Salvaje (Destrucción nº 2) 37 #2
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—Ninguno de nosotros domina el idioma a la perfección. Si nos descubren, no habrá escapatoria. ¿De qué sirven los millones que nos pagará el amo si morimos en batalla?

Uno de los Red Men habla, le sostiene la mano a Antígona.

—Nuestro honor y palabra, Arthur —lo llamo por su nombre y se sorprende—. El dinero es un incentivo, pero lo que más disfrutaremos es destruir a quien ha dañado cada una de sus vidas. —Miro a la pelirroja—. Incluyendo a quienes nos violentaron.

Todos callan y miran las armas que están en la mesa. El trago amargo pesa en densidades diferentes. No por dinero, tampoco por valentía, sino por el sentimiento más fuerte que mueve al mundo: la venganza.

Arthur es el primero en guardar el calibre en su bolsillo, aceptando el reto.

—Lo haremos.

Antígona se mantiene en silencio, perdida.

Nos concentramos en planear a detalle los ataques: entrada a las tierras, horas específicas, caminos trazados, además de confirmar las armas que llevaremos. Cada Red Men tiene una misión específica, de los hombres de Sander me encargo yo. Y no hace falta que diga más en voz alta.

Cuando terminamos, uno de los Red Men se acerca. Aprieta mi mano antes de irse.

—Es bueno tenerla.

Sonrío.

—El amo es ley para nosotros. Esto lo hacemos por él, no por ti... señora —Antígona se queja.

Tenía que lanzar su veneno antes de irse, pero no me afecta lo que dice, al final es cierto; no hay persona que se arriesgue más que Antígona por Markos. Le ha sido fiel en las peores batallas, ha soportado todas sus estupideces, quizá porque gracias a él sigue en este mundo.

Su historial de vida estaba detallado en un documento. Fue dama de compañía desde pequeña, entrenada militarmente por los rusos, casi forzada a ser amante del Vyshe.

El cansancio me pesa y Furia me mira, saboreándose el hocico. Tiene hambre, todavía no ha comido nada. Le sirvo sus croquetas, pero termina lanzándose encima de mi cena: es tan grande que de un salto se sube a la mesa para devorar todo.

—Perro malo —lo regaño, aunque el fideo que se desprende de su boca lo hace ver adorable. Solo me saca una sonrisa.

—Señora, ¿le sirvo de nuevo?

Kyria tiembla a tres metros del animal.

—No, está bien. ¿Llamó Markos?

—No, señora —contesta el escolta.

Trato de ser objetiva, es difícil tomar señal telefónica en un lugar como ese. Si no fuera por Sander, no sabría nada de lo que hacen.

Me quedo revisando un poco más los planes y el cansancio me pesa, porque ya son casi las dos de la madrugada. Al final todo está bien. Los hombres de Markos captaron las estrategias rápido y ya están preparando todo para la marcha, pero yo no dejo de estar ansiosa.

Subo las escaleras y me detengo en el pasillo, justo frente a la habitación de Siniestro, que ahora mismo no está siendo custodiada.

Nadie tiene permitido entrar salvo él mismo.

Una idea me gobierna y meto a Furia conmigo. Al cerrar la puerta, solo me maravillo con la gran vista que posee; un ventanal que mira al imponente mar de Grecia, cortinas blancas y una cama de tres plazas perfectamente tendida, con las sábanas más delicadas que puedan existir en el planeta.

Bordeo cada esquina, sintiendo su aroma. Apago la luz, dejando solo una lámpara prendida. Me pongo una de sus camisas, sin ropa interior que me cubra. Luego me lanzo a la cama. La almohada aún tiene su olor. Dejo que mis labios reposen sobre la tela, imaginando su boca.

Ha sido un día tan pesado que solo desearía pasarla bien. Sentir su lengua y el placer que me da cuando está encima de mí. Quisiera poder follarlo.

La imaginación me prende. Recorro mi cuerpo hasta llegar a mi centro y ahí… masajeo mi clítoris.

