Salvaje (Destrucción nº 2) 40
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PENUMbrA

Smirnov

Las mejores batallas son las que se saben disfrutar y años de lucha acaban de convertirse en momentos memorables.

Termino de beber un poco de vodka en medio de un festín por la victoria en una casona vieja de Chipre. La sangre enemiga todavía empapa el suelo. Algunos rehenes se mantienen atados, otros ya son cadáveres, pero dejamos a lo mejor para el final.

Mi zorrita se ha vestido elegante para la ocasión.

Briana resultó ser una niña fantástica; rica, ya no tan apretada, pero joven.

Lleva un atuendo rojo encendido, presumiendo sus nuevos implantes en los senos, además del ensanchamiento de labios que le pedí que se hiciera.

Desde que se arregló el cabello, la vida me resulta mejor.

Incluso follarla. En sus ojos brilla ese odio que nos une.

—Señor Smirnov, su bourbon.

—¿Es de la marca que te pedí?

—Sí, majestad.

El sirviente ha aprendido la lección. Me gusta hacer las cosas que solía ejecutar Siniestro mientras veo caer a su gente.

Alaska Van Loren sigue encadenada por las muñecas. Me mira con una actitud altiva, aun cuando se ve arruinada. Tiene los cabellos alborotados y los labios con sangre por mis golpes. Pese a todo, no ha pedido clemencia.

Me llevo las manos al mentón, explorándola. Mi verga se prende. Ahora entiendo la fascinación de Siniestro por su belleza. Ojos claros, hermosura única. La sientan junto al tal Sander, jefe de la Fuerza Negra. Quiero torturarlos, pero debo ir con cautela. Todos aquí quieren su premio.

Formé un equipo de lacras que odiaban a los Van Loren. Fueron rechazados por Siniestro, y yo recogí la basura de la que se deshizo porque ya no le servía.

Briana me sonríe entre dientes, ansiosa por golpear a la dama. Tiene una botella de ácido en las manos. Ha fantaseado con dañar su cara desde entonces. Aunque aún no sea tiempo.

—Bienvenidos a su humilde hogar, perdedores.

Camino hacia ellos y no se ven asustados. Tanto Alaska como Sander solo me miran con desprecio.

—Le dije que íbamos a vernos las caras tarde o temprano, señora. Levánteme el rostro —asevero hacia ella, pero no se mueve—. ¡Te he dicho que me levantes la cara, zorra!

Con el dedo, alzo su mentón y descubro esos labios carnosos. Huele bien, a pesar de estar llena de tierra. Todo lo que toca le sienta de maravilla. Nunca he probado una hembra así; que se dé su lugar, que cautive con su fuerza. Jugueteo con sus labios, ansiando comerla.

—¿Qué se siente al perder?

Se queda en silencio.

—Solo has vivido traiciones: primero Bristol, luego Briana y por último Rich. No vales nada.

—Púdrete, perro.

—Cuida esa boca, estúpida. —Le sujeto el rostro—. Yo no soy Siniestro, no permitiré tus majaderías.

Hundo mis uñas en su piel hasta hacerla sangrar y se vuelve una piedra. No demuestra dolor, tampoco asombro. Mi excitación aumenta.

—Vamos a ver hasta cuándo te dura la valentía. Hasta cuánto soportas... —Paso la navaja por sus rodillas—. No sabes cómo lo estoy disfrutando... así como disfruté viendo caer a cada uno de mis enemigos.

Corto una parte de su pantalón para bordear el cuchillo en su piel y salta, apretando los dientes. Me atrevo a rozar las puntas de sus mechones para disfrutar su aroma.

—Ahora lo veo. Entiendo por qué los tenías locos.

Aunque la diferencia sea grande. Bristol era un hombre con ambiciones, siempre supo que quería ser más que Siniestro y traicionarlo fue parte del plan desde siempre.

Rich, por el contrario, era solo un pelele resentido que no tuvo otra opción que asociarse conmigo por desesperación.

Sabía que solo no iba a ganarle a nadie.

Mueve sus piernas cuando mis dedos la presionan.

—Si vieras cómo llegó a mí... completamente enamorado. Pidió una tregua. El pobre pensó que realmente yo iba a dejarlos huir a cambio de la cabeza de mi enemigo. Y mira... terminó muerto.

La acaricio.

—Si supieras cómo se puso cuando escuchó tu conversación erótica con Siniestro...

—Río—. ¿Qué gran tonta confiaría en un hombre desesperado?

Ah, cierto… ¿Era tu mejor amigo? Digamos que él sí te quería de verdad, pero tomó malas decisiones.

Ya ves, la gente es una mierda. Ahora el mundo sabrá que yo gané. Porque Siniestro está muerto.

—No es cierto.

Sonrío.

—Yo mismo vi su cadáver rebotar al pie del abismo.

—Solo los idiotas como tú lo pensarían.

Clavo la navaja en su pierna y grita.

—¿Qué pasó, señora Van Loren? ¿Duele? —Suelto una carcajada—. Más debe dolerte que Siniestro haya muerto pensando que lo traicionaste, cuando fue Rich el que lo hizo. Aunque… debo aceptar que fue placentero escuchar por ese micrófono lo que sentías al tocarte.

