28
VACÍO
Alaska
Escucho un tiro y mi cuerpo se congela. Los oídos me zumban, su sangre explota en mi cara. Mis piernas se doblan cuando me golpea en el estómago.
Alguien le disparó y ahora huye como una rata.
—¡Señora Van Loren!
No puedo moverme, una bola de fuego arrasa con todo. No soy dueña de mis reflejos cuando las galerías se empiezan a quemar. El golpe me hace encorvarme mientras un dolor agudo empieza a extenderse por todo mi cuerpo.
—¡Señora! —grita Omar, casi arrastrándose—. ¡Aquí estamos! ¡Ayuda!
Se escucha un auto frenar, los pasos de unos hombres arremeten en medio de las llamas. El humo nubla mi visión, no puedo dejar de toser por el calor que empieza a asfixiarme.
—¡No la toquen!
La voz de Markos resuena cerca. Cierro los ojos, sin saber si es mi imaginación. Me toma entre sus brazos. La sangre corre como un río en medio de la tierra. Grito de dolor cuando me meten en el auto.
—Póngale un sedante.
Siento un pinchazo que me adormece poco a poco. Pronto, la incomodidad se va. Mis ojos se hacen pesados mientras los disparos se alzan. Estoy en el limbo de la inconsciencia, aun así, tengo lapsos de claridad cuando escucho las turbinas de un avión y las vagas palabras que se dicen.
—¿Cómo sucedió esto?
—Un mensajero falso llegó antes de que usted regresara. Desviaron el auto, pero felizmente el escolta envió alertas, por lo que pudimos accionar.
—¿Dónde está el falso mensajero?
—Herido, señor. Todavía en tierra.
—Mátalo.
Vuelvo a quedarme en blanco. Cuando regresa mi conciencia, solo puedo sentir la suavidad de mi cama mientras alguien me cubre. Los retazos de sueño me acompañan. El aire azota las ventanas de mi habitación, pero no puedo despertarme.
Camino por un jardín lleno de lirios blancos que parecen tintarse de color cuando mis dedos los tocan. Jamás había experimentado tanta felicidad, pero freno al sentir cómo la sangre emerge por mi entrepierna.
Levanto la vista. Briana está ahí, marchitando todo lo que toco.
—¡Mi señora!
Un nudo se forma en mi garganta.
—¡Despierte, mi señora!
Abro los ojos. Kyria y Astrid están al borde de la cama.
El sudor empapa mi frente, las sienes me explotan por la fuerza que hago al levantarme y solo...
—Tuvo una pesadilla. —Mi asistente me toma de los brazos—. Llegó de madrugada hace un día y ha dormido desde entonces. Le traje sus medicinas.
El labio me arde por el esparadrapo que me pusieron. Tengo las piernas lastimadas y otros golpes que me hacen doler la cabeza.
—Con cuidado. —Kyria me ayuda a sentarme.
Me incomoda abrir la boca. Cuando me tomo el medicamento, es inevitable no mirar alrededor de la habitación.
—El señor Van Loren no está en la isla. Ordenó que tenga descanso absoluto, así que estaremos atendiéndola en lo que necesite. Debe permanecer en su recámara.
Opto por no contestar. Me miran con una sonrisa tímida para luego despedirse.
Espero a estar sola para levantarme. El dolor vuelve, pero no va a vencerme. Un zumbido áspero me molesta. Frente al espejo, el recuento de los daños aparece: mi labio partido, las marcas del cuchillazo en mi mano y todos los moretones. Maldigo a Smirnov por lo que hizo.
Me siento sucia, así que me doy un baño. El agua caliente me abriga, aunque no puedo evitar sentir que algo me perturba.
Smirnov lo sabía… la muerte de mi bebé.
Mis ojos pican, pero me he prometido no romperme de nuevo. Desde que salí de la casa de reposo en Suiza, donde estuve internada después de perder a mi hijo, me juré a mí misma destruir a los culpables.
Papá solía pensar que el cuerpo se acostumbra a cargar los dolores que no queremos enfrentar, porque hay verdades capaces de destruirnos. Yo, en cambio, creo que los golpes tienen una ventaja: te vuelven tan inmune que ya no le temes a nada.
El bebé no va a regresar, pero yo sí cobraré su muerte. Es lo único que me ha mantenido con vida, el deseo insaciable de asfixiarlos hasta que paguen, su sufrimiento… que sea tan fuerte como el mío.
El dolor físico solo es una herida. Mi satisfacción al ver que le destruí la empresa con la que blanqueaba su dinero, además de quitarle a su mayor aliado, nadie me la quita.
Dejo de encorvarme. El medicamento empieza a hacer efecto rápido. No voy a quedarme en cama, sabiendo que el tiempo está en nuestra contra. Cuando salgo al pasillo, un escolta me detiene.
—Señora Van Loren, tiene prohibido levantarse de la cama.
—Pues, como ves, ya estoy bien.
—¿Necesita algo?
—¿Dónde está el perro? —inquiero, necesito verlo.
—¿El perro?
—Mi perro: Furia.
—Oh, el... rottweiler de caza. En entrenamiento.
—Que lo traigan a mi habitación.
—Señora, disculpe, pero... el amo no deja que los animales entren a la mansión. De hecho, los perros son entrenados para atacar.
—Denle juguetes, además de unas almohadas —continúo—. Y una plaquita con su nombre.
—Mi señora… Perdón que se lo repita, pero es un perro peligroso. En cualquier momento puede irse contra usted.
—Lo quiero ahora. Vete y déjame sola.
Bajo por la escalera y detengo mi paso al ver la oficina de Markos. La puerta está abierta. Al acercarme, no hay nadie.
