Sálvame de tiempo. PRÓLOGO
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Sálvame de tiempo.

Sálvame de tiempo.

Por Alexander Rockwell

© inepub.com

PRÓLOGO

La lluvia repiqueteaba contra la ventana. Más allá, se podía ver el vasto Madrid. Llevaba aquí diez meses por la promesa de “un futuro brillante y un trabajo prometedor al frente de una empresa pionera en el sector del automóvil”.

“Será usted uno de los genios aparecerán en la foto como los grandes salvadores de la sociedad europea. Desarrollando e implementando, para envidia del resto del mundo, la evolución, el futuro hoy; la nueva forma de desplazamiento que dejará enterrada en el pasado a las antiguas reliquias, los motores de combustible fósil. Una nueva era impulsada nada más y nada menos que por el motor de hidrógeno”.

La verdad es que el proyecto era bonito y ambicioso, eso no se podía negar.

Aportar algo tan grande a la humanidad, ser recordado como tantos grandes científicos que dejaron su huella en tanto la humanidad exista.

Es más incluso, su huella, aunque nadie pueda identificarla ya, estará presente millones de años después de su desaparición y quizás de la nuestra como especie, impresa en los grandes artefactos construidos y lanzados a surcar el universo.

Pero volvamos a la tierra. Normalmente nunca me había arrugado ante los grandes desafíos, muchos fracasos a las espaldas, accidentes de laboratorio, cortes, quemaduras, golpes, alguna descarga eléctrica. Lo típico del que juega a ser aprendiz de brujo. Si no, ¿de dónde saldrían los supervillanos?

Sin embargo… A pesar del eslogan grandilocuente, de estar bien pagado y de contribuir con mi trabajo y mi ingenio al bien de la humanidad; estar en diseño todo el tiempo era un maldito coñazo.

Todo el santo día perdido en ideas que hay que modelar con ecuaciones, ecuaciones que hay que traducir a diseños, diseños que luego hay que calcular, cálculos que se han de modelar, modelos que se deben prototipar y prototipos que se han de probar.

Y que luego sale un churro, como es habitual, pues volver a empezar y en medio meses y un montón de trabajo desperdiciado.

¡Qué frustración! Con lo a gusto que estaba yo con mis diseños sencillos, proyectos pequeños y artefactos simples en la consultora de mi ciudad. Esos no te volvían loco y ni siquiera sabías qué demonios les pasaba para no funcionar.

“Sencillos e ingeniosos” llamaban a algunas de mis ocurrencias, eso les llamó la atención, pero ahora me sentía encorsetado.

Que entiendo que estamos trabajando con hidrógeno y no con gaseosa.

Pero tanta rectitud y meticulosidad me enerva, soy una persona de acción, necesito más dinamismo, si no, me estanco.

Cada vez que se propone una modificación o hay que hacer un test, una montaña de papeleo y precauciones por duplicado, triplicado…

Me quejaba yo de la burocracia en la administración.

Sin embargo, todas estas estas preocupaciones enseguida fueron ridículas, todo lo peor vino después.

Una anécdota, un pequeño desvío casi imperceptible y el rumbo de una vida ya es imposible de dirigir o prever.

Cómo cambia el mundo en un instante y cómo un cambio de foco reordena por competo nuestras prioridades y nuestra visión del mundo.

Y todo empezó en aquel día. Una pequeña variación en el camino, una perturbación que parecería una consecuencia lógica de una sucesión de eventos totalmente fortuitos y produjo efecto mariposa que tornó un pequeño soplo en un huracán capaz de barrer una vida entera y dejarla irreconocible.

Las causalidades me trajeron hasta aquí y ahora, estaba a punto de emprender ya mi último viaje.

La fortuna me había abandonado y ya no tenía a qué aferrarme.

Ni siquiera Paty, que podría darme una segunda oportunidad, parecía dispuesta a compadecerse de mí después de todo lo que habíamos vivido.

Al final, Arturo Ferreira sería historia pronto, y toda la marabunta de de acontecimientos que me atropelló empezó aquella mañana, sin aviso ni previsión, un capricho del destino.