Salvaje (Destrucción nº 2) 30
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OSCURA EXCEPCIÓN

Alaska

Los rayos del sol se filtran por mi ventana. Abro los ojos con pesadez, me duele la cabeza y la presión en mis sienes me perturba.

¿Dónde estoy?

No es mi habitación, tampoco la jaula de mi perro. Es… ¿la cápsula?

Los recuerdos de ayer se estampan en mi mente como balazos. La ecografía. Nuestro bebé. Mis lágrimas.

—Se lo dije... —Me cubro la boca con las manos.

El corazón se me paraliza cuando más imágenes llegan. Sus brazos sosteniéndome, mi cabeza en su pecho, lo segura que me sentí toda la noche. ¿Fue real?

Trago saliva.

Al sentarme, el espejo me devuelve mi reflejo: tengo ojos como pelotas, ojeras terribles y el rostro demacrado. Sin embargo, el peso ya no se siente igual. Es extraño, más ligero, tal vez… porque ya no lo sostengo sola.

Lloré tanto que ya no tengo lágrimas. Y fue con él. Ahora sabe la verdad. Por primera vez, el miedo pasó a segundo plano.

Exhalo hondo. Había imaginado este momento de otra manera. Creí en un Markos que se regocijaba con mi dolor, pero en sus ojos también había llamas. Las mismas que sentí yo cuando supe de la pérdida de mi hijo.

—Nunca lo supo… También le dolió.

Las palabras se quedan atascadas en mi garganta. Dijo que era su sangre. Que jamás habría matado a un hijo suyo. Se vengará. Lo hará por nuestro bebé.

El perro levanta la cabeza cuando me ve. Se quedó a dormir en una esquina de la habitación, sobre un cojín en el suelo. Se acerca con un gran bostezo. Cuando quiero tocarlo, se vuelve a alejar.

—Ven aquí.

Lo atrapo y acaricio su pelaje. Lame mi mano, sin que pueda evitar una tonta calma porque él no lo echó. Suelto un leve suspiro al verlo saltar. Furia mueve su cabeza, como si señalara algo, entonces me doy cuenta de que no estoy sola. Markos sigue aquí.

—Perro inteligente.

Pongo los pies en el suelo y me tiemblan las piernas. Mi grandote vuelve a su cómodo cojín mientras me acerco. Camino descalza hasta el marco de la puerta. Está hablando por teléfono, de espaldas y en griego. Suena irritado también.

—Den thélo láthi.

Una opresión en la boca de mi estómago me tensa, pero me doy valor.

Mis pasos son tan silenciosos como cautelosos.

Pongo un pie afuera y me resulta imposible no mirarlo cuando solo trae el pantalón encima.

De espaldas y a la luz, lo primero que resaltan son sus músculos de acero, además de sus marcas.

Su sola presencia llena el lugar. Camina de un lado a otro con un vaso de whisky en las manos.

Me meto en la cocina y, cuando nota movimiento, voltea.

Su mirada parece congelarse al observarme.

No corta su conversación, se aleja un poco para hablar y solo me limito a preparar café junto a dos sándwiches.

Tomo la mayonesa y pongo el pan en la tostadora, cuidando de que no se queme. Cuando ya no lo escucho hablar, me giro. Suelto un grito al toparme con su cuerpo tras de mí.

—Lo siento.

Lo embarré con la salsa. Tomo un paño para limpiarlo. Paso mis dedos por sus músculos, justo cerca del corazón, sintiendo lo rígido que se pone cuando mis dedos acarician el tatuaje.

Skoteiní exaíresi.

Al levantar la mirada, sus labios están muy cerca de los míos. El corazón me late tan fuerte que podría estallar. Es difícil sostenerle la mirada cuando te marca, pero cuesta más estar cerca sin poder tocarlo.

Esta proximidad ahora, después de lo vivido anoche, me hace sentir extraña.

—Deberías estar acostada. —Quita el trapo de mis manos.

—Pensé en hacer algo de comer.

—Para eso están las criadas.

—No quiero ver a nadie. Además, es algo simple.

La rareza de estar aquí me carcome: solos, medio desnudos, con el perro cerca.

Ver sus ojos es regresar a la noche anterior. Y eso basta para desordenarme por dentro.

—Anoche…

—Estarás bien. —Posa uno de sus dedos sobre mis labios—. No te preocupes por nada. Yo resolveré todo.

—¿Resolver?

No da más explicaciones.

—Esta también es mi guerra. Soy la madre de ese bebé…

—Lo sé.

Sus ojos parecen incendiarse. El aire se va de mis pulmones.

—Markos…

—Vuelve a la cama. El doctor Mayer te verá pronto.

—¿El doctor Mayer?

Sostiene mi mentón.

—Tus crisis de pánico necesitan ser tratadas.

—Las tengo desde que era niña. Se agravan cuando paso por emociones muy fuertes —intento disuadirlo, pero es en vano.

