35
JUEGO AL DESCUBIERTO
Alaska
Me duele la cabeza. Estoy tan agotada que solo ansío dormir, pero termino dándome una ducha para despertarme.
Al salir del baño, las mucamas me esperan con una maleta.
—El señor ordenó que ayudáramos, mi señora. ¿Desea llevar algo en particular para su viaje en yate?
«¿Viaje en yate?».
—No, gracias.
La habitación está hecha mierda después de lo sucedido. Todavía hay sangre impregnada en el suelo, por lo que empiezan a limpiar.
¿Quién en su sano juicio hace un viaje en yate de madrugada, después de todo lo que vivimos?
Bajamos por el ascensor hasta llegar al nivel del mar y un yate blanco se alza ante mis ojos. No hay nadie dentro, solo vamos él y yo.
—Que disfruten de su viaje —nos dice uno de sus hombres.
Me siento en uno de los sillones de la cubierta y ni siquiera me mira. Se dedica a hablar por el móvil mientras emprendemos el viaje en el gran mar mediterráneo. Dormiteo un rato sentada y, al volver a abrir mis ojos, no sé cuánto tiempo ha pasado.
El sol apremiante quema mi piel. El viento vuela mi sombrero, por lo que me obligo a levantarme.
—Dios... —exclamo, al acercarme a la baranda. Es el paisaje más increíble de todos.
No hay nada a nuestro alrededor, solo un mar que nos rodea. Su color es maravilloso. El hermoso amanecer alumbra su inmensidad, como si fuera una escena de película.
Cierro los ojos. Pareciera que vuelo en medio de los pájaros cuando el viento toca mi piel. Mis párpados sienten una cálida caricia, pequeñas salpicaduras de agua hacen que mis fosas nasales se extiendan y reciban el agradable olor a mar.
Río, con la nariz ardiendo. Pero pronto mi sonrisa se borra. Imágenes de mi infancia regresan como ráfagas volátiles.
—Es muy temprano para llorar, angliká —su voz rebota en mi cuello—. Todavía no te cojo como quisiera.
Limpio mis lágrimas.
—¿Llorabas por mí?
—No gastaría mis lágrimas en tonterías.
—Vengo en son de paz.
Entrecierro mis ojos.
—Tú nunca vienes en son de paz. Te encanta demasiado la guerra, como para aburrirte con lo «sano». Estoy segura de que tienes otra intención.
Se pone a mi costado y desvío la vista al verlo tan atractivo.
—¿Vas a asesinarme y lanzarme al mar para desaparecer las evidencias?
—No sería una mala idea. Pero, dado que me gusta la sangre, podría descuartizarte antes de alimentar a los tiburones. O convertirte en atún para tus fans. ¿Qué dices?
—Que tu humor es una mierda.
Esboza una media sonrisa y me quedo en silencio. Después de una pausa, lo vuelvo a enfrentar.
—¿Por qué me trajiste aquí?
—Quiero follar a mi mujer todo el día en la cubierta. En el mar, el camarote, donde sea, hasta que nuestros cuerpos sangren.
—Qué directo.
—Las mujeres esperan sinceridad, pero no están dispuestas a afrontarla. Hablo en serio.
Ruedo los ojos y vuelvo a mirar el horizonte, sintiéndome extraña. Un aire de vulnerabilidad ataca mi mente. Por primera vez me siento bien donde estoy.
—El mar me recuerda a papá. Lo extraño, pero después de todo lo que hizo… —titubeo.
—Tu padre fue un buen hombre —concreta.
—¿Tú… lo conociste?
Mis ojos vuelven a picar. Sé muy bien que puede que no responda.
—Una vez. Aunque su muerte estaba anunciada. Era el mayor oponente del círculo.
—También un asesino.
—No como lo imaginas. Él no quería hacerle daño a nadie, pero no tuvo más opción.
—¿Entonces lo que dijo tu hermana, la Pantera, es cierto?
Asiente.
—Todo lo que hizo fue para protegerte. Desde eliminar a sus detractores hasta las decisiones fallidas que tomó, como la adopción de tus hermanos.
De mi boca sale un suspiro estúpido. Nunca fueron buenas personas conmigo. Aun así, tenerlos me hacía sentir menos sola. Una punzada de dolor regresa.
