22
KARMA
Siniestro
Slonim, Bielorrusia
Horas después
El humo de mi puro se esparce en el aire mientras los cadáveres van desapareciendo. Las balas son música para mis tímpanos. Explotan sobre la carne de mis enemigos, cobrando deudas con sangre.
«Abre la boca, cerdo».
«¡No!».
«Maldito seas, Siniestro».
Disparo una vez, luego otra. Los cuerpos caen uno tras otro. La presencia de mis hombres me indica que el trabajo está hecho. Salgo de mi privado y detallo los cadáveres que yacen en el suelo.
—Identifícalos.
—Todos rusos, señor. Quizá son Vrykos, guardias del Vyshe.
—Los vrykos no hubiesen fallado tan rápido. —Apago mi puro en una de las extremidades de los muertos—. Estos son simples traficantes. Desaparézcanlos.
—Aún faltan los corderitos.
—¿Cuántos?
—Cinco.
—Nombres.
—No identificados. Algunos podrían ser hijos de bielorrusos, otros de rumanos. Uno de ellos habla italiano.
—¿Ubicaste al que quiero?
—Todos presentan cuadros altos de desnutrición. Se desmayaron mientras los interrogábamos.
Exhalo, sin paciencia. No tenemos tiempo.
—Soluciónalo. Quiero muestras de todos. Compáralo con la sangre de Marcela.
—Sí, señor. Lo haré ahora mismo.
Se despide mientras observo cómo mis hombres limpian la suciedad que formaron. Los traidores siempre terminan bajo mis pies, siendo cadáveres. Pagan con su sangre la deslealtad, un acto que también implica eliminar a su descendencia.
No quiero más dolores de cabeza en un futuro. Marcela está en la recta final de su vida y el crío que tuvo con Bristol no puede respirar el mismo aire que yo. El ruido de las puertas me hace levantar el rostro; cinco críos salen de la mano de los guardias.
—¿Sabes su nombre?
—No, señor —Sky responde—. Por más que hemos intentado, la loca no ha dicho nada.
Evalúo cada uno de sus rostros. Todos se parecen. Sucios. Hambrientos. Perdidos.
Muchos creerían que el hijo de Marcela es mío, pero es imposible. No existen los accidentes en mi vida. Mis skýlas fueron hechas para no concebir. Algunas lo eligieron, otras fueron preparadas para ello. No me arriesgo con prostitutas. Su mísero cuerpo no sería merecedor de mis genes.
—Señor. —Uno de mis hombres llega corriendo.
—¿Qué pasa?
—La señora Van Loren ordenó un vuelo hasta aquí. No tuvimos señal para llamar, le advertí que esto era impropio. No pude detenerla.
La presión en mis sienes aumenta.
—¿Los Red Men están con ella?
—No, ellos ya están rumbo a la isla Sajalín del Vyshe. La señora tomó otro vuelo.
—Cancélalo.
—Está a punto de aterrizar. Que un avión sin blindaje esté en esta zona podría alertar a los enemigos.
Mis dientes chocan. Si pisa este lugar, corre el riesgo de ser descubierta.
Subo al auto, pensando en lo que se traerá entre manos. He tenido demasiadas concesiones con ella.
Cruzamos pistas, pero nada se ve a lo lejos.
—Dijeron que llegaría en un avión, señor —se excusa el escolta—. Debería estar en esta pista…
Mis ojos se centran en la maleza. Prohibí abrir la tierra de aterrizaje en este lugar, solo helipuertos. No fue un avión lo que tomó. Maldita astuta.
—Para esta mierda y regresa —ordeno—. ¡Regresa ahora a la fortaleza!
Alaska
Un cosquilleo eléctrico me recorre los brazos. La lluvia que cae sobre el auto no hace más que detener el tiempo. Llegar a este lugar, en medio de terrenos alejados, ha sido una odisea.
Sostengo el arma mientras uno de los hombres de Markos me acompaña. Llevo horas amenazándolo.
