UN DÍA EXTRAÑO #3
Nos repartimos el trabajo y comenzamos a realizar los gráficos. Llevábamos ya un buen rato cuando miré el reloj y vi que eran las diez de la noche. Habíamos estado trabajando cuatro horas seguidas, no había hecho ni la cuarta parte de los gráficos y estaba rendido.
—¿Cómo vas? —le pregunté a Katerina.
—Tengo una cuarta parte hecha, más o menos.
—Son las diez, es tardísimo y hay que cerrar el laboratorio. Mañana seguiremos en la oficina. Tenemos que irnos a descansar.
Katerina se separó del ordenador, acercó su silla a la mía y apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—¿Crees que lo conseguiremos? —me preguntó con voz baja. Se intuía cierta frustración.
—La verdad es que no lo sé. Creo que nunca nada se me había resistido tanto desde que lo tenía tan cerca.
—Se comenta que los chinos ya casi lo tienen.
—Pues a lo mejor. Pero esto es una carrera, quién sabe lo que tiene realmente cada uno. Nadie dice la verdad. En las noticias el otro día salió que lo del ministro fue un accidente menor sin importancia.
—Sí, ya lo leí —Katerina asintió sobre mi hombro.
—Y tú mira lo menor que fue el accidente que ya veremos si no se paraliza todo el proyecto —apostillé.
Nos quedamos en silencio. La verdad es que resultaba agradable el contacto con ella.
Apoyé mi cabeza en la suya, su pelo me hacía cosquillas en la mejilla.
Realmente era una chica encantadora, amable, atenta, inteligente y hasta aquel día nunca la había visto perder los nervios o mostrar desánimo.
A mí a veces me constaba más mantener el temple cuando algo no salía a mi gusto.
Qué gusto trabajar con ella y tenerla de… ¿amiga?
Compartir tanto tiempo juntos y trabajando en lo mismo hacía que a veces no supiera como verla. ¿Le pasaría a ella lo mismo o solo era a mí? Será que el roce hace el cariño…
Me desperté. Miré el reloj y eran casi las once, me había quedado dormido. Levanté la cabeza y sentí un inmenso dolor, se me había quedado el cuello entumecido de tenerlo torcido. Katerina seguía allí durmiendo como una piedra.
—¡Katerina! ¡Katerina!
La chica murmuró algo en lo que creí era ucraniano.
—¡Katerina! —repetí más alto y sacudiéndola.
Katerina se despertó con un respingo. Abrió los ojos y miró alrededor como no sabiendo dónde estaba.
—Katerina, son las once, nos hemos quedado dormidos.
—Ya, ya veo.
—Vámonos a casa, que mañana nos espera un día muy largo.
—No me lo recuerdes.
Nos levantamos y recogimos todo. Apagamos el equipo, salimos y cerramos el laboratorio. Luego subimos en silencio hasta la planta baja, llevamos la llave a su sitio y salimos del edificio, que no cerraba por la noche. Últimamente había un frenesí de trabajo que hizo aplicar turnos nocturnos.
Llegamos a la calle y nos despedimos hasta el día siguiente. Cada uno ahora debería tomar una ruta distinta para coger el autobús a su destino.
Me eché a andar hasta la parada y me guarecí en la marquesina. Había parado de llover, pero hacía viento y sentía frío luego de salir del calor del laboratorio. Miré el tiempo que faltaba para llegar el próximo autobús y…
—¡Maldita sea!
Lo había olvidado, la línea cincuenta y seis estaba paralizada en la mitad de su trayecto por las obras que había en mi calle.
Eso me dejaba a dos kilómetros de casa. Tenía que coger un varios autobuses de varias líneas y por la noche los intervalos de paso eran mayores.
Me podía tirar una hora fácilmente hasta llegar a casa.
—¿Y ahora qué? —me pregunté.
Llamaré a un Uber —pensé.
A pesar de que me miraban como un bicho raro, nunca había empleado la aplicación.
A mí no me sobraba el dinero y prefería el transporte público.
Pero ahora estaba fastidiado, era tarde y tenía prisa.
Así que me puse con ello, me descargué la aplicación, y luego de cacharrear un poco en ella creía que había pedido uno.
Esperé un momento, y se aceptó mi petición, tiempo estimado, cinco minutos. Mientras esperaba aproveché para cotillear las redes sociales. Nada más abrir, una noticia. “Siete satélites caídos a causa de la última tormenta solar”.
Vaya, los de telecomunicaciones deben estar preocupados —pensé.
La última tormenta solar hacía una semana había hecho caer otros dos y hubo problemas con algunos sistemas, se ralentizó todo mucho.
El sol estaba previsiblemente acabando su ciclo de erupciones, pero parecía dispuesto a que fuera memorable. Se hablaba de auroras boreales y australes en latitudes muy bajas. Igual era todo una exageración, hoy en día el sensacionalismo es cansino.
Cerré las redes y miré la hora, ya habían pasado los cinco minutos pero no llegaba. Siete, circulaba algún coche pero ninguno paraba. A ver si lo había hecho mal. No era la primera vez que lo más sencillo lo hacía mal y en el peor momento. Diez minutos, esto ya no era normal.
Saqué el móvil de nuevo y vi que la aplicación tenía un sistema de seguimiento en tiempo real.
Vaya cegato, no lo había visto, el coche estaba llegando.
En unos segundos ya escuché aminorar la marcha, levanté la vista y, efectivamente, un coche negro y corto tenía la intermitente puesta. El vehículo se detuvo y entré.