19
MARCAS DE SANGRE
Alaska
Mi corazón se detiene cuando las balas suenan. Los ojos de Markos se incendian. Reniega por lo bajo, pero su aspecto no refleja preocupación, sino fastidio.
Sus hombres me pasan su abrigo para cubrirme. Lidera el camino y esta vez no despega sus manos de mi brazo. Me duele la cabeza. Intento mantener la respiración cuando llegamos a un subterráneo.
—Por aquí.
Salimos por una entrada falsa. Sky nos abre la puerta de un auto blindado. Cuando se sienta junto a mí, el silencio me aprieta.
Empieza a fumar, despreocupado. Están tras sus pasos y, aun así, no mueve el auto.
Siniestro ha llevado una guerra con la policía de Inteligencia desde siempre.
El oficial Paros, quien me interrogó antes de abandonar Grecia, era uno de ellos.
Interpuso una demanda en mi contra por sospechas de alianzas con la mafia.
Gané, pero nunca me dejaron tranquila. Fui vetada de cualquier tipo de protección por parte del gobierno.
Tuve a la Incripol encima, incluso en América. A él parece no importarle nada.
—¿Son sus hombres?
—Sí, señor.
Curva los labios. ¿A quién se refiere?
—Quiero ver y escuchar todo —ordena.
Su mirada se concentra en el exterior. Un hombre vestido de negro por completo entra en la redada. Lo siguen otros que parecen tener experiencia con tecnología. Le hace una seña y Siniestro asiente. Cuando los ojos le brillan de esa manera, es porque algo hará en su contra.
—Uno. —Levanta un dedo.
Mis músculos se tensan. Encienden una pantalla en el auto. Vemos y oímos todo lo que la policía hace dentro del edificio. Los agentes especiales rondan el área y tumban la puerta. Un grupo de hombres salta del techo.
—¡Policía internacional! ¡Manos arriba!
Los huéspedes gritan, sobresaltados.
—Señor, encontramos un cadáver clavado en una de las habitaciones —interviene otro agente—. Hemos tomado muestras de sangre.
—¡No nos interesa nadie más que Siniestro! ¡Lo vieron entrando en este lugar! El general está subiendo.
—¿El general? Pero… no está en funciones. Pasó a retiro.
—Hay batallas que no mueren. La sed de venganza es más fuerte. Quiere atraparlo por sí mismo. Blíndenlo ahora.
—Dos —Markos murmura.
Inmediatamente después, una música fúnebre se escucha en el ambiente.
—¡¿Qué pasa?!
—¡Siniestro está aquí! ¡Múevanse! ¡Ya, ya, ya!
—Mi general…
Un anciano vestido de azul aparece. Le agachan la cabeza.
—Más de quince años detrás de sus huellas. Hoy voy a atrapar a ese hijo de puta.
Una risa grave resuena de sus labios. Giro la cabeza hacia él y sus ojos parecen ser el mismo infierno. Esos hombres creen que seguimos dentro, Siniestro se burla en sus caras.
Les pone trampas. Mueve a su gente, ordena que suelten pistas falsas y, cada vez que los agentes caen, se desesperan. El volumen de la música crece sin que puedan detenerla.
—¡¿Quién fue?! ¿Quién mierda fue?
Los agentes se miran. Aprietan sus puños. Quieren retroceder, pero el general se pone por delante, tomando el liderazgo.
—¡Armas!
Una balacera se desata. Los hombres de Markos disparan a quemarropa.
La gente huye, pero las puertas del edificio están selladas.
Los vidrios explotan con sangre. El sonido de las balas empieza a tensar mi mandíbula.
Abren fuego con inocentes dentro. Los refuerzos policiales llegan, entran todos en el edificio.
Buscan suite por suite, rincón por rincón, entonces… el anciano se percata de una cámara.
Nos mira.
—Tres.
Explota. Detona el edificio. La gente, la policía... todos salen volando junto a los escombros.
—Vámonos.
El auto se mueve a toda velocidad y un nudo se me atora en la garganta. La sonrisa de Markos es evidente. Sus hombres celebran, se escuchan las voces por encima de los escombros.
Me quedo sin palabras. Está acostumbrado a ganar. Y en los años de servicio del general, nunca ha podido contra él.
Llegamos al aeropuerto privado en minutos, pero el auto frena de golpe. Un ruido resuena en el altavoz.
—La señal está siendo interrumpida, amo.
—¡Apaguen sus radios! —exclama Sky—. ¡Ahora!
Es tarde.
«Mataste a mi padre, hijo de puta. Te juro que lo pagarás. Yo no soy como él; soy mucho peor. Voy a encontrarte, Siniestro. Será más fácil ahora que todo el mundo conoce a una de tus debilidades».
