Salvaje (Destrucción nº 2) 39
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SIN HONRA

Alaska

Una ráfaga caliente me golpea la cara. Los dedos de Rich siguen clavados en mi brazo, entonces lo veo: los ojos de Markos se incendian, sus ligamentos se remarcan con tanta fuerza que en cualquier momento se desbordan.

El aire se atasca en mi garganta. Durante siete días imaginé este momento: correr hacia él, esconderme entre sus brazos, besarlo hasta olvidar esta pesadilla. Pero mis pies no se mueven, son incapaces de reaccionar. Un escalofrío me recorre la espalda.

—Quita tus manos de mi mujer.

—Ya no es tu mujer.

El disparo estalla. Rich suelta un grito y me libera cuando la bala le atraviesa el hombro.

—El alumno jamás superará al maestro, cojo de mierda.

Bufa.

—¿Cómo subiste esta montaña? ¿Con ayuda de qué? ¿Una sillita? ¿O te cargaron entre dos? Eres solo un desperdicio.

—¡No te tengo miedo!

Se levanta como puede, clavando su prótesis en la tierra. Siniestro ríe cuando le muestra los puños. Se da el tiempo de burlarse de cada parte de su cuerpo. Rich enfurece, queriendo ir contra él. Pero el puño que le lanza en el estómago lo noquea.

La sangre desborda por su boca. El grito agudo que suelta me estremece. Patea su rostro y después sus piernas.

—Markos...

No me escucha. Lo sigue golpeando hasta arrastrarlo por la tierra.

—¿Sabes cuál fue tu error?

Levanta su cabeza.

—Mirarla.

El sonido lejano de un helicóptero empieza a mezclarse con el viento. No es el momento, tenemos que huir… pero él ni siquiera parpadea.

—La mujer del amo es sagrada —espeta—. Invisible para una basura como tú. No eres más que una rata asquerosa.

—¡Te amo, Alaska!

Los músculos de su brazo se tensan por la fuerza con que lo empuja.

—¡Cuidado! —grito.

Rich saca una navaja y alcanza a cortar el brazo de Markos. Sin embargo, él ni siquiera se inmuta.

Baja la vista, observa la herida y sonríe.

—Ni para eso sirves. —Le quita la daga y se la clava en el ojo—. Además de cojo, ahora serás tuerto.

—¡Alaska! ¡Todo lo hice por ti!

La presión se me baja. Siniestro deja de parecer humano cuando lo vuelve a agarrar a golpes. La tierra tiembla bajo nuestros pies, en cualquier momento la montaña se derrumba.

Lo arrastra hasta la trituradora de piedras.

—¡No!

Algo en mí se paraliza. Rich intenta aferrarse a él, desesperado, pero Siniestro lo levanta con una fuerza implacable.

Deja caer su cuerpo lentamente. Me llevo las manos a la boca cuando la máquina empieza a comérselo vivo. Su llanto me perturba. Primero los pies, luego baja hasta sus caderas. El sonido de sus huesos rompiéndose me deja inerte. Grita hasta quedarse sin aire y los ojos de Markos brillan.

—Un poco más…

Tengo que sujetarme de una piedra cuando la trituradora lo devora. La sangre empapa la zona, el hedor de la carne cortada es asfixiante; caigo de rodillas con asco.

—Así mueren los cobardes.

La tierra vuelve a vibrar y me resbalo.

—¡Markos!

—No te muevas.

Se apresura a tomarme de los brazos y el rebote me hace aferrarme a su pecho con fuerza. Inhalo su perfume, lo delicioso que es. Está vivo. Aquí. Conmigo. Y por un instante, creo que nada más importa.

—Lo siento —sollozo—. Yo...

Suenan tres palmas. Por las colinas aparecen hombres rodeándonos con armas. Puedo sentir su respiración, la dirección de sus ojos.

Me pone tras él y sus músculos se tensan. Aun así, se controla.

—Qué romántico, voy a llorar.

De la humareda, aparece una cara conocida.

Viktor Smirnov.

Su aspecto es aún más asqueroso que en Japón. Trae la barba sin afeitar y los ojos saltones, que lo hacen verse despreciable.

Trato de mantener la calma. Nos acorralan, ellos son muchos. Pero a Markos parece no importarle. Los músculos de su cuello se hinchan cuando lo tiene cara a cara.

—Me ahorraste el trajín, viejo amigo. Tenía que deshacerme de ese cojo bueno para nada. Me gané el espectáculo en primera fila.

—¿Se te cayeron las pelotas? ¿O es que le tienes miedo a quien te superó toda la vida? No puedes luchar contra mí solo.

—Tu ego nunca se va.

—Ni tu cara de perdedor de mierda.

Smirnov cambia de actitud.

—Vas a pagar cada palabra... —murmura.

Siniestro bufa. A pesar de estar rodeados y en peligro, no deja de lucir arrogante. Con el mentón en alto, lo reta. Es Smirnov quien se siente menos con sus palabras. Ordena a sus secuaces acercarse, pero antes de que siquiera respiren, Markos se los baja con su arma.

—Pelea como hombre, no como nenita con ayuda.

Me saca de escena, tirándome contra la montaña. Ambos se apuntan.

—Así que quieres prolongar tu muerte.

—Veremos quién gana.

Se mueven en círculos, como dos bestias que se odian. Ninguno quiere perder el disfrute de ver caer al otro. Smirnov es audaz, pero Markos le lleva la delantera. Mi corazón empieza a estremecerse. La tierra no es segura.

—Qué ironía. Volver a vernos en un lugar así. Fue en uno de estos lares donde tú me desterraste hace años, condenándome a no ser nadie.

Se agarran a puños. Golpean sus espaldas contra las rocas. Pelean con el odio acumulado por años de lucha. Ambos quedan cerca del abismo.

—Eras intocable, Siniestro. Nadie podía contra ti, pero tú mismo creaste tu ruina. Debo agradecérselo a tu esposa. Ella, Alaska Wells, te traicionó. Me cedió tus planes para destruirte. Habría caído, si no hubiese sabido de tus estrategias.

Me paralizo.

—La zona roja, los Red Men, las bombas. ¿Cómo crees que llegamos hasta aquí? Se alió con Rich desde siempre. Solo aceptó regresar a tu casa para ser nuestro topo.

No es cierto… ¡No es cierto!

—Markos...

Las lágrimas empapan mi rostro. Quiero explicarlo, decirle la verdad, pero las palabras no salen de mi boca.

Cuando sus ojos se encuentran con los míos, algo dentro de mí se congela. Me mira con tanto odio que me derrumbo.

—¿Qué se siente una traición?

Smirnov retrocede.

—Es un buen final, amigo. Porque en algo tenías razón: limpiamente no te podría haber ganado nunca.

—¡No!

Le dispara.

Una.

Dos.

Tres veces.

Y una explosión detona la tierra.

El cuerpo de Markos sale volando. Impacta contra las rocas en medio del fuego.

—¡Markos!

El alma se me sale del cuerpo. Mi vida pasa por mis ojos en segundos.

«Mi amor...».

Corro dispuesta a lanzarme, pero Smirnov me toma de los cabellos para golpearme. Me arrastra por la tierra mientras grito. Siento que me rompen el alma, que me quitan el corazón en pedazos. Puedo soportar todo en la vida menos la idea de perderlo.

—Markos Van Loren ya está muerto. Hoy empieza mi reinado, puta de mierda.

Todo se vuelve negro.