Salvaje (Destrucción nº 2) 16
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INFIERNO

Alaska

Mis mejillas arden cuando habla. No puedo pensar con claridad. Sus ojos son un eterno infierno en el que me quemo otra vez. Permanezco inerte, sin decir nada. Los flashes siguen impactando sobre nosotros. En minutos, el lugar se llena de sus hombres. Entonces lo entiendo: fue una trampa para Rich.

—¿Estás casada, Alaska? ¿Es verdad?

—¡Alaska! ¡Contesta!

La prensa pregunta, pero ya no escucho nada. Su sola aparición cambia el aire, lo vuelve denso, peligroso. Real.

Markos Van Loren acaba de mostrarse al mundo. No como un mafioso, sino como la cara de los negocios que usa para blanquear dinero. Se coloca las gafas y desaparece rodeado de su seguridad, como si nunca hubiera estado ahí.

—¡Alaska! —La prensa no me deja pasar—. ¿Y su guardaespaldas?

—No fui yo quien creó esos rumores. Gracias por estar aquí —espeto.

Sky tira de mi mano. Hace un cordón de seguridad que logra sacarme del lugar.

Cuando me deja a solas, respiro contra la pared.

Rich nunca apareció, o tal vez supo darse cuenta de lo que pasaba.

Pink se acerca para darme un abrazo, la gran pantalla del camerino emite una y otra vez la noticia, pero solo se centran en mí y no en Markos.

Ni siquiera repiten su apellido. Para ellos es solo “el magnate”.

Una extraña sensación se alza en mi garganta.

—Entonces era tu marido. —Pink sonríe—. Qué guapo es.

Me voy de largo, sin contestar.

Astrid me pide ir a una asamblea con los directivos. Las reuniones pasan sin que realmente esté presente. Asiento, sonrío y respondo lo justo. Desde hace mucho mi cabeza está en otro lugar. En él, la forma en que me miró, la revelación que le hizo a la prensa, la pasarela y cómo reaccioné.

Mi cabeza parece explotar con todo lo que tengo encima.

Debería estar furiosa, pero no lo estoy.

La escena vuelve a mí en bucle. Estaba a punto de tener un ataque, lista para huir de aquel lugar en el que un día me consagré.

Pero bastó una sola mirada suya para no fallar. Una que hoy solo me trajo paz.

Seguí, inspirada por una fuerza que no controlé. Suelo durar horas para apagar las crisis nerviosas. A Markos le costó un segundo volver a calmarme.

Eso no debería significar nada y, aun así, lo hace. Mi mente está revuelta. Tengo tantas preguntas… que no sé por dónde empezar.

—Esperamos tener noticias tuyas pronto, Alaska —Ítalo se despide de mí. Tras él, van los directivos.

—Todo salió bien, a pesar de los problemas. —Astrid me mira—. Debería estar feliz.

—Lo estoy.

Sonríe, como si no creyera en mi falsa serenidad.

—Por cierto, el señor Van Loren la espera. Pidió que la lleváramos a otro hotel por seguridad.

El nudo en mi garganta vuelve. Por supuesto que me espera. Nada de esto fue casualidad.

Mis labios se aprietan.

Perdemos a la prensa en cuestión de segundos al salir del evento.

Los hombres de Markos suelen ser rápidos en estos temas.

Pronto, estoy en el hotel. Me suben en un ascensor privado hasta la suite.

Al girar la manija de la puerta todo está oscuro.

Doy pasos y una cortina automática se abre, revelando una vista imperial del Tower Bridge.

—Angliká...

Su voz me eriza la piel.

Está ahí.

El sonido de la hebilla de su correa hace que mi cuerpo reaccione antes que mi mente. Odio que él tenga ese poder.

—Espero que hayas tenido una lucrativa reunión con tus representantes. Que esa gente te ofrezca lo mismo que yo te puedo dar.

—No sé de qué te sorprendes. Debes saber cuál es mi propuesta. Siempre terminas donde no te quiero ver. ¿Qué pretendías al aparecer frente a la prensa?

—Digamos que... —Me atrapa por detrás—. Ya era hora de que el mundo supiera que eres mi mujer. En especial, nuestros enemigos.

—Qué conveniente.

—¿Cuál es tu problema? —Me gira—. Eres mi maldita esposa.

—Aliada. Te recuerdo que…

Atrapa mis labios otra vez.

El beso no es dulce, sino hambriento. Mi cabeza fantasea con abofetearlo, separarme de él, pero lo cierto es que mis manos lo empiezan a tocar.

Lo deseo. Desde esa maldita noche en la que me dejó sin terminar.

Su torso lleno de tatuajes engrandece los músculos que carga. Jadeo en su boca mientras mis dedos lo acarician.

—¿Sabes qué les sucede a las niñas malas? —Su aliento a bourbon acelera mis sentidos—. Convénceme de perdonar tus pecados, Alaska.