La luna del auto es agujereada por una bala. Los autos de los guardaespaldas se detienen, cubriendo al nuestro. Me sacan casi en el aire cuando inician una contienda. El avión privado solo está a unos metros. No soy consciente del tiempo, tampoco de mis piernas cuando llego al pie de las escaleras.
Entonces… veo sangre. Pequeños hilos resbalan por mi piel. Los vidrios llegaron a alcanzar mis piernas.
—¡¿Quién fue?! —Escucho gritar a Markos.
—El Tigre. Acaba de asumir el liderazgo de la Incripol. Su padre era el general en retiro al que acaba de matar, señor.
Sus músculos se contraen y gira la vista hacia mí.
—Llévensela. Yo me encargaré del resto.
Siniestro
La quijada me pesa. El sabor amargo arde en mi garganta cuando mis hombres encuentran al francotirador policial que traen ante mí. Es el último sobreviviente.
—Todo suyo, amo.
Mis puños lo atacan. El miserable grita mientras corto sus pies y lo obligo a tragarse sus dedos. Termino con su vida un tiempo después. Mi cuerpo está lleno de su asquerosa sangre.
—Veintitrés. Este suma ese número de cadáveres. ¿Qué hacemos con los cuerpos?
—Déjenselos al Tigre.
La lengua me arde cuando me pasan el bourbon. Me satisface ver la miseria de la policía a mis pies, aunque esta vez me intrigue su nuevo líder.
Mi historia con la policía de Inteligencia viene de generaciones. Raymond Hoffman era general supremo de la Incripol, investigó mi primer asesinato y supo ponerme trabas, pero nunca pudo atraparme. Y fue la vergüenza más grande de su carrera.
Cada golpe que me daba, se lo devolvía con creces. Le maté a la mujer y su mísera venganza nunca llegó ni a mis talones. Iba a seguir con sus dos hijos, pero supo protegerlos. Ahora apareció su primogénito, El Tigre, dispuesto a seguir la línea.
—¿Qué sabes?
—Mantiene su identidad real en secreto. Está protegido por la Inteligencia y las Fuerzas Armadas. Dicen que, a diferencia del padre, ataca sin pensarlo dos veces. Es conocido por su impulsividad. Logró interceptar ondas radiales de la zona, hackeando las nuestras. Y no se quedó a llorar.
El aire sale disparado de mi boca.
—Síguelo. No quiero que le quites la vista de encima.
Dejo a uno de mis espías a cargo. El Tigre podrá ser una nueva piedra en el zapato, pero no logrará nada en mi contra.
Ya en el avión, uno de mis hombres me da actualizaciones. Fotografías de la zona, vídeos de las cámaras de seguridad, grabaciones del área de Inteligencia. Los movimientos fueron sutiles. Han puesto a gente para despistar, pero tarde o temprano daremos con su informante.
Tras seis horas de vuelo, llegamos a la mansión de madrugada. Desde que Alaska está aquí, su olor parece impregnarse por todas partes. Lo primero que respiro al entrar en mi sala es su perfume: cálido, ligero, pulcro. Escaneo el lugar sin encontrarla.
—Ha estado con Furia desde que llegó —informa un criado—. Tratamos de explicarle que es un perro de caza, acostumbrado a comer carne humana, pero no le importa. Lo bueno es que el can no es agresivo con ella.
Sigo mi camino. Le regalé al perro hace mucho. No me interesa lo que haga con él.
Azotes se escuchan por fuera. Son los nuevos rehenes que capturamos cerca de la explosión. Algunos nos darán información de la policía, otros serán comida para mis cocodrilos.
—Señor. —Sky se acerca—. Tengo novedades.
—Ahora no —espeto, mientras camino hacia la escalera.
—Es el padre de Rich. Lo capturamos.
Me detengo.
—Estuvo merodeando la zona de la explosión. Creemos que fue él quien le dio su ubicación a la policía. Tuvo nexos con las fuerzas del orden cuando era joven.
Bufo. El sinsabor amarga mi lengua.
—Traigan a mi mujer.
A medida que me acerco a los calabozos, los gritos de dolor se escuchan más fuerte.
Bajo las escaleras hasta los subterráneos. Mi área de distracción va quedando chica. Hay más de cincuenta carceletas que ya no se dan abasto.
—Bienvenido, amo.
El carcelero me baja la cabeza. Aprieto los dientes con lo que veo a lo lejos. Miserables, casi hechos huesos, rogando por sus vidas. He masacrado a todo tipo de ratas en mi matadero, pero tener a esta gente, cuando sé lo que significan para mis enemigos, mejora mi humor.
Un olor nauseabundo infesta mis fosas nasales al adentrarme. Mis hombres me abren camino hasta llegar a una celda. Una mujer abraza a un anciano; es cuarenta años menor que él, y deja de chillar al darse cuenta de mi presencia.
Trueno los dedos. Las luces se encienden.
