33
CONSECUENCIAS
Alaska
La confusión se acelera en mi cabeza.
¿Pantera?
Su rostro se me hace conocido. Apoya su mano en el hombro de Markos mientras mis revoluciones se aceleran. Él jamás deja que nadie lo toque; no hay skýla, amante o mujer que haya podido acariciar su piel. Algo que empieza a presionarse en mi tráquea.
«No te rebajes», me digo cuando ríe.
Sus ojos verdes están pendientes de mi reacción, cual enemigo que mide hasta tus más mínimas señas antes de meter las garras. Una mujer siempre sabe cómo destruir a otra. No le daré el gusto.
—Déjate de estupideces. —Markos se suelta—. Lárgate si no quieres problemas.
—Sabes que no me voy a ir hasta tener lo que quiero.
Camina hacia mí, pero Siniestro la frena.
—Una más y te mueres —amenaza.
Es atractiva y brillante para las armas. Me sonríe.
—Pero qué lindo gatito con su gatita. ¿En serio no nos vas a presentar?
—Alaska Van Loren. —Avanzo hasta quedar a centímetros de ella—. Su esposa.
—Su presa favorita —corrige—. La mujer de su «hermano» pandillero, que acabó follando y a la que terminó utilizando. El título no hace al maestro.
—Los títulos dejan claro quién es quién en esta vida. Ya sabes, están las que tienen corona y también las que solo trapean con las sobras.
—Abundan las sinvergüenzas —dice, manteniendo el tono sarcástico.
—Como las zorras.
Alza las cejas, sorprendida. Mantengo la expresión calmada, aunque mis uñas empiecen a enterrarse en la palma de mi mano.
—Quién diría que la dulce Alaska Wells terminaría convertida en una linda minina. Me pregunto cómo se vería tu pobre carita desfigurada...
Intenta tocarme, pero la atajo con fuerza.
Se ríe, la muy puta. De un manotazo ahora es ella quien presiona mis músculos.
—¡Basta! —Siniestro la empuja—. Esta es la última vez que tolero tus mierdas.
—Qué bonito te ves defendiéndola. Voy a llorar...
—Tienes dos segundos para irte.
—Y tú uno para cumplir tus promesas. —Me apunta con el arma—. Ya tienes al presidente de Ucrania muerto. Estás a punto de arruinar a Smirnov. Te apoyé cuando más lo necesitaste. Ahora haz lo que te toca.
—Me estás cansando.
—Estoy aquí por algo.
—No. Y punto.
Se va contra él.
—Quieres que se cumpla el pacto cuando tú eres el primero en romperlo. Está bien, si de cobrar deudas se trata, gozaré despellejándole el cuello a tu zorrita.
Dispara, pero Markos desvía su arma con un manotazo. La Pantera se zafa de su agarre. Es ágil y rápida. Todos los escoltas la apuntan.
—¿Quién se muere primero? —Sonríe—. ¿Tu buena para nada o tus perritos?
Los ojos de Markos se abren con fuerza.
—Tom Wells mató a mi padre y no la toqué, por más que ansiaba devorarle la cabeza. Teníamos un pacto de sangre y lo echaste a perder por tu puta conveniencia. Exiges más de lo que das, hermanito.
«¿Hermanito?».
Se me seca la boca.
—Me valen un carajo tus traumas emocionales. No eres nadie, Pantera.
—Sabemos que el honor es algo que no se te da, Siniestro. —Ella no se deja afectar—. Somos cinco en este juego. Cinco sombras que regresaron del infierno y que juraron nunca darse la espalda.
Él ríe.
—¿Qué eres ahora? ¿Abogada de los desvalidos?
—Tormenta no es ningún desvalido. Es el mismo idiota ególatra que se cree superior a todo el mundo, en eso se parecen.
—Se atrevió a ir contra mis intereses.
—Tú iniciaste esta batalla queriendo matar a su puta.
—¡Bianca Simone es mi enemiga!