De verdad se fue… otra vez.
El lugar huele a bourbon, también a su perfume. Cuando entro, todo está en completo desorden: papeles abiertos, balas sueltas, llaves, mapas, documentos y carpetas esparcidas por todas partes.
Camino hacia el escritorio, pero alguien me interrumpe.
—Señora, la oficina del amo es exclusiva. Nadie puede entrar aquí sin su permiso.
Un guardaespaldas me ataja.
—¿Y yo no soy su mujer? ¿Estoy pintada o qué? —El hombre calla—. Vete.
Me hace caso.
Cuando estoy sola, el aire parece salirse de mis pulmones. Un extraño peso empieza a golpearme. Mi dedo recorre la fina madera del escritorio hasta llegar a su asiento de cuero, entonces me doy cuenta de que los cajones están abiertos. Dentro, hay espacios de doble fondo.
Él jamás lo haría. No dejaría todo así… a menos que lo haya necesitado rápido.
Mi mirada se enfoca en los papeles: son planos de las bóvedas de Marruecos. Caminos entre cadenas montañosas, direcciones, personas de contacto. Todo lo necesario para llegar a sus bóvedas en Figuig.
La curiosidad me pica. Sigo pasando las páginas hasta que nombres estampados como títulos encabezan archivos.
Briana.
Marcela.
Alaska Wells.
Los documentos con mi nombre son amplios.
—Miren a quién tenemos por aquí... ¡La señora Van Loren!
Reprimo un salto cuando la voz de Antígona aparece. No murió por las plantas negras, pero se la ve con menos fuerza de lo que siempre aparenta.
—¿Qué eres ahora? ¿Un culo de oficina o un culo sobreviviente? Porque no-anal ya no eres. El amo debe de haberte amaestrado a sus gustos.
Se para en el marco de la puerta. Me observa de arriba abajo y su cara de sorpresa es evidente cuando ve los documentos en mi mano.
Aparento total soltura mientras finjo ordenar los papeles, pero en realidad tomo el grueso que encuentro. Si los guardo ahora, sería muy evidente.
—¿Quién dejó entrar a las zorras? —digo, recostando mi espalda en el asiento.
—Las zorras tenemos acceso directo cuando somos imprescindibles para el jefe.
Vengo a reportarme y me encuentro con tu cara.
¿Qué no deberías estar llorando por tu vida sufrida?
¿Qué hace aquí, mi lady? —ironiza—. Vaya a darse su pintado de uñas, no se le vayan a romper por trabajar cuando no se lo piden.
—De hecho, mis uñas están perfectas. —Aireo mi mano—. Soportaron las batallas que tú no pudiste.
La sonrisa se le borra.
—Fue tu culpa, maldita estúpida. ¡Casi nos matan!
—No le eches la culpa a quien trae verdaderas victorias. —Apoyo mis palmas en la mesa—. Gracias a que me arriesgué y robé las fórmulas del Vyshe, ahora tenemos más armas contra nuestros enemigos. Pero tú... ¿qué hiciste? Nada. Solo mirarme los senos.
—¡Cállate, perra!
—Interesante tu modo de perder —deletreo la última palabra—. Quién iba a decir que la mujer que me secuestró terminaría mostrándome su debilidad. Quedas como una vil cobarde.
Retrocedo cuando se abalanza sobre mí. Cae en mi juego. Se estira para golpearme, entonces aprovecho para tirar lo que hay encima.
—¡Me tienes harta! —grita.
Se sube sobre la mesa para apretarme del cuello. Dejo que lo haga. Soporto la respiración mientras mis manos doblan los papeles y me los meto en el pantalón sin que se dé cuenta.
Los guardaespaldas llegan, alertados por la bulla. Aprieto sus muñecas para apartarla y la tiro al suelo con fuerza.
—¡Zorra!
Dejo que haga su berrinche. No soporta perder, pero ahora ya no encuentra a una víctima. Los escoltas la sostienen de los brazos.
—La señorita aún está convaleciente —intentan excusarla.
—¡Ya basta! ¡Suélteme, imbéciles! —Se zafa—. Esto no se va a quedar así.
Me amenaza antes de irse.
Finjo estar furiosa al retirarme. Sujeto mi estómago, con la excusa de mi dolencia, pero en realidad no quiero que se me caiga nada.
Cuando llego a mi habitación, cierro con llave la puerta.
Me ubico en una de las esquinas, donde hay puntos ciegos por seguridad, y no espero más para leer lo que tengo:
«Marcela E.R.»
5 años atrás.
Comprada. Virgen.
Tipo de sangre: O+
Altura: 1.68 cm
Nacionalidad: Desconocida.
Adicciones: Drogas B
-Actualización-
Errores: un hijo. Estado: Finiquitado.
¿Finiquitado?
Debajo hay una fotografía. Damián.
Un escalofrío me recorre la espalda. ¿Y si Sky me mintió? ¿Y si fue Markos quien los mandó a eliminar?
Tiemblo al escuchar gritos fuera. Marcela chilla fuerte, suena igual que mi grito en aquel hospital cuando perdí a mi hijo.
Trago saliva, mis dedos siguen pasando papeles: médicos, horarios, grabaciones robadas.
Una clínica en Suiza… Mis piernas se doblan.
Tengo que apoyarme contra la pared para no caer.
No.
No.
No.
Las fechas se suceden una tras otra: investigaciones, pagos, registros… Entonces aparece el último documento.
Atención médica por legrado.
Paciente: Alaska Wells.
La sangre deja de circular por mi cuerpo. Niego con la cabeza. Vuelvo a leerlo, esperando que se trate de una pesadilla.
Última actualización de búsqueda: hoy.
Lo sabe.