Salvaje (Destrucción nº 2) 18
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HERIDAS

Alaska

Mis párpados pesan cuando abro los ojos. La luz gris de Londres se filtra por la ventana, dibujando la silueta del Tower Bridge. Ya no estoy en la clínica, no hay médicos y tampoco enfermeras. Solo una suite de lujo a mi alrededor.

Los recuerdos regresan como balazos a mi alma.

Disparos.

El rostro de Briana.

El recuerdo de lo que pasó hace un año...

Mi bebé.

Un fuerte dolor azota mi pecho. Intento apagarlo, pero sigue ahí. Quema con cada inhalación que doy, se incendia con cada latido de mi corazón en llamas.

Los ojos me arden y niego con la cabeza. Me costó mucho tiempo volver a mí. Terapias, crisis de ansiedad, vacíos interminables. Pero hubo una sola palabra que me mantuvo en pie: venganza.

Quienes me dañaron, pagarán con sangre la muerte de mi hijo. Un sabor amargo cubre mi garganta. Tuve a esa perra frente a mí y escapó. No pude hacer nada. El punzante dolor en mi brazo hace que me desplome sobre las almohadas. Respiro hondo cuando alguien se acerca.

—Buenos días, señora. —La mucama entra—. Espero que el desayuno sea de su agrado. El amo no tarda en llegar.

Deja una bandeja de frutas en la cama. Dos guardaespaldas la acompañan, se quedan en una esquina mirando.

—¿A dónde fue?

—No tengo esa información. No ha regresado desde el ataque, solo llama para preguntar por usted.

La muchacha tiembla cuando esos tipos la miran. Estoy segura de que sabe algo más.

—Retírense.

—Primero debe comer —responde uno de los escoltas.

—¡No soy una niña para que me estén vigilando! No tengo que decirles que no me siento bien, ¿o sí?

—Velamos por su seguridad, señora. El amo eliminó a los hombres que estaban presentes en el ataque, porque no pudieron evitar que la lastimaran. No queremos morir. Coma, por favor.

Sus palabras son casi un ruego. No me sorprende su extremismo. Para Markos lo que no sirve, se desecha. Doy cinco bocados y dejo la mitad.

—Muchas gracias, señora. —La muchacha recoge el plato—. Ahora le traeré sus medicamentos. Debe dormir hasta que el amo regrese. Él estaba muy preocupado por usted.

¿Preocupado? Algo en mi interior se remueve con fuerza. El recuerdo de su último beso regresa a mí. Un pensamiento estúpido se cruza por mi cabeza.

«No, Alaska. Es solo un espejismo».

No voy a desenfocarme de lo que sí importa. Y es que algo esconde, por eso no está aquí. Mi mente no deja de darle vueltas a lo mismo.

Me levanto de la cama un tiempo después. La herida en mi brazo no fue grave, aunque aún duela. Cambio las vendas. Aprovecho para darme una ducha y al terminar es casi mediodía.

Él no ha regresado aún.

Cuando salgo a la cocina, los guardaespaldas están fuera.

—¡Señora, no debe levantarse de la cama! —La mucama se altera al verme—. ¿Necesita algo?

—Sí, que me digas lo que sabes.

La mujer se queda callada.

—No te atrevas a mentirme.

—Lo único que escuché es que el líder de los guardaespaldas solicitó apoyo.

«¿Apoyo?».

—¿A quién?

—No lo sé.

—¿Qué fue lo último que dijeron?

—Que se concentrarán en algún punto de la ciudad.

—¿Para qué?

—Señora, no tengo esas respuestas.

Aprieto los dientes. Lo sabía. Siniestro no es un hombre que se quede con los brazos cruzados. Si no ha regresado, es porque están haciendo algo en contra de Briana. Pero también es mi derecho. Esta rabia que siento no me lo perdona.

—Necesito que me prepares algo —le digo—. Un queque marmoleado con arándanos. Ah, y que tenga mucho frosting.

—Mi señora, este lugar está de paso. No tenemos arándanos. También me faltarían unas cosas.

—Pide que te lo compren.

La muchacha se queda de piedra. Lo que acabo de pedirle la tendrá ocupada por al menos dos horas. Eso me da ventaja.

Asiente y corre a hablar con uno de los guardaespaldas. Cuando salgo de su radar, cierro la puerta de mi habitación con llave y llamo a recepción.

—Necesito hacer una llamada internacional.

Segundos después, Will contesta. Sabe que soy yo porque tenemos una línea privada de emergencia.

—Señorita Wells —saluda.

—Will, no tengo mucho tiempo. Quiero información de Briana Roman.

—¿Cómo?

—Ya debes saber que intentó atacarme. Ahora trabajas con la gente de Siniestro, tienes ese poder. Markos no ha aparecido en horas, estoy segura de que hará algo en su contra.

Escucho su respiración del otro lado de la línea.

—Sabes que no podré quedarme tranquila.

—No sé si hago bien diciéndole esto, pero…

oí que sigue en Londres. Smirnov tiene una empresa que lava dinero llamada Smirtap.

