38
CRIMINAL
Alaska
Camino de un lado al otro sin noticias. La última comunicación que tuve con Markos fue cuando me quedé en su habitación, hace exactamente siete días, y ni siquiera pudimos terminar de hablar. La señal se cortó abruptamente.
Han llevado los explosivos al avión para un vuelo privado hacia el Sahara. El plan de las tribus funcionó: se mantendrán al margen, lo cual nos da una ligera ventaja. Pero debemos actuar rápido.
La Fuerza Negra de Sander ronda la zona en silencio, los Red Men están a punto de llegar a las áreas más sensibles. Todo va saliendo acorde a nuestros planes. Lo único que falta es el ataque, pero no puedo seguir adelante sin antes hablar con Markos.
—¿Pudieron comunicarse?
—No, mi señora. Ahora mismo es peligroso. Nadie tiene permitido llamar, debido a que existe la posibilidad de rastreo. Enviamos mensajes en clave, pero no hay respuesta. Solo el amo decide cuándo dar señales.
«Es lo que me viene diciendo desde hace tres días».
—Entonces no esperaremos, díganle que iremos ahora —aclaro, con la única intención de tenerlo para mí unos minutos.
No he podido dormir estos días. Lo de Rich empieza a pesarme demasiado y no quiero seguir cargando secretos.
Abrocho mi cinturón de seguridad mientras emprendemos el vuelo. Llegaremos a Oujda en nueve horas, luego tomaremos autos que nos acerquen a Figuig. Descansar no es una opción, así que me pongo a trabajar con sus hombres.
Smirnov ya está en la zona roja. Ha avanzado hacia una de nuestras bodegas, tal cual lo previmos. Repasamos los planes de ataque. Lo acorralaremos y luego cercaremos su zona de escape. No tendrá más opción que rendirse.
—Recuerden que es alta montaña —recalco—. Debemos tener hombres en cada uno de los vacíos. Si se dan cuenta, el plan habrá fallado. Nos estamos jugando el pellejo en la peor zona del mundo, pero valdrá la pena.
—Señora Van Loren, tenemos un problema. No tenemos equipo médico. Se han confirmado casos de fiebres extrañas en zonas aledañas y ningún marroquí quiere arriesgarse —me informan.
—¿Les ofrecieron más dinero?
—Matamos a dos de ellos para amenazarlos, pero eso solo complicó las cosas.
—¡¿Quién les dio la orden de tocar a esa gente?!
—Solo seguimos las reglas. No quisieron cooperar.
—¿Qué no entienden que esa gente no funciona con presión? No podemos darles motivos para que nos sigan. A partir de ahora me consultarán cada movimiento que hagan. ¿Lo entienden?
Asienten y mis ansias crecen. Fallar en este momento, cuando lidero la guerra más importante de todas, no es una opción en mi cabeza. No quiero traicionar la confianza de Markos.
—Descuide, señora, lo arreglaremos.
—Los quiero fuera de mi vista.
Golpeo la mesa, sin poder entender este fastidio excesivo. Mi mal humor ha crecido estos días, tal vez por las preocupaciones. No podemos retrasar nuestra llegada.
—Mi señora, el gobierno cerró una de las carreteras principales.
—¿Cómo? ¿Cuál es la excusa?
—Reparaciones, pero es imposible. El gobierno tiene olvidadas a las tribus. Es extraño.
—Averigüen qué pasa.
Dejo caer mi cabeza en el asiento. En las próximas horas se suman más imprevistos. Ya no sé cómo se respira. Me levanto un par de veces, luego me vuelvo a sentar. Pero no me desenfoco, debo tener la cabeza fría para tomar decisiones.
Mientras algunos duermen para recuperar fuerzas, yo solo me dedico a revisar los planos. No sé cuántas veces llevo haciéndolo. He repasado tanto los mismos gráficos que hasta me los sé de memoria. Nada puede salirse de mi control ahora.
7 horas.
Un fuerte dolor de cabeza me perturba. Exhalo, como si todo esto pesara. La falta de sueño empieza a pasarme factura.
—Debería dormir un rato, mi señora. —Sander se acerca—. Se ve pálida.
—Estoy bien.
—Ni siquiera ha comido en estas horas de vuelo. Si no está bien, no podrá ni levantarse.
El líder de la Fuerza Negra me sonríe, entonces asiento.