El bulto creciente entre sus piernas me da una sed impropia que no quiero dejar pasar. Mis rodillas caen hasta el suelo y mi boca saliva cuando desliza su pantalón.

—Quítate la ropa. Quiero verte.

Tiro de mi vestido hasta quedar en ropa interior. Sus ojos brillan cuando me ve en el bikini que modelé hoy. No me lo quité.

—Kataraménos peirasmós.

El griego en sus labios es perfecto. Ronco. Voraz.

Se acerca, sin que pueda dejar de mirar su erección. Su glande húmedo bordea mis labios.

—Come.

Mi boca lo empieza a succionar. Pierdo la cabeza cuando lo tengo dentro. Introduce su tronco y luego lo saca. A mi lengua le encanta su sabor. Mi saliva cae de su piel y esta vez empuja más.

—Trágatela entera.

Con la ayuda de mis manos, empiezo a encajarlo hasta mi garganta. Su polla es grande, venosa, de una dureza extraordinaria. Un sonido gutural me estremece. Contengo las arcadas, aun así, no todo su largo queda dentro. Lo saca y orilla mis labios a la parte interior.

—¿Cómo te gusta el huevo?

—Duro.

—Tócalo así —demanda.

Mis dedos acarician sus testículos. Chupo mientras me obligo a abrir la boca. Son deliciosos. Fuertes. Más extensos de lo que podría medir.

Paso mi lengua por cada centímetro de su extensión. Me es inevitable no regresar a su miembro lleno de venas. Maldita sea, sabe tan bien… Lo toco con mis manos y mi lengua hasta llegar a la punta otra vez.

Succiono su glande tanto como se me antoja y luego me lo vuelvo a meter.

Es adictivo. Demasiado rico. Los ojos me arden, pero lejos de parar, intento seguir el ritmo.

—Solo a tu marido se la comes.

Se hincha dentro. La saliva se desborda por mis comisuras. Mis pechos saltan por el movimiento y me da más duro. Quiero que se corra en mi boca, pero es tarde cuando tira de mi brazo para ponerme a su altura.

—Si me vas a dejar a medias, mejor no me toques —advierto.

Suelta una risa. Me besa y ahora su lengua me empieza a puntear.

Me deshago en sus labios otra vez. No existe otro que bese mejor que él. Quiero sentirlo, saborear las profundidades de su boca. Mi lengua sigue su ritmo. Nuestras cabezas se mueven y empiezo a gemir.

Da un chasquido y la luz se desvanece. Dos cuerdas salen del techo hacia la cama.

—¿Qué haces?

—Comer.

Sujeta mis tobillos en las sogas, deja mis piernas semidobladas y luego las sube. Me arranca el bikini. Mi clítoris está tan deseoso que el dolor solo refleja el deseo acumulado por días. Lo siento inflado, necesitado. Cuando su cabeza se pierde en mi sexo, una corriente me empieza a quemar.

Succiona donde me gusta. Chupa, suelta… hinca en el punto más sensible de mi cuerpo.

—Deliciosa.

Lo hace un poco más y no soy capaz de definir cuánto podría soportar.

Sube el ritmo con lentitud. Mis dedos aprietan con fuerza las sogas. Introduce dos dedos en mi canal, con la palma hacia arriba y luego los flexiona como una C.

—Mar...

Estimula mi punto G. Sus dedos semiflexionados se mueven mientras su lengua sigue presionando mi clítoris. El ahogo es avasallador. Araño las sábanas, descubriendo otro tipo de placer.

Lo disfruta. Le gusta saber que no le soy indiferente. Que puede volverme loca.

Presiona tantas veces como puede y en cada una de ellas la velocidad aumenta. Estoy en la cima. Mis dedos hacen trizas el colchón. Gimo alto cuando mi cuerpo se contrae. No puedo evitarlo. Quema desde la punta de mi cabeza hasta mi pelvis.

Me desbordo, soltando un chorro involuntario que disfruta.

—Rico. —Me lame.

Ubica mis piernas en su cintura. Sus manos recorren mi perfil hasta mis senos y luego deja la punta de su pene a mi entrada.

—Te voy a romper, Alaska.

Se introduce con fuerza dentro de mí. Duro. Completo. Hasta el tope de sus testículos.

Aguanto la respiración cuando empieza a moverse. Está loco, demente. Me desgarra con sus embestidas.

—Qué rico te aprietas —gruñe—. Dáselo todo a tu marido.

Lloriqueo de placer y terror. Estoy tan húmeda que resbala delicioso en mí, pero es tan brusco que siento que va a romperme.

Por un momento pierdo la visión. Mi mente se nubla de lo rápido que vamos. El placer desborda dentro de mí. Cuando abro los ojos, está montándome con violencia.

