Salvaje (Destrucción nº 2) 37
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MÁSCARAS

Alaska

Me paralizo cuando los hombres se mueven. Mantienen su distancia, al tiempo en que muestran sus armas. Rich solo les hace una seña para que se calmen.

—¿Qué significa esto? —Algo cruje en mi garganta.

—Se acabó tu tortura, Alaska. Con esta información, Siniestro estará arruinado. ¿No te alegra? —Da dos pasos hacia mí—. Por fin seremos libres para vivir nuestro amor sin que nadie nos persiga.

—Rich…

—Cielo, sé que estás emocionada. Ideé tantas cosas para que estemos a gusto que solo nos queda disfrutar de la vida.

Por alguna razón, su sola cara me fastidia. No soporto su aliento, tampoco su cercanía. Trato de huir, pero toma mi palma.

—Te he ansiado tanto... —Me acaricia—. Reservé la mejor suite de Atenas para nosotros. Esta noche tú y yo...

—No. —Me separo—. No puedo.

Ladea la cabeza.

—Eran nuestros planes desde el inicio: estar juntos.

—Son tus planes, no los míos. —Respiro hondo—. Siempre he sido clara contigo, Rich. Ahora quiero estar sola. Ya tienes lo que buscas. Con esa información puedes manejar lo que desees.

—¿Te lavó la cabeza de nuevo? —La sonrisa se le borra.

—Esto no se trata de él. Te quiero, pero no como a una pareja. Eres mi mejor amigo. La persona que estuvo conmigo cuando todos me dieron la espalda, pero... solo eso.

—¿Y así me pagas el apoyo que te di? —Le tiemblan los labios—. Alaska, yo te amo. Te amo como nunca he amado a otra mujer en mi vida. Dijiste que me ibas a dar una oportunidad.

—Lo intenté, pero en el amor no se manda. No quiero lastimarte.

—¡No! ¡Me niego! —Se exalta—. ¡Ese imbécil no puede volver a embaucarte como lo hizo hace un año! No lo permitiré.

—¡¿Qué haces?!

Intenta capturarme.

—¡No voy a dejar que cometas otra estupidez y que él se salga con la suya! —Los vándalos se acercan—. Es por tu bien, Alaska. Todo lo que hago es por ti.

—¡Suéltame! —Forcejeamos, sus dedos se hunden en mi piel—. ¡Hay límites que estás sobrepasando! ¡Respeta tu lugar!

—¿Respeto? ¡¿Pides respeto cuando te estás yendo a ofrecer a Siniestro como una cualquiera?! ¿Qué tiene él que no tenga yo? ¿Dinero? ¿Ego? ¿Su polla?

Lo abofeteo tan fuerte que mi mano arde.

—Cuida cómo me hablas —mi voz sale disparada, temblando—. No soy tu mujer ni tu nada. Con quién me acueste no es tu maldito problema.

Se queda quieto, respirando rápido. Mi mano todavía arde por el golpe que le di. El silencio pesa, cubre el espacio con una incomodidad que sube. Cuando vuelve a mirarme, algo en sus ojos no encaja.

—Lo siento.

Sus manos hacen un puño.

Intenta acercarse de nuevo, pero le rehúyo. Retrocedo, los vándalos quieren atacarme, entonces los frena. No sé si lo hace por aparentar o por volver a presionarme. Ahora veo a alguien distinto. La imagen que tenía de él se me cae y lo único que deseo ahora es que se aleje de mi vida.

No quiero estar en otros brazos que no sean los que conozco. No quiero besar otros labios que no sean los de Markos.

Durante mucho tiempo intenté convencerme de que mis sentimientos solo eran una secuela del secuestro, una respuesta enferma de mi mente para sobrevivir. Habría sido más fácil si fuera verdad, pero lo cierto es que el corazón no se equivoca.

Nunca confundí la sangre en sus manos con protección. Tampoco llamé bondad a su violencia. Mucho menos imaginé a un monstruo distinto para sentirme mejor.

Sabía lo que Siniestro era.

Y aun así lo elegí.

Lo amo. En todas sus formas. Con todas sus sombras.

—Todo este tiempo ya habías decidido volver con él, ¿cierto? —Los ojos de Rich empiezan a cristalizarse—. Me decepcionas. No me quieres porque soy menos hombre. Me miras con lástima.

—Es inútil seguir con esto.

Intento apartarme, pero bloquea mi paso. Se acerca a mí y la rigidez en mi cuerpo no espera. Sus dedos suben hasta mi oreja, casi temblando. Me acaricia con fuerza.

—Todo lo que hago es por tu bien, Alaska —susurra—. Algún día vas a entenderlo.

El aire se escapa de mis pulmones al sentir sus dedos apretando mi cuero cabelludo. Fuerza su agarre contra mi nuca al tratar de besarme, entonces me alejo. Echo a correr antes de que vuelva a intentar retenerme.

Salgo del callejón, casi tropezando. El ruido de una feria turística me traga entre luces, música y gente desconocida. Avanzo sin mirar atrás, como si quedarme quieta pudiera hacer que me atraparan.

—Eíste kalá? —pregunta alguien, pero no puedo entenderlo.

Camino en otra dirección, liándome en medio de un mar de gente. Me empujan y dos brazos fuertes me toman por sorpresa.

—¡Señora Van Loren!

Son ellos, los hombres de Markos.

Exhalo hondo, agradeciendo haberlos encontrado. Imponen pánico en el tumulto, me llevan casi al instante, portando armas arriba. Kyria me espera hecha un mar de lágrimas.

—¡Señora!

Nos abrazamos fuerte. Nunca me sentí tan a salvo como ahora.

La piel de los hombres vuelve a su color cuando avanzan hacia el auto. Sus cuerpos bronceados parecían pálidos, sus caras desesperadas solo demuestran el pánico que les producía haberme perdido de vista.