—Siempre soñé con una familia, habría… sido increíble si me hubieran querido —hago una pausa—. Eres afortunado ¿sabes? Por tus hermanos. Los Bastardos Salvajes. Aunque no lo quieras reconocer.
—No suman en mi vida.
—Las familias no son perfectas, pero están ahí, para apoyarse cuando lo necesitan. Tal vez deberías reconsiderarlo. Invítalos a la mansión.
Bufa.
—Esta no es una familia convencional, Alaska. Somos sobrevivientes que en sus infancias se unieron para hacerse más fuertes, pero no dejan de ser posibles amenazas para mí.
—Deberías intentar relajarte y no pensar que todos son un peligro. Esa mujer… la Pantera, aunque sea desagradable, te aprecia. Y los demás… tienen una forma particular de vincularse contigo.
Mi mano se posa encima de la suya.
—Son familia.
Sonrío, sin tomar consciencia de lo que acabo de hacer. Mi mano acaricia la suya y mi corazón se desborda. Me mira, no dice nada, tampoco quita mi mano de ahí. Se acerca a mi boca y me acorrala contra la baranda.
Observo sus labios. Los roza contra los míos dolorosamente. Cuando quiero besarlo, me empuja hacia el mar. El panzazo que me doy deja ardiendo mi piel. Segundos después, él también se lanza.
—¡Maldito! —le grito.
Sé nadar, aunque el hecho de no tocar tierra con mis pies me pone nerviosa.
Doy una bocanada de aire, tratando de mantenerme a flote, pero mi cansancio me pasa factura.
—¿Quieres un flotador? —se burla y forcejeamos.
Me gira y aprieta mis brazos para que no me mueva. A lo lejos, se observan dos pequeños montículos de tierra que se unen. Son apenas visibles al ojo humano desde este nivel.
—Isla Azul —susurra—. El lugar que nadie conoce, donde solo se accede nadando desde este punto. Es apto para albergarnos en caso de emergencias. Tenías que conocerlo. Ahora finge que solo estás disfrutando y cierra la maldita boca.
Tomo aire antes de sumergirme. Me hunde y mide hasta cuánta capacidad tengo para resistir debajo del agua. Estoy exhausta, pero me gusta. El mar está rico, cristalino. Con él a mi lado todo se vuelve fácil. Disfruto la sensación de mover mis pies sin preocuparme por nada.
—No te vayas muy allá —ordena.
—Debe saber algo, amo: odio seguir sus putas reglas.
—Si te atreves a contradecirme, voy a darte duro.
Lo miro y, sin quitarle ojo, le doy la contra. Nado lejos, pero no pasan ni tres segundos para tenerlo tras de mí para atraparme.
Es un perfecto nadador. Me toma del tobillo, pero me zafo con una patada.
—Van Puto, qué carácter.
Se lo volví a decir: Van Puto.
Su mirada parece quemar. Sin embargo, es más fuerte la adrenalina que me da tenerlo en el agua como un tiburón al acecho. De un tirón, me clava en su cintura.
—¡Suéltame! —se lo digo riendo.
Me empuja de regreso. Mis piernas se enrollan en sus caderas. Cuando salimos a flote, pega mi cuerpo contra las escaleras del yate.
—Estás loco —jadeo, extasiada.
Mis nalgas rozan el fierro y su cuerpo sigue contra mí. Pego mis labios contra los suyos, disfrutando de un beso impulsivo con lengua. He querido comerlo desde ayer. Desde esta mañana. Hace una hora. Minutos. Y cada segundo que nos vemos.
—Sube un par de escalones más —pido.
Mis manos no se quedan quietas. Él entiende lo que quiero.
Lo hace, de modo que su cadera queda en mi boca. Descubro lo que hay bajo el traje de baño. Su erección salta, ancha y larga para mí. La introduzco tanto como puedo en mi boca. Me sostengo con el peso de mi cuerpo y mis manos en su cintura.
El sabor salado del mar mezclado con el suyo me fascina. Lo chupo a mi ritmo, queriendo secarlo, pero está tan cargado que parece imposible. Intento hacer que se mueva y no lo logro. Mi mandíbula se desborda por tenerla abierta.
Me aleja.
—Nunca me dejas terminar —reniego—. Vente en mi boca. Quiero.
—No desperdiciaré ni una gota en tu boca, angliká. Hoy no.
