Salvaje (Destrucción nº 2) 36
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TODO O NADA

Alaska

No puedo articular palabra. El pecho me pesa, un nubarrón oscuro me ciega. Imágenes del pasado regresan.

—Aún no estamos a salvo. Él podría regresar por ti algún día.

—No lo voy a permitir —determiné con fuerza.

—Es evidente que no conoces de sus alcances. Nada puede romperlo, nadie lo ha detenido nunca. La Incripol es la única organización que podría eliminarlo, pero necesitamos pruebas que lo incriminen directamente. Lo que hallaste en los archivos de Bristol no es suficiente.

Mis ojos ardieron.

—Debemos optar por otra salida. Tal vez cambiarte de identidad.

—No. Ya no voy a dejar mis sueños por nadie.

Exhaló fuerte.

—No tenemos forma de blindarnos, Alaska. A menos que…

—Accione desde dentro.

Mi voz retumbó tan fuerte que me dejó un sabor amargo en la garganta.

—Si llegara a acorralarme, aceptaré regresar con él para destruirlo. No tendré compasión, tampoco me detendré hasta aplastarlo como se merece.

Rich asintió.

—Véngate, Alaska. Hazlo por el hijo que perdiste. Él puso a esa mujer en tu vida para manipularte. Si lo hubieras sabido a tiempo, no habrías recibido a Briana en Suiza y ella no hubiera matado a tu bebé… Solo cuando hayas acabado con Siniestro, serás verdaderamente libre.

Regreso al presente. Rich continúa hablando. Ni siquiera le he puesto atención a lo que dice.

Me miro frente al espejo, con el latido de mi corazón al límite. Era una medida desesperada, tuve que usarla.

No sabes lo que se siente hasta que te pasa. Que tu vida de un día para otro se vaya al carajo por el capricho de alguien. ¿Era yo un ser humano o el trofeo?

Sola, perdida, en un mundo de mentiras.

A nadie le importaba si vivía o moría. Mis hermanos no eran mis hermanos, mi padre estaba muerto, el novio que creí un ángel no era más que una basura. ¿Y qué me quedaba? Defenderme a mí misma.

Acepté ser un topo con una clara intención. Quería apagar el desamor que sentía, vengar sus mentiras, la forma en la que destruyó mi vida y a mi bebé. Estaba convencida de que era lo correcto… hasta que volví a mirarlo de frente.

—Tiene que ser mañana mismo —insiste Rich—. Inventa algo o dale motivos para salir de la isla. Arreglé un encuentro en Atenas. Necesito documentos de sus negocios, deslices que puedan inculparlo. Debe tener los planos de sus bóvedas en Marruecos, ya hablé con la policía.

Callo.

—Alaska, recuerda por qué estás ahí. ¿Por qué no dices nada? —No respondo y empieza a desesperarse—. Déjame adivinar. ¿Se lo dijiste? ¿Te dijo que él jamás mataría a un hijo suyo? —Ríe—. ¡Por favor! ¡Te conoce! ¡Sabe cómo manipularte!

Me quedo quieta.

—No eres nada en su vida. Solo un trofeo, alguien a quien quiere tener a su lado por ego.

Se acaba el tiempo, cielo, por favor. No podemos tener mucho contacto en la señal, el radar de la mansión alterna cada tres minutos.

Te veo cerca de la Acrópolis. Tú solo llega, yo te buscaré sin que lo notes. Voy a estar esperándote.

La conexión se pierde. Aprieto el aparato entre mis dedos, lo apago y luego lo escondo. El aire se escapa de mis pulmones.

Doy vueltas por la habitación, intentando ordenar mi cabeza. No puedo dejar a Rich plantado en un arranque impulsivo, eso empeoraría las cosas.

Me doy dos segundos para calmarme y corro hacia mis cajones.

Los documentos que encontré en su despacho todavía están ahí.

Empiezo a buscar entre los papeles. No solo está el detalle de cada mujer que Markos ha tenido en su vida, sino…

firmas de contratos falsos, nombres de personas implicadas en tráfico de drogas, armas, historiales de delincuentes y…

las coordenadas de sus bóvedas en Marruecos.

El ahogo me sofoca.

Me voy a volver loca con todo lo que pienso. El juego es peligroso, pero las fichas ya están tiradas. Una idea viene a mi mente.

Evalúo los documentos. Dejo los más importantes escondidos y los otros los empiezo a modificar con líneas que reorganizan direcciones. Después de horas, por fin termino.

El reloj marca las 4:20 a.m. Me tiro en la cama con una sensación extraña, sin dejar de traer recuerdos a mi mente.

«Te amo, Markos».

«Alaska, no... ».

«¿Qué se siente perder a tu bebito?».

Y todo se desborda.

El desamor. El dolor. Las heridas que nunca terminaron de cerrarse.

«¡Jamás mataría a un hijo mío! ¡No a un Van Loren!».

«Lo pagarán. Uno por uno. Con lo que más les duela. Te lo juro».

Cierro los ojos.

Mi corazón late fuerte. Para mí todo es claro ahora.

Lo intenté. Pero fallé enmascarando una mentira.

—No voy a traicionarte.

Llevo mis manos a la cabeza. Ahora no sé cómo ir por este laberinto. Si me sincero, Rich no lo entenderá. Sus celos lo desbordarían. Necesito mantenerlo tranquilo, al menos hasta ganar algo de tiempo. Le daré archivos errados e incompletos. Ni siquiera notará que han sido modificados.