La comida está ahí desde hace horas, pero solo la veo desagradable.
Los condimentos no me gustan. El movimiento del avión me da náuseas y voy al baño a refrescarme.
Al mirarme al espejo, mi rostro parece extraño.
Tengo ojeras de panda y un semblante demacrado, incluso me veo más delgada.
Estoy así por las preocupaciones. O quizá por la ausencia de Markos.
Me llevo un caramelo de limón a la boca. Ayuda a que mis oídos se destapen y es lo único que puedo comer por ahora.
Regreso a la sala del avión y dos armas están esperándome.
—La guerra contra Smirnov no esperará apenas aterricemos. Esto podría explotar en cualquier momento. Aquí están sus pistolas.
Asiento. Después de dos largas horas, por fin llegamos.
Desde lo alto, la ciudad nos observa. Las torres departamentales son del mismo color, la tierra parece empapar el área. Aterrizamos y lo primero que hacen es darnos trajes adecuados. Algunos visten como pobladores, otros como militares. En mi caso, me envuelven en un hijab hasta cubrirme la boca.
Al avanzar entre los pueblos, el calor asfixiante nos desborda. Me cuesta ver a las mujeres de la zona cubiertas de pies a cabeza. Los hombres caminan en libertad, luciéndolas como mascotas. Se extrañan al vernos, tal vez porque soy la única mujer en un grupo de hombres.
Nos enrumbamos en cinco autos negros blindados en dirección a las montañas, que más parecen ser un mar de tierra rocosa.
16:38 horas.
El camino me marea. Llevo mis manos a mi frente.
—¿Se siente bien, señora? —pregunta Sander.
—Sí, solo tuve malestar porque no puedo leer con el auto en movimiento.
—Es porque no ha comido nada —me regaña.
—Si ingiero alimento, voy a devolver todo. La comida me cae mal con estrés.
—En dos días solo ha probado pasta con mantequilla y algo de frutos secos —insiste—. Al amo no le gustaría enterarse de que su esposa no se ha alimentado como es debido. Por favor, intente comer algo de nuevo.
—Está bien, dame algo ligero. A ver si mi mal humor pasa.
Le acepto lo que para los griegos es gyro de pollo, aunque yo lo llame kebab. Después de unas horas, llegamos a la zona roja y todos empiezan a prepararse.
—Llegó la señora.
En lo único en que me fijo es en el lugar espantoso que nos rodea.
Trozos grandes de rocas se acumulan en torno a un gran cañón.
Los picos de las montañas bordean una cordillera de tierra.
Al parecer, es porque se han hecho excavaciones cerca.
La zona está llena de trituradoras de piedras abandonadas junto a desmontes que solo hacen el lugar más engañoso.
—Bienvenida, señora. —Me recibe un Red Men.
—¿Tienen todo lo acordado?
—Sí, solo nosotros sabemos dónde se encuentran las minas explosivas. Orillaremos a Smirnov a ellas. Caerá en la trampa y no podrá escapar esta vez.
—Bien.
—El señor Van Loren arribará en cualquier momento.
Una corriente fuerte atraviesa mi cuerpo. Sonrío. Quiero verlo, necesito verlo.
Han pasado tantas cosas, tanto tiempo separados, que solo saboreo sus labios encima de los míos. Ruego porque esta pesadilla termine pronto.
Empezamos a organizarnos y los hombres de Markos no se apartan de mí. Subimos a lo más alto de una de las colinas, que será nuestro refugio por ahora. Conectamos nuestra tecnología y rodeamos la zona roja con rastreos.
—Nuestra gente ya está en el punto, señora. Recuerde que no puede moverse de este lugar. Atacaremos cuando el amo llegue.
Asiento.
Sin embargo, pronto unos movimientos nos alertan.
—¿Qué pasa?
—Una emergencia. Smirnov y sus perros están transportando lo que se robaron de un lado al otro. Que se orillen a las vías de escape es peligroso. Tenemos que atacarlos ahora.
—Háganlo.
La voz de Markos aparece en nuestras radios y es como si una ráfaga me consumiera. Está aquí, pero no lo veo. Probablemente permanece en una zona invisible.
Dos hombres salen de su escondite, están a punto de abrir fuego.
—Esperen —Sander habla.
La Fuerza Negra se mueve con armas por Argelia mientras los Red Men bordean la zona más cercana, informando de lo que ven a su paso.
