UNA NUEVA AMISTAD
—Buenas noches —dijo una voz femenina desde el asiento del conductor.
—Buenas noches —saludé.
Miré hacia delante, la conductora era una mujer menuda, no parecía muy alta, de pelo negro.
—Claro, señor. —Su voz era suave y con un timbre característico.
—No me llames señor todavía. Espérate cien años o así, déjame vivir un poco más —repliqué risueño y divertido. Nunca me gustaron demasiado los formalismos en situaciones cotidianas y menos con alguien de más o menos mi edad.
—Como quieras —dijo girándose y devolviéndome la sonrisa.
Ahora que la tenía cara a cara pude ver que, efectivamente, era más o menos de mi edad, treinta y pico estimé, se le empezaban a marcar las líneas de expresión.
Sus ojos de un azul zafiro translúcido destacaban bajo aquel cabello negro.
Hasta parecía que tenían un débil brillo, como si tuvieran luz propia.
En medio de la penumbra apenas era apreciable, había que fijarse, pero daba esa impresión, tal y como si fueran dos zafiros recibiendo una luz tenue en la penumbra del habitáculo.
Este detalle desde luego había captado mi atención.
Sin embargo lo más cautivador de aquella mujer eran sus rasgos exóticos, tenía los ojos ligeramente alargados y un poco más pequeños de lo que parecería normal para sus facciones, lo que le confería una mirada tierna.
También sus facciones eran redondas y menudas, al igual que su cuello, que era esbelto y delicado.
Asimismo, sus orejas parecían tener una distribución particular en su cara.
Era un rostro peculiar, pero increíblemente bello.
Aparté la mirada, no quería incomodarla con tanto escrutinio.
Gesto que ella parece que tomó con cierta diversión.
Al final iba a resultar que tenía un gran sentido del humor y mi comentario jocoso le había caído en gracia o, al menos, se lo había tomado bien.
No todo el mundo acepta bromas de primeras o consiente según que comentarios, y menos en el trabajo.
—Vamos entonces. —Y arrancó.
Me acomodé en el asiento, pero no podía relajarme, no podía sacarme de la cabeza el motor. ¿En qué estábamos fallando? ¿Por qué se nos estaba resistiendo tanto este diseño?
Suspiré y traté de apartarlo de mi mente, ya había tenido bastante todo el día. Pero entonces se me vino a la cabeza la tormenta solar. Hubo muchas el último año y ahora estaban provocando problemas tangibles en los elementos orbitales, sobre todo las telecomunicaciones.
Pero, por lo que a mi respectaba, aunque los satélites eran muy importantes para todos, me preocupaban más los telescopios espaciales, se había lanzado otro hace unos años y se confiaba en que pudiera aportar gran cantidad de nuevos datos para encontrar mundos habitables, cuerpos celestes fascinantes, estudiar sistemas estelares y todo lo relacionado con la exploración espacial.
Era un campo que me fascinaba, era mi gran afición y tenía avidez de nuevos descubrimientos, quizás me tenía que haber dedicado a la física, seguro que entonces me gustaba menos.
Los toros son muy bonitos desde la barrera, como algunos dicen.
No obstante, había otra cosa que se estaba colando entre todos esos pensamientos, quería conocer y saber más a la chica que conducía, sus rasgos extravagantes captaban poco a poco toda mi atención.
Siempre fui muy curioso y entusiasta de nuevas experiencias y aventuras.
Me apasiona conocer gente y, a través de sus ojos, conocer el mundo desde otra perspectiva.
Realmente me apetecía hablar con ella y saber más.
En ese momento nos detuvimos en un semáforo y, con el mayor silencio al estar el coche parado, pude escuchar una melodía casi inaudible.
Afiné el oído, era un órgano de tubos lo que se escuchaba, pero apenas podía percibir las frecuencias más altas.
Giré la cabeza alrededor pero solo se veían edificios, no había ninguna actuación.
Oscilé con disimulo adelante y atrás y percibí que la melodía era más audible hacia delante, era evidente que procedía de los altavoces delanteros.
—Podrías sub… —Iba a pedirle que subiera algo la música pero no me dio tiempo acabar la frase. Ella misma lo hizo mientras vi como me miraba a través del retrovisor.
—Gracias, siento curiosidad por la pieza que está sonando. Me gustan los órganos de tubos.
—Tienes buen oído —me dijo—. ¿No eres de por aquí, verdad? —continuó.
—No, soy del norte —le respondí.
—¡Anda! Yo viví algún tiempo por allí, aunque estuve más tiempo por el levante —me dijo. Pude apreciar un cierto acento extraño.
—¿Y dónde estuviste? —le pregunté.
—En Castellón.
—Yo soy de Galicia, algo más de nubes y lluvia, el típico cliché —dije con una sonrisa.
—Se te nota un montón el acento —dijo riéndose—. Me encantaría visitar Galicia, nunca fui y me encantó lo que escuché de su folclore. Historias de lobos y hombres lobo, Romasanta, Meigas, conjuros, mouros y mouras. —Realmente parecía interesada en saber más de esas historias.
