Salvaje (Destrucción nº 2) 15
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EL DIABLO

Alaska

El cielo gris de Londres impacta en mis ojos cuando salgo del avión. Está lloviendo. En otra época habría renegado del clima del lugar, pero después de todo lo que he pasado, volver a casa siempre es un abrazo al alma.

Nos dirigimos hacia la ciudad en uno de los autos. Entrar en el centro me envuelve en una ola de nostalgia: lo hermosas que se ven las casas, los buses rojos, el Big Ben que brilla en todo su esplendor.

Dos hombres de Siniestro me siguen a todas partes. No hablan, tampoco sonríen. A veces los pierdo de vista y vuelven a aparecer unos metros por detrás de mí. Aunque no esté aquí, sé que le informan de todo. Debo ser cautelosa con cada una de mis acciones.

—¿Desea que le pida algo de cenar cuando lleguemos al hotel, señora? —pregunta Astrid.

La observo un momento. Está mejor, pero no del todo. Hay algo en su mirada que aún no se recompone.

—Descansa —le digo en voz baja—. Eso es lo único que necesito que hagas.

Asiente, aunque sé que no lo hará.

La mirada que me lanza el guardaespaldas hace que le muestre mi cara más ácida. Llegamos al hotel y al principio todo parece normal, pero luego me doy cuenta de que hay gente sospechosa mirándome.

—¿A dónde va?

El escolta me detiene.

—No tengo que darte explicaciones.

—No puede salir del hotel sin un escaneo previo. El círculo podría estar merodeando cerca, señora.

Aprieto los labios, devolviéndome al lobby. Me entregan la tarjeta de la suite y camino sin mirar atrás. Si me quedo un segundo más, voy a decir algo que no conviene.

Astrid se detiene a saludar a un hombre mayor. Lo observo de reojo. Su mirada me recorre como si estuviera evaluando una pieza de lujo.

—Ítalo Benetton —se presenta, con una sonrisa—. Soy su nuevo agente.

Mis hombros se relajan.

—Un gusto. —Le doy la mano.

Conversamos sobre lo que viene para mí. Planea algunas pasarelas con Top Five, una empresa de alta costura y dueña de grandes cadenas de moda en el mundo, pero la reunión termina siendo un desastre cuando los flashes se cuelan alrededor.

Prensa.

—¡Alaska!

En segundos, las ventanas están repletas de cámaras.

Intentan acercarse, empujar y preguntar.

La seguridad reacciona tarde y pronto me rodean como si fuera un espectáculo.

Trato de ser amable, pero no puedo responder nada.

Astrid entra en colapso. Le pone la mano a tantos móviles como puede.

Minutos después, los hombres de Markos, junto a otros que se suman, me sacan de la zona.

—Lo siento. Alguien debió haber filtrado información. Moveré fichas para darte mayor protección —Ítalo habla—. Que la prensa esté interesada es buena señal.

—No importa, ya está hecho. De todas maneras es algo a lo que nos vamos a enfrentar.

—Le pido disculpas, señora. No pudimos evitarlo. —La recepcionista llega apresurada, pero los guardaespaldas de Markos no la dejan acercarse.

—Está bien, déjenla pasar.

Mi humor no es el mejor. Había olvidado lo que era no tener privacidad.

—Lo sentimos mucho. Pondremos de nuestra parte para que no vuelva a suceder. Queremos que se sienta cómoda en su estancia. Se ve cansada. Por favor, tome un poco de agua.

Estira su mano hacia mí y puedo ver cómo sus ojos brillan. Me hace un gesto rápido. Demasiado directa. Extremadamente nerviosa.

—Gracias.

Le acepto la botella. Entonces me doy cuenta de que las etiquetas del agua tienen una inscripción.

—¿Necesita algo más?

—No.

—Estaré encantada de atenderla cuando necesite.

Cuando los guardaespaldas se acercan, se retira. Tapo la etiqueta del agua con mi mano y pido descansar. Astrid quiere acompañarme a la suite, pero no la dejo. A solas, me encierro en el baño. Efectivamente, hay un mensaje escrito ahí.

Salida de emergencia, después de la pasarela. ¿Qué ha pasado contigo? No has intentado nada, necesitamos hablar.

Rich. Es su letra.

Mi pulso se acelera. No debería. No ahora. Es muy arriesgado. Sin embargo, no puedo desaprovechar esta oportunidad. El riesgo lo vale. Tengo que buscar la forma de verlo.

Bebo el agua. Me ocupo de no dejar la etiqueta y, después de una ducha, salgo hacia la habitación. Cada rincón es un lujo. El lugar tiene un gran ventanal que muestra una hermosa vista de la ciudad. Desearía tener un tiempo para mí, pasear por las calles, pero no creo que sea conveniente ahora.