—Han vuelto a moverse.
—¡Van hacia las bombas! —añade Antígona—. ¡No disparen!
De pronto, todo se desencaja. Algo no cuadra. Estudiamos cada detalle, cada coordenada. No tenían que moverse por ahí, no ahora.
—¡Lo saben! ¡Desactivaron las minas explosivas que teníamos!
—¿De quién fue el maldito error? —Markos grita.
—Su esposa, amo —Antígona responde y su silencio me quiebra.
Me trago la frustración, resolviendo el problema mientras algo en mis adentros se rompe. No entiendo. Todo estaba sobre la marcha. Revisé los planos más de cien veces, al igual que la ubicación de los explosivos. No tenían forma de saber las ubicaciones.
Siniestro empieza a dar órdenes en su idioma. Pero la sorpresa nos impacta cuando los hombres se detienen, haciendo un ademán de saludo en las direcciones exactas donde nos encontramos.
—¡Es una trampa! —grita un Red Men.
Inicia un tiroteo. De grandes rocas salen hombres armados que persiguen a los nuestros.
—¡Cancelen el ataque! —Siniestro espeta.
—¡Emboscada! ¡Emboscada!
Todo se descontrola en cuestión de segundos. El plan se ha volcado contra los nuestros. Smirnov ejecutó nuestra estrategia a su favor y ahora estamos en un laberinto sin salida.
La explosión sacude la montaña. Uno de los Red Men corre.
—¡No!
La voz de Antígona se rompe.
—¡Arthur!
Fragmentos de roca y tierra caen por la pendiente. Lo aplastan y caigo de rodillas, sintiendo el golpe emocional en mi pecho. Arthur está muerto, la pelirroja se desborda.
—Han empezado a explotar montañas. Si no evacuamos, vamos a morir todos. ¡Corran!
—¡Señora!
Me sujetan cuando la tierra tiembla. Los gritos en griego se suman por las radios hasta que la señal se desconecta.
—¡Tenemos que luchar!
—¡No! Debemos sacarla de aquí. Protegeremos a nuestros amos, así sea con la vida.
Tomo mi arma, pero una colina alta empieza a desmoronarse. El camino se cuartea y deja un pequeño riego de tierra entre montañas. El único escape es bloqueado por una máquina demoledora de piedras.
—¡Mi señora!
Uno de los escoltas se tira encima de mí, cubriéndome de los balazos. Las cabezas de los últimos hombres del imperio explotan en sangre.
Caigo al suelo. El horror me paraliza.
—Alaska.
Giro al reconocer esa voz.
—¿Rich?
—Tenemos que irnos. —Me toma de los brazos—. Estás en peligro.
—¿Qué estás haciendo? —Forcejeo—. ¡Suéltame!
—Lo siento —llora—. Lo siento, nunca quise lastimarte. Me equivoqué, te traicioné. Smirnov... Yo...
¿Smirnov?
Extiende la mano hacia mi nuca y aparta un mechón de mi pelo. Sus dedos raspan algo diminuto pegado cerca de la raíz de mi cuero cabelludo. Tira hasta despegar un pequeño parche transparente, casi imperceptible a los ojos.
Entonces lo entiendo.
«Un rastreador».
—¡¿Qué hiciste?!
Lo golpeo con todas mis fuerzas, recordando nuestro encuentro, la necesidad que tenía por tocarme.
—¡Le dijiste que lo extrañabas! —chilla—. ¡Te acariciaste pensándolo! ¡Imaginándolo! Yo di la vida por ti, Alaska.
—¿Qué?
—¡Lo escuché! ¡Te tocaste en su habitación! ¡Se lo dijiste! —continúa—. El placer que te daba recordarlo, la manera tan íntima con la que jadeabas su nombre, su voz...
Se quiebra y el asco me paraliza.
El rastreador también tenía audio. Smirnov y él escucharon mis planes.
—Confié en ti…
—No puedo dejarte.
—¡No! —Me toma de la cintura—. ¡Suéltame, maldito! ¡Suéltame!
—Voy a salvarte. No vas a morir en manos de nadie, Alaska.
Gira, pero algo lo detiene. Su cabeza rebota contra el cuerpo alto y fornido que le bloquea el paso. Lo apunta con un arma, desbordando ira por los ojos.
—Las ratas vuelven al nido... Lo que no saben es lo que les espera.
Los ojos de Siniestro arden.