22 #2
El reloj sigue su curso. Me confirman que los niños ya están en la carretera. Según Sky, en unos días cruzarán la frontera. Me mantendrán informada de su ubicación, al menos hasta que los adopten.
—Amo, el Vyshe no está en Rusia. Es buen momento para entrar en su territorio ahora.
Dejamos de volar en círculos. Aterrizamos en una zona cercana como vuelo privado. Los Red Men están en tierra, esperando. Intento enfocarme en lo que importa: joder a Smirnov, Briana y todo lo que les da poder. Si pierden el apoyo del Vyshe, estarán arruinados.
Nos llevan hacia Ozerpakh y tomamos un ferry privado que nos introduce en una de las zonas restringidas de la isla. Todos se mueven con absoluto silencio.
—Plan en marcha. —Antígona me tira un arma—. ¿Te mueves o qué? ¿Te duele el culito?
—Seguro disfrutas tanto la vista que no puedes dejar de mirarme. No soy de tu tipo, ¿o sí? —Se pone seria—. No mires de frente a tu señora, zorra ridícula.
Lidiar con esta mujer es un martirio. Sin embargo, es lo que toca.
Avanzamos con audacia. Después de una hora, llegamos a la zona restringida.
No nací en cuna de la mafia, pero sé identificar el poder de un hombre por lo que tiene. La isla está llena de plantas negras. Hay sembríos llenos de tierra, abono y sustancias extrañas que sueltan su hedor por todas partes.
Pero existe una particularidad: solo las mujeres trabajan. Dos hombres supervisan.
—Si queremos infectar las plantas, necesitamos llegar hasta allí sin levantar sospechas. Antígona y yo iremos solas.
Markos no emite expresión alguna y, aunque quiera disimular, sé que odia la idea. Los Red Men me miran, sabiendo que no hay más tiempo. Conseguimos los vestidos que usan las floricultoras, faldas largas y botas antiguas, y terminamos con un moño recogido.
—Estaremos observándolas. —Sky nos da los químicos—. Si algo pasa, entraremos.
Asiento.
Un topo llega para llevarnos hacia los pastizales. El lugar está en medio de unos montes donde se siembran las plantas. Llevamos sensores y micrófonos por todo el cuerpo.
—¿Cuándo terminan de florecer?
Dos hombres hablan en ruso. Me traducen el idioma por el auricular.
—Pronto. Ya es necesaria la cosecha.
—Se ven hermosas.
—No las toques sin guantes. Ensombrecen la piel, podrían matarte. Nunca te dejes llevar por su belleza.
Cuando paso, noto que llevan documentos que manipulan. Son fórmulas.
—¡Cuidado! ¡Malditas ratas!
Se irritan al ver que casi pisamos una de las flores.
—¿Quiénes son? —le preguntan al topo.
—Nuevas, voy a llevarlas a sus puestos.
Su estrés está al límite.
Al llegar a los pastizales bajos, empezamos a trabajar, arando tierra antes de que planten las semillas. Antígona se desenvuelve rápido, habla perfectamente el ruso, por lo que pasa desapercibida. Pero a mí me presenta como muda.
—Tú, muda. Vete para el ala superior con las flores ya extraídas. Camina.
Asiento.
Las lentes de contacto le dan otro color a mis ojos. Llevo también la cara sucia —como todas—, y el pecho pintado de moretones.
—Allá. ¿Qué no entendiste?
Mis pies avanzan. Cuando llego a la zona de las flores extraídas, me enfoco en lo que tengo en los bolsillos.
—Ahora, señora.
Los hombres de Markos me hablan por el auricular. Esta es la cosecha del Vyshe. Las plantas son tan frágiles que cualquier alteración las marchitaría. En este caso, iré a la raíz. Debo contaminar la tierra.
Me agacho y finjo trabajar. Mis dedos abren el frasco de químico. El chorro parece poco, pero empieza a expandirse. Tardará solo media hora en extenderse por el agua que riega los tallos.
—¿Qué haces? —Una mujer se acerca—. ¡¿Qué les estás tirando a las flores?!
Antígona me mira, tensa. Su mandíbula apretada no es más que una señal de que pronto iniciará la masacre. La mujer intenta golpearme, pero me adelanto con un cuchillazo.
—¡Закрыть двери!
Alguien grita y una balacera se alza. Los hombres de Siniestro salen de todas partes. Pelean con los cuidadores. Deben escapar ahora, pero me regreso hacia las mesas que cuidaban.
—¡Alaska!
La voz de Siniestro retumba en el audífono. De nada servirá el ataque si no lo dejamos sin armas. Aquellos hombres tenían las fórmulas del Vyshe. Si obtenemos esa información, será una ventaja para destruirlo.
Llego y lo que veo son jeroglíficos.
—Alaska, sal de ahí ahora —Markos insiste—. Maldita sea, Alaska.
Las balas aumentan. De pronto, hombres del Vyshe llegan como refuerzo. Una mujer me reta y termino peleando con ella a patadas.
—¡Intrusa! —gritan.
Agarro lo que puedo, lo doblo y escondo los papeles en mis pechos.
Siento la respiración en mis oídos. Corro, pero una mano me sujeta de los cabellos. Uno de ellos logra atraparme. Ladeo mi cabeza para evitar el golpe y la bofetada que me da me lanza al suelo.
—Perra.
Le disparo. Antígona grita al ver cómo una torre de control lanza una alarma.
—¡¿Qué esperas?!
Nuevos atacantes llegan y prendemos fuego. Nos deshacemos de las pruebas embarrando las armas que portamos con huellas dactilares de los cadáveres. Sin embargo, cuando queremos huir, el fuego nos atrapa.
Todo se ve borroso. El olor tóxico de las plantas nos envuelve. Las náuseas me dan vértigo. Antígona cae de repente y la obligo a caminar con un tirón del brazo.
—¡Antígona! ¡Levántate!
Grito, pero ya no puedo hacer nada. Me empiezo a sentir inestable. Entre las dos nos empujamos, pero al levantar la cabeza alguien nos acorrala.
—¡¿Quién eres?!
Su voz se siente lejana.
—¡Contéstame, puta! ¿Quién eres?
Me golpea y estoy tan drogada que no puedo defenderme. Mi cerebro está consciente, pero mis piernas no funcionan. Aquel hombre saca un arma y la pone en mi cabeza.
Se vuelve una serpiente.
Es una alucinación tóxica.
Lloro, lloro muy fuerte.
—Muere, zorra maldita.
Un tiro suena.