FINAL
Los golpes son cicatrices de poder. Despiertan hasta las brasas más apagadas en la penumbra. Un mediocre se conforma con lo que ve, una mente superior va más allá: planea, manipula y maquilla sus mejores fichas para ganar.
Trago amargo en medio de la noche. Las olas del mar nunca fueron tan intensas como hoy. Desde el lugar en el que estoy, puedo ver todo lo que pasa. Incluso el más ínfimo secreto que pretendan guardar.
—Puedes entrar. —Uno de mis hombres camina hacia mí.
—Está hecho, amo. Todo salió como usted quiso que pasara, en el tiempo que pudo ser.
Sus manos me muestran imágenes aéreas de la destrucción en Chipre. Exploté la maldita casa de Smirnov. Briana quedó completamente desfigurada. Y el cadáver de mi enemigo… ahora está en los estómagos de los tiburones en alta mar.
—Enviamos las imágenes de la autopsia a sus aliados. Los cuchillazos en su cuerpo no fueron pocos. Sobre todo porque lo hizo la señora Van Loren.
La sangre me arde cuando la vuelve a nombrar.
—Todavía no sabe la verdad, tampoco cree en su muerte —sigue—. Hasta ahora no ha dejado de pedir que lo busquemos. En su estado, creo que no debería…
—No estás aquí para opinar.
La cara de Sander se ilumina al dar un paso más. Siempre supo la verdad. La calló porque yo se lo ordené.
El humo de mi puro nubla mi vista. Mi mente ha tenido largo tiempo para trabajar en su autocontrol. El nombre de Alaska Wells aún se atasca en mi garganta; aviva el recuerdo, las palabras, acto que finiquito con un puño en mi mano esta vez.
Ocho meses. Cuatro en una jaula, encerrado por propia voluntad para no matarla. Tres moviendo mis tentáculos en silencio. Uno aquí, en Isla Azul, dejando salir esta maldita necesidad.
Tras enterarme de la verdad, las llamas quemaron mi piel. Si no hubiera estado enjaulado, la tentación habría sido incontrolable. Quería quitarle la vida. Apretar su minúsculo cuello hasta que dejara de respirar.
Pero ya llevaba mi semilla dentro. Mi sangre. Mi gen. Y no lo podía permitir.
El sinsabor vuelve a mí como aquel día de la explosión. La zona roja. Mi caída. Smirnov creyendo que había puesto un punto final a esta guerra.
Caí, pero pude sujetarme de algunas rocas. Sky se antepuso, lanzando un cadáver al fondo del barranco, antes de venir por mí.
Contuve mis hemorragias y con solo un cuchillo logré extirparme las balas de mi piel. No me quejé, tampoco sentí dolor. La única llama que vivía en mí era la rabia.
Y por el odio resurgí.
Por el odio me levanté.
Y del odio empiezo a arder sin parar.
—La señora Van Loren fue involucrada injustamente en un hecho que no cometió —Sander continúa—. Ella no vendió información, tampoco le dio las coordenadas a su enemigo. Rich le puso una trampa, un rastreador con micrófono. Ella solo…
Levanto la mano para que se calle. Porque ya lo sé.
Pero eso no invalida su traición. No justifica que se haya quedado callada, permitiendo que Rich avanzara en sus planes. Y que haya puesto en riesgo el poder que le di.
Por primera vez confié en una mujer. Y se comportó como cada mierda que me ha traicionado en esta vida.
Aun así, la protegí de mí. Aunque yo no conozco el perdón.
—Largo.
Sander se va. Y, tras él, aparece una sombra. Su altura es la misma que la mía. Cabello negro, ojos grises. Marcas en el pecho. Trae un arma, listo para partir.
—Es hora.
—Todavía tengo algo que hacer.
Gritos se escuchan por toda la isla. Hombres armados se mueven de un lado a otro. Mujeres llevan mantas, agua hirviendo, adentrándose en la casa principal mientras el llanto de dolor reverbera hasta aquí.
El cielo se tinta de un extraño color. Rojo. A punto de anochecer.
Desde la ventana de la casa, se observa a una mujer con las piernas abiertas y en posición vertical. Alaska está a punto de parir. Es sujetada por mujeres que la alientan a pujar.
