Salvaje (Destrucción nº 2) 32 #2
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—Suite Imperial. —Me da una tarjeta electrónica—. Tienes una hora. Habrá prensa, así que ya sabes todo el discurso. Obedece. No me gustan las sorpresas, angliká.

Asiento mientras me pone su abrigo. Me lleva al auto. Cruza miradas con Sky, quien me abre la puerta. Él se va por otro lado mientras yo soy custodiada por doce hombres.

—No tienen que exagerar. Nadie va a matarme.

La mano derecha de Markos me mira, como si hubiera dado en el clavo.

—Es broma, ¿cierto?

No dice nada. Sigo sin entender por qué tanto cuidado, si en Londres no les importó dejarme sola.

Uno de ellos mira hacia todas partes mientras maneja, incluso cierran calles. Llegamos al hotel y no hay huéspedes. Pido algo de comer en la habitación. Para que pruebe los alimentos, otros los comen primero y solo ruedo los ojos.

—Necesito estar sola.

—El señor ordenó que no la dejáramos sola, señora. No esta noche. Un personal femenino la acompañará.

—¿Me pueden decir qué pasa? ¿Está Smirnov aquí?

—No.

—¿Entonces?

Siguen en silencio.

Me llevo las manos a la cara, sintiendo que todo me sobrepasa.

¡Pasé las malditas horas más placenteras de mi vida! Y ahora… me siento perdida bajo la sombra de estos hombres que, aunque no me miren, empiezan a desesperarme.

Estoy cansada de tener que estar siempre a la defensiva. El bajón de todo lo que guardé me viene de golpe.

Voy al baño para estar sola. No quiero más imágenes en mi cabeza, pero es imposible no añorar un día tranquilo, a solas. Salir a pasear en un país distinto, comer en un restaurante sin preocuparnos de que nos maten.

Entonces llega el golpe de realidad absoluta.

¿Por qué pasaría, Alaska? Siniestro jamás me prometió amor. Somos solo un equipo contra un enemigo que ambos queremos ver bajo tierra. Y punto.

—Pregúntaselo —digo en voz alta.

No. Las expectativas duelen.

No podría volver a soportar otra decepción. Cuando le abrí mis sentimientos, solo encontré dolor, entonces me juré a mí misma no volver a sentir nada por nadie.

Me lavo la cara. La imagen que me devuelve el espejo me hace verme como soy; una mujer imperfecta que también se ha equivocado. Las cargas no me dejan en paz con el panorama confuso que ahora me provoca.

—Señora Van Loren, tenemos poco tiempo. —Un escolta toca a la puerta.

El evento de gala nos espera. Y aunque estoy cansada, hundir a esos malnacidos es mi prioridad absoluta.

Me baño rápido para luego arreglarme. No me gustan las opciones de atuendos que me traen. Pido el catálogo de alguna otra tienda local hasta que encuentro algo que me agrada. En media hora el delivery toca a la puerta.

Los escoltas solo ven que es ropa y lo dejan pasar. Abro la caja. Un vestido negro con encaje salta a mi vista. Me queda a la perfección cuando me lo pruebo. Termino de maquillarme y luego me hago un moño recogido, porque no dejaron entrar a peinadores.

—Señora Van Loren. —Sky se queda inmóvil cuando me mira—. Eh... el atuendo es...

—¿Lindo?

Sigo caminando hasta llegar al auto.

—No fue el vestido asignado.

—Lo sé.

—El señor no quiere que llame la atención esta noche.

—¿Por qué? Nunca le ha importado cómo me visto, o cuánto muestro.

Se queda sin palabras.

—Mi señora… —suplica.

Los flashes no se hacen esperar cuando llegamos al Het Concertgebouw, un salón que tiene una arquitectura impresionante. La prensa me reconoce. Me tomo el tiempo de saludar y responder algunas preguntas con una sonrisa.

—Te agradezco que me acompañes, Sky. Puedo sola.

Lo hago a un lado.

Al entrar, una gran recepción nos recibe. No me cuesta ubicar a Markos, pues su presencia es particular. Sostiene una copa, acompañado por sus escoltas para no tener que hablar con nadie.

Las fotografías no dejan de explotarme en la cara. Presidentes de diversos países están presentes, acompañados de sus esposas. Solo le levanto la mirada a Siniestro, quien me mira con incredulidad a lo lejos.

—Buenas noches. —Estrecho la mano de políticos—. ¿Su esposa? —remarco—. Un placer.

Me abro paso, detallando lo lindas que se ven mis curvas en el espejo. No llevo sujetador, solo bragas negras. El tejido de hilos que me cubre solo se ilumina ante la vista de todos.