—Descansa.

Sujeto su brazo cuando quiere irse. Error. Algo en mí chispea. Tengo tanto que preguntar…

¿Lo hubiese querido?

¿Habría cambiado en algo?

Vuelve a mí y su cercanía me inquieta. Voy a hablar, pero la pantalla de su móvil nos interrumpe.

—Señor, su avión estará listo dentro de unas horas —logro escuchar cuando contesta—. ¿Solicitaremos apoyo de los Red Men?

—Esta vez no.

—El Audi negro ya ha sido enviado. Es un gran regalo, señor.

—¿Y el collar?

—También.

—Den thélo láthi —dice, en griego.

—La señorita Pantera está lista para usted.

¿Señorita? ¿Pantera? Algo se atora en mi garganta. Le doy la espalda mientras continúa en su conversación, fingiendo terminar de hacer el café.

—Thélo na do ton Pantera sýntoma.

Siniestro nunca le toma atención a nadie, porque nadie le importa tanto como para hacerlo perder el tiempo, pero ese nombre «Pantera» empieza a confundirme. Hablan de una mujer.

—Tha ti do sto Ámsterntam.

¿Irá a Ámsterdam? ¿Para qué?

Mis manos se posan en el sándwich que aún no tuesta del todo. Ajusto la temperatura, haciendo presión en mis dedos.

—¿Suites separadas? —El hombre vuelve a mi idioma.

—No, solo una. To kalýtero xenodocheío apó óla.

Responde en griego cuando le conviene.

Tiene gente que trabaja en todo el mundo. En cada país posee al menos un séquito de hombres y a todos los mantiene con la boca bien cerrada.

Mi cabeza da vueltas sobre lo mismo. Una suite, Ámsterdam, Audi, collar… Pantera. Una sola maldita habitación.

—Ti óra eínai i synavlía?

—Nueve de la noche.

Miro su sándwich y veo que empieza a volverse negro. Suspiro, sin entender cómo hace para ponerme de buenas y malas al mismo tiempo.

—¡Mierda!

Me quemo el dedo. Mi piel empieza a arder. Del pan salen hilos de fuego y tiro del cable para desconectar la tostadora con un dolor que me aprieta.

Abro el caño del agua, tratando de calmar la incomodidad. Al sacarlo, se pone rojo. Me lo chupo antes de que se haga llaga y...

—El calor de tu boca solo acrecentará el dolor.

Me mira con el único afán de fastidiarme.

Ahora no tiene nada que hacer porque colgó.

Ignoro su diversión y finjo que no es nada.

Su mirada acrecienta mi cólera. Estoy tan enojada que ni siquiera me encuentro.

Esta maldita contradicción regresa, un Markos que por primera vez dejó que durmiera en sus brazos, que me contuvo cuando más lo necesité y luego… su patanería de siempre.

—Enséñamelo.

—¿Qué?

—El dedo.

—Tienes mejores cosas en qué ocuparte, no creo que te importe.

—Muéstrame.

No quiero pelear. De mala gana, se lo enseño y tira de mi brazo hasta el sofá, donde me obliga a sentarme en su regazo.

Su cercanía me pone tensa, pero queman más sus ojos cuando observan mi rostro.

—Se te quemó el pan... —Acaricia mi dedo.

—Sándwich al carbón, negro como tu alma —ironizo.

—¿Qué quieres? ¿Saber a dónde voy?

Su sonrisa pedante empieza a darme retortijones.

—Puedes hacer lo que quieras. —Intento sonar lo más fría que puedo.

Si me voy, reforzaré su pensar y no voy a darle el gusto. Explora mi dedo y deja caer unas gotas de whisky en mi piel. Duele, pero no grito.

—¿Terminaste de divertirte?

—Todavía no.

Introduce mi dedo en su boca. Lo succiona y puntea con la lengua. El cosquilleo hace que mi cuerpo suba de temperatura.

—¿Te quema?

—No.

—Quizá ansía demasiado que lo... chupen.

Su lengua va de abajo arriba. Respiro de a pocos, manteniendo mi careta. Pero el maldito sigue, mirando cada cosa que hago. Entonces freno.

—Su avión está listo, amo —agrego, al ver su móvil encenderse de nuevo—. Si insisten tanto es porque lo necesitan con urgencia.

Me levanto, dispuesta a irme. Y de un tirón me devuelve a su boca.

Las piernas me tiemblan cuando me aprieta. No es suave, pero tampoco rudo. Es la primera vez que me besa lento.

Me deshago como una maldita tonta cuando sujeta mi cintura. Ansié sus labios desde esta mañana y no puedo frenarlo porque también se me antoja.

—Afíste tous na anoíxoun pórtes.

El altavoz suena. Una voz femenina se escucha de lejos.

Lo empujo y me refugio en la habitación. El pecho me pesa, las orejas me explotan de calor. Entonces escucho la puerta.

Se ha ido, dejándome más confundida que antes.