Salvaje (Destrucción nº 2) 24
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PSICOSIS

Marcela

La gota que cae del techo no deja de sonar. Desde hace días llevo escuchando ese ruido y ya no lo soporto.

Las lágrimas me agotan. Intento calar en lo más profundo de mi consciencia, decirme que todo estará bien, pero los ruidos de mi cabeza no se van. Alguien habla y no sé dónde está. Es invisible, vive dentro de mí.

No estoy loca, es lo que quieren hacerme creer. Pero, por más que lo intento, no puedo detenerlo.

La silla vuelve a producir choques eléctricos que hacen explotar mis venas. Flexionar mis piernas latigadas es un tormento.

«Leonardo, ¿dónde estás? ¿Por qué no vienes por mí y por nuestro hijo?».

No puedo olvidar su aroma, sus labios con sabor a hiel. Su imagen no desaparece de mis recuerdos. Soportaría todo por volverlo a ver, incluso la sangre que le gustaba desprender de mi piel.

—¡Ayuda!

Abro los ojos, sin saber dónde estoy. Otra vez me perdí.

—¡Me quieren matar! ¡Me quitaron a mi bebé!

—¡Ya cállate, maldita loca!

Un hombre sale de las sombras con un arma. Corro hacia los barrotes y sostengo mis palmas contra el metal.

—¡No estoy loca! —grito—. La silla. Detengan la silla.

—¿Cuál silla?

—La que... me... tiene amarrada a... una silla que... da descargas eléctricas con cada inhalación. —Me miro las manos sueltas.

—¡Entiende de una puta vez que no hay ninguna silla! ¡Tampoco estás amarrada! Si no, no estarías aquí, frente a mí, arrastrándote como el maldito gusano que eres. Es una alucinación.

—Si no me porto bien, él se enfadará.

—¿Quién?

—Él...

Alzo mis manos lastimadas y el hombre niega con la cabeza. Tras él, está otro de bata blanca que se dedica a inyectarme.

—No hay arreglo, ¿no? —murmura.

—No, ella piensa que sigue viviendo torturas. Esos cuatro años enjaulada con Leonardo Bristol la dejaron loca. Su mente acaba de tener una regresión.

—¿Entonces?

—Volveremos a medicarla. Hubo mejoras durante estos meses, pero la presencia de la señora Van Loren la desestabilizó.

—Ya deberían matarla.

—Si está viva es porque aún no confiesa. Ella tiene información del enemigo. Con el medicamento tendrá lapsos de total consciencia, pero también se volverá extremadamente vulnerable. Hay que tenerla vigilada. La señora Van Loren tiene prohibido estar aquí.

Me retraigo al verlos acercarse. Aquel hombre me sienta sobre mi charco de orín y el pinchazo en el brazo hace que vuelva a un estado de calma.

No soy consciente de cuánto tiempo pasa mientras me examinan.

A veces prefiero vivir en la fantasía, porque es ahí cuando tengo el amor de Leonardo conmigo.

—¿Te gustaría contarme algo?

Un hombre de bata blanca se sienta a mi lado, pero no contesto.

—Viktor Smirnov y Leonardo Bristol eran aliados. En su casa, existía un lugar con muchos cajones. Había una llave que abría una caja fuerte. Te la dieron. ¿Dónde está?

—¿Te gusta mi tatuaje? Me lo hizo él, mi hombre. Hacíamos tantas cosas juntos… El cuchillo estaba caliente y me dedicó estas palabras.

Río.

—Ah, y mira este... —Le enseño mi cuello—. El golpe del amor.

Se queda en silencio.

—¿Nunca te han dado un golpe de amor? Él me pegaba porque se preocupaba por mí. Yo no obedecía y solo quería que estuviera bien.

—Te quería matar.

Abro mucho los ojos.

—¡No! ¡Claro que no!

—¿Qué más me puedes decir? —Me sonríe, como cada día que viene a este lugar—. Mira lo que tengo aquí... polvitos mágicos. ¿Quieres?

El estómago se me contrae al ver las drogas.

En un arrebato voy contra él y trato de quitárselas, pero las aleja.

—¿Me quieres contar?

—¿El amo me volverá a querer? Dime que sí.

Se queda en silencio.

—Alaska me quitó el cariño de mis dos grandes amores. ¿Sabes cuál es la diferencia entre ella y yo? Que yo sí los supe amar.

—Vamos a darle medicamentos orales —le dice al otro—. No mejoró con la inyección, necesita más dosis.

Le pasan unas pastillas y, cuando me niego, me las mete en la boca a la fuerza.

—No intentes resistirte. Quiero ver que lo pases. Eso es… Ahora duerme, Marcela.

Asiento, pero solo paso saliva. Me las arreglo para dejar las pastillas en mi encía superior. Cuando se va, la vomito. En cuestión de minutos tengo más consciencia. La falta de drogas lo hace peor.

—El amo no está aquí. Al amo no le importo.

Llevo mis manos a la cabeza. Quisiera poder arrancarme las venas de tanto dolor.

Todo es culpa de ella…

La voz regresa.

Se interpuso en tu camino. Mató a Leonardo. Te quitó todo lo que un día llegaste a querer. Ahora no puedes fallar. ¡Mátala!

Empiezo a temblar mientras los recuerdos regresan a mí. Su mano estirada en aquel terreno baldío de Londres, el disparo que le dio en la cabeza a Leonardo. El amo lo gozó. Fueron ellos, ellos me dejaron sin nada.

Pero les va a doler.

Smirnov se vengará por mí.

Ellos quieren algo que nunca van a tener. Y tampoco se lo voy a revelar.