23
VENENO PELIGROSO
Alaska
Dicen que los valientes no son quienes aparentan fuerza, sino los que, a pesar de estar destruidos, se levantan para hacerles frente a las batallas que ni ellos mismos conocen.
Mis párpados pesan al abrir los ojos. Todo me da vueltas. Inhalar me quema. En medio de la humareda, me arrastro como un gusano. ¿Morí? La sangre me empapa la cara. Mi cabeza cae sobre la arena y el cielo parece rojo.
—Es la droga, señor —dice una voz—. Fue una suerte que el disparo le diera en el chaleco antibalas. ¿Procedemos?
—Descuarticen al imbécil.
Entre dos me sujetan, tiran de mis brazos y entro en pánico al verlos con una máscara en el rostro.
«¡No! ¡No quiero ir! ¡Suéltenme!».
Cabeceo hacia delante en medio de gritos que no salen de mi boca. El dolor es tan fuerte que quiero morirme de impotencia, pero la calma llega a mí cuando una voz conocida se hace presente.
—Alaska.
«¡Markos! ¡Es Markos!».
Su espalda ancha se proyecta en una minúscula seña de consciencia. Un tipo llora mientras lo arrastra con una soga hasta que llegamos a la orilla de una playa, donde hay caballos esperando.
—¡No, por favor!
Lo amarran con cuerdas, cada brazo con un caballo. Los animales corren en direcciones contrarias, sus brazos se dislocan bajo la enorme diversión de Markos, quien disfruta de ver cómo muere.
Caigo de boca hacia la arena mojada. Vomito todo lo que tengo en el estómago.
Negro. Silencio.
«La señora debe mantenerse dormida».
«Mandaron atacantes por el sur de la isla. ¡Vámonos!».
«Los Red Men deben partir a Atenas lo más pronto posible, amo».
«Señor, no hay más tiempo. La huida será a través de Japón. El barco nos espera».
¿Japón?
Mi cabeza explota, no sé cuánto tiempo pasa. Tampoco si lo que escuché fue real o una fantasía fruto de los delirios.
Abro los ojos lentamente. Al principio todo es borroso, pero luego la visión se me aclara. Estoy en una habitación de madera con grandes ventanales, pinturas extrañas y un lago verde donde hojas enormes parecen reposar, cual santuario en el cielo.
No hay ruido. Mis pulsaciones bajan a medida que la quietud me estabiliza.
—Dormirá de largo, no se preocupe. —Escucho una voz lejana. La puerta está entreabierta.
No sé cómo llegué hasta aquí. Lo único que recuerdo es aquella batalla, las alucinaciones, el hombre torturado y después… vacío.
Me incorporo despacio, sintiendo una vía que me cruje por dentro. Arrugo la cara al sacármela. Me siento en el borde de la cama. Caminar me marea, pero voy despacio.
Hay sombras fuera. Son Sky, Markos y un japonés que parece médico.
—¿Cómo sigue?
—Su pulso está estable, señor.
—¿Nivel de toxinas?
—Menos del 1% ahora mismo. La señora Van Loren alucinó por la intoxicación del humo que desplegaron las plantas negras. Por suerte tuvo una rápida intervención, ya que dicha flora pudre el cuerpo debido a su grado de toxinas. El antídoto que nos alcanzó funcionó, aunque a niveles primarios —aclara.
—El medicamento todavía estaba en proceso de prueba. ¿Qué garantiza que ella no tendrá efectos secundarios?
—Sus exámenes de sangre salieron normales, no presenta putrefacción en el cuerpo debido a que solo inhaló las plantas y no las consumió. Se recuperará pronto.
—¿Qué tan pronto?
—Horas, o tal vez unos días. Dependerá de su cuerpo.
—Antígona también está estable, los Red Men se la llevaron a Atenas —agrega Sky —. Anteponernos a las drogas de la competencia nos ha hecho estar a la delantera. Habiendo probado el medicamento, ahora podemos decir que tenemos la cura contra las plantas negras del Vyshe.
—Nadie debe saberlo. Que preparen mi avión.
—Recomiendo no volar por ahora, señor. Las cuarenta y ocho horas de observación al tratamiento son importantes. —El japonés se inquieta—. Además el Vyshe ya debe de estar enterado de lo que pasó. Si se mueve, lo alertarían.
—Coincido con el médico, amo —insiste Sky—. No solo tenemos al Vyshe encima, también a Smirnov. Para esta hora, debe de haberse quedado sin su mayor aliado.
—¿Y Briana?
—No sabemos nada.
Se me contrae el estómago al escuchar su nombre.
—Las fórmulas que robó la señora Van Loren fueron de gran ayuda. Podría negociar esa información con una alianza —sugiere.
—No voy a negociar nada con ese infeliz. Joderle el negocio será suficiente por ahora. Quiero que sigan mejorando mi antídoto. Y total discreción.
—Como ordene.
