UN DÍA EXTRAÑO
—¡Ferreira! ¿Qué hace? Ya estamos todos esperando en el laboratorio para probar el nuevo diseño.
Rudolf Hoffmann estaba en la puerta. Era el jefe del proyecto, Doctor en ingeniería y cuarenta años de bagaje al frente de todo tipo de tecnologías energéticas lo respaldaban para tal puesto.
Era un hombre alto, de casi metro noventa, pelo cano peinado hacia atrás y gafas de cristal cuadrado, andaba un poco encorvado y su expresión facial siempre era adusta, aunque no intimidante.
Era un hombre meticuloso y exigente, toleraba el error pero no la negligencia.
Una de las cosas que más valoraba era el cumplimiento de la palabra dada, podía permitir más plazo para un trabajo, pero no un retraso sin justificación.
—Sí, señor Hoffmann —respondí.
Hoffmann se giró y desapareció de la puerta.
Me espabilé y salí de mi embobamiento. Siempre perdía la vista por las ventanas cuando me aburría, para mí que me sentía atado y tenía ganas de libertad o, simplemente, saltar.
¿Quién sabe? Eso sí, con paracaídas, lo emocionante que tiene que ser y, desde luego, si tienes lo que hay que tener, claro.
Di media vuelta y cogí de mi mesa las hojas con los ajustes a probar y las hojas de resultados, por si había que anotar todo manual.
El antiguo laboratorio estaba precintado por mantenimiento y hoy trabajábamos en otro.
Ya se vería cómo estaba de ajustado todo.
La verdad es que si no fuera porque podría haber muerto alguien, la cosa tuvo su gracia, me daba la risa solo con recordarlo mientras bajaba por las escaleras al sótano uno, donde está el banco de pruebas.
—Pon el banco de pruebas a la máxima potencia —decía Vasilii.
—No me fio. Está presentando un encendido muy irregular y con muchas vibraciones, debemos ajustarlo mejor con los datos que ya tenemos —le advertí.
—Podolsky tiene razón, debemos probar —Hoffmann se veía animado.
Al menos esta vez no arrancaba en sentido contrario ni tenía combustión tardía que hacía doler los oídos de los disparos que pegaba.
Asentí y, en contra de mi intuición, cargué el banco de potencia al tiempo que el sistema controlaba el motor para mantenerlo a revoluciones constantes.
Según aumentábamos la carga la vibración iba en aumento, se comenzaba a extender por el pavimento hasta que el espectáculo se volvió casi macabro.
El motor y el soporte entraron en resonancia, la vibración a través del suelo era ya muy notable.
Hasta el ordenador se movía encima de la mesa. Y entonces… ¡Plaf! ¡Crash! Bzzzz ¡Pum!
Hubo un resplandor en alguna parte y luego todo a oscuras. Mientras, el motor, al fallar la electricidad, se quedó sin sistema de control y se apagó, comenzando a desacelerar con un sonido cada vez más grave.
Por suerte, el banco de pruebas también dejó de oponer resistencia y el motor paró de vibrar, cesando el ruido atronador de la vibración. Si no llega a fallar la electricidad seguro que saldríamos en las noticias.
De repente, un olor a quemado inundó el ambiente y se encendieron las luces de emergencia.
El pánico comenzó a apoderarse de la sala.
Yo, que estaba cerca de la esquina en el ordenador de control con Yanukova, me pegué a la pared y esperé.
Agarré a Yanukova por el brazo y le dije que esperara conmigo porque, sin ver nada y con los demás yendo a ciegas hacia la puerta, lo mismo nos atropellaban.
No se veía fuego y el motor estaba parando, no había electricidad y no iba a ser yo al que pisoteara una estampida en pánico huyendo hacia la puerta.
En ese momento, se rearmó el sistema eléctrico y ¡Pum!
Otra vez. Pero ahora, a oscuras, sí que se veía de donde provenía el destello.
Vi la silueta de Yanukova y la mía contra la pared opuesta al estar de espaldas a la fuente de luz.
El destello venía desde detrás de nosotros.
Por suerte, esta vez se activó el circuito de protección de las tomas de potencia, pero no de las luces y, al encenderse, vi lo que pasaba.
Hoffmann, Podolsky y el ministro de ciencia y tecnología, junto con cuatro más del departamento, iban a tientas hacia la puerta.
Mientras, Yanukova y yo estábamos de pie al lado del ordenador desde donde supervisábamos la prueba.
Me giré a ver de dónde provenía el destello y lo descubrí, vaya si lo descubrí.
En la carcasa del ordenador había un boquete del tamaño de poco más que una nuez pero, ¿qué lo había hecho?
