20
A TRAVÉS DE TUS OJOS
Alaska
El sonido de la bala golpea mis tímpanos. Lo que acabo de escuchar reverbera como ondas profundas en mi cabeza.
Mantengo la mirada al frente. La mano de Siniestro se cierra sobre la mía, aligerando el peso del arma. Un grito se alza cuando el anciano cae. Su amante implora que la dejen viva.
La miro, aún con el arma arriba. Markos desliza un dedo por mi brazo y mi cuerpo reacciona. Se excita con la sangre. Haber disparado junto a él aviva una corriente que desconozco y que recorre todo mi cuerpo.
—¡Te lo diré, Siniestro! —suplica la mujer—. Pero, por favor, déjame vivir.
Su voz se quiebra.
En sus ojos hay una esperanza absurda, como si acabara de encontrar la respuesta que la salvará.
—Ella… ¡Ella también tiene secretos! Ella…
Disparo una vez más.
Boca.
Frente.
Corazón.
Siete impactos. El grito se apaga. Su cuerpo cae mientras los animales se agitan, atraídos por el olor de la sangre humana.
Bajo el arma, con el metal aún vibrando entre mis dedos, y Markos me observa. Su mirada no parpadea; me devora.
—Hecho.
—No te he dado permiso para irte, angliká.
—No necesito el permiso de nadie.
Alza una ceja, incrédulo. Camino hacia la salida y dos hombres me acompañan en mi retirada. Cuando por fin llego a la sala y me quedo sola, suelto el aire que tenía atrapado en la garganta.
Me llevo una mano a la frente. Lo hice. Maté al padre de Rich y a su mujer. Debería sentir remordimiento, tener piedad por el hombre que me ha acompañado durante todos estos meses, pero… no siento nada.
Giro mis pies en busca de un trago. No me gusta el alcohol, pero esta noche no me importa. El bar de la mansión está cerca. Al entrar, me sirvo lo primero que encuentro: un whisky de colección.
Mi cara se arruga cuando bebo de golpe. Está horrible.
Dejo caer mis piernas al suelo, queriendo procesar lo sucedido. Esa mujer estaba a punto de revelar mi secreto, necesitaba silenciarla. Y el padre de Rich… El aire no entra en mis pulmones. Algo dentro de mí me empuja, incómodo.
¿Qué voy a decirle cuando lo tenga de frente?
—No me importa —murmuro.
No siento pesar, tampoco arrepentimiento, y este extraño hueco mental me hace sentir extraña.
Quería hacerlo. Me había imaginado dándole un tiro en la cabeza. El viejo nunca me aceptó y a mí tampoco me simpatizaba. No toleraba su voz, mucho menos sus sermones machistas. Jamás soportó la dedicación que su hijo me tenía.
Pero lo que dijo… que Siniestro había matado a su propia madre. ¿Es cierto? Él no se movió, tampoco lo negó. Un nudo se forma en mi garganta. ¿Qué clase de monstruo tendría que ser para deshacerse de su propia progenitora?
Termino el vaso a medio llenar. Uno es suficiente para mí. Perder el juicio en esta mansión no me convendría.
Regreso a la sala. Una sirvienta duerme contra la mesa, cabecea por el cansancio. Cuando voy a despertarla, unas voces me alertan. Por la ventana se ve a alguien en la piscina: es Markos.
Un grupo de hombres lo espera. Son los mismos que estuvieron en la explosión del edificio.
Todos visten de negro, con auriculares y equipos electrónicos en las manos.
Se ven como matones, pero no tan desaliñados como los otros.
Los Red Men parecían una manada de depredadores sedientos de sangre.
Estos son distintos. Más fríos. Más organizados.
Casi militares. Como si estuvieran hechos para ganar guerras, no para disfrutarlas.
Los espías. Era cierto lo que Leonardo Bristol tenía en sus archivos.
Avanzo con cuidado. Me oculto tras una pared de plantas que me camufla.
Siniestro se ha metido en la piscina, tal vez para pasar el mal rato.
Sale del agua, algo me aprieta. La luz ilumina su cuerpo mojado y esos músculos tensos que carga.
Sus tatuajes siempre me han parecido interesantes.
