Salvaje (Destrucción nº 2) 21
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MÁSCARAS

Alaska

Su voz me atraviesa como una bala.

«Me amas».

La palabra pesa. Queda suspendida entre nosotros, latiendo como una herida mal curada.

Me prohibí pensarla durante un año. Desde aquella noche en la que le confesé mis sentimientos y descubrí la verdad.

El aire se vuelve espeso, difícil de tragar. No voy a darle ese triunfo. Siniestro domina no solo por lo que tiene, sino por la forma en que daña. Esbozo una sonrisa irónica, mirándolo a los ojos.

—Las plantas que no se riegan, se marchitan. Así como los sentimientos. Llega un día en el que te das cuenta en dónde pisas... y creces.

—Hay realidades que no cambian.

—Admiro su seguridad, amo.

—Y yo tu cinismo. Puedes intentar blindarte como quieras, pero hay algo que no controlas: la forma en la que lates cuando estás conmigo.

Mi corazón se congela. El roce de su barbilla contra la mía me obliga a contener el aliento. Sus dedos acarician mi boca, como si memorizara su forma. La yema se detiene en mis comisuras. Cuando sus ojos se clavan en los míos, una punzada de dolor vuelve a mí.

«Me habría quedado contigo, si me hubieras elegido esa noche».

El ardor sube hasta mis ojos, sin poder hablar.

Te amo, Markos.

Alaska, no…

No, no aquí. No ahora.

El pulso se me acelera. La ansiedad me está poniendo a prueba de nuevo. Los dedos empiezan a temblarme y cierro la mano en un puño, evitando que lo note.

Aparta la boca de la mía y, por un instante, creo que va a alejarse. Pero no lo hace. Su mano encuentra la mía. La aprieta con firmeza y, entre sus dedos, mi temblor empieza a disiparse.

Mantiene el agarre, obligándome a aferrarme a ese calor. Sin palabras… ni preguntas.

—Mi señor —Sky interrumpe—. Los hombres de Smirnov entraron a territorio ruso.

Exhalo fuerte cuando se separa de mí.

—Con esto confirmamos que fue Smirnov quien mandó un instigador a las tribus. Y que planea darle muestras de nuestra tierra al Vyshe para potenciar sus drogas, las “plantas negras”.

—Tenemos que actuar inmediatamente. Usted sabe que… —Antígona entra con armas, calla al vernos tan cerca—. Perdón. No puedo hablar aquí, son temas confidenciales.

—Mi mujer se unirá al equipo, puedes hacerlo sin problemas.

Todos se miran.

—¿Arriesgará al grupo, señor? —insiste la pelirroja—. No podemos volver a exponernos ni esperar que una novata vaya a nuestro ritmo. La última vez arruinó la batida en el casino. No tiene la fuerza, ni los pantalones.

—Podría ser contraproducente para todos —opina otro de ellos—. La señora Van Loren correría un riesgo muy grande.

—¿Están cuestionándome? —Markos increpa—. ¿Les he preguntado si me importan sus sugerencias?

Antígona palidece.

—No, señor.

—Entonces dale buen uso a tu boca.

Todo ese monumento femenino y lleno de tatuajes baja la cabeza. Siniestro está cumpliendo su parte del trato, aunque sus matones de alto nivel estén en contra.

Siempre me pregunté por qué Antígona era parte de los Red Men, si el grupo habla de hombres. Son una manada de asesinos que solo aparecen para las batallas más sangrientas y en casi todas ha estado ella.

Tal vez sea buena matando, o forma algún tipo de fuerza que le conviene a Siniestro. Lo cierto es que ella le tiene una devoción indiscutible, por eso me odia.

—Bien, no perdamos tiempo. —Uno de ellos empieza con su computador.

Tienen información de los hombres de Smirnov, siguen los GPS de camiones con las cargas que llevan.

Remojo mis labios, tratando de ponerle atención a la pantalla, donde se especifican los datos de cada sujeto de su bando. Sin embargo, me distrae el hecho de tenerlo cerca, sentir cómo respira y el efecto que produce en los otros.

—Van rápido. Si lo robado llega a manos del Vyshe…

—Llegará —Markos puntualiza—, pero de la peor forma.

Nadie entiende.

—Dejaremos que utilice nuestra tierra. Y luego, lo joderemos.

—¿Cómo?

—Usará las muestras de mi suelo para alimentar a los suyos. Creerá que me está robando… pero en realidad cavará su propia tumba. Infectaremos toda su droga.

—Las plantas negras —Antígona suma—. Las famosas flores venenosas que oscurecen la piel de quien las consume.

