Salvaje (Destrucción nº 2) 25
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MÁS DE TI

Alaska

Su olor hace que mis instintos se agudicen.

Mi mano permanece quieta en su pecho musculoso, acariciando el tatuaje de letras griegas que yace cerca de su corazón.

No llamaría mi atención si lo hubiera visto antes.

Es extraño, distinto a lo que suele tatuarse.

No tiene un símbolo, como todo lo que lleva marcado en el pecho. Solo términos que no puedo entender.

—Todavía no has aprendido el griego.

—Nunca fui buena para los idiomas. Las letras parecen jeroglíficos.

—Son dialectos. Algo que no muchos entenderán.

—Pff. Perdone, amo. No todos vomitamos cerebro como tú —ironizo—. ¿Cuántos idiomas hablas?

—Más de los que podrías contar.

—Bueno… —Hago una pausa—. ¿En serio no me lo dirás?

Estoy acostumbrada a su secretismo, pero este me dejó picada.

Evade la pregunta.

—Es hora de irnos.

—Creo que sigo mareada —digo, evitando que se levante.

—¿Mareada? —Sujeta mi rostro.

—Me sigue doliendo la cabeza. Deberíamos quedarnos un poco más.

—Mejor acepta que es una excusa para que no me mueva de aquí.

Podría darle pelea, pero hoy no.

Sonrío.

—¿No puedo? —Se queda inmóvil—. Nunca hemos tenido una larga conversación. Tú sabes todo de mí, pero yo de ti no conozco más de lo que has querido mostrarme.

—¿Qué quieres saber?

—Lo que te gusta. Las peleas clandestinas y matar son tu pasatiempo favorito. Pero… ¿qué más disfrutas?

—Follar.

Niego con la cabeza, evitando reír.

—Tiene que haber algo más, algo que no me hayas dicho.

—¿Por qué te interesa? —inquiere.

—Simple curiosidad.

—¿Qué gano yo?

—Un beso.

Sus ojos se encienden.

—¿Por qué sería un incentivo, si puedo tenerlo cuando quiera?

—Te equivocas. Si no quiero, no te lo doy.

—Te lo puedo robar.

—Pero nunca será igual. Este… —Presiono mi boca contra la suya. Rápido, sin ir más allá—, es un beso forzado. En cambio, esto… —Capturo sus labios, moviéndome un poco, entrelazando mi lengua con la suya—, va más allá.

—Soy un hombre de negocios. —Desliza su mano por mi pierna—. No estoy muy convencido.

—Tal vez un día de juego sin restricción. Digamos que mi curiosidad es más grande que tu perversión.

Curva sus labios.

—La perversión te gusta tanto como a mí.

Suelto una risa, sin atreverme a negarlo.

—No se puede negociar contigo —le digo, dispuesta a irme.

—La música clásica. —Sujeta mi muñeca—. A solas. Lejos del mundo. Me trae buenos recuerdos. Mi primer asesinato.

—¿Tu madre?

Sus ojos oscurecen.

—Sí.

Algo pesa en mi garganta.

—Era solo un niño. En un callejón lleno de ratas.

Había un concierto en una plaza de Atenas.

La música sonaba de fondo y ella solo me miró, drogada.

El cuchillo se asentó firme en mi mano. Gritó, pero nadie la escuchó.

Imploró con los ojos llenos de lágrimas, entonces hundí la daga en su cuello.

Sus ojos abiertos, la sangre fluctuando por mis manos…

Murió como una rata olvidada por el mundo, apestando a orín en medio del fango. No me arrepiento.

Me observa, como si midiera hasta el minúsculo aire que respiro.

—¿Te maltrataba?

—Me traicionó con lo peor que pudo hacer. Y yo no perdono una traición, Alaska. Nunca.

El aire se escapa de mis pulmones. Sostenerle la mirada siempre ha sido una hazaña. Sin embargo, no se la quito.

—¿Te asusta lo que soy?

—No.

El eco de mi voz retumba en la sala.

—Solo… es extraño para mí. Vengo de una infancia feliz. Y, aunque no tuve a mi madre conmigo, papá se encargó de llenar todos los vacíos que pude necesitar. No conocí el dolor hasta que él murió, tampoco la maldad hasta…

—Que llegaste aquí. —Desliza su pulgar en mis labios—. Esto es lo que soy, Alaska. Un asesino, villano, ejecutor. En mi mundo no cabe la bondad, pero sí el poder. Todo lo que tengo es por mí. Un imperio que construí solo, a punta de sangre y dolor.