—Y él es tu hermano. Un Bastardo Salvaje.
—Tengo suficiente de mis “hermanos”. Todos terminan clavando puñales.
—Bristol nunca fue uno de nosotros, sino un simple pandillero al que tú decidiste darle ese título. Huiste para formar parte de las pandillas. ¿Eso ganaste?
—Suficiente. No tengo tiempo para tus sermones emocionales.
—La familia se protege y se venga. —Ella lo detiene—. Como lo harás con la muerte de tu hijo.
El aire se escapa de mis pulmones. Lo sabe. Me mira con odio y, aun así, nuestros ojos se apaciguan.
—¿Ahora sabes lo que se siente que dañen a uno de los tuyos? Vengaremos a tu hijo, pero también debes estar dispuesto a ayudar a los otros. No somos cualquiera.
—Te vas a convertir en cualquiera si te atreves a ir contra mí, Pantera.
—Terminemos esto, entonces. —Me sujeta del brazo.
—¡Atrévete a desafiarme!
—¡Atrévete a retarme, hijo de puta!
Se apuntan a la cabeza y de tiros perfectos sus armas salen volando. Las manos les quedan abiertas cuando unos pasos se acercan. Un grupo de hombres aparece de las sombras, todos de diferentes aspectos.
Abren caminos que dan paso a dos individuos extraños. Gente de diferentes tatuajes junto a su bando de criminales.
Entreabro los labios… Sus rostros son casi una agonía. Altos, apuestos, exóticos. Cada uno con una particularidad que… me deja sin palabras. Entonces lo recuerdo.
Son los Bastardos Salvajes.
—Todo lo complicas, Siniestro.
El primero da un paso hacia delante, se me seca la garganta cuando me mira. Su aspecto es particular; posee el cabello negro, la tez blanca y tatuajes en el cuello.
Pero lo que más llama mi atención es el parche en uno de sus ojos. El mismo que parece cubrir una cicatriz que luce como si fuera a desbordarse.
—Señora, es un placer verla de nuevo. Permítame decirle que esta noche usted se ve… deliciosa.
Me desviste con la mirada. Está dispuesto a besarme la mano, pero Markos lo frena.
—Fuera de aquí, Taurus.
Taurus… Es así como se llama.
—Pero qué grosero eres, hermano. No nos dejas ni presentarnos. —Parece que me calcina con la mirada—. Señora, soy un fiel admirador de sus pasarelas. Fue un gusto cuidar su espalda todos estos meses.
Me congelo. Es el líder de la mafia americana.
La respiración se me entrecorta cuando clava sus ojos en mi cuerpo.
Por mucho tiempo creí que era una leyenda, ya que nunca se ha dejado ver la cara.
Rich intentó llamar su atención en muchas oportunidades.
Lo admiraba por lo que decían que era: un vil asesino que se divertía matando y torturando a sus víctimas.
Pero bajo esa actitud irónica, se escondía un ser despreciable. Exhalo lento, sin querer pensar en por qué tiene ese parche en uno de sus ojos.
—Estoy seguro de que tampoco conoce a nuestro último hermano —agrega—. Él es Kraken.
Kraken… el nombre de un monstruo legendario.
Tiene cabello rubio y ojos tan grises como una nieve sucia. Se mantiene serio, pero parece un demonio hostil y a la vez… inquietante.
Tengo que tragar saliva al verle las manos. Son largas y las cubre con guantes de cuero.
—Ya terminen esta mierda —espeta, con un claro acento irlandés—. No nos interesan las putas de nadie.
Mis mejillas queman. Es como ver a Markos multiplicado. Todos como felinos dispuestos a comerse la mejor parte.
Retrocedo cuando me miran. Por primera vez, veo a Siniestro tensarse ante la presencia de otros.
—Sky, prepara un vuelo de regreso. Mi esposa regresará a Grecia.
—Sí, amo.
Me cubre con su cuerpo mientras Sky me aleja.
