Salvaje (Destrucción nº 2) 34
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SUNRISE

Siniestro

Mi cabeza da vueltas sobre lo mismo, el alcohol arde en mi lengua después de lo sucedido esta noche.

Tira de imbéciles. Se atrevieron a desafiarme. Dejé que hablaran solo para sacar a Alaska de esto. Aun así, no dejarán de tenerla en la mira hasta que cumpla el pacto.

Ahora necesitan mi ayuda. Quieren que sume mis fuerzas a las de Tormenta para encontrar a su perra, cuando durante años fue mi enemiga.

Pero yo no perdono a quien me traiciona. Nunca.

—Señor, ¿más bourbon? —La azafata me enseña su escote con una sonrisa ridícula.

—¿Te lo he pedido?

—Pensé que... le podría gustar. —Apoya su mano en la mesa—. Ya sabe, para que le quite el cansancio.

—No follo con feas. Lárgate.

Miro por la ventana del avión hasta que el faro de la isla se vislumbra. El piloto empieza el descenso, pero cuando está a punto de tocar tierra, vuelve al aire.

—¿Qué pasa?

—Las luces de la mansión se apagaron de repente, señor. No sabemos la causa. Por seguridad, es mejor que se resguarde en otra de sus islas.

—No. ¡Aterricen ahora! —Doy un golpe en la mesa.

—Informaremos al piloto.

Hago un puño mientras descendemos y, con armas arriba, entramos por los túneles de emergencia.

—Señor, hay hombres muertos.

—¿Dónde está Alaska?

Me enrumbo hacia las habitaciones.

—¡Perra! —Se escuchan voces—. ¡Vas a pagar por todo!

Abro la puerta de una patada. Es Marcela, se queda inmóvil al notarme. Mis ojos arden cuando la veo tocándola.

—Amo...

Trata de escapar, pero es capturada por uno de mis hombres.

—Ella empezó… —intenta excusarse—. Alaska quiso matarme, yo...

Se arrodilla, queriendo besarme los pies y solo la tomo de los cabellos.

—¡Furia! —El grito de Alaska retumba.

Está herida, pero lo único que le importa es el perro que se desangra junto a la cama.

—Por favor, no mueras. Por favor... amigo.

—Señora. —Sky se acerca.

—¡Llamen a un veterinario!

—Amo… perdóneme. —Marcela llora.

—Te lo advertí, maldita loca.

—Lo hice porque lo amo.

—¿Me crees idiota?

La subo hasta mi nivel y aprieto sus cachetes.

—No, señor. —Su voz apenas es audible.

—Las brutas no piensan, solo se quedan con lo que ven. ¿Crees que puedes dañarme?

—S-se...sería incapaz de lastimarlo.

—Dame el cuchillo.

Los labios le tiemblan.

—¿Cu...cuchillo?

—El que tienes escondido bajo la manga. Y que voy a usar para rebanarte los ojos.

Suelta un grito mientras le quito la daga.

El terror se suma en su silencio. No hace falta que indique nada, mis escoltas saben lo que tienen que hacer; la amarran de las muñecas con una cuerda y me dedico a arrastrarla por todo el pasillo, contando las vidas que se llevó en este ataque. Ni idiota ni indefensa es la maldita.

—Señor, encontramos al psiquiatra muerto en su celda. Tenía agujas escondidas en sus partes íntimas.

Gozo cada arrastrada que le doy.

—Amo —implora—, por favor... haría lo que sea, lo que fuera.

Sus rodillas se friccionan con el suelo, dejando su piel en carne viva. Lo disfruto. Su dolor. Cada gota de sangre que emana de su asqueroso cuerpo hasta llegar a la piscina.

—Hueles a mierda.

—Por favor.

—Lástima que valore mucho el agua con la que me baño. Te toca limpiarte donde orinan mis animales.

Las puertas de los túneles se abren. La luz regresa y pido que pongan un micrófono conectado a los amplificadores del jardín central. Todos escucharán cómo muere un traidor en mis dominios.

Mis hombres la dejan en medio del excremento.

—Vamos, disfruta la caca.

Se queda quieta.

—¡Trágala!

Llora al tomar la mierda en su mano, se la come y termina con arcadas ante las burlas de todos.

Me regocijo cuando me mira como lo hacen todas mis víctimas antes de morir. Sus pupilas brillan, llenas de odio.

—Nunca ganará —murmura—. Algún día le van a romper el corazón, como usted lo hizo con el mío al matar a mi hijo.

Sonrío.

—¡Era un niño inocente!

—Gritó mientras agonizaba.

—¡Malnacido! —Intenta golpearme, pero la sujeto de los brazos.

Piensa que fui yo quien mató su hijo, cuando ni siquiera sé si el engendro vive. Aun así, dejo que sufra.

—Ojalá se le mueran todos los críos que piense tener. Ojalá sienta en carne propia lo que es que maten a un hijo suyo.

Me quedo en silencio.