—Mi amor... —Finjo cuando lo veo. Contengo el aliento al sentir su aroma varonil. Me atrae hacia sí mientras por dentro revienta de ira.

—¿Qué demonios haces? Di órdenes precisas.

La élite empieza a querer socializar con la supermodelo de pasarelas. Les habla a sus hombres entre dientes. Sonrío, tomando conversaciones con quien me toca mientras desaparece.

Algo está pasando y empiezo a inquietarme.

—Cristel Beckett.

—Alaska Van Loren —saludo a la esposa del pianista que dará el concierto. Lleva en su brazo a uno de sus hijos.

Trago amargo, sintiéndome extraña. Es amable y cándida, nada arrogante como acostumbra ser esta gente. Hay más niños con niñeras. Les sonrío, son una dulzura, pero termino apartándome cuando noto que solo buscan a su mami.

—Lo siento. ¿Tienes hijos? Son maravillosos.

No puedo contestar, me quedo en blanco.

Gracias a Dios termino salvada por los guardaespaldas, quienes me indican que el concierto iniciará en breve mientras me despido.

«No pienses. No sientas. Solo respira».

Me voy junto a Markos, quien se halla en un palco privado, rodeado por hombres que camuflan muy bien sus armas. Me pasa una y la tomo sin entender mucho.

El concierto inicia y todo es maravilloso; las melodías, lo que dice aquel hombre de su esposa. Terminan con un agradecimiento y luego pasa el invitado de honor: el presidente de Ucrania.

Mis dientes rechinan al ver a ese maldito. Preparo mi arma, espero alguna balacera mientras habla, pero nada pasa.

—Damas y caballeros, para cerrar esta noche tenemos un acto sorpresa brindado por la academia nacional de artes escénicas. Pido un aplauso.

La mirada de Markos se mantiene fría. Se lleva un trago a los labios cuando las luces se apagan, dándole paso a la puesta en escena más maravillosa que he visto en toda mi vida.

Una luz amarilla muestra a una marioneta en el centro. Suena la música de fondo ante la expectativa de los presentes, quienes como yo, quedan maravillados con cada acto, palabras y movimientos escénicos.

Me resulta imposible quitarle los ojos de encima a esa mujer vestida de muñeca. Se alza en el aire con sogas. La gente aplaude, levantándose de su asiento. El presidente de Ucrania parece enamorado de esa chica.

Ácida, gris, infinita.

Markos aprieta los labios cuando se acerca al viejo.

Las sogas se aproximan a la luz. Se queda de cabeza mientras sus piernas se mantienen en el aire y termina su monólogo ante la algarabía del público.

La sonrisa se me borra cuando sus ojos se oscurecen.

En medio de aplausos, la luz cenital cambia a roja. Desliza su arma entre sus manos.

—Mi nombre es Pantera y vengo por sangre.

Un disparo al corazón del anciano hace que todos griten.

El aire se me va en medio de los disparos. Se balancea entre las cuerdas, esquivando a la guardia nacional del presidente, uno por uno, mientras el cadáver cae ante los flashes del mundo.

—Que Dios bendiga a los cerdos... y sus cerditos.

De una barrida mortal acribilla a cada político presente. Los escoltas de Markos se alzan en armas, disparan a quemarropa en una matanza descontrolada, entonces ella mira hacia nuestro palco.

Sonríe y Markos me agacha la cabeza.

—Vete.

¡Me disparó la hija de puta!

El caos parece desbordarse.

¿Quién es esa tipa? ¿Por qué siempre soy la última en enterarme de todo?

Sus escoltas llegan para sacarme del lugar. Camino como puedo y voy hacia la salida de emergencia.

—¿Huyendo como cobarde? Quién lo diría, reina de las sombras.

La voz de una mujer me paraliza.

Es ella, la Pantera. Alta, esbelta, de un cabello tan negro como la noche.

Sus ojos verdes destellan fuego que impacta no solo por lo que es, sino por su belleza. Entreabre sus labios rojos, como si hubiese esperado este momento.

—Baja la maldita arma ahora.

Siniestro aparece. También le apunta a la cabeza, pero lejos de temerle, ella solo rueda los ojos.

—¿Por qué todo lo complicas, Markos?

«¿Markos?».

Lo llama por su nombre. Nadie se atreve a llamarlo por su nombre.

—Es una maldita orden.

—Está claro que tú no me das órdenes. —Sonríe—. Tranquilo, solo quería jugar con tu presa favorita. Te has visto ridículo cuidándola de mí desde que pisó Holanda. ¿Ya lo sabe?

Me mira.

—Oh... no lo sabe ¿No le vas a decir quién soy, cielo? Mira que otros nos están esperando...

Se acerca a Markos. Lo toca. Mi mente explota.