Salvaje (Destrucción nº 2) 31
69%

31

EN LA BOCA DEL LOBO

Alaska

—Es una buena opción… Chanel. Le conviene aceptar esta colaboración. Mire todo lo que le mandaron, ¿no es divino? —Astrid sonríe—. ¿Señora?

Ha estado repitiendo lo mismo todo el día. Tenemos nuevas pasarelas cerradas gracias a mi agente.

El sol quema en todo su esplendor en el jardín. Miro el reloj y son las dos de la tarde.

—Sí, está bien.

—Perfecto. —Salta en un pie—. Tenemos un día agitado. Deberíamos empezar a firmar los más de mil recuadros de autógrafos para los fans.

—¿Hoy?

—Sí.

Mi humor sigue siendo una mierda.

—Creo que mejor lo dejamos para mañana.

—¿Mañana? Ay, no, mi señora. No todos los días hay esta maravillosa calma por aquí. El señor Van Loren no está, así que podemos hacer lo que queramos. Programé una entrevista online con un diario importante en Nueva York. Tengo dos atuendos que sé que le encantarán. ¿Prefiere el negro o el rojo?

Respirar me pesa.

—Y los zapatos…

—¿Dónde está Markos?

Se queda a medio hablar, moviendo sus ojos a los costados.

—¿El señor Van Loren? No lo sé, señora. Solo vi que Sky reunía a sus hombres en la mañana.

—¿Cuántos?

—Como unos diez.

Calla cuando nota mi molestia.

—¿Se siente bien? —Toca mi hombro y alguien ruge cuando se acerca—. Oh, su perrito estaba aquí. Perrito bonito, eh... —Se queda quieta—. Está acercándose... Tranquilo, perrito...

—¡Furia, quieto!

Lo dejé al otro lado del jardín. Obedece cuando le alzo la voz, pero el miedo de Astrid lo provoca. La mira, saboreándose la boca.

—Señora... —Entra en pánico cuando se acerca.

—No te muevas.

Bordea la piscina sin hacerme caso. Furia la rodea y me levanto. Por más que intento sujetar a la bestia, le suelta un ladrido que termina tirándola al agua.

—¡No!

Sujeto su collar antes de que se le vaya encima para matarla. Tiene una fuerza brutal, me cuesta controlarlo. Los guardaespaldas llegan y entre tres lo inmovilizan. Astrid sale de la piscina lagrimeando.

—¿Estás bien?

Asiente, avergonzada.

—Lo siento, no lo volveré a traer.

—Está bien, mi señora. No pasa nada. Voy a cambiarme de ropa para poder avanzar.

—Tranquila, tómate el día.

—No, imposible. Tenemos muchos pendientes. No me demoro.

Cuando desaparece de mi vista, dejo de sonreír. Los guardaespaldas se llevan al perro y me doy cuenta de los movimientos inusuales que hacen. Corro hacia la pista de aterrizaje. Hombres de Markos caminan con prisa, hablando del asunto de Ámsterdam.

Hay un avión en espera, listo para salir. Me subo.

—Buenos días, señora Van Loren. Qué agradable verla.

El piloto sonríe y cierra las puertas.

¿Qué demonios está pasando?

—Imagino que va hacia el mismo destino del amo. Llegaremos pronto —dice, mientras toma vuelo.

Es el piloto privado de Markos, lo cual me inquieta. Jamás lo deja para nada, mucho menos cuando va contra alguien.

Me llevo las manos al pecho para tratar de relajarme. Tenemos un acuerdo. Tengo que estar enterada de todo lo que concierne a Briana o Smirnov, pero, ¿actúo desde la cabeza? ¿O fingiendo otra cosa?

Los dedos me arden de los golpecitos que doy en la mesa. Llegamos a Atenas un tiempo después y hacemos conexión en un chárter privado hacia Ámsterdam.

El vuelo dura tres horas. No puedo dormir ni comer nada hasta que aterrizamos. Cuando bajo del avión, su gente me está esperando.

Sky me abre la puerta de un auto y me dirige a un lugar desconocido.

—¿A dónde me llevan?

No tengo respuesta. Las calles parecen ser cuadras de almacenes privados.

Entramos en un sitio oscuro, pero esta vida me ha enseñado a no confiar ni en mi sombra.

—Frenen el auto.

Ordeno y no lo hacen.

—¡Basta!

—No lo tenemos permitido, mi señora —Sky agrega—. Por favor, tranquilícese.

—¡Detengan el maldito auto!

Forcejeamos y no se atreve a tocarme. Le quito su arma y frenan en seco dentro de una bodega.

—¿Dónde está Markos?

No contestan.

—¿Para quién trabajan? —Apunto—. ¡Hablen, maldita sea, o juro que voy a darles un tiro!

—Señora... —Un hombre me abre la puerta y salgo, apuntándolo.

—¡Atrás!

—Señora, por favor, permítanos...