Mañana es la London Fashion Week y no sé cómo me recibirá la gente. Paso toda la noche pensando en lo que haré. Al abrir mis ojos, es un nuevo día. Astrid me sonríe de forma extraña. Está parada al pie de mi cama, cuando dije que no quería que nadie me molestara.

—Buenos días, Alaska.

Enarco una ceja cuando prende algo de música, luego me acerca una bandeja con comida.

—Huevos revueltos sin aceite. Pan de masa madre. Aguacate. Tomates con finas hierbas. También hay té. Estamos en Londres, sé que es su favorito.

Su sonrisa es extrema, demasiado extraña. Unos gritos azotan por fuera y cierra las cortinas.

—Creo que es mejor un poco de privacidad.

Se sienta, pero cuando su mano empieza a temblar, mis sospechas se agudizan. Algo está pasando. Freno la música y compruebo que los gritos son arengas que vienen de fuera.

Me acerco hacia la ventana, sin abrir mucho la cortina. La prensa ronda toda la cuadra y, junto a ellos, gente se reúne para gritar mi nombre, como si fuera una cualquiera. Tienen pancartas con mensajes de odio. Me acusan de asesina por lo que sucedió en Nueva York. Astrid intentaba ocultármelo.

—Lo siento, quise evitar el fastidio.

—No pasa nada.

—Por su seguridad, es mejor llevarla al evento minutos antes de que le toque modelar. Ya tengo todos los accesos.

—Gracias.

No digo más para no generar tensión. Estoy acostumbrada a lidiar con todo tipo de comentarios, pero he de aceptar que este regreso empieza a preocuparme.

La jornada de trabajo se extiende un par de horas más en la habitación.

Cuando llega el momento de partir, algo se aprieta en la boca de mi estómago.

Salimos por la puerta trasera del hotel.

Astrid no deja de repetirme el discurso que debo pronunciar mientras el auto blindado me lleva hasta el lugar de la pasarela.

Es un evento privado, no está abierto al público en general. Aun así, no dejo de estar alerta.

—Usted es maravillosa, nunca lo dude. —Suelto las manos de Astrid cuando los agentes de seguridad me hacen entrar al backstage.

El caos se forma en los camerinos cuando me ven. Las modelos, junto a sus maquillistas, solo murmuran. Un grito agudo me obliga a detenerme otra vez.

—¡Alaska!

¿Pink? ¿Es Pink?

Abro la boca al verlo correr hacia mí. Lo último que supe era que había desaparecido en el tiroteo. Le devuelvo el abrazo con fuerza.

—Cielos, estás bien.

—¿Tú estás bien?

—Sí, aunque salí huyendo por todo lo que pasó. Después de lo de Level Gold, nos hicieron una oferta para trabajar aquí en Londres. A todos nos reubicaron en diferentes empresas de moda. No puedo creer que esté viéndote otra vez…

—Ha sido muy difícil.

—Lo sé, fue muy injusta toda esta ola de odio que te cayó. No eres culpable de nada, cariño. Y este es tu momento para cerrarles la boca. Ha sido una bomba el anuncio de tu participación.

Finjo que todo está bien, aunque en el fondo algo se retuerza en mis adentros. El backstage está impregnado de gente que nos mira. Los susurros siguen alzándose cuando nos ven.

—Ven.

Tomo la mano de Pink sin mirar a nadie. La pasarela iniciará en media hora. Camino hacia un camerino que acondicionaron para mí y, cuando me empiezan a alistar, es inevitable no pensar en lo que enfrentaré.

—Tranquila, reina, todo saldrá bien.

Asiento.

Las manos me empiezan a sudar. Pido un tiempo para respirar antes de seguir con el vestuario. Cuando estoy lista, me desnudan para ponerme un bikini de diamantes con unas alas negras llenas de tocado.

—Maravillosa…

Pink sigue con el maquillaje. Es poco el tiempo que tenemos, así que otros lo ayudan.

—Alaska, diez minutos para salir —me avisan.

Mi cuerpo se endurece.

—Cinco.

Respiro profundo, sintiendo que mi cabeza vibra.

—¡Un minuto!

Camino junto a un grupo de personas. Lo que sucedió en Nueva York aún está fresco en mi mente. El momento llega. Las luces destellan al posarme en el centro de la gran pasarela.

«Damas y caballeros, Alaska Wells».

La cabeza se me nubla. La falta de aire me obliga a respirar hondo. El silencio azota en la sala. Tengo todos los ojos fijos en mí ahora.

