Salvaje (Destrucción nº 2) 29
65%

29

CICATRICES

Siniestro

Horas después

El vaso estalla entre mis dedos. Los cristales se incrustan en mi piel y la sangre resbala caliente por mi mano. No siento dolor, solo una maldita rabia que me carcome por dentro.

Clavo la mirada en el fuselaje. Los tengo presentes. A todos los que creyeron que podían jugar conmigo.

Las palabras siguen clavadas en mi cabeza.

«Encontramos algo, señor. Tiene que verlo por usted mismo».

Exhalo.

«Le hicimos un legrado a su esposa. La señora Van Loren tenía cuatro semanas de gestación cuando le quitamos al feto. Esta fue su ecografía».

Mi puño se cierra, aún con sangre en mis nudillos. Las turbinas rugen cuando el avión toca tierra. Bajo al asfalto y avanzo sin mirar atrás. Mis hombres se alinean a ambos lados, pero no los miro. Los músculos de mi espalda se tensan con cada paso que doy.

Cruzo la mansión. Abro la puerta de su habitación y está vacía.

—¿Dónde está Alaska?

—Salió… con el perro —contesta uno de mis hombres.

En el jardín no hay ni rastro de ella. Lo único que se ve iluminado es la cápsula. El perro ladra cuando me acerco. Empujo la puerta de la habitación y el lugar apesta a alcohol. Hay botellas vacías, papeles y cristales rotos por todas partes.

Avanzo, entonces la veo. Está acurrucada en una esquina. Tiene los labios destrozados, los ojos hinchados y el maquillaje corrido. Las lágrimas todavía resbalan por sus mejillas.

Le tiro la ecografía y me trago la hiel cuando la reconoce. Su actitud cambia de inmediato. Se lanza contra mí con violencia.

—¡No vuelvas a tocar esto! ¡No lo mereces!

La tomo del cuello y la estrello contra la pared.

—¡¿Me crees imbécil?! ¡Responde!

—Te creo miserable.

Presiono mis dedos con fuerza.

—No eres más que un hombre sin alma ni corazón —dice, contenida—. Arrasas con todo lo que tocas. Lo ensucias. Lo rompes. Todo lo contaminas. Por eso, la vida cobró tus deudas y se llevó lo más preciado que teníamos.

Aprieto los dientes.

—¿Querías saber la verdad? Sí, estaba embarazada. Esperaba un hijo tuyo cuando me fui de aquí y murió por culpa de la mujer a la que metiste en mi vida. —La voz se le quiebra—. Lo perdí. Briana me acuchilló. No pude salvarlo.

Algo se tensa dentro de mí. Mi cabeza explota como un maldito balazo.

Crudo.

Asfixiante.

Aflojo la presión de mis manos y cae de rodillas para tomar la ecografía del suelo. El aire me falta. Estoy a punto de darle un tiro en la boca por mentirosa.

—Yo nunca fallo. Controlo cada jodido detalle; a quién toco, a quién uso y a quién dejo vivir. La inyección anticonceptiva que desarrollan mis farmacéuticas no tiene margen de error.

—No cuando se hace a propósito. El señor Otto te conocía tan bien que cuidó cada detalle de su venganza.

El puño me arde.

—No solo salvó a Rich y liberó a Briana cuando le pediste que la matara, también ordenó que me pusieran un placebo y no el anticonceptivo. Sabía que un hijo no deseado te destruiría la vida.

El latido de mi sien golpea con una fuerza áspera. Mis fosas nasales se expanden, los ojos me arden por cómo los abro. El torrente de mi sangre aumenta a niveles descontrolados, sin poder detenerlo.

Niego con la cabeza.

El miserable lo sabía. Entendía que las crías ciegan los intereses de sus progenitores.

Son minúsculas, vulnerables y terminan siendo una prioridad que pone en riesgo las ambiciones de muchos.

Jamás me encontraron debilidades. Yo no estaba dispuesto a desenfocar mi rumbo antes de lograr tener en mi poder a toda Europa.

Maldito hijo de puta.

—¿De qué te sirvió? —Alaska increpa—. Tu ego, la venganza… Un inocente pagó por tus errores. ¿Ahora sabes lo que se siente que te maten a un hijo?

Golpea mi pecho.

—¡Me hiciste querer a una zorra que solo me odiaba! ¡Eliminaste a niños indefensos y la vida se encargó de repetirlo con el nuestro! Quizá Briana tenía razón: te hizo un favor. Se deshizo del hijo al que tú hubieras matado algún día.

—¡Jamás mataría a un hijo mío! ¡No a un Van Loren!

Se queda quieta.

—¿Es lo que te conviene? ¿Creerle a una prostituta que vive obsesionada conmigo? Solo así tendrías motivos para odiarme.

—Eres un…

—¡Te lo callaste sin importarte nada! —Sujeto sus muñecas—. ¿Quién iba a ser su padre? ¿El cojo de mierda? ¿Le ibas a hacer creer a mi hijo que su progenitor era ese maldito insignificante?

—¿Y qué querías? ¿Que me quedara contigo para seguir siendo tu esclava? ¡Yo solo quise protegerlo!

—¡¿Protegerlo?! ¿Ibas a poder protegerlo de la mafia por ti misma?

¿Sin dinero ni recursos? ¿Qué iba a hacer el cojo?

¿Pelear contra el mundo con su mediocre palito en las piernas?

—Sus ojos se llenan de lágrimas—. No me culpes de algo que decidiste afrontar sola.

Briana jamás hubiera entrado en mis dominios. Nunca.

Algo en ella se quiebra. Le di donde todos los mundanos se quedan: en la culpa.