Tira de mis brazos hasta su hombro. Con un excelente equilibrio, me sube por las escaleras de metal hasta la proa.
—¡Bájame, Markos! —Suelto una carcajada—. ¡Voy a marearme!
Mis nalgas rebotan en las colchonetas que yacen en el suelo, al igual que mis piernas abiertas. Cae encima de mí. Su rostro me cubre del sol, sus ojos parecen quemar cada parte de mi sistema. Esta necesidad que tengo por él me vuelve loca.
Me mira, como si estuviera buscando algo. Entonces mi corazón se detiene.
—Voy a follarte sin descanso, Alaska. Y te la vas a aguantar toda.
—Se equivoca, amo… —Tomo su rostro entre mis manos—. Usted no me va a follar hoy, yo voy a follarlo porque se me antoja.
Aprieto mis piernas contra él y entreabro los labios al recibirlo.
Su pene dentro de mí es un éxtasis. Cada embate es una delicia.
El placer me desborda. Golpea tan fuerte que mi sistema nervioso colapsa.
Jadeo en medio de sus embestidas. Su mano en mis pechos, sus caderas acribillando mi sexo… es una agonía.
Pero algo ha cambiado hoy. No ha dejado de mirarme. Sus ojos azules parecen querer guardar cada gesto, cada segundo, mientras me toma.
Acaricio su rostro y me aferro a su piel. Gemimos al unísono. Nuestras bocas se abren por lo rico que es y mi vientre se contrae ante las ráfagas eléctricas que siento en el cuerpo.
Me voy a venir y no quiero que sea rápido, pero sus embestidas bestiales no ayudan.
—¡Ah!
Apenas respiro cuando exploto. Entonces lo escucho, el cómo emerge un gruñido de su garganta. Lo rico que se siente su peso sobre mí. La liberación recorriendo toda mi columna vertebral. Y esa sensación… su semen llenando cada parte de mi sexo.
—Eres mía, Alaska.
Empuja toda su artillería. Se seca dentro de mí. Mi corazón se desboca cuando mantiene mis piernas arriba. ¿Vamos a repetir?
Le doy un beso. La luz del sol parece resplandecer y el sonido del mar me relaja. Al terminar, comemos algo ligero en la proa. Su mirada cambia cuando me pongo el bikini.
—¿No te gusta estar desnuda?
—No cuando tengo el culo rojo. —Levanto una copa de vino—. Aunque, si quieres, puedo hacerte una pasarela privada.
Sus ojos se clavan en mi cuerpo cuando me levanto. Modelo hasta llegar a él y me arrastra hasta sus piernas. Caigo sobre su regazo.
—Eres un enfermo.
—No me digas. —Desliza la tira de mi bikini—. Ahora quiero que me montes.
Muerdo mis labios mientras me hundo en él. Paramos y luego volvemos a seguir. Después de horas, termino tirada en las colchonetas, mirando el atardecer. Su cabello revuelto me encanta. Lo hace ver más real, un hombre normal en un paseo en yate.
—¿En qué piensas? —La pregunta sale de mi boca en un impulso.
—Las cosas van a cambiar.
—¿Cambiar?
Está conversando conmigo…
—Lo sabrás en su momento.
Me muerdo la lengua. Sus verdades a medias me fastidian.
—Vivirás en Isla Azul pronto. —Se levanta—. Y no te moverás de ahí.
—¿Cómo?
—Smirnov intentará saquearme ahora que está solo. Sin aliados, ya nada lo soporta. Los más de cincuenta hombres de las tribus que trabajaban para mí no fueron capaces de impedir su avance. Algunos se volcaron en mi contra. Ahora avanzan hacia mis bóvedas y debo impedirlo.
—Iré contigo ahora.
—No, tú estás fuera.
—¿Qué?
Respira por la boca.
—Si prometes quedarte con mi gente a una distancia prudente y alejarte si Smirnov ataca, dejaré que viajes a Marruecos. Pero no agarrarás un arma.
—Tenemos un trato.
—Que cumpliré. Tendrás a Briana a tus pies. Me contendré y no la mataré para que tú lo hagas.
—No.
Mi respuesta sale de forma inmediata. Las venas del cuello se le marcan bajo la piel húmeda.
—Estoy hablando en serio, Alaska.
