42
NUESTRO MAL
Alaska
Las bombas se escuchan por lo alto mientras la sangre de Smirnov sigue derramándose en el suelo.
Está muerto, con mi daga aún en la frente.
Su asquerosa sangre baña la alfombra. Sus ojos abiertos hacen que un nudo se apriete en mi garganta, puesto que, aunque ya no tenga vida, quiero seguir hiriéndolo.
Pero no hay tiempo. Me apresuro a cambiarme y luego esculco su ropa. Encuentro dos armas en sus bolsillos.
—Para el infierno con amor. —Le disparo en las bolas—. El error de muchos hombres será siempre subestimar a una mujer que no se deja.
Maté al puto cabrón. Estoy orgullosa.
Camino hacia la puerta, sin poder evitar arrugar la cara. El dolor me sofoca, pero quedarme a llorar no es elección para mí. Detallo mis opciones de salida. Los hombres de Smirnov se defienden del tiroteo y, sin idea de la distribución de este lugar, es casi imposible tener un plan de escape.
Improviso, acercándome a los pasillos. Sander está trepado de una columna, la Fuerza Negra cayendo por los techos, dispuestos a atacar. Sin embargo, los hombres de Smirnov son hábiles y manejan el área, así que los distraigo.
Disparo en diferentes sentidos y cubro a mi gente desde adentro.
—¡Escapó! —grita un empleado.
Me toma del cuello y giro para reventarle la quijada con mi arma.
Paso de lado a lado, casi saltando en medio de las balas. El olor a pólvora empieza a darme asco. Me aturde al punto de dejarme inerte. Tengo que sujetarme de la pared para no caer. El mareo me hace ver estrellas, quizá por toda la sangre que he perdido.
«Es solo un poco más, Alaska».
Vuelvo al ruedo y esquivo las balas.
¡Dios! ¿Dónde está Sander? Hay más de cincuenta hombres. No solo son la Fuerza Negra del imperio Van Loren, sino también escoltas de la mansión. Todo un equipo que se ha sumado con valentía.
—¡Señora!
Cinco de ellos me cubren con sus cuerpos. Reciben balazos por mí.
—¡No! ¡¿Qué hacen?!
Están heridos y, aun así, luchan por mantenerme a salvo.
Quiero actuar, pero la mirada se me nubla. Disparan para alejarlos. Sander hace un barrido que deja en el suelo a los que nos atacan, y luego me mira.
—¡Debemos irnos!
—¡No sin los nuestros!
—Señora, por favor...
El doctor Mayer se apresura. ¿El doctor Mayer? ¿Qué demonios hace aquí?
Intenta evitar que camine, pero es inútil. Más enemigos se suman. Nos escondemos tras una pared, entonces veo cómo Briana corre por el jardín. ¡Está siendo blindada!
—¡Señora! ¿A dónde va?
—A cobrar cuentas pendientes.
La venganza es el arma que maneja el mundo. Una vez que la tomas en tu poder, no hay punto de retorno. Estoy podrida desde hace un año por culpa de una maldita perra que derramó mi sangre. No voy a descansar hasta que pague sus deudas.
—¡Señora!
Sander y otros escoltas me siguen. No escucho razones, solo sigo a esa mujer. Lanzo balas al aire mientras nos enfrentamos a los últimos guardias que quedan de Smirnov.
—¡No te escondas, maldita zorra!
Un fuerte calor nubla mis sentidos. Tengo ganas de herir, consumirla por completo. No me importa nada más que verla pisoteada. Quiero que se ahogue con sus lágrimas. Que sienta el dolor en su carne, como debe de haberlo sentido mi hijo.
—¡Briana! —grito.
Hay ruidos en la cocina. Tres sirvientas cubren a criaturas. Mis escoltas las acorralan, les piden que levanten las manos, pero no lo hacen, solo lloran clamando piedad.
Las mujeres protegen los rostros de los niños. Si el hijo de Marcela está ahí, no lo lastimaré. No tiene la culpa de lo que hicieron sus padres.
—Que se vayan.
—Señora, tenemos que matarlos.
—¡He dicho que se vayan!
Escapan.