Mis dedos recorren su cintura. Se deslizan por su espalda baja y tropiezan con las líneas irregulares en su piel.

Su respiración cambia. No deja de mirarme ni un segundo.

—¿Es por eso que tus cicatrices están aquí? ¿Te lo hicieron las calles?

—La mafia. Una organización en la que entré cuando era un crío.

—Son terribles, Markos. —Mi voz se desinfla al acariciarlas.

Cuando quiero ir más allá, me detiene.

—No, son el símbolo de mi victoria. Le gané a la muerte y sobreviví.

Atrapo sus labios con mis dientes y me empieza a besar. Algo se incendia en mi interior. Un profundo deseo, ganas terribles de mancharme con él. Follamos lo que queda de madrugada. Cuando el cielo se empieza a iluminar, se levanta y me da la espalda.

Sus cicatrices se ven más marcadas de día. Aunque ya no sean un misterio, no puedo dejar de pensar en lo terrible que pudo ser. Mirarlo es como una agonía; cruda, pero al mismo tiempo te da ganas de más.

«Cuidado, Alaska. Perder la cabeza podría hacerte caer».

Desvío la vista, obligándome a avanzar. Me demoro más de lo que quiero en la ducha.

Su semen todavía permanece en mi cuerpo, brotando de mi sexo en abundancia.

Salgo con una toalla envuelta y hay tres tipos de atuendo sobre la cama.

Elijo el que más me gusta y en pocos minutos estoy lista para salir.

Dos autos negros nos esperan junto a los escoltas.

—Su llave, señor.

Subimos al coche y esta vez él empieza a manejar. Siento una extraña normalidad al sentarme en el copiloto. El auto es japonés, su tecnología parece ser superior. Tiene controles avanzados, además de cámaras infrarrojas.

—¿Segura que puedes con el viaje?

—Sí. No me importa el riesgo, ya quiero salir de aquí.

Me mantengo al margen mientras habla con los suyos. Sky se adelantó para asegurarnos un escape. En su lugar habrá otros hombres que nos seguirán.

—Acaban de cancelar los vuelos comerciales. Los cerraron por una tormenta.

Markos frena y gira en seco. Tengo que agarrarme fuerte para no golpearme.

—¡No cierran los malditos vuelos comerciales por una estúpida tormenta!

Una de las cámaras se prende, muestra a policías rodeando la zona del aeropuerto. Nos desviamos hacia un pueblo cercano. Mi cara empieza a arder.

—Fueron órdenes superiores.

—Rusos.

—No, son militares japoneses. Por ahora el Vyshe está fuera de radar. Toda su cosecha se malogró por el químico que infectó a sus plantas. Humillaron a Smirnov ante la corte rusa y ahora intenta vengarse haciéndolo pasar por terrorista aquí.

Sus dedos se aprietan en el volante.

—Consigue un maldito barco. Saldremos por mar, al norte. Tienes dos horas.

—Sí, señor.

Se queda en silencio, con la mirada fija en la carretera. Me doy un minuto para respirar. La tensión es evidente. Pero él está pasándolo peor.

Pongo mi mano sobre la suya. Me mira de reojo y no la quita de ahí. Un tiempo después, la calma regresa. En ambos, de una forma extraña. Escapamos lo más lejos que podemos hacia una ciudad con mar y llegamos a un puerto. Pero las calles también están cerradas.

—¿Qué pasa? —exige saber, por el altavoz.

—Hay una fiesta local. La única forma de cruzar es caminando.

Estaciona el auto. El lugar está abarrotado de gente por algún tipo de celebración. Para llegar al puerto, debemos pasar por un mercadillo, lo cual no lo tiene muy contento. Me pasa gorras, bufandas y lentes negros. Tres de sus hombres nos siguen. Son los únicos escoltas que hay.

—Tú y tú adelántense. —Señala a dos de ellos—. El último se queda atrás, cuidándonos la espalda.

Los hombres asienten. Siniestro nunca sale a ninguna parte solo, suele estar acompañado mínimo por diez miembros de su seguridad. Ahora es diferente.

