Salvaje (Destrucción nº 2) 17
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CATARSIS

Alaska

Un espasmo me recorre. Mi cuerpo se agarrota y no puedo respirar. Su sonrisa se clava con fuerza en mi cabeza.

—¡Señora Van Loren!

Alguien grita, pero yo solo la veo a ella. Su cinismo, la pregunta que aún palpita en mí con dolor.

Escapa e intento moverme.

Mis piernas no reaccionan.

—¡Es Briana Roman! ¡Síganla!

Una balacera se desata. Sky me atrapa cuando mi cuerpo se dobla.

—¡Saquen a la señora Van Loren de aquí! ¡Está herida!

La sangre se despliega por mi cuerpo, pero no siento dolor. Nada me afecta. Los escoltas me introducen en un auto, las manos de Astrid intentan reanimarme y los voy perdiendo.

—¡Señora!

Todo se vuelve confuso.

Luces blancas.

Gritos.

Una aguja.

Luego… nada.

Cierro los ojos y, cuando los vuelvo a abrir, escucho voces.

—Está en estado de shock, lo mejor es que salgan de la habitación para que descanse.

—¿Se recuperará?

—Sí, por suerte la bala rozó su brazo y no entró en su cuerpo.

—¡El señor Van Loren ordenó que cierren la maldita clínica! —Sky grita—. ¡Maten a todo el que esté presente!

La puerta se cierra y por primera vez estoy sola. Me acurruco en la cama mientras la tormenta golpea los ventanales. El cielo llora… y yo también. Debería estar inconsciente, pero cada vez que cierro los ojos vuelvo a verla.

Mis lágrimas se resbalan mientras entierro mi boca en la almohada. El pecho se me inunda de dolor.

Suiza. 11 meses atrás

Las luces de las cámaras iluminaban mi rostro cansado.

«Vamos, Alaska. Solo una más».

Intentaba dar todo de mí, pero en mi estado empezaba a tornarse complicado. Tenía mucho sueño y náuseas. Aun así, trataba de no desanimarme.

Desde que llegué, no había dejado de entrenarme para las pasarelas. Empecé a descubrir un mundo que, aunque era agitado, me encantaba. Cada hora que invertía en mis sueños valía la pena. Pronto, tendría que mudarme a Estados Unidos, aunque empezaría a trabajar después de unos meses.

—Es todo por hoy —Rich alzó la voz.

—Pero no hemos terminado —contestó el fotógrafo, incrédulo.

—Alaska está cansada. No debería seguir sin comer, denle un poco de tiempo. Mañana retomamos.

Todavía no me acostumbraba a verlo cojeando. Era peligroso que se expusiera, porque todos pensaban que estaba muerto. Aun así, nunca me dejó sola. Su familia había escapado para protegerse. Su matrimonio estaba roto desde hacía tiempo, pero a pesar de todo seguía aquí, cuidándome.

Me miró entretenido, con una hamburguesa en las manos. Por desgracia, las náuseas hacían que devolviera todo lo ingerido, así que opté por alimentarme de otras cosas.

—Queso y chocolate.

Subimos al auto que rentamos. Me había puesto una gorra, gafas y atuendos voluptuosos para no llamar la atención. Él ya estaba listo con sus lentes de contacto.

Rich había sido un gran apoyo. Desde que salí de Grecia, no había dejado de consentirme. Tenía casi ocho semanas de embarazo, estaba en una ciudad hermosa, lejos de todos mis problemas. La casita a los pies de una montaña suiza era todo lo que buscaba.

—Siempre quieres estar sola.

—Eso es mentira. —Le acepté el queso y el chocolate—. Pero hoy sí necesito una seria conversación con este animal bonito.

—Alaska, es peligroso.

—¿Las vacas son peligrosas?

—Si te acercas a su bebé podrían convertirse en salvajes.

Reí, pero entendía el punto. Cualquier madre defendería a sus cachorros.

—Tranquilo. No pasará nada.

—Bueno, solo un momento. Mañana tenemos una cita importante.

—¿La inversionista de AW Cosmetics?

—Ha pagado un millón de euros para verte. Lo único malo es que no podré acompañarte. Tengo que asegurarme de que mi familia cruce la frontera con España antes de que los encuentren.

—Entiendo, no te preocupes. Manejaré el asunto.

Abrió la reja del establo para permitirme entrar en la naturaleza. Mi vaca favorita era la de las manchas. Apenas me acerqué, levantó la cabeza en señal de advertencia. Su ternero se escondió detrás de ella.

—Tranquila, también tengo un hijo que cuidar. Te entiendo.

Acaricié mi pancita. Sentí que el animal podía escucharme. Tomé la cadenita de oro que compré en la plaza de Berna y se la enseñé.

—¿Cómo se llama tu bebé? El mío P.M. Como no sabía el nombre que le iba a poner y no me aguanté las ganas de darle este primer regalo, hice que le grabaran sus iniciales.

La vaca emitió un sonido, entonces sentí emoción.

—¿Te gusta, mi amor? —le hablé bajito a mi bebé—. Por ahora eres “P. M.”: Pequeño mal.