—Y yo estoy cansada de que decidas por mí. —Doy un paso hacia él—. Sabes cuánto odio a esa perra… ¿Me crees incapaz? ¿Por qué demonios intentas apartarme?
—Porque volverán a dañarte.
El aire se me atasca. Su respiración sale pesada. Violenta.
—Esto no es como Japón —escupe—. Son zonas desérticas, alejadas de la civilización y la ayuda. Si Smirnov te captura, te usará como carnada para frenarme. No voy a arriesgarte. No ahora.
La frase queda suspendida entre los dos.
Y eso… me desarma.
Aparta la mirada y se va hacia el borde del yate, como si quisiera alejarse de mí. El silencio empieza a crecer. Mis dedos se aprietan solos.
«No voy a arriesgarte».
«No ahora».
El corazón me late tan fuerte que me irrita. ¿Acaso a él…? Niego con la cabeza.
El calor me sube hasta la cara. Aparto de un manotazo el plato sobre la mesa y este cae al suelo con un estruendo metálico.
Él se lanza al mar, como si necesitara enfriar algo más que el cuerpo.
El viento golpea fuerte. Me cruzo de brazos intentando entrar en calor, pero la sensación rara en mi pecho no desaparece.
Exhalo hondo, sin dejar de pensarlo.
Vuelve a subir al yate después de una hora. El agua resbala por su espalda llena de cicatrices. Me evita mientras se seca el cabello con una toalla.
Conduce de regreso a casa. La mansión Van Loren empieza a verse entre las luces de la costa. Cuando el yate se acerca al muelle, finalmente pone sus ojos en mí.
—Eres la contradicción más grande de mi vida —le digo.
Sus dedos se tensan alrededor de los míos.
—Estarás segura así.
—Porque si algo me pasara, ¿odiarías perderme? —bufo.
El viento mueve su cabello húmedo. Sus ojos oscuros se clavan en mí.
—Las respuestas que buscas serían más simples si dejaras de huir de ellas.
Se aparta antes de que pueda contestar. Evita cruzarse conmigo el resto de la noche.
Esta sensación rara me aprieta. Trabajo un rato con Astrid para distraerme y luego voy por mi perro. Sus revoluciones han bajado, y aun así, mueve la cola cuando me mira. Después de un tiempo, el sueño empieza a vencerme.
—Buenas noches, señora.
Dos mucamas están en mi habitación cuando entro. Todo está limpio, pero movieron de lugar mis zapatos. Mis ojos se abren cuando veo los tacones con los que llegué a esta mansión en sus manos.
—Disculpe, esto estaba roto. El tacón se salió de su lugar cuando lo levantamos.
Se lo quito. Mi temperatura corporal cambia.
—Yo me encargo.
—Parece que tiene una astilla dentro. ¿No desea que lo mandemos a ver?
—¡No! ¡Déjenme sola! —grito.
Las mucamas parpadean ante mi reacción. Nunca les levanto la voz y hay sorpresa en sus rostros. Señalo la puerta para que se vayan. Cuando la cierran, echo llave. Exhalo hondo al sentir presión en mi pecho. Fuerzo el tacón y mis dedos tiemblan cuando se rompe.
Un aparato pequeño sale volando.
Me voy a una esquina de la habitación para mirarlo. Es un microtransmisor cifrado, solo se activa manualmente.
Me llevo una mano a la cabeza. Lo había olvidado. Presiono un botón para que se encienda. Hay 693 conexiones fallidas.
De inmediato, empieza a buscar señales.
Conecta.
—Alaska. —Se escucha una voz—. ¡Por Dios! ¡Pensé que te había descubierto, después de lo de Londres!
Me quedo inmóvil.
—Tardaste semanas en contestar. El plazo vencerá pronto, cariño. Necesito documentos que incriminen a Siniestro con urgencia. Sé que los tienes.
Tiemblo.
—Venceremos por fin, preciosa. Todo saldrá conforme a nuestros planes iniciales.
Tenías razón. —La voz de Rich suena—. Que tú estés dentro, como un topo, solo nos da ventajas.
Él jamás desconfiaría de ti. Moriría por ver su cara cuando se entere de la verdad.
Que solo aceptaste irte con él porque ibas a destruirlo desde dentro.
Hiciste muy bien tu papel hasta ahora, esta tortura acabará pronto. Tú y yo estaremos juntos para siempre.