Al parecer, se ha vuelto conocida en el mundo empresarial.

Hace negocios con algunos ingleses. Hoy iban a entregar drogas camufladas cerca de la Black Tower. No sabemos si Briana estará ahí.

—Gracias.

—Por favor, cuídese.

Cuelgo. La zorra debe estar con Smirnov. Seguro piensa que me regresaron a Grecia para protegerme de ella, lo cual me da ventaja.

Empiezo a buscar algo de ropa. Me pongo una sudadera con capucha, pantalones anchos y una gorra con lentes negros para cubrirme. No encuentro armas en los cajones, pero sí una daga.

—¿Señora? ¿Va a salir? —La mucama me encuentra a medio camino.

—Haré un poco de meditación en la terraza. ¿Tengo que darte explicaciones?

Se sonroja.

—No señora, disculpe —musita, tiene las manos llenas de mantequilla—. Quería saber si lo prefiere con azúcar o con algún tipo de endulzante.

—Endulzante. Ahora vete.

Obedece. Al salir, dos guardaespaldas están dando vueltas. Me cuelo en el pasillo sin que me reconozcan. Ajusto la gorra y una bufanda que me cubre la boca para luego salir por el área de emergencia, pero hay más hombres que custodian el edificio.

Respiro, ideando alguna manera de pasar desapercibida. Una mujer del servicio de limpieza sale con sábanas sucias. Tomo algunas y me las pongo cerca del mentón, aguantando el dolor por el peso en mi brazo y logro pasar sin problemas.

El aire fresco impacta en mi cara. El ruido de las calles, sin guardaespaldas ni fans tras de mí, se siente distinto. Conozco muy bien la ciudad. Busco algún letrero del underground, pero sentir esta normalidad hace que me dé un delirio de persecución que empieza a asfixiarme.

—¿Les tomo una foto? —Cambio mi tono de voz con unas turistas.

Me sonríen, agarro su móvil y finjo accionar cuando en realidad uso el celular para ver si alguien viene detrás de mí.

—Thank you! —Sonríen. Por su acento, noto que son latinas.

—¿Les puedo pedir un favor? Estoy perdida, necesito tomar un bus y no sé cómo llegar a los stops. ¿Podrían prestarme algún móvil con internet?

—Claro. —Intento bajar la vista.

Abro Google Maps en su teléfono. Ahora sé en qué calle está Black Tower.

—Parece Alaska Wells, la modelo —le dice una a la otra.

—Estás demente —ríe—. My god, sería un sueño. Solo se parece.

—Listo, gracias.

Me voy lo más rápido que puedo, evitando las cámaras de vigilancia de las calles. Camino con la cabeza gacha hasta que llego a la estación de tren y me meto sin pagar.

Aquellos tiempos en los que trabajaba para sobrevivir me obligaban a hacerlo. Cuando estás tan necesitada, con una libra en el bolsillo, viviendo en una ciudad tan cara como esta, seguir medidas desesperadas era lo que tocaba.

Entro en un tren y aguanto el dolor creciente en el brazo. Después de veinte minutos, llego a la estación más cercana. Me pierdo entre la gente. La Black Tower brilla a la vista. Por fuera todo parece normal, pero los grandes camiones estacionados no dan buena señal. Me acerco con cuidado.

—¿Dónde están las autorizaciones?

Su acento los delata.

—La puta del jefe dejó todo listo.

—¿Y la carga?

—Se descargará en la bóveda subterránea cubierto de ropa. Evita hacer mucho escándalo.

Briana y su estupidez. Contengo los puños, aún escondida. El lugar colinda con un callejón viejo donde se sitúan galerías. Accedo por algunas tiendas. Su gente deja las armas en una caja. Corro para robarme una y luego vuelvo a mi escondite.

Los minutos pasan, pero la perra no aparece. Por el volumen de lo que guardan, el cargamento no debe de ser significativo; sin embargo, un operativo policial sería su pesadilla.

Suelto una risa. Tomo un celular del bolsillo de una señora, envío un texto a los servicios de emergencia y luego se lo devuelvo sin que lo note.

«Vamos, sal de tu madriguera».

Después de veinte minutos, por fin hay movimiento. Un camión sale de la zona y le disparo a la llanta. Las alarmas se prenden cuando se detienen en seco. Alzan sus pistolas, se hacen señas y doy balazos al aire con la intención de alertar a los vecinos.

El caos se desata.

Uno de ellos encuentra su caja abierta. Mira en dirección a mi escondite y disparo en sus piernas.

—¡Лови!

Me acorralan. Aun así, no bajo el arma. Peleo con el brazo empapado de sangre. En este año no solo me preocupé por aprender de modelaje, sino también de afianzar mi entrenamiento. Entre cinco me atajan. Están a punto de tomarme, pero se detienen cuando las sirenas de la policía los alertan.

—¡Díganle a la perra de Briana que la estaré esperando! —Sonrío—. Y que le dejé un regalito.

