.
Lo único los truenos del motor del ascensor a las mañanas temprano.
Pero bueno, a todo se iba acostumbrando uno.
¡Qué hambre tengo! —Con tanta conversación y atención a Paty no me había dado casi ni cuenta, pero no había comido nada desde el mediodía y me rugía el estómago—. A ver si me preparo algo rapidito en casa y a la cama.
Llegué al portal y subí, por el camino no dejaba de pensar en la conversación que había tenido con Paty. ¿Quién sería aquella chica? ¿Por qué le interesarían esos temas? Era evidente que tenía el mismo derecho que yo a que le interesaran, pero no había mucha gente con la que hablar de ellos.
A lo mejor es que nunca di con las personas adecuadas, o no congeniamos para llegar a ese nivel de profundidad. O quizás me ensimismé demasiado en mí mismo y no me abrí a conocer gente con otras sensibilidades y que realmente siempre estuvieron ahí. —Las opciones desde luego eran muchas.
Abrí la puerta de mi estudio dejé mis cosas encima de la mesa y me fui directo a la nevera, tenía un poco sopa del día anterior y unos filetes de pollo.
Pues nada, algo rapidito.
Me puse a comer mientras seguía pensando en Paty.
Le gustaba la música clásica, desde luego no es habitual escuchar órganos de tubos en los coches.
Un instrumento colosal, algunos hechos para impresionar con toda esa muralla de tubos de diferentes longitudes para sacar el máximo partido a la nota.
Cada frecuencia determinaba la longitud del tubo debido a su longitud de onda…
La longitud de onda… Los tubos… De repente me quedé paralizado.
¡Los tubos, eso era! ¡Por eso no funcionaba el motor!
Había dado con la clave. El problema estaba en la frecuencia de giro y la resonancia. Esa era la causa de que el funcionamiento fuese tan caótico y desastroso. Mañana todos iban a alucinar cuando se lo contara. ¡Lo habíamos resuelto! Y la idea había sido mía.
Acabé de cenar y, como todos los días, fregué todo y me lavé los dientes. Preparé la ropa del día siguiente, me desnudé y me acosté. Ya eran las doce.