Salvaje (Destrucción nº 2) 26
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CUERDA FLOJA

Alaska

La piel me pica tan fuerte que siento mis mejillas arder. Markos está cerca, la televisión a alto volumen y ahora Smirnov me envía un mensaje de amenaza.

—¡Alaska!

Un estruendo se escucha en medio de los gritos de la gente. Siniestro está parado en una esquina, cerca, pero demasiado lejos como para haber escuchado.

Sus hombres entran en acción y corro hacia él, tragándome la indignación que siento.

—¡Cuidado!

Una bala pasa cerca de mis hombros. Tira de mi brazo con fuerza. Me empuja dentro del coche y sale a matar como un demonio. Le dispara a quien ve. Hombres vestidos de vendedores atacan. Smirnov lo tuvo planeado, está aquí. Nos ha tendido una trampa.

—Señora, ¿está bien? —me habla uno de los escoltas.

Mis manos y piernas tiemblan. Hago el esfuerzo de lucir normal y asiento, sin querer quedarme aquí como inútil.

—El amo es inmortal, no se preocupe.

Las palabras se van de mi boca. En segundos acaba con todo.

—¡Abajo!

Balas chocan con el metal. Markos corre, los escoltas lo cubren. Se monta en el auto casi en el aire y explota el lugar. El fuego quema vivas a las personas. Se escuchan gritos de auxilio y pánico en medio de las sirenas de policía.

—Señor, nos siguen.

Presiona el volante. Los músculos de su mano resaltan por la fuerza que hace.

No es buen momento para hablar del mensaje de Smirnov. Es estúpido que crea que voy a acceder a sus chantajes cuando es la persona que protege a mi mayor enemiga.

—Contacta a Sky ahora.

—Señor, monitoreo todo desde las cámaras que hackeamos —responde—. Los aeropuertos siguen cerrados. El gobierno amenaza con destruir los vuelos ilegales.

—Veremos si lo logran —espeta—. No me importa destruir todo el país.

Se me seca la boca. Cuando subo la vista, me mira a través del espejo delantero del auto. Sus ojos carcomen hasta la vena más profunda de mi interior. Finjo una tranquilidad que no tengo y suelto el aire despacio. Sky habla en griego, pero no puedo entender lo que dicen.

¿Y si escuchó lo que dijo Briana? ¿Y si lo sospecha?

Niego con la cabeza. No puedo permitirme sobrepensar ahora.

—¿Qué hacemos con los cuerpos?

¿Cuerpos?

Otro de sus hombres habla en mi idioma.

Me mira.

—Que ella decida.

Palidezco, sin entender nada.

—Mi señora… —Sky se traba al hablar.

—¿Qué pasa?

Calla. Puedo escuchar su respiración tensa.

—Lo siento. Smirnov atacó las tierras en Bielorrusia. Mataron a nuestros hombres. Cuando regresamos con refuerzos, encontramos a los niños que quería proteger desfigurados en la carretera. Todos menos uno. Alguien se llevó al pequeño de ojos grises.

Un picor incontrolable ataca mis ojos. Me quedo quieta mirando al vacío. El aire entra con fuerza a mis pulmones, haciendo una opresión en mi tráquea.

Todos evitan verme, menos él.

Me muerdo los labios e intento reprimir las lágrimas. Tolero balas y masacres, pero no con inocentes. El P.M. grabado en mi pulsera parece arder en mi muñeca. No pude proteger a mi bebé, tampoco a esos pequeños que no tenían la culpa de nada.

—Es la ley de la mafia: solo sobreviven los más fuertes —él entona—. Si no era yo, iban a ser ellos. Cuando aceptas el mundo que pisas, todo es diferente.

Desvío la mirada hacia la ventana y una lágrima me quema.

—Estamos saliendo hacia un pueblo, señor —el altavoz vuelve a sonar—. No sabemos si la policía japonesa está confabulada con el enemigo. La Fuerza Negra nos abrió acceso a un aeropuerto privado al sur, enviará un avión esta misma noche.

—Bien.

Aprieto el puño, sin poder contener el amargo en mi garganta. Un golpe de calor recorre mi interior. Me limpio las lágrimas. No puedo hacer nada para cambiar lo que hicieron, pero sí vengar sus nombres con ese maldito.

—Señora… Astrid se acaba de comunicar. Se desató un escándalo en redes sociales.

—¿Qué?

—Difundieron las imágenes del mercadillo. Intentamos evitarlo, pero un vídeo logró captar su rostro en medio de la explosión. La prensa está alborotada. Si no hacemos algo, la policía podría encontrar excusas para detenerla.

—Hijos de puta.

—Astrid está redactando un comunicado. Se debe designar a un vocero que…

—No, lo haré yo —determino—. Estoy segura de que la causante fue Briana. Quiere manchar mi imagen, pero no le daré el gusto. Voy a salir a declarar, aunque sea de forma virtual. ¿Puedes bloquear mi ubicación?

—Por supuesto.

—Le giraremos el juego. ¿Qué es lo que la gente ama hacer? Proteger a las víctimas. Entonces lo seré. Le daré al mundo una historia que contar. Y ni siquiera lo esperarán.

Todos asienten.

El camino se torna tenso por lo que callo.

Aparcamos el auto en una cabaña, lejos de la civilización.

Algunos de los hombres de Markos se dedican a lo suyo y empiezan a rastrear nexos de Smirtap, la empresa con la que Smirnov lava dinero en este país.

Descubren las zonas donde opera y trabajan en bloquear las señales.

Otros llegan para ayudarme a improvisar un estudio.

Un tiempo después, todo empieza a funcionar.

Diversas computadoras están conectadas a la vez, al igual que un móvil.

—El IP ya está bloqueado, señora. Piden que se conecte ya. Si necesita que cortemos, solo haga la señal —me indican.

Asiento.

El aire se atasca en mi garganta. Me hacen una seña y el botón rojo de “en vivo” se proyecta. Un millón y medio de espectadores conectados esperan.

—¡Démosle la bienvenida a Alaska Wells!

En cuanto me ven, los mensajes de odio no se hacen esperar.

—Querida, ¡te hemos extrañado tanto! ¿Qué dice la audiencia? Eres la mejor sin duda.

—Me encanta tu amor, Ryha, se nota que aprecias mi trabajo.

En el mundo del espectáculo, ser hipócrita no es una elección. Es una decisión inteligente para aprender a sobrevivir.

Ryha es una presentadora del programa Night. Ha criticado mi carrera, mi peso e incluso mi acento inglés. Está en vivo junto a otros dos que la acompañan. Hay una breve presentación de cortesía. Río, proyectando la seguridad que tanto les gusta destruir… pero algo me eriza la piel.

Markos no se ha ido. Está detrás de las pantallas, observándome.

—Hay algo que yo quiero saber. Algo que ha estado dando la vuelta al mundo desde hace menos de veinticuatro horas. ¿Qué dices de esto?

Un vídeo se reproduce en vivo. Mi sonrisa se borra al ver a Briana en una entrevista.

—Alaska Wells abortó a su propio bebé para no engordar y seguir con el modelaje. Ni siquiera supo quién era el padre. ¿Por qué apoyar a estrellas que hacen cosas tan asquerosas? Alaska ya pasó a la historia, quienes triunfan somos la nueva generación de talentos.

Mis uñas se hunden en la palma de mi mano mientras la voz de Briana sigue sonando.

—¿Es cierto lo que dicen, Alaska? ¿Esperabas un bebé?

Mi cuerpo se petrifica.

No puedo apartar la mirada de él.