Lleva horas sufriendo. Las mantas la cubren, los cánticos de los que esperan fuera alientan el alumbramiento de la nueva vida que está a punto de nacer.
Me llevo otro vaso de bourbon a los labios, con los dedos rígidos en el cristal. El viento sopla con desesperación. Un grito agudo da paso a voces efusivas…
Entonces se escucha un llanto.
Fuerte.
Agudo.
El gen del mal.
Solo calla cuando ella acaricia su piel.
—Felicidades, señor. Fue una niña. Su nombre es...
—Arya —determino—. Arya Van Loren. La cría del mal.
Trago pesado, sabiendo a lo que me enfrento. Muchos la verán como inalcanzable, otros como un blanco fácil de venganza hacia mí. Una debilidad a la que debo proteger.
Los cánticos aumentan. La agitación de los indígenas que han cuidado de mis islas por años es tanta que bailan de emoción. Sacan tambores y, en medio de sus dialectos, bendicen la llegada de un pequeño demonio que arrasará el mundo a sus pies.
La nueva reina del mal acaba de ganarles a los que querían verla morir.
Levanto un dedo y mis hombres saben qué hacer. Bajo la colina, Sky despeja el camino, mis pies se hunden en la arena de la isla azul.
Todos callan cuando me ven.
—Amo.
Hacen una reverencia al verme pasar, pálidos. Los empleados me dan acceso a la casa. Se puede escuchar el vago susurro de una cría que se acaba de dormir.
—El señor Van Loren está aquí —anuncian.
Los ojos de Alaska brillan cuando me ve entrar. No hay sorpresa en su rostro, tampoco dolor. Sus ojos se pierden en los míos, como si en el fondo hubiese sabido que estuve aquí.
El nudo que tengo en mi garganta se hace más fuerte al verla. Avanzo hasta un punto de la habitación, observando sus pechos hinchados en medio de la suave bata de lino que lleva encima para amamantar.
Me prendió lo que le hizo a mi enemigo. Pero el sabor agrio que siento cuando la veo es algo que no puedo controlar.
Se mantiene en silencio, con los ojos llorosos, temblando por lo que cree que voy a hacer.
—¿Me vas a matar?
Trago hiel.
—No.
El aire levanta el pequeño tul de la canastilla que resguarda a la bebé. Mis ojos se posan en ella. No la puedes dejar de mirar; es un ser que embruja, hipnotiza y mata.
Cuando el mundo se entere de su existencia, el infierno arderá. Velaré porque esté bien y viva como la reina que es. Que se cumplan todos sus caprichos, aunque yo no pueda estar.
Empieza a llorar, enojada porque no recibe atención. Alaska la carga y cesa el sollozo cuando siente su olor. La cuida como si no hubiese nadie más. Sus ojos, aún en sombras, vuelven a ser luz. Floreció otra vez.
—Ganó. —Le limpia las marcas de leche de sus labios—. Ella ganó.
—Destinada al mal.
—Nuestro pequeño mal.
El ruido del helicóptero se escucha cerca. Hay cuatro Bastardos Salvajes que esperan por mí. Estoy listo para partir.
—Me agapás. «Me amas».
Lo dice en griego, con una entonación casi perfecta. Estos meses se dedicó a aprender lo que tanto le costó.
—El sentimiento es una mierda que nadie puede inmunizar.
—Me amas —vuelve a repetir.
—El amor no es suficiente, Alaska. Yo no sé perdonar.
«Aunque tú seas una jodida y estúpida excepción».
Sus ojos se cristalizan, pero no se derrumba.
—Cuando sacies tu sed y destruyas a quien tengas que destruir, yo estaré esperando por ti. Te estaré esperando, agápi mou.
La voz se le quiebra.
—¿Volverás?
No respondo.
El llanto de Arya se hace latente. Tendrán que desaparecer para poder asegurar su supervivencia hasta que el mundo esté listo para verla brillar.
—Siniestro... —entona—. Fui tuya desde que me fichaste aquel día. Te seguiré esperando hasta el fin. Donde quiera que esté. Nunca es tarde para volver a empezar. Juntos seremos... LETAL.
Me largo sin mirar atrás. Su voz retumba en mi cabeza. Lo único que sé es que no lo podré olvidar.