—Estoy acostumbrada a esto —le digo—. Solo actúa como si fueras un simple mortal.

No dice más. La chaqueta de cuero negra que se pone lo hace lucir más joven de lo que es. Enfoca su vista en el mercadillo lleno de tiendas pintorescas. Venden artesanías, joyas y hasta animales. Los mira como si le asqueara tener que pasar por ahí.

—Se llama normalidad. Y es divertido.

Sonrío ante su notoria acidez.

—Si tiran alguna bomba lacrimógena en medio del camino, toma los paños mojados y no inhales el gas a menos que tengas el pañuelo en la nariz —me previene.

—Con que nos vean siendo personas normales basta. Cálmate.

—Las mentes débiles son las que fracasan, Alaska.

—Bueno, no tenemos otra opción. —Tomo su mano—. Hagamos lo que Siniestro nunca haría para que ignoren que es él.

Su mirada se centra en lo que hago: entrelazar mis dedos con los suyos.

—Somos una pareja normal, ¿cierto? —explico—. Ante todos, al menos, eso es lo que deben creer. Un matrimonio joven. Simples turistas viendo ridiculeces. Solo es cuestión de fingir, así no llamaremos la atención.

No avanza.

—Tienes que cooperar. ¿Imaginas lo que dirían los diarios mañana?: «Maldito psicópata dispara a quemarropa a inocentes para cruzar hacia un puerto en Japón».

—Yo creo que sería: «Niña rebelde es partida en dos por la cogida criminal que le dará su marido, si no deja de hablar».

No tiene sentido del humor. Aun así, ha dicho algo que me hace reír.

Es la primera vez que camino de la mano junto a él y se siente raro. Cruzamos el umbral del mercadillo típico de Japón. Las luces con dragones en las bombillas son interesantes, así como la variedad de artesanías que muestra esta ciudad que no deja de enorgullecerse de sus costumbres.

Cámaras.

—¿Cuál es el precio? —pregunto por un pintoresco amuleto al acercarme a un puesto.

Los ojos de Markos me devoran por lo que acabo de hacer.

—Diez… euros. Lléveselo.

—¿Diez? Oh, pensé que era más económico.

Me mira como si estuviese a punto de explotar, pero lo que hago es fingir normalidad cuando un hombre extraño empieza a mirarnos.

—Estamos ahorrando, ya sabe. Me lo llevo por ocho. ¿Qué dice?

—Es un amuleto del amor.

El extraño no deja de posar la vista en nosotros mientras finge limpiar un cuadro. Markos se da cuenta, accede a regañadientes, pero sé que no soportará mucho esta farsa.

—¿Un amuleto? Pensé que era un muñeco raro.

—Lléveselo —le dice a Markos, en su vago inglés—. Para su esposa.

El hombre sigue observando.

—¿Me lo compras, amor? —Sonrío—. Ven aquí... —Enrollo mis brazos para darle un beso y siento que acabo de ponerme la soga al cuello otra vez.

Su piel, su boca, sus manos largas y duras me sofocan.

—Lléveselo, señor. Nueve euros.

Markos no le contesta.

—Buen producto.

—Mi mujer no necesita su baratija de mierda, si quiero le compro el mundo entero.

—Ja, ja —me carcajeo, frenética—. Es tan bromista, ya sabe.

—Nueve euros, barato señor —el muchacho insiste, pero comete un error: lo toca, por lo que evito una masacre con mi voz.

—Le agradezco la atención. —Me vuelvo hacia Markos—. Mi amor... ¿nos vamos? —Sujeto la mano con la que estaba a punto de sacar su arma.

Una gran caravana de danzantes nos sorprende. El empuje de las personas empieza a ponerme nerviosa, aún más lo que significa tenerlo así; al hijo de puta más cruel de todos, tomándome de la cintura como si fuésemos algo más que un simple pacto.

Le da un billete de doscientos euros, dejando al vendedor boquiabierto. No reclama el cambio. Solo caminamos hasta la otra calle, pero el mercadillo no termina. Ahora hay puestos de comida alrededor.

—¿Qué? —pregunto cuando me mira.

—La farsa terminó hace rato. —Mi mano aún no suelta su cintura.

—No me había dado cuenta.