Me di la vuelta y miré la urna donde estaba el motor.
En un costado, el cristal de protección tenía un agujero de similar tamaño y de él partían grietas en todas direcciones siguiendo un patrón de tela de araña.
En ese momento me di cuenta de lo que podía haber pasado.
Algo había salido disparado del motor, atravesó la urna e impactó contra el ordenador.
Fuera lo que fuese tenía una energía brutal para atravesar la vitrina del banco de pruebas y dentro del ordenador había provocado un cortocircuito al destrozar algo.
Pero lo más sobrecogedor no era eso, era que el proyectil había pasado entre Yanukova y yo, pudiendo habernos herido o peor aún, matado a cualquiera de los dos, habría sido como recibir un impacto de una bala de ametralladora.
Sin embargo, la situación todavía se iba a volver más grotesca. A lo lejos, se oía una alarma de un coche. El parking estaba al otro lado de la pared. En ese momento ya todo comenzaba a coger un cariz todavía más dramático y peligroso.
Salimos todos del laboratorio y fuimos al aparcamiento. El coche que tenía la alarma activada era el del ministro, que había venido a ver personalmente los avances y dar fe del buen hacer del departamento y de la seguridad de los desarrollos.
Y ahora venía la parte graciosa. El coche tenía otro agujero en el parabrisas delantero, que tenía el cristal completamente estallado.
La luna trasera también estaba igualmente estallada, pero no tenía agujero lo que, evidentemente, significaba que el proyectil estaba dentro.
En ese momento mi ansia por saber qué era lo que había provocado tal destrozo aumentaba.
Estaba impaciente por ver el coche por dentro.
El Ministro llamó al chófer que estaba en la cafetería y, mientras llegaba, yo me separé del grupo y me fui a examinar la pared que había enfrente.
Efectivamente, pude comprobar cómo en ella había un boquete del mismo tamaño que los otros pero, como todos los orificios de salida en los proyectiles, presentaba un cráter.
Fuera lo que fuese, había salido por allí.
Daba la casualidad de que allí la pared era más fina al pasar empotrado un conducto de ventilación.
Lo examiné un rato y volví con el grupo, el chófer llegó, desconectó la alarma y abrió el coche.
Hoffmann fue el primero en abrir la puerta trasera y mirar en la bandeja, se retiró y el resto pudimos ver como, aunque machacado y deformado por los sucesivos impactos, había una cabeza de tornillo con un trozo de vástago todavía.
Parecía imposible que pudiera haber atravesado tantos objetos.
La verdad es que estábamos probando un prototipo de motor de transporte de ochocientos caballos, pero parecía increíble que pudiera haber adquirido tal energía.
Es cierto que estos tornillos son de gran resistencia y absorben una gran cantidad de energía de forma elástica.
Pero aún así, yo no salía de mi asombro.
Al final la prueba había sido un fiasco, casi nos matamos y destrozamos el coche oficial a un ministro.
La seguridad del sistema desde luego había quedado demostrada y no para bien.
¡Vaya chiste! Era el punto cómico que había sacado yo a todo.
Al final sí que íbamos a salir en las noticias.
Menuda prensa frente a la competencia y menuda la bronca que nos iba a caer desde todos lados.
Al final el ministro y su gente hicieron llamar a otro vehículo oficial y se marcharon.
El otro lo dejaron en el aparcamiento, vino la policía, lo precintó y ahí estuvo.
Hasta que vino no sé quién a investigar lo sucedido.
Que tampoco hay que ser un lumbreras, con la vibración se rompió un tornillo y, de la energía que llevaba, hizo lo mismo que haría un proyectil.
Siguió una trayectoria que lo llevó del banco de pruebas al coche del ministro perforando todo lo que encontró a su paso y no pudo detenerlo.
Caso cerrado. Pero bueno, quizás haya algún procedimiento a mayores y yo me lo esté saltando, lo mismo soy demasiado práctico.
Nos fuimos todos de allí y, antes de terminar la jornada, ya nos dejaron irnos casa. El día se había terminado.
Luego estuvimos un par de días en casa pero, pasadas de esas jornadas de inactividad, enseguida nos asignaron otro laboratorio. Parecía que el proyecto tenía prisa.
Era por la mañana cuando llegué al nuevo laboratorio, contiguo al anterior. La distribución de mobiliario era la misma.
Dentro, me estaban esperando ya todos. Sin embargo, esta vez solo estábamos los del equipo de pruebas. El señor Hoffmann, Vasilii Podolsky, que es polaco y Katerina Yanukova, que llegó luego de mí desde Ucrania.