—Te propongo un trato. —Se me había venido una idea repentina a la cabeza y quizás un poco arriesgada, pero quería conocer más a aquella mujer—.
Esta semana hay obras en mi calle, y por las tardes para ir en autobús, tengo que hacer una ruta larguísima.
Si me llevas tú a casa todos los días por la tarde te contaré historias de Galicia y, si te sigue interesando mi tierra, te invito a una ruta guiada por ella.
Y te advierto, en Galicia somos muy insistentes invitando.
La chica giró la cabeza y me sonrió, su expresión era cautivadora, me sentía un poco idiota. Parecía un quinceañero totalmente obnubilado con su belleza extraña. Ya tenía mis años para comportarme así. ¿Por qué me llamaba tanto la atención?
Nos quedamos un momento en silencio y me di cuenta de que la pieza que sonaba era Fia Orädd, de la banda sonora de Piratas del Caribe.
Era una pieza que me parecía terriblemente lúgubre y llena de dolor y pérdida.
Estaban sonando los últimos compases antes de la resolución en el último acorde de la melodía principal.
Entonces entoné el último verso en un susurro.
—¿Cantas? —preguntó mi compañera de habitáculo.
—Mal —respondí con una mezcla diversión y vergüenza.
—¡Qué tonto eres! Ya sabes a lo que me refiero.
—Realmente no, pero me gusta la música y fui un año al conservatorio. Algo siempre se queda.
—Pues no lo haces tan mal. No para ganarte la vida, pero se intuye que no es la primera vez que lo haces
—Gracias. —Acepté el cumplido—. ¿Y tú? ¿Cantas?
—Mal —respondió con cierto sarcasmo dando pie a la respuesta.
—¡Qué tonta eres! Ya sabes a lo que me refiero —respondí devolviendo la ironía para cerrar la broma.
Ella soltó una risa corta.
—No, pero me gusta la ópera y el canto clásico en general.
En ese momento el semáforo cambió a verde y se puso en marcha.
—¡No sé cómo te llamas! —Ni me había dado cuenta de que no sabía su nombre.
—Soy Paty.
—Es un placer Paty, yo soy Arturo.
—Y dime —continuó Paty. La verdad es que parecía que estaba disfrutando de la conversación tanto como yo—. ¿Qué te ha traído a Madrid?
—Fortuna y fama —contesté enigmático e hice una pausa antes de continuar—. La verdad es que estoy trabajando en un proyecto de desarrollo de un nuevo sistema de motores.
—¿Y qué tal va?
No me hacía demasiada gracia hablar mucho del tema. A fin de cuentas no la conocía de nada y no debía revelar datos del proyecto.
—Vamos yendo, pasito a pasito. Hay una gran carrera a ver qué país lo desarrolla primero y nosotros estamos en ella —respondí evasivo.
—Entonces no sabrás nada de una noticia que apareció la semana pasada en la prensa sobre un incidente en las instalaciones de la empresa HPower —dijo con cierto recochineo.
—Algo… ¿Qué se comenta por ahí? —Me interesaba saber la opinión de alguien ajeno para saber cómo se veían las cosas desde fuera.
—Básicamente, que hubo un incidente menor con el ministro y su plana mayor, y que se está investigando. Pero yo no me lo creo, tanto secretismo… Hay algo más, ¿no?
—Nada grave y nada leve que te pueda contar —respondí tajante con ese juego de palabras.
Se produjo un silencio.
—Veo que no quieres hablar del tema —dijo Paty con tono suave.
—No es que no quiera, es que no puedo… Al menos en ley. Lo leve que no te puedo contar tiene su miga, hasta yo estoy implicado —dije con una sonrisa para crear intriga y suavizar el momento.
—Bien, espero que un día me lo cuentes, me gustan las historias jugosas.
—Ya veo, ya…
—De la tormenta solar de estos días sí puedes hablar, ¿no? —saltó Paty cambiando de tema con alegría.
—Pues lo mismo no puedo contarte todo tampoco —le repliqué soltando una carcajada.
—¿Eso tampoco?
—En lo que concierna a la empresa, no. Ya te dije que hay competencia, y cualquiera que no sea de dentro se considera sospechoso.
—Yo me seguía riendo—. Pero lo que me llama la atención es que una conductora normal y corriente se preocupe por tormentas solares.
La mayoría de la gente normalmente no se preocupa de nada que exceda su campo de percepción.
Lo que me lleva a pensar que no eres una persona corriente.
Me encantaría que me sorprendieras con lo que atesoras en esa cabeza.
Se hizo un silencio.
—Si tú me cuentas la historia que te pasó, yo te contaré lo mío.
—Chantajista —bromeé.
—Ahora soy yo la que te ofrece un trato.
Me encantaba charlar con ella mientras continuábamos la marcha a través de Madrid.
Me resultaba estimulante, era rápida, inteligente y había algo enigmático que ocultaba, podía percibirlo.
No era un secreto común, era algo más grande.
Quizás una habilidad fuera de lo común, un conocimiento inabarcable para muchos.
¿Qué sería? ¿Una gran artista? ¿Una científica?
O, a lo mejor, hasta una espía de la competencia, pero esto ya sería demasiada casualidad.