—¿Qué se siente al saber que fui la primera mujer que no lo prefirió? —Ríe—. Tiene razón, nunca lo amé. Mi corazón siempre le perteneció a Leonardo Bristol, un hombre que sí fue amado... No como usted, que jamás sabrá lo que eso significa.

—Agua.

La bañan con hielo.

—¡Algún día pagará por todo lo que me hizo! ¡Lo que le hizo a mi hijo, a Leonardo y a todos los hombres que dañó! No vencerán. El imperio Van Loren jamás triunfará.

Ya no me sirve tenerla viva. La envuelven mientras sus gritos se desbordan en los amplificadores. Tomo asiento cuando mis cocodrilos se mueven. El ruido despierta su hambre.

Abren los portones de acero y la ponen en un pedestal en medio de mis animales. La infeliz cambia de estado de ánimo; sonríe en medio de su llanto.

El asco me invade, pero disfruto al ver el pánico en sus ojos. Enciendo mi habano mientras sostienen su cuerpo en el borde del agua.

Alzo mi arma.

—¡Por favor!

Disparo. Los gritos se apagan.

Un hueco se forma en su cráneo. Su cuerpo cae a la fosa y es devorada por más de siete caimanes. El sonido de sus huesos rompiéndose me saca una sonrisa.

Por fin me deshice de la basura.

—Señor.

—No quiero que me molesten.

Me encierro en la cápsula. El agua fría de la ducha limpia mi mal rato. Ahora tengo una menos en mi lista. Smirnov, Briana y Rich son los que siguen.

Salgo del baño, dispuesto a conciliar el sueño que perdí hace días. No recuerdo cuándo fue la última vez que dormí toda la noche, tal vez en esta misma cama junto a Alaska. Su voz aún sigue en mi mente.

«Por favor... no me dejes».

«Ese bebé era nuestro...».

«Hay tantas cosas que quiero contarte...».

«Lo siento, Markos. Lo siento».

Dejé que me tocara y su llanto fue incómodo. Su dolor no cesaba. La amargura ardió en mi garganta. Quería destrozarlos. A todos mis enemigos. Uno por uno. En especial a Briana.

Las llamas aún queman. Sus sucias manos se atrevieron a eliminar a alguien de mi sangre. Deseará no haber nacido por todo lo que pienso hacerle.

Mis dedos se cierran en torno a mi arma. La decisión que tomé esa noche cambia todos mis planes y sé que las consecuencias serán irreversibles, pero no hay vuelta atrás. Sucederá lo más pronto posible.

No puedo dormir de corrido. Cuando vuelvo a abrir los ojos, son las cinco de la mañana. La cabeza me explota. Sacié mi rabia, maté a la maldita loca, pero nada calma mi mente.

—Traigan a mi mujer —es lo primero que digo al levantar el teléfono.

—Sigue con el perro, señor.

Exhalo, sin paciencia. Me visto y ni siquiera sé por qué camino rumbo a los criaderos. El veterinario se queda estático cuando me mira.

—Amo.

Jamás visito estas áreas.

—Por favor, pase por aquí.

Al entrar, Alaska está tirada junto al perro. Sus ojos hinchados me dicen que lloró toda la noche.

—Furia se encuentra en recuperación —explica el veterinario—. Logramos salvarle la vida. Le dijimos a la señora que podría volver, pero no quiso. Tuvieron que venir hasta aquí para curarla. Tenía la mano lastimada.

—Señor. —El doctor Mayer aparece con jeringas en las manos—. Vengo a inyectarla.

Me mira, como si esperara mi aprobación.

—Bien.

Asiente y se acerca a ella.

—Señora, despierte. Buenos días.

—¿Mmm? Furia…

—El can está sedado y descansando. Está fuera de peligro, tranquila. Como usted no quiso ir al centro médico, vine para revisarla.

El médico la examina.

—Sus heridas van sanando. Por suerte no fue grave. Solo me falta ponerle estas inyecciones y terminaría.

—¿Inyecciones?

—No sabemos si el cuchillo estuvo oxidado, sucio o con bacterias. Es solo una vacuna.

Le pone la inyección mientras se lo explica. Cuando termina, vuelve a intercambiar miradas conmigo.

—Todo listo, ahora dejemos que el perro descanse.

—No me moveré de aquí. —Lo abraza como una desquiciada.

—Ya fue suficiente, Alaska.

Tiro de su cuerpo contra mí.

—¡¿Qué demonios te pasa?!

—Date un baño y alístate. Vamos a salir.

—¿A dónde?

No contesto.

—Markos, estoy cansada. Furia estuvo delirando toda la noche.

—No es mi problema que hayas querido ser la nana del perro. Tienes diez minutos.

Desaparece de mi vista con enojo. El médico me baja la cabeza antes de irse. Llamo a Sky para que prepare todo, antes de arrepentirme de lo que voy a hacer.

Perderé un día de trabajo, pero ganaré algo más grande. Algo que cambiará el rumbo de nuestras vidas.