—¿Está bien?

—Sí, me perdí entre las personas. Pensé que no iba a regresar. —No dejo de sostener la mano de Kyria.

—El señor Van Loren no lo permitiría, la buscaría donde fuera. Por favor, señora, no vuelva a exponerse de esa manera.

—Será la última vez, Kyria. Nunca más me alejaré de mi marido.

Mis últimas palabras retumban en lo más profundo de mi sistema. El hecho de no volver a casa solo me hacía sentir angustia. Pido un té antes de tomar un vuelo hacia la mansión. Cuando llegamos, es casi de noche.

—Señora Van Loren, los Red Men llegarán en algunas horas para los planeamientos previos.

—Antes necesito hablar con Markos. Es urgente —pido.

—No podemos comunicarnos. El lugar donde se encuentra no tiene buena señal. Ojalá podamos hacerlo en la noche.

El sonido de unas patas ansiosas me alejan de todo pensamiento. Los ojos rudos de Furia me emocionan. Abro mis brazos hasta que de un tirón me tumba.

—¡Señora! El can se escapó. —El empleado agacha la cabeza—. Escuchó su voz y...

—Tranquilo. Desde ahora andará suelto con bozal por el jardín. —Lo acaricio—. Eso es, buen perro.

Tomo la correa y lo llevo conmigo. No deja que los escoltas se acerquen. Les gruñe cada vez que rompen un espacio prudencial.

Dos horas pasan y todavía no se sabe nada de Markos. Ni siquiera Sky contesta. Me trago más de dos bolsas de cheetos por ansiedad.

—Señora, los Red Men ya están aquí.

Asiento.

Él me dejó a cargo de su inteligencia y no voy a decepcionarlo. Son muchos los motivos por los que debemos destruir a Smirnov.

Bajo junto al perro hacia el despacho, encontrándome con seis hombres. El jefe de la Fuerza Negra también está con ellos. Al igual que la pelirroja, que me espera con una falsa sonrisa.

—Señora Van Loren.

—Por favor, mírenme de frente. Será mi única condición para sostener esta reunión ahora. Esta es una de las batallas más importantes para nuestro imperio.

Decir «nuestro» hace que mi alma se emocione. La única que me mira con recelo es Antígona, como si todo esto le apestara. Se mantiene en silencio mientras detallo mis ideas.

Abrimos el mapa, ubicamos Figuig y las bóvedas que se encuentran entre la frontera de Marruecos con Argelia.

—Entrar en el área es complicado. El gobierno no tiene poder en esas zonas.

Es tierra de la mafia, uno de los lugares más peligrosos del mundo.

Las tribus sobreviven con el dinero del amo.

Aun así, muchos están en su contra. Logramos frenar el avance de Smirnov hasta aquí.

—Sander señala—. Pero ahora está blindado por las zonas montañosas.

Hay aspas negras en el plano. Nadie habla.

—¿Y esto? ¿Qué son? —pregunto.

—Minas explosivas. No podemos tocarlas, de lo contrario volaríamos en pedazos. Las pusimos hace años para cuidar nuestro territorio. Sacarlas ahora sería un problema, si buscamos no avisar al enemigo.

—Las evitaremos entonces.

Seguimos mirando el área. El accidentado relieve de tierra, junto a montañas altas con cuevas y caminos llenos de animales ponzoñosos, hacen que el lugar sea inhóspito e inexplorado.

Es una zona complicada para un ataque, implica arriesgar las vidas de quienes luchan. Pero no podemos quedarnos con los brazos cruzados.

—Los espías dijeron que Smirnov les prometió a las tribus parte del Kaos que robaran. La droga es mucho más valiosa que el dinero.

—Por eso tuvo su apoyo, a punta de mentiras. —Mis músculos se tensan.

—Ya sembró la codicia en esa gente. Aunque el amo logre disuadirlos, no son confiables ahora.

—Todavía hay una forma de controlarlos.

Antígona me mira con una sonrisa incrédula.

—¿Cómo? Aunque los matemos, no conseguiremos nada.

—Por eso no iremos en su contra. Les daremos lo que buscan.

Todos se miran.

—Drogas, propiedades y todo lo que anhelan —determino—. No serán competencia para el Kaos, porque no saben fabricarlo, solo trabajar las tierras. Cuando se sientan poderosos, bajarán la guardia. Solo pediremos una condición: que se mantengan al margen de esta guerra.

Sander abre los ojos.

—¿Qué nos garantizará que cumplan?

Sonrío.

—Distracciones. Niños perdidos, miembros de su tribu desaparecidos. Pero eso sí: no los lastimaremos.

La risa estruendosa de Antígona resuena.

—Miren a la no anal, cómo ha cambiado…

—Una excelente coartada, mi señora. —Sander asiente.

—Tenemos unos días para esto. Apenas las tribus estén fuera, Smirnov no tendrá apoyo.

Se la pondremos fácil para que halle una de las bóvedas.

Cuando intente robar el kaos, lo atraparemos.

Los Red Men entrarán por los alrededores, Sander con sus hombres por Argelia y nosotros manejaremos todo desde tierras altas. Tres frentes, un solo ataque. Perderá.

—¿Sabe que aún existe la posibilidad de sus espías? Pueden estar en cualquier parte —me previene, pero ya contaba con ello.

—No te preocupes. Nunca se darán cuenta de nuestra presencia.

—¿Estás loca? —Antígona agrega—. ¿Le vas a pedir a un helicóptero que no haga ruido?

—No llegaremos en helicópteros a la zona, seremos parte de ellos. —Sonrío—. Hombres y mujeres marroquíes que trabajan para la mafia. Fingiremos ser una tribu.