Me limpio la sangre que emana de mis labios. Entramos en un despacho y disparo a las bóvedas secretas, baúles, cada maldito rincón donde podría esconderse Briana.
Solo queda una habitación. Está cerrada.
—Señora… —Sander me toma del brazo—. No puede.
—¿Por qué?
—Solo... no puede.
Termino peleando con sus brazos. Abro la puerta de un manotazo, la perra de Briana me espera con una daga en la mano, además de un maldito frasco que amenaza con tirarme.
—Es ácido, no se mueva —murmuran mis hombres.
Su respiración me carcome. Saboreo su miedo.
—¿Ahora quién es quién, perra maldita? —Se pone en posición de ataque.
—En mi cancha mando yo, no lo olvides —me devuelve la amenaza.
—Eso lo veremos.
Quiero hacerlo con mis puños, destruir su asquerosa cara. Se burla. Estoy dispuesta a lanzarme sobre ella, pero una mano tira tan fuerte de mí que retrocedo.
—Señora... —el médico habla—. No lo haga. No en su estado.
—¿Estado?
—¡Cuidado!
Sander me empuja, evitando el impacto del cuchillo que lanza Briana.
La piel se me enciende, mi impulso grita y le disparo. La bala impacta en el frasco de ácido y el contenido explota en su cara. Los gritos se desbordan.
—¡No! —solloza.
Escapa, aun con el rostro herido. Disparo otra vez, dándole en los tobillos, pero sigue de largo. Ajusto mi arma para ir tras ella.
—Si va, la puede volver a herir. —Mayer me toma de las manos—. Elija a quién quiere salvar: su venganza o el nuevo bebé que espera.
—¿Qué dices?
—Está embarazada.
La voz del médico me congela.
—Salgamos de aquí. Proteja a su hijo.
Mi temperatura corporal cambia. Me quedo paralizada, sin un solo sentido que valga. La zorra sigue gritando, el caos formándose fuera y yo solo… las piernas me tiemblan.
—El señor Van Loren ordenó que le quitáramos el anticonceptivo. No se lo dijo para evitar desilusiones, pero el bebé llegó más rápido de lo que esperábamos.
—Tú… me… inyectaste.
—Vitaminas. Teníamos que reforzar su sistema inmune antes de intentarlo. Era... solo cuestión de tiempo para que sucediera.
Mis ojos se llenan de lágrimas. Sander, los escoltas y el doctor Mayer me sonríen con ternura. Están aquí para proteger a mi bebé. Todos. Tienen que tomarme de los brazos cuando mi cuerpo se desvanece.
Suelto un sollozo de felicidad. No dejo de llorar. Los recuerdos regresan a mí.
«No pelearás. Punto».
«Vivirás en Isla Azul pronto. Y no te moverás de ahí».
Markos lo sabía, por eso no quiso dejar que peleara en Marruecos. Intentó protegerme y ahora tendremos un nuevo bebé.
Mi bebé arcoíris.
—Señora. —Sander me abraza, no puedo controlar el llanto.
Dejo que me lleven sin oponer resistencia. Elijo a mi bebé sobre todas las cosas.
Las náuseas vuelven a mí al oler la pólvora. Ahora racionalizo todo: el cansancio, la sensibilidad, el asco porque otro me tocara. Todo aquello solo es una muestra del poder que tiene el gen de Markos dentro de mí.
La balacera continúa, pero mi mirada se pierde en el vacío. Sander me sube al helicóptero y Mayer me da atención médica mientras todos los demás me custodian.
Me sacan de ahí. Alzamos el vuelo sin que todavía pueda procesarlo. Markos desaparecido, Briana suelta, mi hijo... Un nuevo pequeño mal que no estoy dispuesta a perder.
La felicidad me consume. Me aferro a la manta que me dan y, por primera vez, llevo mi mano a mi vientre.
—Hola, soy tu mamá. Te juro que vas a estar bien.
Lloro todo el camino de regreso a casa. Del helicóptero pasamos a un avión privado. Llevo vendas en mis brazos por las heridas, otras en mis piernas, pero no puedo dejar de sentir desesperación.
—Dime que encontraron a Markos. —Sander me mira.