Planto mi cabeza contra la pared. El reloj marca las 9:21 p.m., mi habitación está a oscuras y solo espero largos minutos hasta que compruebo que se han ido. No me siento tan mal ahora. De hecho, tengo hambre.
Soy capaz de tragarme una vaca.
Salto hacia lo que creo que es la cocina, aunque parezca más un hueco. Abro la nevera y encuentro algunas verduras que pico para hacerme una sopa. También hay algo de pollo congelado.
—¿Qué mierda? —Me agarro la cabeza. Siento que he dormido durante siglos.
Me giro para tomar un plato, entonces una silueta aparece. Salto al verlo. Sus ojos me devoran.
Siniestro
Mi intuición no falla. Sabía que estaba despierta. Las mejillas rojas, el pelo revuelto, y la bata casi transparente que tiene encima hacen que no le despegue la vista.
Pretende desafiarme con ese mentón en alto, aunque lo único evidente es su maravilloso cuerpo envuelto en esa tela traslúcida.
—¿Qué haces levantada?
—Tengo hambre.
—No puedes comer. Inhalaste veneno de plantas negras. Tu cuerpo necesita limpiarse.
—Me duele mucho el estómago, solo será una sopa. Agua con verduras. No te preocupes, no voy a molestarte. Ya puedes irte a seguir cortando cabezas.
Se gira para volver a su experimento. Estamos en una maldita pocilga japonesa por seguridad. Para proteger nuestras conexiones tecnológicas del rastreo era necesario hacer esta parada. No habrá comida hasta mañana, tampoco escoltas ni vuelos privados, a menos que pasemos alguna frontera.
La observo mientras cocina. Sus reflejos parecen normales, la entonación de su voz es la misma, su piel tampoco ha oscurecido. No soy un hombre que deje todo a la deriva. Invierto millones para mejorar lo que mis competidores producen.
La droga del Vyshe empezaba a pisarme los talones en Europa.
El estupefaciente, creado con plantas negras, tenía la ventaja de provocar que quien lo consumiera se pudriese.
Ninguna clínica convencional fue capaz de curar a sus víctimas.
Si dejaba que ganara más terreno, podría haber sacado ventaja con el Kaos, lo cual no me convenía.
Ahora acaba de hacerse mierda gracias a mi antídoto. Alaska se ha recuperado en horas. La única consecuencia que veo es un simple desborde de apetito.
Sigue en lo suyo, ignorando mi presencia.
Debería irme, pero soy incapaz de perderme este grado minúsculo de ocio.
Se mantiene de espaldas y me acerco sin que me note.
Tararea una canción mientras remueve las verduras.
Empiezo a pensar que disfruta cocinar tanto como llevarme la contra. Incluso le habla a la comida.
Concentro la vista en su culo redondo y la forma en que bailotea una pierna. Parece ajena a los problemas. Maldice cuando el agua de la olla la salpica y luego se ríe de sí misma.
Minutos después, su comida está lista. El olor que desprende esa sopa no me resulta desagradable. Toma un plato hondo para servirse y se lo traga como si no hubiese comido nunca en su vida.
—Ya veo tu hambre.
Salta y luego gira.
—¿No te habías ido? —Me hace una mueca—. Si quieres, hay más en la olla.
—Soy exigente con la comida. —Sonrío—. No como cualquier cosa.
—Muérete de hambre, entonces.
Deja la cuchara en sus labios. La lame, siendo consciente de que la estoy viendo. Finge que no pasa nada cuando me acerco. Huye hasta la nevera, toma una caja de leche, se sirve un vaso y luego se la lleva a la boca.
—Te gusta la leche.
—Siempre.
Se limpia los labios con la lengua.
—Conozco una más apetecible.
Me levanta la cara. Seria. Cínica.
—Mmm… ¿sabe bien?
—Te aseguro que es fresca, potente... salada.
—Prefiero las leches dulces. —Vuelve a beber del vaso, embarra sus comisuras y la derrama a propósito—. Lo siento se... chorreó.
Pasa el dedo y se limpia.
—Ya veo cómo te encanta.
—Esta es buena, pero depende mucho del proveedor. —Sonríe—. Hay leches y leches.
—¿Quieres probar la que tengo? Es excelente reserva.
Hace un mohín.
—A mí solo me gustan las exclusivas.
Tiro de su cintura y la envuelvo en mis brazos. Pone su mano en mi pecho para mantener la distancia.
Está enojada.
—¿Qué nombre le darás?
—¿A quién?
—Esa mujer. Tu nueva skýla. La del jardín.
Río.
—¿Me vas a negar que no le pones nombres a tus amantes?
Sus celos son evidentes. La tensión en su mandíbula y la forma en que me mira la delata.
—Si realmente fuera mi amante, te dolería aún más.
Intenta zafarse, pero la sujeto con fuerza.
—Sé cumplir mi palabra, angliká. —Rozo sus labios—. Y nunca me meto con mis empleadas. Mi esposa me tiene muy satisfecho. Aunque… ahora me ha vuelto a dar hambre.