Me escupe en el rostro y es lo último que le tolero. Le lanzo una cachetada que la tumba.

Cae junto a la silla, amarrada. Briana se acerca, pero levanto la mano para frenarla. Todavía no completo mi venganza. Todavía no la saboreo como quiero y hasta he llegado a razonar algunas ideas que no contemplaba.

Mis hombres se desquitan con los sobrevivientes. Yo me dedico a la perra. Ordeno que le tiren agua helada mientras la arrastro de los cabellos. Al tratar de levantarse, cae. Vuelvo a cachetearla. Se pone en posición fetal mientras le pateo las piernas como quiero.

—¿Quieres jugar con Smirnov, linda?

—Tengo miedo. —Una pequeña voz azota en una esquina.

Briana se pone pálida cuando escucha al niño.

«¡Si no se larga ahora mismo por él, juro que lo mato!».

Corre en su auxilio y decido jugar de otra manera.

Me apetece torturarlos a todos juntos. Los amarramos y tiramos dagas para ver a quién le cae. Todos los hombres de Siniestro deciden proteger con sus cuerpos a la perra, como si le tuvieran una ley increíble.

Pero el llanto infantil sigue desesperándome.

—¡Calla a ese engendro rápido!

—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? —Briana lo carga.

—Quiero a mi mami Marcela. Tengo mucho miedo.

—Ahora tu nueva mamá soy yo, Damián. Ya te lo he dicho. Marcela está muerta por culpa de Siniestro. Grábate bien ese nombre. Ya cállate.

No estoy para soportar criaturas, pero el hecho de ya no poder tener más hijos me frustra. Mi legado no va a parar aquí. Briana mira, aburrida, como si le pesara la cría. Después de un tiempo, el niño se calma.

—No es esto para lo que vine.

—Ahora eres mi mujer. Te aguantas.

De reojo mira a Alaska. Quiere su cabeza y no se detendrá hasta conseguirla.

—No vas a jugar conmigo dos veces, Smirnov —amenaza—. Estoy aquí por algo. Ahora que tienes lo que quiero, no lo voy a desperdiciar ni un segundo.

—Tenemos un trato. No hasta mañana. Todavía no he terminado con ella.

Aprieta el frasco con ácido.

—Tus horas están contadas si no me la entregas. Soy muy buena como amiga, pero como enemiga no me conoces.

Se larga, presa de la ira. No soy tonto, sé lo que busca. Ese ego de hembra competitiva por querer ganarse al alfa nunca se le fue de la mente. Se encierra en su habitación y es lo que busco.

Por ahora no pienso quedarme con las ganas.

Alaska

Sangro. Es lo único que sé mientras mi cabeza da vueltas. Tengo las piernas deshechas y llenas de heridas. Un fuerte dolor en el cuello me remece cuando vuelvo a abrir los ojos.

¿Cuánto tiempo pasó?

Ahora estoy en una celda, atada de manos; moverme es un suplicio.

Cierro los dedos para apretar el puño. Me niego a que Viktor Smirnov se salga con la suya. Intento tragarme el orgullo por haber perdido esta batalla, consolarme a mí misma, decirme que todo estará bien, pero es imposible.

Mi mente tiene mil preocupaciones ahora.

Markos está desaparecido.

Ahora somos rehenes de Smirnov.

Y el pequeño Damián vive, pero está en manos de Briana.

Exhalo hondo, con la cabeza revuelta. Una voz me llama y me arrastro hacia una reja. Las carceletas contiguas están selladas con arcilla, pero detrás está Sander.

—Mi señora.

Extiende su mano por uno de los huecos. La sujeto, sintiendo mi nariz picar como nunca.

—¿Se encuentra bien? —pregunta.

—Eso creo —miento—. Necesito encontrar a Markos.

Su nombre se atora en mi garganta. No puedo decir más porque la voz se me quiebra. Mis lágrimas salen desbocadas cuando recuerdo sus ojos y cómo me miró cuando se enteró de la verdad a medias.

Confió en mí por primera vez y todo se fue al carajo. Necesito saber que está bien, decirle que fue una trampa. Esta desesperación me parte por dentro. No puedo dejar de pensar que está solo, tirado en cualquier parte del desierto, porque sé que vive.

—Lo siento mucho, señora.

—No me digas eso.

—No saldremos de aquí. El amo tampoco regresará. Él…

También se le corta la voz.

—No es cierto.

Niego con la cabeza.

—Es muy difícil sobrevivir a esa zona. Nadie entra por esos lares, no hay rescate que valga. Los Red Men fueron destruidos, la Fuerza Negra que sobrevivió está aquí y usted...

Se queda en silencio cuando escucha mi sollozo.

Me niego a aceptar que todo haya terminado de esta manera. Él vive. Es invencible, intocable, el hombre más fuerte que he conocido en mi vida.

