Salvaje (Destrucción nº 2) 41
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VACÍO

Alaska

La vida es tan extraña que, cuando menos nos damos cuenta, ya no seguimos los caminos que queríamos.

¿Qué pasó con mi antigua yo? ¿Dónde quedé perdida? Un día tu única preocupación es llegar a fin de mes con las facturas; otro, permanecer viva.

La Alaska de Londres, que no era capaz de matar ni a una mosca, se esfumó en el vacío. La de ahora aprendió a dañar para que no lo hagan con ella. El destino me llevó por senderos de fuego, donde aprendes a caminar sobre las llamas. Ya nada más importa.

Peino mi cabello frente al espejo y el reflejo me devuelve a una mujer extraña. El maquillaje cubre los golpes que me dieron, pero no borra la fuerza que me carcome.

«Aguanta», es todo lo que me digo.

No debo flaquear, tampoco desmoronarme.

Para esta hora, Sander ya debe de estar fuera. Escapó cuando conseguí la llave. Le pedí a Smirnov mi libertad a cambio de una noche. Cuando me dejó suelta en una habitación, enterré mi cuchillo en uno de los custodios. No se darán cuenta de que robé las llaves de la carceleta hasta mañana.

Me paso un labial rojo mientras la hora se acerca. Estoy en una habitación escondida, esperando la llegada del enemigo del hombre al que amo. Mis ojos ya no emiten lágrimas, solo dureza. Las órdenes fueron claras: hacer todo lo que me pida.

Termino de maquillarme sin pensar mucho. No voy a juzgarme por mis decisiones, tampoco a cuestionarme por qué llevo el cabello arreglado.

Actúo en automático y un incendio me sofoca. El aire cambia al escuchar sus pasos. La boca me sabe amarga cuando la puerta se abre.

Suelto aire despacio, sin querer desenfocarme. Smirnov está ahí, con el olor a vodka infestando mis fosas nasales. Reconozco los juguetes sexuales que carga, pero evito mirarlos hasta que los tira en la cama.

—¿Qué me garantiza que saldré de aquí? —Lo freno cuando me toca.

—Mi palabra.

—Tú no tienes palabra.

—Tendrás que creer, porque es lo único que te queda.

Presiona su arma contra mi estómago y me besa los labios. Trato de imaginar que es Markos quien lo hace. Abro mi boca, él se encarga de hacer lo demás. Está extasiado, jadeante. Toca mi cuerpo mientras me trago la ira.

—Estás dura, y quiero a una mujer de verdad, no a una frígida. Quítate la ropa y quédate en el traje que mandé a que te pusieras.

Se acerca, todavía con la pistola en las manos. Me bajo las tiras del vestido para quedarme en babydoll. El miembro se le para, babea como perro en celo. Con un dedo, hace un ademán para que me voltee. Cierro los ojos al sentir sus manos en mis caderas.

—Qué mujer más deliciosa. —Palmea mi trasero—. Con razón lo volvías loco. También me vuelves loco, muñeca. Este es nuestro sucio secreto.

Besa mi cuello y solo trago saliva. Me tira a la cama, luego se desnuda. Es cauteloso, sigue sin soltar la maldita arma. Se baja el pantalón para quedarse en bóxer y lágrimas calientes caen por mis mejillas.

Habla en medio de sus obscenidades, revelando todo lo que le contó Bristol.

Dejo mi mano lo más cerca posible del borde de la cama y me doy cuenta de que su odio por Markos es aún más grande.

Tiene el ego dañado, la autoestima por el suelo y una desesperación única por ser aceptado para sentirse grande.

—Me excita follar a la mujer del hombre al que odié toda mi vida. Probar todo lo que él ha tocado. Me excita que seas tú la que...

Calla.

—¿Qué?

—Comparte la cama conmigo de esta manera.

Sonrío.

—¿Por qué no lo haría? Si eres un hombre... interesante.

—¿De veras lo crees?

—¿Por qué nadie te dio lo que merecías?

—Todos eran idiotas.

—Siniestro también.

Sus ojos brillan.

—Nunca vio al hombre que tenía como enemigo.

—Me quitó todo.

—Pero tuvo su merecido. Él perdió y tú ganaste. Eres grande, Viktor Smirnov —le sigo la corriente mientras deslizo mi mano por su arma.

—Joder, perra de mierda. Me la paras tan rápido. ¿Qué demonios tienes que te haces tan necesaria para los hombres que te aman?

—Supongo que podrías averiguarlo. Fóllame… —Mis dedos toman la punta de la pistola—. Sin nada que nos fastidie.

Afloja los dedos. Deja que tome el arma cuando me besa. La alejo, tirándola en una esquina.

—Ahora sí, eres completamente mío.

Sus ojos se prenden.

Con mis talones, empujo mi cuerpo hacia el borde del otro extremo de la cama. Se me sube encima y dejo caer mi cuello en el filo para que me bese. Inhalo hondo, el corazón me late fuerte. Con una mano acaricio sus brazos y con la otra deslizo mis dedos bajo el colchón.

—Tenías que ser mujer. Solo sirven para complacer a los hombres. Quiero que me digas que eres mi puta.

—Sí… pero antes: ¿te gustaría saber todo lo que tengo?

Separa mis piernas y mis dedos se cierran en torno al objeto duro que guardo.

—Muéstrame quién eres, zorra.

—Alaska Van Loren, la mujer del diablo... —Clavo una daga en su cuello—. Que no llora, solo destruye.

Trata de gritar y le rozo los labios con una sonrisa.

La sangre se escurre entre sus dedos. Sus ojos se agrandan. Cae.

—¿Sabes cuál es el error de un idiota? Subestimar a quienes cree débiles. —Acaricio su cuello—. Al enemigo se le clava un puñal cuando menos lo espera. Y yo supe ser paciente.

Vuelvo a clavar el cuchillo.

Pecho.

Estómago.

Frente.

—Nos vemos en el infierno.

Un sonido de alerta se escucha. Bombardeos. ¡Son mis hombres! Sander, la Fuerza Negra del imperio Van Loren.

¡Están aquí! ¡Son ellos!