—Todavía nada, mi señora. Lo siento mucho.
La visión se me nubla.
Duermo, despierto. Duermo, vuelvo a despertar. Pasan horas hasta que llegamos a la mansión Van Loren. El doctor Mayer insiste en hacerme análisis en el centro médico. Tengo un esguince en el tobillo, pero lo único que me importa ahora es saber cómo está mi bebé.
—¿Lo ve? Hay vida dentro de usted.
Un puntito que le da esperanza a mi corazón se muestra en una ecografía. Sonrío al conocerlo por fin. Es tan pequeño que solo quiero protegerlo. Pero, aunque sé que debo evitar impresiones fuertes, no puedo dejar de pensar en su padre.
Cuando me interno en su habitación, todo huele a él. Mis manos tocan la fina botella del bourbon a medio llenar que dejó, los puros y todo lo que usa. El reloj sigue su curso, los días pasan y me siento caer. No puedo perder la esperanza.
—Quiero ir a Marruecos. Le prometo que…
—No, mi señora —el doctor Mayer se queja—. Podría perder al bebé.
Me trago el dolor.
Pasa otra semana más sin noticias y siento que me voy a morir.
—Por favor, trate de estar bien. Recuerde que aún no pasamos las semanas de riesgo.
Asiento.
—Su estrés ha sido muy fuerte. Vaya con el perro. Despeje su mente hoy.
Tal vez tenga razón. Con el pie aún sensible, camino hasta el jardín en busca de Furia. Pero un ruido me detiene. Es pequeño, agudo, como una risa infantil. La mucama intenta esconder a su hijo entre los arbustos, pero la criatura no quiere dejar de correr.
«Si Markos estuviera aquí… la mataría».
Me pregunto cómo entraron. El niño es travieso, no le hace caso a la mamá. La escena me parece linda. Sin embargo, siento una estúpida necesidad de echarlos de ahí.
—No te hacen nada. —Acaricio mi vientre—. Ya estás pareciéndote a tu papá.
La sensación se hace recurrente. Pequeño mal dos tiene demasiado de él. Camino hacia ellos, no para expulsarlos, sino para pedirles que tengan cuidado con los escoltas, entonces escucho su conversación.
—Na eísai kalá, agápi mou.
El corazón se me acelera al recordarlo.
—¡Mi señora! —La mucama se asusta, pone a su hijo detrás—. Perdóneme la vida.
—¿Qué significa esa palabra? —Voy al grano.
—¿Cómo?
—La palabra… ¿agápi?
La mucama me mira, sin entender.
—Soy muy mala para el griego, pero quiero saberlo. Dímela, por favor.
—Amor, señora. En griego significa: amor.
Mi cuerpo empieza a temblar.
—¿Se siente bien?
Asiento y me giro para irme de ahí. Solo logro dar unos pasos más. Me siento en una banca en el jardín, llevándome las manos a la boca.
¿Amor? ¿Siempre me dijo amor?
Las lágrimas se me atascan en la garganta. No puedo dejar de llorar. La sensación me asfixia y aun así no me reprimo. Dejo que los días grises se vayan en mi llanto, que mi miedo por perderlo se consuma, porque sé que no lo puedo controlar.
El atardecer se muestra en todo su esplendor. El cielo ahora me adorna con tantos colores que ya no sé ni para dónde mirar.
Sacan a Furia de los criaderos. Ladra y viene hacia mí. Se acerca a oler mi vientre, como si supiera que ahí hay un nuevo ser al que debe cuidar. Acaricio su cabeza y juntos vamos hacia la cápsula.
No enciendo la luz, solo me mantengo en la oscuridad. El frío y la soledad no son suficientes para destruirme, pero pensar en un momento atrás solo me hace reconsiderar lo que tuve que pasar para poder llegar hasta donde estoy hoy.
Lo amo. Con todas mis fuerzas.
Él jamás me llenó de flores. Fue crudo, directo y brutal. Un villano que nunca escondió quién era. Aun así, me enamoré de él. Con toda su oscuridad.
Siniestro es y siempre será veneno salvaje y carnal. Juro que protegeré el mejor regalo que me dio.
Mi mal. Su mal. Nuestro mal.