—Nos queda una esperanza. —Respiro hondo—. No toda la Fuerza Negra peleó en Marruecos. Dejamos a unos hombres fuera y nadie lo sabía excepto nosotros. Quiero que vayas por ellos. Vas a escaparte.

—¿Qué dice?

—Lo intentaremos.

—Pero señora...

—No podemos quedarnos con los brazos cruzados, Sander, me estoy muriendo... —lloro—. Tenemos que encontrar a Markos. No voy a abandonarlo.

Inhala fuerte, como si le pesaran mis palabras. Su incredulidad me hiere.

—Él vive. ¡¿Lo entiendes?! Yo sé que lo hace. —Sujeto fuerte la reja—. Tampoco podemos dejar a nuestra gente, todavía hay empleados en la mansión que dependen de nosotros.

—Señora, es muy arriesgado. No puedo dejarla sola. Smirnov es muy inteligente, sabe que lo intentaremos.

—Por eso no te preocupes. Haré lo que sea para distraerlos, pero tú tienes que huir ahora.

Se niega.

—Markos no formó a gente inútil y por él vamos a seguir luchando.

Sus ojos son un cúmulo de lágrimas. Aprieto fuerte su mano mientras lloramos juntos. Le imploro que lo haga.

—Solo… con una condición. —Se contiene—. Permítame hacer algo por usted ahora.

Siento algo en mi mano cuando me toca. Un objeto duro se pega a mí como un imán y entiendo a lo que se refiere. Al ver lo que es, sonrío en medio del llanto.

—Gracias.

Un ruido nos separa.

Saco fuerzas de donde sea y me arrastro en medio de gritillos para acostarme en la paja. Todavía tengo heridas abiertas en mi pierna. Respiro hondo al ver que es Smirnov quien entra de nuevo. Seguro a golpearme.

—¿Qué quieres? —Me aparto con dolor.

Se agacha con una sonrisa y luego recorre mis piernas.

—Mirarte. ¿No puedo?

Voy a vomitar. Me quedo quieta sin saber qué sentir. No puedo pensar cuando me toca. Su perfume asqueroso se impregna en mis fosas nasales.

—Shh... —me acalla cuando quiero hablar—. Tranquila.

Paso saliva al notar sus intenciones, me mira como lo hace un hombre que te desea.

«Úsalo, Alaska».

El corazón me palpita, todas mis terminaciones nerviosas se ponen en alerta.

—Iba a matarte, pero no quiero desperdiciar tanta belleza.

—¿Qué haces?

—Solo seguir mis instintos. Briana quiere venganza y tú… estás sola. Las mujeres solo sirven para trapear las sobras. Ya no tienes un marido que te proteja, así que… te tengo un trato, preciosa.

Me quedo en silencio.

—Sé mi mujer una noche a cambio de tu vida.

Mi cara arde fuerte, los puños se me aprietan casi por instinto. Exhalo lento, tratando de pasar el regusto amargo que recorre mi garganta. Empiezo a pensar con cautela.

La desesperación de Sander es evidente. Da golpecitos que solo yo puedo oír, queriendo impedir que lo haga.

Tengo claro lo que busca, también que me matará apenas logre lo que quiere. Pero voy a cambiar su propio juego. Levanto mi barbilla.

—No soy mujer de ridiculeces, tampoco de sobras —respondo—. Si quieres tenerme, vas a tener que pagar por ello.

Enarca una ceja.

—¿Qué es lo que quieres?

—Que me liberes.

Ríe alto.

—¿Me crees estúpido? Solo prometí dejarte con vida, sin detallar en qué condiciones quedarías. ¿Añoras escapar de mí? ¿Eres tan ridícula para pensar que una mujer como tú vencerá a un hombre como yo?

—No tengo nada que perder ahora. Mataste a Markos, me dejaste en la calle y soy mujer de ambiciones. Hay que reconocer que ganaste.

Sus ojos se iluminan.

—No voy a oponerme a nada, si ya perdí —añado—. Lo único que quiero es sobrevivir, siempre y cuando ponga mis condiciones. Te aseguro que sé cómo... complacer a un hombre en la cama. Si aceptas, no vas a arrepentirte. Si te niegas, supongo que te quedarás con las ganas.

—Comida y agua. Es mi nueva oferta.

—Mi libertad.

—Nunca.

Sus ojos brillan de deseo. Tiene la misma mirada de los cobardes que quieren ser como Siniestro. Desean lo que él tiene, recorrer el camino que pisa, incluso hasta lo que toca.

Intenta besarme, pero lo dejo con las ganas. Su olor a tabaco me da náuseas.

Debo ser precavida. No es un hombre al que se deba subestimar. Sin embargo, desde ya muestra sus debilidades.

—Eres inalcanzable. —Me besa la mano—. No solo porque fuiste la mujer de mi enemigo, sino por la forma en la que miras, zorra de mierda.

—¿Lo tomas o lo dejas?

—No te irás de aquí hasta que me sacie contigo y este será nuestro secreto. Briana no tiene por qué enterarse. Acepto, pero será bajo mis propios términos, con lo que yo quiero que te pongas y en lo que quiera que me complazcas.

La hiel me invade.