—Nos volveremos a ver —Taurus sonríe—. Tal vez matándote nuestro hermano aprenda.
Mi cuerpo se escarapela cuando salgo de ahí. Lo que se escucha después son un sinfín de balazos.
No pregunto, solo camino rápido hasta la camioneta. Tengo el corazón acelerado, la mente en llamas y una fuerte curiosidad latiendo por dentro.
Los Bastardos Salvajes.
El rompecabezas empieza a formarse en mi cabeza. Al que llaman Tormenta lo vi cuando aún era cautiva en la mansión Van Loren. Llegó para amenazar a Siniestro y luego me disparó, rozándome la oreja. Los otros… son igual de inquietantes.
Tormenta. Siniestro. Pantera. Taurus. Kraken.
Leonardo Bristol tenía en sus archivos vaga información de ellos. Fueron tomados de niños por una organización de la mafia. Siniestro escapó junto a los otros y solo Tormenta se quedó en Italia. Ahora cada uno tiene dominio de la mafia en tierras distintas.
Hablaron de un pacto. ¿En qué consiste? ¿Y qué hizo Markos para romperlo?
Me duele la cabeza por todo lo vivido. Pero no puedo quitarme de la mente lo que dijo la Pantera sobre mi padre. Él habría sido incapaz de matar una mosca, o… eso era lo que creí toda mi vida.
—Con todo respeto, mi señora, es mejor que no haga nada. Regrese a casa sin objeciones. Su seguridad está en juego.
Asiento.
Sky se asegura de que suba al avión. El vuelo se hace pesado por las turbulencias, pero llegamos en menos tiempo de lo que parece.
Ya en la mansión griega, por fin puedo tomar un respiro. Sentí miedo al ver a todos esos hombres.
—Tráiganme a Furia.
Llamo a mi perro y un empleado le suelta la cadena. Mi grandote viene hacia mí, moviéndome la cola. Me acomodo en el sofá para abrazarlo. Sentir su rápido corazón hace que vuelva a la calma.
Ordeno que nadie entre en la sala para evitar desgracias y por primera vez se deja tocar sin tanta apatía. Tal vez porque intuye que lo necesito.
—Si estuviera Markos aquí, no dejaría ni que pongas tu hocico en la alfombra. —Alza las patas hasta mis hombros—. Ven, baila conmigo.
Nos movemos y me sigue el juego. Es tan grande que parado casi llega a mi altura.
—Buen chico, eso es. ¿Cómo es posible que te traten como a un criminal si eres un bebote, eh?
Le beso la cabecita y se acuesta en mis piernas para que lo acaricie. Ahora es mi fiel compañero. Un poco extremo, como su dueño, pero al fin y al cabo solo intenta cuidarme.
Exhalo rápido.
Quitando lo de hoy, lo que viví con Markos fue… increíble. No puedo evitar la sonrisa. Cierro los ojos, volviendo a esa noche en la cápsula. Nunca me había sentido tan bien en los brazos de alguien.
«No, Alaska. Es solo un espejismo».
Vuelvo a tierra e intento protegerme.
—¿Qué hago con esto? ¿Contra quién lucho ahora?
Furia me mira y me ladra. Son demasiadas emociones las que necesito procesar. Mi cabeza sigue revuelta. Me acurruco en el sofá con él, entonces salta hacia la puerta. De pronto, sus orejas paradas me hacen notar que alguien llegó. Segundos después, se escuchan pasos en la sala.
Empieza a ladrar desenfrenado. Enseña tan feo los dientes que termino por sujetarlo de la correa.
—Sentado —le ordeno—. Quédate aquí.
Me gira la cabeza, como si no entendiera, y termino por encerrarlo. Cuanto más me acerco al recibidor, es aún más notoria la voz extraña que se alza.
—Necesito hablar con el amo. Si he venido hasta aquí es porque es de suma urgencia.
—Ya le dije que no es posible ahora.
—¿Qué pasa?