Casi nunca me deja observarlo con detenimiento, puesto que estamos más enfocados en el sexo.
Ahora… solo lo veo. En especial… las marcas en su espalda.
Siguen siendo una incógnita. Todos evitan mirárselas. Parece que su piel se ensombrece cuando la luz lo muestra.
Le pasan una bata y mira en mi dirección. Me quedo inmóvil. Contengo el aire cuando las gotas resbalan por su cuello.
—Señor.
Vuelve a girar cuando alguien lo llama; una silueta femenina se acerca. Es rubia. De ojos claros. Viste de negro, como los otros. Y sus labios rojos resaltan su sonrisa.
Está claro que es una skýla. Mis músculos se tensan. Lo prometió, dijo que no habría más zorras adictas a su polla. Desvío la cabeza porque no quiero ser parte de su circo. Me largo antes de que me vea.
En mi recámara, las paredes se quedan cortas. El aire se vuelve denso, incapaz de sostener lo que cargo. Camino de un lado a otro, con un humor que ni yo misma soporto. Mi mano barre de un golpe los perfumes que hay en mi tocador. Mis mejillas se vuelven rojas. Entonces me contengo.
«No te desenfoques».
«Estás aquí por algo, Alaska. Y las consecuencias serán tu mayor venganza».
Me lo repito hasta que el cansancio me vence.
Un ruido hace que abra los ojos con fuerza. Amanece y escucho movimiento en la casa; puertas que se abren, el paso de personas, voces que parecen hablar en dialectos griegos. Me apresuro a cambiarme de ropa para salir al pasillo.
Desde el piso de arriba, el despacho de Markos se ve vacío. Voy por las escaleras y sigo la dirección de los escoltas que, al parecer, van hacia las dependencias subterráneas. Bajo cuatro pisos para llegar. Al acercarme, noto un salón que no había visto antes.
El lugar parece a medio construir: lleno de tierra, paredes de cemento, tubos que salen de quién sabe dónde, con un olor a químicos insoportable.
Es… un laboratorio clandestino.
La puerta está entreabierta. A medida que mis pasos avanzan, reconozco las voces: son los Red Men. Nunca desaparecieron.
—Hemos visto movimientos extraños en Marruecos. Hubo revueltas entre tribus. Se pelearon entre ellas, y ahora los rebeldes tomaron tierras que no les corresponden. Invadieron una cerca de Figuig.
—¿Crees que es demasiada casualidad?
—Las tribus siempre han sido tranquilas, unidas por su religión y fieles a su amo, que es la mano que las alimenta. Sospecho que tenemos a un instigador entre ellos. Alguien que podría estar trabajando con el enemigo.
La expresión en el rostro de todos cambia.
—Está claro, amo —otro suma—. Es una excelente excusa para acercarse a territorio Van Loren, específicamente a nuestras bóvedas.
—Matémoslos ahora, antes de que sea tarde —una voz femenina se alza.
—No todo se resuelve con balas. —Empujo la puerta—. Tampoco con sangre. Es lo que Smirnov esperaría que hagamos.
Todos se giran hacia mí. La primera persona que cruza su mirada con la mía es una pelirroja desagradable: Antígona.
—Miren a quién tenemos aquí —arrastra las palabras—. La no-anal evolucionada. ¿Qué eres ahora? ¿Cenicienta con brillitos?
Se ríe, llevándose un cigarrillo a la boca. Tomo un arma de la mesa y le disparo. El proyectil le vuela el cigarro de los labios.
—Cuida cómo me hablas. Recuerda quién es tu señora, criada de mierda.
Los otros Red Men ríen. Antígona abre los ojos, perpleja. Se levanta e intenta sujetarme del cuello, pero detengo su muñeca.
—No te atrevas a tocarme.
La acerco hasta que nuestras frentes casi se rozan.
—¿Se te fue la arrogancia? ¿O es que te gusto demasiado como para no dejar de mirarme?
Las risas se intensifican.
—Ubícate —le advierto—. Ya no estás frente a la chiquilla que golpeabas cuando lloraba por un secuestro. Ahora tienes delante a la mujer que podría degollarte.