—Quédate ahí.
El auto frena. Me bajo e inmediatamente soy apuntada por sus matones.
—Señora Van Loren. —Uno de ellos me reconoce y bajan las armas.
—Exijo ver a Sky ahora.
—Sky está fuera, salió con el amo.
Doy un respiro. Tengo solo minutos de ventaja.
—Esperaré dentro.
No me deja pasar.
—¿Estás sordo? ¿O quieres un balazo en tu cabeza?
Lo aparto cuando no sabe qué decir y sigo mi camino.
—¡Señora!
La grava resuena por mis pies cuando me dirijo hacia los establos. Los empleados me dan la bienvenida, saben quién soy. Un hombre está a punto de cerrar la puerta y solo me mira.
—¡Muévete!
El corazón se me paraliza cuando veo a los críos. Cinco hombrecitos formados de mayor a menor. Todos delgados, asustados bajo la imponente presencia de aquel hombre que los ve como si no valieran nada.
—¿Estas cosas raras son los nuevos rehenes? —Finjo ser despectiva.
—Sí, pero…
—Sé lo que quiere mi marido. Yo me encargaré de averiguar quién es el hijo de Marcela y luego se lo entregaré. Vete.
No me contesta.
—¡Que te vayas!
Cuando nos dejan a solas, me aseguro de cerrar la puerta. Los críos retroceden, mirándome con miedo. Les doy una sonrisa de vuelta.
—Hola, está bien. No les haré daño.
Se quedan quietos.
—¿De quién es esto? Qué bonito. —Hay un cartoncito en forma de pelota—. ¿Es tuyo? —le digo al mayor, que asiente.
Me lleva solo unos minutos ganarme su confianza. Pero hay uno de ellos que llama mi atención, el más pequeño, quien se mantiene serio en una esquina, como si supiese que es la única forma de defenderse.
—Hola, cielo. —Descubro su carita sucia—. Qué bonito eres.
Tiene los ojos grises y el cabello rubio oscuro. Su pequeña mirada es dura, como la vida que quizá tuvo. Acaricio su brazo y me doy cuenta de que tiene una mancha.
—¿Puedo verlo?
Asiente, aún con desconfianza. La sonrisa se me borra al ver su marca de nacimiento: un lunar de carne que parece una llama de fuego… la misma que tenía Leonardo Bristol.
—Es un dinosaurio —me dice.
—Muy lindo.
Algo en mí tiembla. No puedo dejar de verlo.
—¿Me vas a lastimar?
—No, cielo. Tú no tienes la culpa de nada.
Lo pongo en mis piernas, explorando sus manos. Está bien, dentro de lo que cabe.
—¿Tienes algo de comer? —pregunta y asiento.
De mi bolsa saco fruta, algo de leche en caja y unos cuántos caramelos. Todos comen desesperados, pero este niño es más pausado. Se lleva la comida a la boca sin dejar de mirarme.
—¿Eres un hada buena?
Sonrío.
—No, solo me gusta ver a los niños felices.
Llevo mi mano a su carita.
—¿Es un regalo?
—¿Qué?
—Esto. —Señala mi pulsera. El «P.M.» brilla ante nuestros ojos y algo en mí pesa.
—Lo fue.
—¿De tu hijo? —inquiere.
Los ojos se me llenan de lágrimas.
—Sí, de mi hijo.
—¡¿Dónde demonios está mi mujer?!
Todos sueltan la comida al escuchar la voz de Siniestro. Se forman en fila, pero el niño de ojos grises parece no poder respirar.
—Tranquilo. —Lo acaricio—. Nada malo va a pasarte, te lo prometo. ¿Cómo te llamas?
—Damián.
El hijo de Marcela y Leonardo Bristol.
—Vamos a hacer un trato, ¿sí? No le vas a decir a nadie tu nombre.
—¿Por qué?
—Porque podrían hacerte daño. Prométemelo.
Asiente y lo dejo en la fila cuando los pasos se acercan.