Corto su respuesta con un beso.
Quería negármelo. Hacerme explotar de cólera. Pero le salió mal, como todos los esfuerzos que hace para reprimir lo que siente.
Atrapo sus labios, sin dejar de saborearla. Nos besamos rudo, con lengua, mientras mis dedos bajan hasta sus pechos.
—Estoy convaleciente —jadea.
—No te preocupes. Te voy a dar más motivos para que no puedas moverte de la cama.
Muerdo su cuello, recordando todas las veces que deseé comérmela. Las jodidas colecciones fotográficas que compré para que nadie tuviera lo que me pertenece.
Cuántos infelices la admiran. Cuántos inservibles querrán tocar lo que es mío. Mis manos exploran su entrepierna hasta deslizarme por su sexo.
—¿Quién es tu señor, Alaska?
—Tú.
—¿Y qué quieres?
—Que me coja.
Se arquea de placer cuando mi dedo la toca. Los ojos le brillan cuando la alzo sobre mis caderas. Caemos en el sofá y apoya su peso en sus rodillas. Sin dejar de mirarme, se saca la bata, dejándome verla desnuda.
Volvemos a besarnos mientras sus manos bajan por mi abdomen. Tira del cierre de mi pantalón y mi polla explota contra su ombligo. La mirada se le nubla.
—Quiero medirla —susurra, comparándola con su brazo—. Tan dura…
Me acaricia de abajo arriba.
—Habrá que probar la excelente reserva que dijo.
—Quiero follarte.
—Solo un poco.
Se ha vuelto adicta a las mamadas. Quién lo diría.
Empapa la cabeza con su boca. La succiona, soltando un ruido con sus labios. Intenta encajarla completa y sus cachetes se inflan.
—Umm...
No espero más tiempo para empujar hasta su tope. Sus ojos arden, la saliva desborda por sus comisuras. Vuelve a entrar y salir. Me la chupa sin quitarme la vista de encima.
Mierda.
Va rápido. Quiere hacer que me corra. Pero yo he querido otra cosa desde hace horas. De un tirón, la subo hasta mis caderas. Abre las piernas. Su sexo roza mi pene de abajo arriba. El tronco se desliza entre sus pliegues. Nuestras bocas jadean juntas.
—Quiero llenarte toda.
—Me gusta que lo hagas.
Lleva la punta hasta su entrada. La sujeto de la cintura mientras se la entierra y se arquea al sentirla completa.
—Mm…
—Muévete, angliká.
Me cabalga lento, pero yo quiero partirle las entrañas. Sus brazos se aferran a mi cuello mientras muevo mis caderas. Jadea y arruga el rostro cuando aumento el ritmo.
—Si no hay dolor, no hay placer.
—Se siente rico, amo.
Salta en mi pene.
Los gemidos se agudizan, al igual que la velocidad de mis embestidas. Atrapo una de sus tetas en mi boca mientras me monta. Su diminuta entrada no es apta para mi grosor, y aun así, disfruta cada golpe que doy con fuerza.
—Thélo na se spáso.
La giro, dejándola en el sofá con las piernas arriba. Mis huevos azotan su entrada y su vagina se hincha. Es un vicio que nos frustra, una puta necesidad que me enferma. La penetro como un sádico con hambre.
—¡Me vas a romper!
Entro, salgo, entro, salgo. Implora, pero no me detengo.
Se contrae y su canal parece ahorcar mi polla. El placer me desborda. Empujo rápido, tan fuerte que no controlo cuando me vengo en ella.
—¡Ah!
Se corre y su cuerpo da una sacudida. Sujeto sus caderas, enterrándome hasta el tope. Recupero mi respiración poco a poco, pero no se la saco hasta que mis fluidos corren por sus piernas.
Sujeta mi cuello y me lleva hasta su boca. Ya no le tiembla la mano para pedir un beso. Lo toma, enredando su lengua con la mía. Pero si es tan valiente para prenderme, le tocará soportar lo que tengo para ella.
Ríe cuando caemos en la alfombra. Tenemos sexo en el suelo, tanto como su cuerpo lo soporta. Después de horas, caigo encima de ella. Y ahí me quedo… perdiéndome en su olor. Descansa sus labios en mi cuello, sus piernas todavía están enrolladas en mi cintura.
—Me mareo… —Se queja cuando quiero apartarme—. Creo que es el medicamento. Quédate así, solo un segundo.
Podría terminar esta excusa, pero no lo hago. El corazón parece latigarme, los restos del orgasmo todavía recorren mis terminaciones nerviosas.
Son las 4:35 a.m. cuando recupero la cordura. Levanto la mirada y sus ojos me encuentran. No habla, solo me mira. Me acaricia y sus dedos se detienen sobre mi pecho, cerca del corazón.
—¿Y este tatuaje?
Lo nota.
—Es nuevo. Hace un año no lo tenías —susurra—. Skoteiní exaíresi. ¿Qué… significa?
No digo nada.