EPÍLOGO
El sol nunca fue tan ameno en una época como hoy. La primavera empieza a llegar. Las flores se ponen más bonitas, aunque a Arya le guste pisarlas, porque ama más verlas marchitar.
Tiene el cabello rubio, tan brillante como el sol. Sus mejillas rosadas iluminan su tez blanca y sus ojos, de un azul fuego, son idénticos a los de su papá. Sus rasgos delicados engañan a cualquiera, pero pocos creerían que es un hueso duro de roer.
Detrás de esa careta de princesa, existe una niña inquieta, engañosa y demasiado demandante para ser real.
—¿Arya?
Su madre la llama, pero lejos de esconderse, lo único que hace es peinar una peluca de color negro artificial.
La quiere como si fuera una devoción. Habla bien para ser una niña de su edad.
Desde que aprendió su primera palabra, no paró.
Es sociable, extrovertida. Le gusta llamar la atención porque sabe quién es.
—¿Otra vez con eso? —Alaska sonríe y se agacha hasta su nivel—. Tu cabello es hermoso, mi amor. ¿Por qué te lo quieres cambiar?
—Porque las villanas tienen cabello negro y las buenas me aburren.
—¿Qué te hace pensar que puedes hacerlo?
—Yo puedo todo, Alaska. Soy una Van Loren.
Alaska entrecierra los ojos, decidida a no luchar con la fantasía que empieza a crear. Desde que vio aquel dibujo infantil donde la mala del cuento tenía cabello oscuro, no ha dejado de querer tenerlo también.
—Está bien, pero ya tienes que comer. —Le da un beso—. Lávate las manos, te espero en el comedor.
Cuando su madre se va, ríe y vuelve a brincar hacia la ventana. El rugido de Furia la fastidia.
—¡Shh! Perro chismoso.
Aun así, lo ignora y se va.
Ama el bosque. Se pierde entre los grandes arbustos que cree de su propiedad. Juega, saltando entre charcos mientras su madre siente terror al no encontrarla otra vez.
El sonido de una bala se estampa en el lugar.
—¡Arya!
Alaska enloquece. Sale por la puerta trasera mientras hombres armados entran a la casa, sabiendo que tienen que volver a escapar.
Aunque Smirnov esté muerto, Briana sobrevivió, y sus enemigos nunca se irán por ser hija de quien es.
La pequeña es parecida a su padre. Independiente, engañosa, con el ego subido hasta las nubes, tan orgullosa de su apellido que ni ella misma lo puede sopesar. No mide el peligro. Nunca la van a controlar.
El tiroteo sigue y la desesperación por no encontrarla hace que Alaska entre en pánico otra vez. Han tenido que esconderse del mundo por mucho tiempo.
Las sombras se hacen más oscuras al anochecer. Nadie sabe nada de la niña, solo los búhos son testigos de sus pasos cuando se esconde entre arbustos al sentir que la empiezan a perseguir.
—¿Quién está ahí?
Se escucha un ruido. Toma el cuchillo con diamantes de juguete que llegó como obsequio de alguien que nunca supo reconocer.
Lo saca, esperando pelear.
—¿Quién está ahí? —repite, mirando a todos lados.
Pasos se acercan. Su pequeño corazón bombea tan rápido que odia sentir el pánico dominándola.
El miedo la empieza a paralizar cuando ve sombras moverse. La imagen borrosa de alguien poderoso aparece como penumbras en medio de la oscuridad.
Una «o» perfecta se forma en sus labios cuando ve a aquel hombre por primera vez.
—¿Quién eres?
—Tu destrucción.
Siniestro no puede dejar de mirarla.
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