Termino noqueándolo. Le disparo en la pierna hasta que... se escuchan palmas. La luz se enciende y Siniestro me observa.

—Debo confesar que todo lo haces más difícil... e interesante, angliká.

Mis mejillas arden cuando lo miro. El calor sube hasta mi cabeza, sin poder entender qué planea hasta que... lo noto: un Audi con un moño rojo gigante aparca cerca.

—Buena táctica, reflejos rápidos, desconfianza al límite.

—Tuerce los labios—. Sabía que encontrarías la forma de seguirme.

La chismosa que tienes de asistente hablaría de más y mírate ahora: tienes habilidades innatas para conseguir lo que quieres.

Tu único fallo fue no esconder tus celos de mierda.

—Pobres los ilusos que se creen los dueños del mundo.

—Soy el dueño del mundo... y tú mi esposa.

Saca una llave de su bolsillo.

—Es tuyo.

Las mejillas se me calientan. Otro de sus hombres sujeta una caja con un collar. Me siento tonta al darme cuenta de que ambos eran para mí.

—¿Te diviertes?

—Sí.

Entreabro los labios al ver la joya, un zafiro azul brillante que deslumbra. Levanto la vista hacia Markos, sin poder creerlo. Es el mismo que quise comprar cuando vivía en Nueva York. No lo hice porque era ridículamente caro. Vale lo que costarían diez mansiones en Londres.

—Es tuyo ahora. Igual que el Audi. No quisiste aceptarlo de «T.S.» cuando estabas en Level Gold, acéptalo de tu marido ahora.

Exhalo, aguantando mi sonrisa.

—¿Por qué, Markos?

—Porque sé que te gusta. Y porque se me antoja.

—Pensé... que había algún ataque en puerta.

Contengo la respiración cuando se acerca.

—Lo hay, pero en la noche. Es nuestra última ficha contra Smirnov: la tecnología con la que se cuida. El presidente ucraniano está aquí y asistirá a un concierto. Lucharás conmigo.

—¿Tanto te costaba decírmelo desde antes?

—Siempre es más divertido ver a mi mujer celosa —replica.

No puedo evitar mostrarle mi sonrisa.

—Vamos, prueba el auto. Es todo tuyo.

Me subo en el Audi y lo enciendo.

¡El maldito auto es perfecto!

Papá me enseñó a manejar cuando era aún adolescente. Aunque no tengo práctica, tengo nociones básicas. Solo doy unas vueltas junto a Sky.

Es un correcaminos sin límite. El acelerador se me va en un tiro.

—Cuidado, señora. El pie en el freno.

Suelto una risa. De reojo lo miro y se mantiene en silencio, todavía observándome. Después de media hora, por fin lo dejo. Se lo llevarán a Londres. Regreso hacia Markos con el estómago hecho añicos por mis emociones. Todavía habla con sus hombres.

—Mantén lejos a las amenazas esta noche.

Entre ellos se miran.

—Por supuesto.

Se van, dejándonos a solas.

—Gracias por los regalos. Son maravillosos.

—Eso fue solo el principio. Ahora haremos otra cosa.

Parpadeo cuando me lleva a su auto. Salimos de las bodegas y no demoramos mucho en aparcar en otra parte. Entramos en lo que parece una iglesia, aunque por dentro son túneles de lujo iluminados por luces rojas, donde mujeres esbeltas y rubias nos reciben.

—Bienvenidos.

No entiendo. Giro la cabeza cuando nos brindan acceso hasta una habitación vacía.

Me toma de la muñeca.

—Ven.

No hay camas, tampoco mesas, solo algunos sillones y una especie de puerta de metal que da acceso a salas privadas.

—¿Qué hay aquí?

—Mucho más de lo que piensas... —Atrae mi cuerpo hacia él y habla en mi oreja—. ¿Qué tanta hambre tiene la señora Van Loren?

¿Hambre? Se me seca la boca.

—¿Qué tanto hambre necesita, amo?

—Excelente pregunta —sisea—. Mucha.

Me siento extasiada con el juego que pretende. Respiro hondo al sentir cómo me roza.

—Los regalos no terminan —susurra—. Hoy quiero consentir a mi mujer de otra manera.

Su voz me hace sentir escalofríos. Se lame los labios y, cuando trato de besarlo, presiona un botón que mueve las paredes.

Me congelo.

—¿Qué es esto…?

Camino sin poder creer lo que veo. Un pasillo lleno de cuartos con lunas transparentes.

Los gemidos se alzan. Soy espectadora de sexo en vivo: mujeres que hacen mamadas y otras que son penetradas por dos hombres. Cada área tiene un tipo de sexo. En la habitación que le sigue, practican sadomasoquismo.

—Dime que no te excita ver cómo follan...

Markos susurra en mi oreja, la hebilla de su correa pasa por mis manos.

—Bienvenida al mundo del placer, angliká.