No lo puedo soportar. Mi estómago bajo se contrae. Sujeto sus caderas, sin querer que se aparte otra vez. Voy a llegar… La nube de dolor y excitación crece, el éxtasis vibra tan fuerte que me despedazo.

Grito cuando me corro. La sensación vibrante recorre mi columna vertebral. El gemido grave que da lo hace parar. Golpea mi sexo, dejando su chorro dentro de mí. Dejo salir una exhalación profunda y disfruto esa sensación: saciada, complacida, llena de él.

Cuando recupera el aliento, desata las cuerdas de mis piernas. Se sale de mí y solo cierro los ojos, esperando que se vaya. Pero no lo hace. Solo… me observa.

Ambos estamos en la cama, uno junto al otro, y se siente extraño. Nunca lo ha hecho. El corazón me empieza a martillear contra las costillas. Mi mente percibe el peligro. Tomo una sábana para cubrirme y empiezo a buscar mi ropa.

—¿Huyendo de mí?

Presiona mi muñeca y me atrae hacia él.

—¿Por qué lo haría? Follamos porque queremos. A ambos nos gusta. No pasa nada.

Encuentro mi bikini. La parte inferior está rota. Algo en mí se tensa.

—Puedo comprarte los bikinis que quieras, incluso si son de colección.

—¿Cómo sabes que son de colección?

—Todo lo que modelas lo es.

Inhalo lento, sin comprender. Un nudo se forma en mi garganta cuando me mira.

—Lo de hoy… —Hago una pausa—. Gracias. Yo… estaba a punto de tener un ataque de pánico. Suele darme cuando…

—No puedes controlar una situación.

—Tú…

—Lo sé todo. Incluso tus dudas.

—¿En qué dudo?

—Lo que puedes lograr cuando confías en ti.

Un escalofrío me recorre la espalda. Las palabras de Pink regresan a mi mente.

—¿Estuviste en todas mis pasarelas? —La pregunta sale disparada de mi boca.

—Sí.

—¿Por qué?

Silencio.

Algo en mi interior empieza a quemar.

—Lo has hecho muy bien, Alaska. —Acaricia con sus dedos el borde de mis labios—. El éxito, la fama… Todo lo que has ganado por ti misma.

Respirar me pesa, mi pecho sufre para inhalar.

—¿No te importa?

—¿Qué?

—Que sea modelo. Lo que podrían decir. En tu mundo machista, la esposa del líder no debería exhibirse en paños menores.

—Me gusta que envidien lo que nunca podrán tener.

Entreabro los labios y atrapa mi boca. Mi corazón parece estallar. Su beso es dominante, pero no brusco. Aprieta mi cintura y me abre las piernas.

—¡Emboscada!

La voz detrás de la puerta nos separa. Los ojos de Markos cambian. Se vuelven agudos, ágiles, oscuros otra vez. Maldice en griego cuando mira el reloj.

—Cámbiate.

—¿Quiénes son?

—Gente del círculo.

Se escucha un disparo. Nos vestimos rápido antes de salir. Markos prepara su arma.

—¡Señor! ¡Por aquí! —lo llama un hombre.

Voy a seguirlo, pero me pone el brazo para detenerme. Lo mira y después lo mata. Entonces comprendo que tiene un motivo detrás.

Controla muy bien sus emociones. No sé si está huyendo o disfrutando con la sangre que explota por todas partes. Bajamos por las escaleras de emergencia. Habla en griego con los suyos. Entramos por habitaciones, salimos por salones, hasta que llegamos al recibidor.

—Vete por la puerta tres, Sky está esperándote.

Vidrios se rompen. Se escuchan balas acercándose.

—¿Y tú?

—Yo iré después.

El suelo es un río de sangre. Me empuja hacia la salida. Lo veo irse, dispara entre más de doce hombres que caen a sus pies. Sky me hace una seña al final del pasillo. Corro, pero de pronto una ola de calor azota en mi oreja.

—¡Señora!

Escucho voces lejanas. Los escoltas corren como si su vida dependiera de mí. Sus gritos hacen que Markos voltee.

Algo explota.

—¡Alaska!

Mi cuerpo cae contra la puerta. El dolor me deja inmóvil, el humo nubla mi visión.

No…

Alguien me arrastra hacia un callejón. Mi cabeza golpea contra el suelo, sujeto un arma e intento defenderme sin éxito.

El calor baña mi rostro. Un pitido en mi cabeza no deja de sonar. Llevo mis manos hasta mi oreja y está llena de sangre.

Los tacones de alguien se acercan y no me puedo mover. Su risa me produce espasmos. Parpadeo, pensando que es una pesadilla, pero se vuelve real cuando se detiene frente a mí.

—Ha pasado mucho tiempo, Alaska. —Sonríe—. ¿Cómo está tu bebé?

Las piernas me tiemblan al verla.

Briana Roman está aquí.