Mis cocodrilos se inquietan por el hambre, el sonido de sus movimientos en el agua deja en silencio el lugar.
El calabozo es como el infierno. Son círculos de cárceles en rueda.
Cada nivel tiene a un tipo de rehén. En lo más profundo, yacen los pozos con mis animales salvajes.
—La señora Van Loren —anuncia uno de mis hombres.
Alaska aparece y mi mirada se prende. La sonrisa se le borra al ver a mis nuevos rehenes; el padre de Rich, con quien seguro tuvo algún tipo de relación, y su puta.
—Tarde o temprano ibas a terminar en mis manos, viejo inútil. Como todo traidor que intenta dañarme. Me acusaste con la policía.
—¡No iba a dejar que tus crímenes sigan impunes! Tu mala sangre solo daña.
—¿Como la de tu hijo?
Calla.
—Ironías de la vida. Eres el padre de un hombre que representa todo lo que odias. Tu hijo también fue un criminal.
—¡Tú lo dañaste!
Bufo.
—Fracasaste en todo lo que querías para su vida. Al final, resultó igual que tú: un pobre cobarde bueno para nada.
—¡Maldito!
Mis hombres lo atajan y luego lo patean. Cae al suelo de un tirón.
—Dime dónde está. Si lo haces, puede que perdone tu vida.
—Aunque nos mate, nunca les diremos nada —contesta su mujer.
—¿Qué eres? ¿Una puta con ética? ¿Piensas que tienes decencia cuando te metiste con un viejo solo por su dinero?
Se paraliza.
—Qué mal... —Me acerco—. Destruir un matrimonio de años por unos simples dólares.
Escupe y su saliva cae en el borde de mis zapatos. Levanto un dedo y mis hombres la toman.
—¡Por favor, déjenla! —El anciano se desespera.
—¿Qué le viste? ¿El culo que no tiene? —me burlo.
—¡Por favor! ¡Por favor!
Llora.
—Qué romántico. —Lo tomo del cuello—. Morirán los dos juntos, no te preocupes.
Alaska finge no interesarse, pero la forma en que respira la delata.
Obligan a la mujer, se traga orín de otros reos.
Uno de mis hombres se asoma con tres perros de caza.
Sus hocicos llenos de sangre me indican que acaban de eliminar porquerías.
Todavía huelen la sangre. Los sueltan y se pegan a los barrotes bañados de excremento, dispuestos a competir a muerte por la comida.
—Espero que hayas aprendido a lavarte el hocico antes de hablarle a tu amo. —Un escolta tira de sus cabellos.
—Ese hombre no es mi amo.
—¡Tiffany! —implora el anciano.
—Usted es solo un maldito de mierda.
Miro su ropa desgarrada. Eleva la vista ante mis ojos. Conozco a todo tipo de zorras, sé cuándo quieren que las alimente.
—¿Me va a follar?
—No tienes tanta suerte.
La empujan hacia el borde de la carceleta.
—¡No!
Los perros muerden sus brazos, haciéndola gritar de dolor. El sonido me complace. Intenta escapar, pero los canes están entrenados para tragar porquerías.
—Siniestro, mátame a mí, pero no a ella. —El viejo se arrodilla.
—Dime dónde está Rich.
—No lo sé —llora—. Solo hemos hablado por teléfono. ¡No sé nada!
—Mejoraré la oferta: dos millones.
Calla. Los gritos de la mujer hacen que sus ojos se llenen de lágrimas. Aun así, no dice nada.
—El sacrificio de un padre por su hijo.
Sus lágrimas caen. Entonces mira a Alaska. Ella se mantiene fría, pero hay algo más en su mirada. Algo que la enciende y no controla.
Tiro de ella. Su senos rebotan contra mi pecho.
—¿Qué haces? —sisea—. Estas son personas inocentes, personas que...
—No trates de engañarme.
Le devoro los labios delante del anciano, en medio de los gritos de la mujer. Trata de esquivarme, pero la adrenalina nos hace sucumbir. Es perversa aunque lo niegue, un gemido se atora en su garganta.
—Prueba tu fidelidad, angliká. —La giro. Pongo un arma en sus manos. Sus nalgas me rozan—. Mátalo.
Se pone tensa.
—Dio aviso a la policía, aun sabiendo que estabas conmigo. Acaba con él, oraíos —susurro en su oído—. Sé que tienes hambre. Dispara.
—¡Piedad! ¡Piedad! —Alaska no se mueve—. ¡Por favor! ¡Piedad!
Extiende su brazo. Sostengo su mano, poniendo su dedo en el gatillo.
—¿Este es el hombre al que besas cuando a mi hijo ni siquiera querías ponerle la cara?
El anciano grita, Alaska se paraliza.
—Siniestro no tiene piedad, tampoco sentimientos. Se deshará de ti, como lo hizo al matar a su propia madre.
Dispara.