Me sentía tan vulnerable cuando lo repetía que prefería solo decir sus iniciales. No estaba segura de si era niño o niña. Pero “pequeño mal” representaba lo que significaba su padre: el mal en mi vida, que al final terminó dándome lo más valioso que tenía.

Un nudo se apretó fuerte en mi garganta.

¿Qué pasaría si llegara a enterarse?

Negué con la cabeza. Siniestro habría sido capaz de utilizar al niño para retenerme, pero me dejaba más tranquila el hecho de saber que había desaparecido del mapa.

Tenía que luchar por mi nueva vida. Le quité a Leonardo Bristol grandes sumas de dinero, o más bien recuperé lo que era de mi padre. Hice unas pequeñas inversiones que me ayudarían a sobrevivir. Estando lejos de la mafia, todo sería más fácil.

—¿Será que querrás conocer a tu padre algún día? —canturreé, trazando un círculo en mi vientre.

Era mi mayor temor.

—Eres el hijo de un ser sin alma, pero te criaré con amor. Nadie nunca te hará llorar. Nadie nunca te lastimará, porque te amo y estoy orgullosa de ser tu mami.

Mis ojos picaron, odiaba estar tan sensible. No quería volver a llorar, pero todas las noches soñaba con su carita. Me vi alimentándolo, meciéndolo, ansiosa de poder descubrir cómo serían sus manitas, a quién se parecería, de qué color serían sus ojitos, aunque era seguro que se iba a parecer a él.

Un extraño pensamiento volvió a mí. En mis más extraños sueños lo había imaginado con nuestro bebé. Lo llevaba entre sus hombros, le enseñaba a disparar. Pero las expectativas solo dolían.

—Buenas noches, Alaska. Hora de dormir.

Rich me tiró contra sus brazos, como cuando un hombre enamorado toca a una mujer.

—Rich...

—Sí, lo sé, es muy pronto, pero quiero que sepas que te esperaría cien años. Y también estoy dispuesto a ser como un papá para este bebé.

Tocó mi vientre y sentí un rechazo que no podía controlar.

—Por favor... —Reaccioné rápido—. Ahora no.

—¿Cuándo, Alaska?

—Tal vez... después.

Caminé hasta mi habitación y cerré la puerta. Palmeé mi vientre ante los cambios que experimentaba. Estaba demente por pensar que había sido el niño, Rich de pronto me caía mal. Cada vez que me tocaba, me volvía más irritable.

Me pasé toda la noche hablándole y, con la otra mano, tomaba la cadenita de oro que ponía cerca de mi corazón. Estaba ansiosa por comprar ropita, una cuna, mantitas, biberones. Me dormí hasta que vi aparecer los primeros rayos del sol.

La mañana siguiente parecía pintar bien. Rich me dejó en el estudio privado antes de irse a la embajada, mientras yo me reunía con aquella mujer, pero me había retrasado un poco.

—¿Dónde está?

—En el estudio —indicó la secretaria—. Lleva esperando diez minutos.

Me arreglé el cabello con los dedos. Entré y... algo en mí se detuvo.

¿Briana?

Me tomó un tiempo procesar lo que mis ojos no podían creer. Era ella, mi niña. Pero… lucía muy diferente a lo que acostumbraba a ver. Ahora tenía tacones, un pantalón de cuero a la cadera, un piercing, además de un top que la mostraba como una chiquilla de su edad. Sexy, sensual y dispuesta.

—Alaska Wells —pronunció mi nombre de forma segura, altiva, muy distinta a la pequeña que salió de la mansión.

—Briana... ¡cielo! —La abracé—. Pensé que estabas en…

Levantó la mano para alejarme. Sus ojos fríos me paralizaron. Retrocedió y me miró con un odio que me estremecía.

—Cariño...

—No soy tu nada, Alaska —alzó la voz—. Por fin te puedo mirar sin tener que fingir que soy una niña sufrida por el pasado que le tocó.

Parpadeé sin entender.

—Soy una puta. Siniestro me pagó para que fingiera ser alguien que no soy.

—¿Qué? —Las piernas me temblaron.

—Ay ya, no me mires así. Acepté porque esto me daba más oportunidad con él.

Yo influía en tus decisiones, le daba información de lo que tú querías, y a cambio él me permitiría ocupar tu lugar.

Después de los noventa días, sería su mujer.

Viviríamos por fin nuestro amor. Él me ama, ¿lo sabes? ¡Nos vamos a casar!

Algo me traspasó el interior. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Pobre tontita, ¿pensaste que el amo te quiso de verdad? Pues ya te demostró que no. ¿Crees que no sabe dónde estás? Le importas una mierda, Alaska. Y no sabes cómo se la chupé.

—Lárgate de aquí. ¡Fuera!

Empezó a reír. Y luego se acercó.

—Sí, me voy. Pero antes debo entregarte mi regalo.

Me abrazó y abrí mis ojos, sintiendo una punzada letal.

Su mano empezó a teñirse de sangre. Tenía el cuchillo entre los dedos y yo… No. Mi corazón no dejó de palpitar hasta que me doblé de dolor. Mi vientre sangraba. Mi bebé, mi pequeño mal.

—¿Estabas embarazada? Ups —se jactó—. Te deseo lo mejor.

Un espasmo se forma en mi garganta. Grito, volviendo a la realidad.