Lo suelto y se acerca a mi oreja.

—Deja de fingir… Te mueres por mí.

—¿Me muero por ti? —bufo.

—¿Qué quieres? ¿Un beso?

—Lo que quiero es comer. —Lo empujo sin poder evitar sonreír.

Hay una feria de comida típica al avanzar, pero me sujeta del brazo.

—Comeremos cuando crucemos el puerto. No ingiero porquerías en la calle.

—Qué especial. —Muerdo mi labio—. A mí sí me gusta comer aquí.

Lo obligo a caminar y empiezo a indagar en lo que hay alrededor. La zona de comidas es pintoresca, todos los puestos tienen mesas rojas con paneles negros escritos en japonés. No entiendo nada, pero no puedo evitar sonreír.

—¿Eso es sushi? ¡Amo el sushi! Allá… huele tan delicioso…

Tiro de su mano y no tiene más opción que venir.

—Esto… —Le señalo al vendedor. No entiendo qué es.

—Yakisoba —dice el hombre del puesto.

—Fideos fritos con carne.

—¿También hablas japonés?

—Kanojo ni hitotsu —le dice al vendedor y en segundos empieza a preparar lo que se me antojó.

Cuando me lo da, empiezo a tragar con desespero. No he comido nada sólido en horas. Está tan bueno que creo que hoy he tocado la gloria.

—¿Qué? ¿Nunca has visto a una mujer con hambre? —espeto y sigo con los fideos—. Prueba un poco.

—No.

—Solo un poco.

Acercarle la comida es como pisar un campo minado. Apenas se lo pasa, se lame el labio y lanza punzadas desesperadas en mí. Intento limpiar su boca con la servilleta, pero me toma de la cintura otra vez.

—Con la boca.

Lamo sus comisuras.

—¿Estás húmeda? —sisea contra mí—. Dímelo.

—Sí. ¿Está mal que una mujer lo sepa reconocer?

—No. —Acaricia mi labio con sus dedos—. Pero estoy a punto de encerrarte en ese maldito baño para hacerte mía otra vez.

Sonrío y unos gritos empiezan a sonar.

—¡Alaska Wells! ¡Ahh!

Luces, cámaras y flashes se desatan. Una avalancha de personas se lanza contra mí, arrebatándome de los brazos de Markos, quien está a punto de perder el control.

«Un autógrafo».

«¡Una foto, Alaska! ¡Eres mi modelo favorita!».

«¡Alaska! Eres mi sueño».

Todos hablan en inglés.

—Por favor… calma.

Me empujan y no puedo gritar. Una bala al aire dispersa a la multitud, pero también llama la atención. El escándalo se hace grande, miles de personas empiezan a correr.

—¡Policía!

Los escoltas fingen ser quienes provocan el disturbio. Busco a Markos entre el caos. Me golpean con sus cuerpos, entonces siento cómo una mano arremete en mi bolsillo. Cuando giro, no hay nadie. Soy aplastada otra vez.

—Markos…

Intento correr sin tropezar. Me empujan hacia unas galerías. Caigo y, al levantarme, mi cuerpo se congela cuando escucho una voz en la pantalla de un televisor.

«¡La nueva modelo de Global Black! Briana Roman brilla en las principales pasarelas».

El aire se me va de los pulmones.

—Quiero decirles que yo seré la inspiración para muchas mujeres que de verdad quieran salir de sus problemas, que se ven feas a sí mismas cuando tienen una hermosa belleza en su interior.

—Aplaudimos tu sencillez, Briana.

—Llegar aquí me ha costado mucho. No tengo un novio mafioso ni nada por el estilo que me patrocine una carrera. Tampoco destruiría el trabajo de la gente explotando empresas de modelaje solo por capricho, mucho menos mataría a mi propio bebé para no malograr mi figura.

—Espera, ¿qué dijiste? No es Alaska Wells de quien hablas, ¿o sí?

Sonríe y la sangre me hierve sin control.

Miro hacia los costados, intento sacar mi arma del bolsillo, pero encuentro algo más: un papel. Un mensaje. Alguien lo dejó ahí.

Si no quieres que Siniestro se entere de tu secreto, te quiero ver a solas. Me intriga conocer a la mujer de mi mayor enemigo. Pronto sabrás de mí.