Se miran, tratan de esconder el cargamento, pero es tarde.

—¡Manos arriba!

Me escondo cuando descubren la droga. El escándalo se forma en toda la calle y solo disfruto al ver cómo se los llevan. Mi rabia debería mermar, pero, por el contrario, aumenta al ver que no han encontrado a esa zorra.

—Mierda. —Me arde el brazo.

Está sangrando más de lo normal porque los puntos se abrieron. Una mujer me socorre. Finjo que estoy herida para no llamar la atención de los agentes y entre todos me curan.

Escapo cuando están distraídos. No me convienen las preguntas. Regreso lo más rápido que puedo al hotel y, cuando entro en la suite, el pecho me pesa. Una sombra me espera. Está sentado con un puro en la mano.

—Te va a doler el culo. —Me quedo en silencio—. Por las cogidas que te daré ahora.

Tira una tablet donde aparezco en las cámaras de seguridad de los callejones, caminando por la calle, con aquellas turistas y solo exhalo.

—No soy tu rehén.

—Tenemos un trato.

—Que no cumpliste. ¡Ibas a dejarme fuera con Briana!

—No estabas en condiciones de ir contra nadie.

—Pues fui porque tenía que intentar vengarme de esa perra. Algo que tú no hiciste.

Tensa la mandíbula.

—Mis planes van más allá de cualquier movimiento estúpido. No ganas una batalla con emociones.

—¿Y sí dejando que escape el enemigo?

Su mirada arde cuando se acerca.

—Cruzaste una línea que no debiste.

—Yo no me iba a quedar con las ganas. ¡No pararé hasta ver a esa perra bajo tierra! Si no vas a ayudar, entonces no estorbes.

Me empuja contra la encimera de la cocina. Las venas de su brazo resaltan cuando sus dedos se aprietan en el mármol, acorralándome.

—Kataraméno stóma —farfulla.

Estoy cautiva entre sus músculos de acero y su altura. Mis manos se mueven en la barra, buscando algo con qué defenderme.

—No vas a volver a enfrentarte.

—¿O qué?

—Lo pagarás muy caro.

No sé qué tiene, qué efecto hace en mí. Mi respiración empieza a volverse irregular cuando su nariz roza la mía, aun cuando mi cabeza dice: «Basta».

—Estoy herida.

—No te importó tu herida para cometer imprudencias.

Muevo mis brazos, pero sus dedos atrapan mi muñeca cuando intento tirarle lo que atrapo. Levanta mi mano. De mis dedos se afloja el queque de arándanos que preparó la mucama. El frosting parece derretirse en mi piel, sus ojos se incendian. Lo embarra en mi boca, luego me lame.

Tira de mi pantalón, me alza en sus caderas y me empotra duro.

Reniego de este maldito vicio. Me folla con rabia, sin importarle la herida en mi brazo. No soy consciente del tiempo, solo de cómo salto sobre su polla. Va tan rápido que no respiro. Mis gemidos se alzan. Mi boca no deja de besar la suya. Una fuerte contracción me marea cuando nos corremos.

Jadeo y mi entrepierna duele. Parece que orino su eyaculación cuando me baja. Sube mi pantalón sin dejar que me limpie.

Cuando sus ojos se congelan, quedo en silencio. De pronto, saca su arma. Me gira para tirarme al suelo.

¡No!

La luna de vidrio explota.

—Detrás de mí —ordena.

Un hombre que entra por la ventana le dispara. Le da pelea hasta que lo captura, pero no lo mata. Lo arrastra contra la pared mientras llora.

—¡Amo!

Sky entra, se queda inerte al ver cómo Markos clava al extraño en la pared con cuchillos.

—¿Quién eres?

El hombre llora.

—¿A quién le sirves?

No dice más.

—¡Habla!

—Ri…Rich.

Algo en mí se congela.

—Pésimo ataque, como la poca cosa que es ese cojo de mierda.

Una luz se enciende en la ropa del hombre. Markos le quita el dispositivo que porta, es un micrófono.

—¿La escuchaste gemir? —le habla a través del intercomunicador—. Es porque solo su marido sabe complacerla. Voy a encontrarte, maldito. Morirás de la peor manera.

Rich no le contesta, solo respira deprisa. Destruye el aparato, se acerca a mí y solo me aprieta.

—¿Te engrandece el dolor de los demás?

—Yo no juego, Alaska.

—Eso me queda claro. Solo sabes destruir lo que tocas. Nunca sabrás qué es la piedad, tampoco el amor en tu vida.

Sonríe.

—El diablo tiene una virtud: conoce tus pensamientos, tus debilidades y también… lo que no superas. Cuando quieras respuestas, pregúntamelas de frente. Pero asegúrate de querer escucharlas.

Una corriente eléctrica recorre mi cuerpo. Algo me hace no querer despegarle la vista.

—La policía, señor. Nos delataron.

Sky nos interrumpe. Una luz infrarroja bordea las ventanas. El sonido de las sirenas se desata.