—Espero que tengas una buena excusa.
La voz de Markos hace eco en el establo.
—Me divierto. ¿No puedo?
Los niños miran hacia el suelo.
—Llévenselos.
—Ninguno es quien buscas —intervengo—. No hagas estupideces.
—¿Me crees imbécil?
—Yo también quiero sangre y venganza. Yo también fui herida por Leonardo, pero estos niños no tienen la culpa. Te ahorré el trabajo, nadie que te importe está aquí.
Me atrae hacia él.
—Astuta, pero no más que yo.
—¿No crees en mí?
—Todavía conservas humanidad. Tus mentiras son estúpidas, angliká.
Los hombres de Markos entran y toman a los niños.
—Podrías arrepentirte. Algún día... alguien podría matar a un hijo tuyo. O morir de tu mano sin que lo sepas.
Sus ojos azules se oscurecen.
—Maté a sus padres. Cualquiera de ellos querrá venganza cuando crezcan. No quiero más miserables rondándome.
—Markos, no.
Me empino para besarlo. Lo hago con mis emociones contrapuestas. Me toma de la cintura, evaluando cada detalle de mi rostro. Respiro lento, sin bajarle la vista.
—No quiero ver morir a esos niños.
Afino mi voz, pero no es tonto. Sabe que intento manipularlo. Aun así, se mantiene en silencio.
—Nunca te pido nada. Por favor… —siseo—. No son tus enemigos, solo simples criaturas. Dalos en adopción, llévalos lejos de aquí. Tendrán una vida normal y…
—Esto no es un juego. No puedes salvar a todo el mundo. Hay otros que van tras sus cabezas. Son hijos de traidores. Los matarán tarde o temprano.
—Pero no serás tú. No tú, Markos.
El silencio pesa. Con mi mano libre, aún inestable, me atrevo a tocarlo. No se mueve, la respiración se me entrecorta. Mis dedos trazan una línea lenta por su pecho, reconocen el calor bajo la tela. Rodeo su cintura y luego subo hasta su espalda…
Sus manos se cierran sobre mis muñecas.
—Mantén tus límites, Alaska.
El espejismo se rompe.
Las alarmas se prenden ante el rastreo de autos que bordean los pastizales. No queda mucho tiempo para decidir. Siniestro mira con desprecio a los críos. Uno de sus hombres llega hasta el pequeño Damián y este me mira de reojo. Cuando le preguntan su nombre, en su inocencia dice llamarse «Fuego».
—Por ahora son libres. Un regalo para mi esposa.
Le sonrío. Uno de los escoltas alerta de las camionetas que se acercan.
Vuelvo a los niños para darles un beso en sus frentes.
—Estarán bien. Pronto, tendrán una familia.
—Gracias. —Damián me da una media sonrisa—. Nunca te voy a olvidar, hada.
—Cuídate mucho.
—¡Los autos esperan! —insiste el escolta—. Sacaremos a los niños por el otro lado.
—¿A dónde irán? —pregunto.
—Los mandaremos a la frontera. Y luego, a un orfanato. Estarán a salvo, señora —Sky responde.
Nos separamos y no puedo evitar verlos por última vez. Las balas se escuchan a lo lejos, el auto que los lleva corre a toda velocidad mientras que nosotros partimos en otro para ir al aeropuerto escondido.
Durante el vuelo nadie habla. La isla Sajalín está cerca, es el lugar donde crecen las plantas del Vyshe. Todos están concentrados en el ataque que le haremos para infectar sus drogas. Markos se mantiene al margen.
La pulserita de oro que yace en mi muñeca brilla cada vez que la miro. Me recuesto sobre la luna del avión, aún sujetándola. Vuelvo a traer a los pequeños corderitos a mi mente. Desde que perdí a mi bebé, no puedo evitar ver a un niño como mío. No podía dejar que los lastimen.
Me pregunto si de verdad estarán bien… Markos no mentiría solo por agradarme.