Salgo de la habitación, tirando todo lo que hay a mi paso. Debería darme gusto, saciarme con lo hecho, pero nada me satisface. La cabeza me explota. Mi sed de violencia regresa a niveles descomunales.

Reviento mi puño contra la pared. El primero me asfixia, el segundo me abre la piel, un tercero ya no es suficiente.

Doy otro. Y otro. No puedo detenerme.

«Mataron a uno de los míos».

La frase se repite en mi cabeza.

Un hijo.

Mi hijo.

Ni siquiera tenía un nombre.

Mi cuerpo hierve ante la idea de mi sangre derramada en manos de una vil zorra.

Jadeo, conteniendo la mierda. El perro no deja de ladrar.

Saco el arma, dispuesto a darle un tiro, aun así, no se detiene.

Corre hacia la puerta con desesperación y un ruido me alerta.

Regreso a la habitación y ella está tirada en el suelo.

Encogida. Temblando. Su garganta emite un sonido que no controla.

—¡Alaska!

Intenta hablar, pero no puede. El pulso en su cuello salta a la vista, como si se estuviera ahogando. Trato de quitarle la ecografía que aún yace en sus manos y se niega.

—No…

Su voz sale rota. Irregular. Trata de aferrarse a lo que toca. No controla los temblores.

Es un ataque de pánico.

—Mírame. —Sujeto su rostro—. Este es tu presente.

No reacciona.

—¡Maldita sea, Alaska! ¡Solo mírame!

Palmeo su rostro hasta que sus pupilas vuelven a enfocarse. Intenta fingir, como lo ha hecho desde que regresó a esta casa, pero ya no puede.

Llora. Fuerte. Con un grito que desborda su garganta. Algo cruje dentro de mí cuando se rompe.

—Mátame. Termina con esto.

Me quedo en silencio. Su sollozo me asfixia.

—No aguanto este dolor. Por favor…

—Puedes hacerlo.

—No.

—Sí puedes. No vas a darle el gusto a esa maldita zorra.

Intenta respirar en medio del llanto, pero le cuesta. Se ahoga y su cuerpo se descompensa.

Atrapo sus brazos cuando cae. Su cabeza se desploma contra mi pecho. El pulso se le dispara, la levanto en brazos hasta la cama y tiembla tanto que apenas puede mantenerse consciente.

—Tranquila.

Busco un relajante entre mis cajones. Mis manos aún sangran cuando preparo la aguja. Le inyecto el medicamento. Minutos después, empieza a hacer efecto. Sus músculos dejan de contraerse. El pulso empieza a normalizarse e intento incorporarme.

—No te vayas.

Se aferra a mi ropa.

—Por favor… —suplica.

Accedo y me acuesto a un lado de la cama.

El vacío parece perpetuarse en la noche y se siente más cuando llora. Su dolor me incomoda, arde en mi piel, aviva mis ganas de sangre. Tenso mis dedos en las sábanas mientras su pecho no deja de emitir sollozos. Desconozco la forma en que una persona consuela a otra, solo quiero que pare.

Escucho su llanto por largos minutos. En todo ese tiempo no ha dejado de sujetar mi mano. No estoy acostumbrado a dormir con nadie, pero tampoco hago nada por irme.

—Lo pagarán. Uno por uno. Con lo que más les duela. Te lo juro.

Gira su cabeza, con los ojos cansados. Se mantiene absorta. Sus temblores empiezan a mermar, aun así, su labio rajado todavía recibe mordidas involuntarias.

Cuando parpadea, un cúmulo de lágrimas vuelve a empaparla. Llevo mi mano hasta sus mejillas, se las limpio, entonces me doy cuenta de que sigue lastimándose. Mi pulgar afloja el agarre de sus dientes y una sed terrible me domina.

Capturo su labio aguado con mi boca. El beso es corto, pero necesario. Apoya su cuerpo junto al mío. Su cabeza descansa en mi pecho, su llanto desaparece poco a poco.

Me quedo inmóvil.

—Le… compré… una cadenita.

Deja su muñeca sobre la palma de mi mano.

—«Pequeño mal» era su nombre. Me hubiera gustado que fuera una niña. Habría sido mi princesa.

Inhalo fuerte mientras su voz va perdiéndose.

Es la primera vez que paso más de cinco minutos con alguien en mi cama, sin follar, escuchando cosas sin sentido. Su exhalación ahora es más larga. Afloja la presión de sus dedos, como si ya no tuviera fuerzas. Entonces sé que duerme.

Ya no hay colapso. Tampoco frío.

La luz se apaga al no notar movimiento. Su respiración es tan suave que mis párpados pesan. Ahora el faro es lo único que nos ilumina.

No soy consciente del tiempo que transcurre. Su cuerpo se mantiene inerte, aferrado al mío. Lo único que escucho es su leve balbuceo.

—Por favor… protégelo —habla dormida—. Protege a nuestro bebé, Markos. Sálvalo de ella.

En su subconsciente, aún se aferra al recuerdo. La conciencia se le apaga, pero su cuerpo aún grita el trauma que experimentó.

Vuelve a sollozar con un leve espasmo en su garganta. Mi brazo sujeta su cintura para que no se mueva, mis manos sobre las suyas contienen la alerta involuntaria que parece tener cuando duerme. Aun así, sus lágrimas siguen derramándose.

—Suficiente. —Algo me cruje de nuevo—. No llores más.

No para.

—¿Cómo frenas esto? ¿Qué es lo que quieres, Alaska?

—Volver a florecer. Quiero volver a florecer...

Balbucea, sin ser consciente de nada.