Rebota contra su silla cuando la empujo. El golpe resuena en la mesa. Al levantar la mirada, me encuentro con los ojos de Markos, observando como si fuera un espectáculo.
Me ajusto la falda de cuero y la blusa carmesí que tengo encima, sin quitarle la vista. Arrastro una silla para sentarme, exigiendo el lugar que me corresponde.
—Ella no debería estar aquí, señor —Antígona se queja—. No puede participar en ningún ataque de la mafia.
—No te he dado permiso para que hables —Markos le contesta.
La pelirroja se pone de pie, los ojos de Siniestro la atraviesan cuando toma su arma, entonces sale del privado.
—Señor. —Un chico joven se levanta. Pide permiso para ir por ella. El gesto de Markos lo libera.
—Perdónelo, señora. Ese es Arthur, su hermano. Nuevo en esto —se excusa otro de ellos.
No sabía que esa mujer tenía familia, pero tampoco me interesa. Siniestro ignora lo sucedido. Escucha a todos y solo me limito a empaparme del asunto.
Marruecos tiene un valor estratégico para el imperio Van Loren. Bajo las tierras de Figuig, no solo se ocultan laboratorios clandestinos del clan; también se extraen minerales y compuestos raros que dan origen al Kaos, la droga que produce Siniestro.
Las bóvedas guardan toneladas de producto y secretos químicos que otros clanes matarían por tener. Y ahora alguien ha empezado a acercarse demasiado a las tierras.
—Acaban de ver a hombres de las tribus rebeldes transitar con bolsones en la espalda —Sky agrega—. Es información nueva.
—Podría ser solo su sembrío —habla otro Red Men.
—O robo de tierra que surge en la zona, aunque no hayan entrado a las bóvedas. Sabemos a quién le interesa probar arenas raras.
—El Vyshe. Aliado y nuevo inversor de Smirnov.
Markos aprieta la mandíbula.
—Después de que les mató al gobernador de Bielorrusia, no se quedarán quietos, señor. Debemos hacer algo.
—Nadie puede tomar ni una piedra en mi territorio —espeta él por fin —. Matarán a todo desconocido que pise mis tierras. Inocente o no, pagará con su vida si se atreve a desafiarme. No es la primera vez que alguien a quien le doy de tragar intenta robarme lo que es mío.
Me mira.
—Tal vez están hartos de vivir con el pie en el cuello —respondo a la indirecta—. La gente hambrienta muerde la mano que la alimenta. Smirnov solo espera un desliz para ganar terreno.
—En este mundo, las cosas se arreglan con sangre.
—¿Por qué? ¿Te haría menos hombre si usaras otras estrategias? ¿O es que se te arrugaría lo que tienes en las piernas? —suelto.
—¿Y qué tengo entre las piernas, angliká? ¿Lo que te encanta hacer en la cama conmigo? ¿Por lo que gritas cuando te corres?
Las mejillas me arden. Todos se quedan en silencio, bajando la cabeza. Me levanto, dispuesta a irme, pero tira de mi brazo con fuerza.
—Smirnov no es nadie sin golpes bajos, igual que tú sin esa careta —sisea—. ¿Te excita la adrenalina, o que te siga dejando en ridículo?
—Quizá tengas razón en algo: me gusta demasiado la leche. Y esto me hace replantearme el hecho de quedarme con un solo proveedor, cuando tengo mucho ganado esperando en fila.
—¡Fuera!
La orden es inmediata. En menos de tres segundos, nos dejan solos.
Me mira como un desquiciado y estoy lista para la guerra, pero se me viene encima. Me arroja contra una escalera de madera que apenas soporta mi peso.
—No vuelvas a desafiarme, Alaska. O me olvidaré de quién eres.
—¿Y quién soy para ti?
El corazón me golpea cuando me mira.
—Nada —continúo—. No sabes cumplir con tu palabra. ¿Anoche no recibiste a tu nueva skýla?
Un calor áspero sube por mi garganta cuando ríe.
—¿Estás celosa?
—No, solo me queda claro que si tú rompes los tratos, entonces yo también puedo hacerlo con los míos.
—Ya veo cuánto te duele.
—No se siente dolor por un hombre al que odias. ¿Por qué lo haría?
—Porque en realidad me amas.