Los hombres de Markos me bajan la cabeza. A su lado hay un tipo al que no había visto nunca.
—Buenas noches, señora Van Loren. Mi nombre es Sander, soy el líder de la Fuerza Negra del amo. Sky no contesta el teléfono. Necesito ubicarlo ahora.
—¿Qué sucede?
Calla.
—Soy la responsable de este lugar cuando mi marido no está en casa. Habla.
Da una bocanada de aire.
—Acabamos de recibir un ataque en nuestras islas de entrenamiento.
—¿Qué?
—El imperio Van Loren cuenta con lugares de formación de hombres para que sirvan al amo.
Operamos en las guerras de la mafia más importantes —me pone al tanto—.
Ahora hemos sido vulnerados. Un dron atacó nuestra tecnología al sur de Grecia.
Nadie sabía de esta ubicación, solo los que trabajamos para el imperio. Fue una represalia.
—¿Represalia?
—Smirnov. Acaban de matarle a su último aliado. Contraatacó donde sabía que podría dejarnos en desventaja.
—¿Desventaja?
Se queda en silencio.
—Si no me lo dices, no podré ayudar.
—Marruecos. Al parecer, más tribus que trabajaban para nosotros ahora están con él en Figuig. Captamos movimientos extraños hace media hora. Cuando utilizamos nuestra tecnología, nos atacaron. No sabemos qué está pasando. Necesitamos enviar a todos nuestros hombres.
—No, no creo que sea una buena idea. Si algo sale mal, nos quedaríamos sin nadie.
—Smirnov ya se ha hecho con muchos pobladores que lo apoyan.
—No importa. Seamos precavidos. Mueve a un cuarenta por ciento, pero hazles creer que va toda nuestra gente.
Me mira sin entender.
—Podrían ganar.
—Smirnov es un maldito cobarde. Si se ve amenazado en número, huirá. No puede saber que somos menos que él. Tú liderarás esto.
Asiente.
—Está bien, señora. Pero debe saber que este… es un riesgo muy grande.
—Lo asumo. Mantenme informada de todo lo que pase. Y recuerda: nadie debe enterarse. No sabemos si hay infiltrados.
—Como ordene.
Se va, dejándome con un gran vacío. Me llevo las manos al pecho. Esto acabará pronto. Y junto a Smirnov, caerá Briana.
La noche se torna fría en la isla. Markos no llega. Quién sabe si se esté agarrando a golpes con sus hermanos, o tal vez metido en otros líos. Lo cierto es que… tengo que tomar decisiones.
Estoy cansada de todo. Incluso de odiarlo.
Furia me acompaña cuando llego a mi habitación. Le doy permiso para que suba, pero se acuesta al pie de la cama, no conmigo.
—Perro raro. Hace unas horas me dejaste abrazarte.
Está enfadado porque lo dejé encerrado. Dejo que haga lo que quiera. El sueño me vence. Descanso tan poco últimamente que esto me viene bien, aunque el fastidio me inunde cuando el perro empieza a rugir de nuevo.
—Furia, silencio.
Le pongo el pie encima, todavía con los ojos cerrados.
El gruñido vuelve. Pienso que es por algún pájaro que vio, porque sé que le gusta comérselos, pero cuando siento pasos humanos, abro los ojos con fuerza.
—¡Furia!
El perro se lanza sobre una sombra que le dispara.
—¡No!
Su sangre salpica en mis sábanas. No hay luz, tampoco rastros de nada, ni siquiera de las zonas iluminadas del jardín.
Me pego hacia la mesa de noche para sacar un arma, pero alguien me clava una daga. Sus cabellos cuelgan en mi rostro cuando intenta asfixiarme. Un olor nauseabundo me abruma.
—Hoy te mueres, maldita. Juro que vengaré cada humillación que me provocaron, también la muerte de mi hijo.
Vuelve a clavarme el cuchillo.
—¡No vencerán! ¡No ganarán nunca!
Marcela.