Salvaje (Destrucción nº 2) 32
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ÉXTASIS

Alaska

Mis mejillas se incendian. Sus palabras siguen repitiéndose en mi mente.

—Markos...

—Una palabra más de tu boca y será un castigo.

Respiro pesado.

—¿Cuál te gusta?

No respondo.

—Bien... —agrega, dirigiéndose a lo que entiende que más me ha llamado la atención—. No te culpes por lo que te excita. Todos somos seres sexuales, animales salvajes, así que... solo sigue tu instinto.

¿Instinto?

Al principio no veo nada. Llegamos a la habitación donde hacen un trío: una mujer en cuatro, chupándose a uno; el otro, follándola.

—Yeah.

—Ah! Yes, baby, yeah! Fuck me!

Las embestidas parecen taladrarla. Ahora cambian de posición; ella sentada encima de la polla del primero, siendo penetrada por la vagina; el segundo se pone en cuclillas, tomándola por el ano, mientras intentan moverse en un solo ritmo.

El jadeo lanza punzadas entre mis piernas. Mi centro arde con el contacto de Markos, quien se pone duro al rozar su polla contra mi trasero. Esto es... ajeno a lo que un día imaginé. Aun así, me cuesta dejar de mirarlos.

Me muerdo los labios, sintiendo adrenalina, como cuando se lee un libro erótico delante de alguien más y tienes que fingir que no pasa nada.

—¿En qué piensas, angliká? —susurra contra mi cuello—. Es solo tu mente. La sociedad crea reglas para frenar nuestros instintos. ¿Y si simplemente eres? Sucia, inquieta, perversa.

Desliza sus dedos por mi abdomen.

—Niégame que no estás caliente… —Entreabre mi pantalón hasta llegar a mi braga—. Mojada…

Tengo que sujetarme frente a la luna para no caer. Siniestro me acaricia mientras mis ojos aún se concentran en el sexo en vivo que veo de frente. Entreabro los labios cuando las yemas de sus dedos llegan a mi centro.

Su mano se empapa con mis fluidos, mis pezones duelen de lo duros que se ponen. Un jadeo me desborda.

Mis caderas se mueven solas cuando estimula mi clítoris. La mujer salta encima de dos penes mientras el amo hunde sus dedos en mí. Me masturba en medio de los gemidos de otros.

—¿Más?

—Sí.

Se deshace de mi pantalón, su pulgar se ahínca en mi centro y solo lanzo un grito al sentir cómo la electricidad me recorre. Con su mano libre sube hasta mi garganta. Besa mi oreja. Roza su miembro duro en mi piel y la ola de calor me desborda.

—Markos.

Aumenta el ritmo. Mis paredes se contraen. Fuerte. Le ruego que no se detenga, sin embargo, deja de punzarme. Giro para verlo y me alza en sus caderas. Atrapo su boca, pero me frena.

—Quiero —protesto.

—Lo sé.

Me acorrala contra el vidrio para besarme.

Su lengua entretiene a la mía a niveles exorbitantes.

Es deliciosa, carnosa y larga. La hunde como si quisiera enterrarla dentro.

Los jadeos de los otros se sueltan junto a los nuestros.

Sus labios me llenan, sus brazos me retienen cual prisionera y me encanta.

Mis bragas pesan de lo mojadas que se ponen. Aprieto mis nalgas, pero cuando creo que me va a penetrar, solo camina. Me sujeta con fuerza hasta llegar a una puerta roja. Al abrirla, la boca se me seca.

Hay sumisas y… sumisos dentro.

Ninguno de ellos puede vernos. Tienen vendas negras en los ojos. En sus manos hay juguetes sexuales, condones, consoladores, además de cuerdas. Mi mente grita: «¡Huye!», pero al voltear hacia la puerta, la mirada de Markos me paraliza.

—Silencio.

Pone su dedo índice sobre mi boca. Me aparta y truena los dedos para indicar una acción: follarse.

Entreabro los labios al verlos hacerlo. Cada sumiso agarra una pareja. Pronto, en cada esquina de la habitación, se consumen. Algunos con orales, otros con anales, pero la mayoría tiene sexo rudo.

Ya no hay lunas de vidrio que nos separen, tampoco tabúes que frenen el instinto. Mi cuerpo reacciona al ver cómo Siniestro se saca la camisa. Sus ojos se oscurecen, algo en mí tiembla por dentro.

—Manos arriba.

—¿Qué?

Del techo caen dos cuerdas, una a cada lado para los brazos.

Lo primero que digo es «no», aunque a mi mente le provoque.

Tuve experiencias con látigos en su casa, me sentí tan abrumada al principio que no lo disfruté del todo, pero cuando pone esa venda negra en mí, como las tienen los demás, solo...

—Arriba —insiste—. Es una orden.

Sujeta mis muñecas. Las cuerdas levantan mis brazos, dejando mis pies al aire. Mis ligamentos duelen cuando me estiro, pero entro en pánico cuando siento un cuchillo deslizarse por mi carne.

—Markos...

Confío. En segundos rompe mi ropa y quedo desnuda. Apoya mis pies en una pequeña base. La sube hasta doblar mis rodillas y quedo como si estuviera pariendo.

—Excelente y deliciosa vista.

Me ahogo al sentirlo cerca. No verlo me desespera. Los gemidos de las otras parejas ahora me ponen nerviosa, entonces siento cómo algo me recorre.

¿Unas manos? ¿Son unas manos?

—¿Quién me toca?

Me muevo.

—No, Markos… no…

Sube por mis pantorrillas hasta entrar en mi entrepierna y luego...

—¡Ah!

Estoy alucinando.

Llega a mi centro. El pánico me agarrota. Cuando su lengua se mueve, me paraliza. Mis manos fuerzan la cuerda y tiro mi cabeza hacia atrás al sentir lo rico que se pone.