Doy vueltas en la cama, sin poder dormir en toda la noche, teniendo despertares nocturnos. Para cuando el amanecer empieza a colarse por la ventana, el ruido de unos pasos me despierta.

—No quiero desayunar.

Mis párpados se sienten pesados. Quiero seguir durmiendo, pero las pisadas continúan.

Le eché llave. ¿Cómo entró la mucama?

Abro los ojos y lo veo al borde de la cama. Es Markos. Me observa de pies a cabeza, en especial mis ojos.

—¿Lloraste toda la noche?

—Es… el cansancio. No pude dejar de pensar en lo que se viene.

Se acerca.

—Me agradan las mujeres obedientes.

—Y a mí los hombres que confían en sus esposas.

Levanta mi mentón.

—La mujer del diablo no llora, solo destruye.

—Pero tú no me das armas, solo me escondes.

Acaricia mis labios con sus dedos.

—Entenderás mis razones al final del camino. Queda muy poco para que todo esto termine. Ahora debo irme.

—¿A dónde?

—Debo arreglar los asuntos de las tribus antes de ir contra Smirnov. Mientras esté fuera, necesito a alguien que ordene a mi gente aquí.

Asiento.

—Tienes una semana para hacerte cargo de mi inteligencia. Manejarás un plan de emergencia por si algo sale mal. Solo si aceptas no entrar en la pelea.

—No tengo de otra, ¿cierto?

—Ganaremos. Pagarán cada gota de sangre Van Loren que derramaron. Nuestra sangre —declara.

«Nuestra sangre».

Sus palabras caen en mí de golpe. Habla de nuestro hijo.

Mis ojos vuelven a picar e intento desviar la vista, pero cuando sus labios atrapan los míos, ya no lo escondo.

—Markos… —susurro en su boca—. Quiero decirte algo.

Me aprisiona contra la cama.

—Voy a llenarte de mí tantas veces como pueda.

Baja las tiras de mi bata para morder mis pechos. Su erección arde, mi sexo punza, no sé cómo explicarle lo que siento.

—Es que... yo…

—Ahora no.

Me embiste y se siente tan bien… que solo lo disfruto. Lo beso como si no hubiese un mañana. Solo deseo no apartarme de su lado.

Alguien toca a la puerta, pero él no para. Nos liberamos en un orgasmo maravilloso. Rápido. Brutal. Saciante.

—Señor. —Sky insiste.

—¿Qué pasa?

—Es urgente.

Atrapo su rostro entre mis manos.

—Quédate conmigo. Por favor, no te vayas.

—Ya habrá tiempo, angliká.

—No, yo…

Se aparta para arreglarse la ropa. Cuando intento seguirlo, me detiene con un beso.

—Por primera vez en tu vida obedéceme… agápi.

¿Agápi?

Su rostro expectante hace que sienta un especial interés ante aquella palabra.

Tiemblo cuando desaparece. Me llevo las manos a la boca. Tengo que arreglarlo, zafarme de esto lo más pronto que pueda.

Después de darme un baño, estoy lista para salir de la isla. Markos debe de estar en vuelo, así que tengo que actuar rápido.

—Mi señora. —Kyria se sorprende al verme.

—¿Cuándo vas a ir por las compras de la despensa?

—Mañana.

—Lo harás hoy. Voy a acompañarte —resuelvo.

—No creo que sea buena idea, mi señora. Es un viaje aburrido.

—Quiero hacerle una cena especial a mi marido. Y… me gustaría seleccionar yo misma los ingredientes.

Sonríe de oreja a oreja.

—Siendo ese el caso, por supuesto.

El camino no es muy largo. Aterrizamos en la pista privada del puerto mientras los escoltas nos acompañan hacia el lugar donde nos proveen los alimentos.

—No hay pescado fresco —Kyria se queja con los hombres—. Tenemos que ir a algún otro lugar.

—La señora Van Loren no puede salir del perímetro.

—Soy experta escogiendo pescados, no demoraremos —miento.

Me invento el discurso más ridículo de mi vida para que me crean. Con lentes, gorra y sin maquillaje, entramos en un mercadillo. El aire a normalidad, junto a la bulla, hacen que todos se distraigan. Cuando no me ven, me pierdo entre los pasillos.

—¡Señora!

Kyria lo nota, pero decido no dar explicaciones. Atenas es una ciudad peligrosa. Aunque Markos domine este lugar, todavía hay pandillas que lo odian. Necesito hacerlo rápido.

Bajo hacia el metro, siguiendo indicaciones que están en inglés y me enrumbo hacia la Acrópolis.

Mis dedos aprietan la cartera grande que cargo.

Tomé armas para resguardarme, pero los detectores de metales están por todas partes.

El calor por fuera es agobiante. Relajo los hombros para pasar desapercibida.

Pido un taxi, y al llegar, el lugar está infestado de turistas.

¿Dónde están?

Giro a los costados. No hay nadie.

Intento regresar a la puerta principal y mi mano es jalada hacia un callejón. El olor de su perfume me hace reconocerlo. No opongo resistencia.

—Alaska, mi amor.

Sus labios rozan los míos. No siento nada, solo una incomodidad que me obliga a retroceder. Me separo de Rich y trato de ser inteligente. Sonrío, brindándole los papeles falsos.

—Debo irme ahora —concluyo—. La seguridad de Markos me encontrará si no regreso.

—No vas a regresar con ellos. —Su sonrisa cambia—. A partir de ahora eres libre y vendrás conmigo. Se acabó la farsa.

Tras él salen otros hombres. Vándalos entrenados con armas.