Lo pienso mientras bordeo la punta. Me muerdo el labio al sentir el primer cosquilleo. Aumento el ritmo y los pezones se me endurecen.

—Markos —jadeo, extasiada.

En mi mente siento su peso. Nos besamos rico. Sus manos bajan hasta mis piernas para abrirlas, entonces me penetra.

Mi cerebro trae al presente lo que se siente al tener su miembro dentro. Estoy mojada. Lo monto, pensando en el dolor que me produce. Me contraigo y una oleada rápida se despliega. Dejo salir la liberación que me relaja.

«Siniestro sabe tan bien… hasta en mi cabeza».

El teléfono suena, no contesto, pero la insistencia me irrita.

—Qué rico se corre pensando en su marido, señora Van Loren. —Su voz me paraliza—. Me pregunto si debería darte unas nalgadas, o primero llenarte de mí cuando te vea.

Es él.

La piel se me incendia al notar una pequeña luz tintineante en una de las esquinas de la habitación. Hay una cámara escondida.

Me siento expuesta, acalorada… Estoy a punto de darle un sermón, pero mis músculos están tan relajados que lo único que hago es reír.

—¿Qué excusa darás, angliká?

—Ninguna, amo. —Acomodo la almohada—. Vine a su habitación, tomé su ropa y solo me di un gustito. ¿Me va a castigar?

—A correazos.

—¿En dónde? —jugueteo.

—Donde quieras. —Exhala pesado—. No puedes tomar las cosas de tu señor sin permiso, tampoco entrar a su habitación con ese perro maloliente.

Giro la cabeza hacia Furia, que ronca en una esquina.

—Ese perro me cuida. A mi marido se le dio por desaparecer todo el día. Me dejó sola.

—Así que me extrañas.

Bufa, arrogante. Espera mi negativa.

—Mucho. No tienes idea de cuánto espero volver a verte.

Me sincero y solo se queda en silencio.

Rich

Ahogo el desespero en el vodka que me llevo a la boca. Sus palabras todavía retumban en mi cabeza.

Doy un puño en la pared, sin saber qué demonios hago. Quiero entender por qué lo ama, si la ha lastimado. Es injusto que se quede con ella. Fui yo quien estuvo a su lado, soy yo quien la ha protegido.

Me acabo el último sorbo. Ya no soporto los celos, tampoco este respirar pesado. Alaska no puede alejarse de mí. Estoy perdido sin ella.

Las lágrimas empapan mi rostro. Muy en el fondo sabía que, si regresaba a sus brazos, la jugada podría volcarse en mi contra. Él podría haberla hecho cambiar de opinión, deslumbrándola con aquel efecto que hace a toda mujer ponerse a sus pies. O también podría estar amenazándola.

Me llevo las manos a la cabeza. Las dudas no me dejan tranquilo. Traté de comunicarme con ella de nuevo, pero se deshizo del microtransmisor. No quiere volver a saber de mí. Y el solo hecho de perderla me vuelve loco.

—Interesante.

Una voz retumba desde las sombras, ha estado en una esquina observándome desde hace mucho.

Jadeo, preso de mi impulso. No quiero verlo, pero se acerca.

—Te mintió cuando solo le diste la mano, como lo hizo con Bristol.

Deja una botella de vodka sobre la mesa.

—Ahora tienes todo el derecho, Rich. —Palmea mi hombro—. Te utilizó, véngate de ella.

No contesto.

—¿Cuántas veces tuviste culpa por estar «mintiéndole» para protegerla? ¿Qué hubiese pasado si nunca te hubieras aliado conmigo? No tienes por qué guardarle lealtad a quien nunca le interesaste.

—Ella me quiere.

—Pero a él lo ama. Y mientras viva será un obstáculo.

Presiona lo que traigo entre los dedos. Mi mano se afloja.

—Haces bien, Rich. Esto solo es el comienzo de un futuro brillante.

Sonríe.

—No quiero que la lastimen. Prométeme que no la vas a tocar.

—Soy un hombre de palabra.

La sombra se hace visible.

—Confío en ti, Viktor Smirnov.