—Es buena pasta, llamativa por el color, pero sus efectos todavía no son tan dañinos como el Kaos que producen las empresas Van Loren. —Sky sonríe—. Culpará de todo a Smirnov, si cree que no es buena tierra.

—Hagámoslo.

La emoción en los rostros de los Red Men es enfermiza.

Disfrutan las ansias por atacar, en sus ojos parece arder un deseo incesante de sangre.

Revisan mapas y rutas en sus pantallas. Tienen información de aliados, nombres, cuentas y hasta acceso a sistemas que ni siquiera los gobiernos pueden proteger.

—¡Tienen que ver esto! —Uno de ellos alza el teléfono—. Es la puta de Smirnov en una mamada.

Las carcajadas suben de tono.

—Vaya… su boca no es tan pequeña, pero miren ese cabello… No quiero ser el primero en follármela.

Pasan el teléfono. Ver su rostro me produce náuseas.

Desvío la mirada, exhausta de toda la porquería que se ve en los vídeos sexuales. La ironía pasa por mi mente. Esa sensación de haber perdido tiempo y energías en una persona a la que creías conocer, cuando en realidad no sabías nada de ella, me hace sentir tonta.

—Smirnov debe de haber compartido a su puta con el Vyshe.

—No, no lo hizo. El viejo seguro la obligó, como lo hace con las esposas de sus aliados —añade Antígona—. Y muchas rehenes.

Las risas se van cuando la pelirroja calla. Quedan en silencio y empiezo a sospechar que muchos están aquí por razones personales, más que por dinero.

—Partiremos mañana mismo. Los caminos están abiertos, señor.

—Uno de los hombres de negro aparece con dispositivos—.

Solo queda pendiente una cosa: sacar nuestra inteligencia de Bielorrusia.

Ya matamos al gobernador, pero aún quedan huellas.

Debemos deshacernos de todo lo nuestro antes del ataque al Vyshe. Incluyendo los rehenes.

—Limpien lo que haga falta.

—¿Y los corderos? Aún no decide qué hacer.

Entre ellos se miran.

—Elimínenlos.

Markos sale, Antígona me mira con altanería, pero decido no hacerle caso.

Priorizo lo que importa. Vamos a joder a Smirnov y Briana.

Autorizan que tenga tantas armas como quiero.

Los Red Men van a lo conocido; pistolas de alto alcance, otras que emiten balas en silencio, pero cuando llega mi turno, pido algo diferente.

—No quiero algo convencional, sino algo pequeño que me ayude con torturas.

El hombre de negro no me mira, pero veo cómo la sonrisa se le dibuja en el rostro.

—Claro, mi señora. Por algo somos la Fuerza Negra del amo. Se lo conseguiremos. Por favor, espere. Tengo algo que creo va a gustarle.

Fuerza Negra. Es así como se llaman los invisibles.

Asiento.

El reloj sigue su curso y yo todavía espero al hombre. Pero un grito agudo llama mi atención.

Giro para ver si hay alguien cerca.

—¡No! ¡Por favor! ¡No le hagan daño!

El pedido de ayuda es recurrente. Entonces me doy cuenta: viene de otros subterráneos. Fuera de la casa, hay un hueco abierto en el suelo. Jamás habría imaginado que era una entrada.

—Cierra la boca, puta loca.

La golpean para que se calle. Cuando está en el suelo, la arrastran hacia las escaleras. Marcela llora al descubrirme.

—¡Alaska! ¡Alaska, ayúdame por favor!

La sangre cubre sus manos y las vendas que lleva alrededor de las muñecas están empapadas. El hedor del orín y la suciedad impregnan todo su cuerpo.

—Señora... por favor, aléjese. Ella podría volver a atacarla —me previenen.

—¿A dónde se la llevan?

—Con el médico. La zorra quiso suicidarse. Fueron órdenes del amo.

Golpea su cabeza contra el suelo en un shock nervioso, sus gritos son tan desgarradores que me estremezco al tenerla cerca.

—¡Ten compasión de mí!

—¡Cierra ya la maldita boca, loca!

El escolta le levanta la mano para golpearla, pero lo detengo.

—Suficiente.

—Señora… si ella le toca un solo pelo, estaremos muertos. No hay ningún tipo de consideración con esta esclava, da igual lo que hagamos, su muerte está programada.

¿Muerte programada?

Muerde a uno de los hombres y al otro lo patea. Se inclina a mis pies, llorando.

—El amo matará a los corderitos esta noche, lo escuché. Por favor, tiene que ayudarlos. Son niños, hijos de padres que fueron sus enemigos. Pero entre ellos hay uno, uno que no puede morir…

Se aferra a mis piernas.

—Damián. Mi hijo.

Su voz se rompe.