Pero no quiero a otro. La ansiedad me consume.

Lucho contra el placer que me provoca su boca en mi clítoris. Hinca con rapidez, entonces lo reconozco.

—Markos...

Es él.

Suelto un gemido al sentir sus dedos dentro. Mis músculos se relajan cuando mi sexo queda en su boca. Siento su lengua y su mandíbula mordiéndome. Está construyéndome fuerte. Es asfixiante. Rico. Me contraigo de pies a cabeza cuando inserta algo entre mis labios vaginales.

Un consolador.

Las vibraciones hacen que toque mi límite. Me voy a venir. Lo retengo, pero no puedo. La oleada es aún más grande.

—¡Ah!

Me corro. La electricidad vibra por mi columna vertebral con una energía brutal que me deja casi inconsciente.

Lágrimas se derraman por mis mejillas. Tengo que dar una bocanada grande de aire para no asfixiarme por el jodido orgasmo que experimenté como nunca.

Mi venda cae y Markos sonríe. Su boca aún sigue en mi sexo. Tengo los brazos entumecidos cuando me descuelga. Se deslizan alrededor de su cuello, lo cual me permite abrazarlo. Huele tan bien… y sabe mucho mejor cuando mi boca muerde la suya.

—Nunca compartiría a mi mujer —murmura—. Pero el hecho de estar en tensión hace que la explosión sea más deliciosa. De nada, angliká.

—Ahora me toca comer a mí, amo.

Mi boca saliva cuando suelto su pantalón. Tiene una tremenda erección que casi rompe sus bóxeres.

—Qué cosa más deliciosa… —Mis uñas lo acarician—. Cada vez que lo veo es más grande.

—Vas a tener que soportarla toda —sisea.

Los sumisos siguen follándose.

—Confiésate, angliká. Ponte de rodillas.

—Antes quisiera... —Toma la venda— cumplir mis fantasías.

No hay respuesta. Pese a ello, sé que le excita.

Mis dedos dejan de temblar cuando subo la tela. La llevo hasta la línea de sus ojos y tengo que alzarme en puntillas para amarrársela.

Trago saliva por cómo luce. Aunque esté ciego, es igual de caliente. Empiezo a besarlo como quiero. Paso mis dientes por su boca, luego su cuello, hasta llegar a sus tetillas. Las chupo, sintiendo cómo mis jugos se derraman por mi entrepierna.

Quiero quedarme aquí, pero su cuerpo es como una casa llena de juguetes: no sabes por cuál empezar, porque todos se ven exquisitos. Me veo tentada por los músculos de su abdomen. Parecen de acero cuando los beso. Aunque mi parte favorita sea lo que carga entre las piernas.

Me arrodillo, acariciando sus venas tensas. Parecen hinchadas, son prominentes por lo que carga centímetros más abajo. Tiro del elástico del bóxer y su polla explota en mi cara. Con mis dientes, atrapo la punta.

—Mm...

Abro la boca para encajarla. Me la meto de a poco, hasta donde quepa. Y luego empujo hasta el fondo de mi garganta.

—Joder.

Mis cachetes se inflan. Succiono y su sabor es exquisito. Pero no dura mucho. Que el amo pierda el control es casi imposible. Se saca la venda y tira de mi cuerpo hasta acorralarme en sus brazos.

—Oye… —reniego.

Ahora ambos tenemos la visión total de lo que pasa. Me avienta encima de los cuerpos de los sumisos que hay en la cama.

—¡¿Qué haces?!

Y me embiste. Un solo tirón brusco.

No sé si grito por dolor o porque sentí que algo se rompió en mis adentros. Se mueve y exhalo por la boca. Se siente rico por cómo me llena. Su pene desgarra hasta el último rincón de mi interior.

—Así… —Sube una de mis piernas a su cintura mientras mueve sus caderas.

Estoy tan mojada que su sexo resbala rápido. Los cuerpos que nos rozan me excitan. Follamos en una orgía donde los únicos exclusivos somos nosotros. Sus voces de placer consumen una parte de mí que ha dejado sus escrúpulos.

—Más —pido mi propia muerte.

Abro los ojos y lo único que veo es una masa musculosa dándome duro. Mi sexo arde de lo rápido que va. Su pene dentro de mí es mi gusto culposo, aunque duela.

Me embiste con el alma. Sus testículos latigando mi entrada me desenfrenan. Aprieto sus hombros cuando mi interior se contrae.

—¡Markos!

Me libero con su nombre en mis labios. Y no pasa. La oleada sigue en un multiorgasmo. Me hace ver estrellas.

Hay un espejo en una esquina. Se sale de mí y puedo ver cómo mi canal desborda en semen. Me muerdo los labios cuando sus dedos me empapan. Sigo chorreando mientras vuelve a mi boca.

—¿Te gusta que me corra en ti?

—Me encanta.

—Eres mía Alaska Van Loren. Solo mía.

Palmea mi nalga para luego ponerme en cuatro.

Río sin aire. Ahora sus manos aprietan mis tetas.

Se soba en mí mientras me acaricia y ya no sé si esto es normal.

No doy más por el cansancio, el dolor en las caderas es abrumador.

Aun así, no quiero que pare. Tenemos sexo junto a los demás, que parecen ir a nuestro ritmo.

Pierdo la cuenta de cuántas veces me corro. Después de horas, ordena que todos se vayan. Permanezco parada, con una sonrisa.

A solas, con su camisa encima, solo lo miro subirse el pantalón y me acerco.

—Gracias, amo.

—¿Te gustó?

—Mucho. —Beso su boca, es deliciosa. Pero una alarma nos separa.

—Skatá —reniega—. Debemos prepararnos.

—¿Dónde?