Mi primer paso es firme. El segundo… no.

Las miradas me atraviesan. El lugar está repleto de gente. Esta vez los aplausos no son desbordantes, sino con ruido. Hay juicio, burla y conmoción cuando me ven aparecer.

«Sigue. Tú puedes», me digo.

La garganta se me cierra cuando empiezo a avanzar. Debo llegar hasta el foco de la cámara, sonreír y luego girar, pero algo falla. Mis inhalaciones cortas se quedan ahí. La presión en mi pecho duele. El aire no entra. Pronto, el ritmo de mi corazón se empieza a acelerar.

No, otra vez no. Un ataque de pánico me atraviesa.

Me detengo, completamente rígida. Los murmullos incesantes no hacen más que agravar la situación. Intento luchar contra esto, volver a caminar, pero si pierdo la última seña de control que me queda, voy a gritar.

Retrocedo un paso, apenas perceptible.

Tengo que huir, irme de aquí.

Ahora.

Ya.

Entonces lo veo. Es él. Siniestro.

Lleva un traje negro y un vaso de bourbon entre los dedos. Me observa desde una cabina privada. Sus ojos azules se cruzan con los míos. En su mirada no hay sorpresa, tampoco duda. Solo control. Porque sabe exactamente qué hacer.

Algo dentro de mí se rompe. Y al mismo tiempo… se ordena.

El aire entra, irregular al principio, luego más profundo. El ruido desaparece, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Y vuelvo a caminar.

Avanzo lento por la pasarela, sin importar la risa de los demás. Un aire ligero acaricia mi piel. Se siente tan bien… Extiendo unas telas con diamantes, como una mariposa. El atuendo brilla, humo se esparce por todo el lugar y los aplausos regresan en una oleada que va in crescendo.

Sonrío, sin pena ni culpa. Los flashes impactan en mi rostro, el meneo de mis caderas vuelve a la normalidad.

Cuando todo acaba, un grupo de personas me recibe en el backstage. Todos me hablan, pero la mente se me nubla.

—¡Devoraste, cariño!

Pink me abraza.

—¡Los mataste! ¿Pero viste cómo te miró ese hombre?

—¿Quién?

—El de la cabina privada. Tu admirador secreto, lo reconocí. Grité cuando se paró de su asiento. No se ha perdido ninguna de tus pasarelas, esta no fue la excepción.

—¿Cómo?

—¡Te lo dije tantas veces! Un hombre extraño te veía de lejos. Nunca me pusiste atención…

Me quedo inmóvil.

—No puede ser.

—Te lo juro. Pensé que era un acosador elegante.

Niego con la cabeza, confundida. ¿Siniestro fue a todas mis pasarelas? ¿Por qué?

Ítalo y Astrid nos interrumpen. Me pierdo, asintiendo a todo lo que dicen. Pero no puedo pensar cuando veo una botella de agua llena de garabatos otra vez.

Lo olvidé. Me excuso para irme al camerino. Cuando por fin estoy sola, el mensaje de Rich es evidente:

Puerta de emergencia. Sal ya.

Tengo menos de cinco minutos hasta que noten mi ausencia. Todavía con la bata de modelaje puesta, fuerzo la puerta trasera para poder salir. Me desvío hacia la salida de emergencia. Doy un paso fuera y… los flashes impactan en mi rostro.

—¡Alaska Wells!

La prensa se abalanza sobre mí.

No puedo retroceder, tampoco avanzar. Estoy atrapada.

—¡Alaska!

Rich. ¿Dónde está Rich?

Una masa de reporteros me presiona. Estoy sola, no hay nadie a mi alrededor que me pueda ayudar.

—Para el diario Today… ¡Alaska! ¿Está bien? ¿No fue secuestrada?

—Estoy bien, como puedes ver.

—¿Entonces por qué desapareció? ¿Qué tiene que decir sobre su infidelidad?

¿Infidelidad? La cara me pica.

—¿Es cierto que está casada con un magnate, dueño de las farmacéuticas más importantes de Europa? ¿Ese hombre es su marido?

Estoy a punto de negarlo, pero el murmullo cambia. Un hombre deja caer su cámara, otro baja el micrófono, los fotógrafos giran. Y el aire desaparece de mis pulmones otra vez.

—Sí, es mía.

Traje negro. Ojos azules. Seis hombres detrás.

Markos aparece entre la multitud.

—Ella es mi esposa. La hembra a la que me cojo con gusto y todas las noches. Alaska Van Loren. Mi mujer.

Sus ojos se tornan fríos, fijos en mí. La prensa se queda anonadada cuando lo ve. Su porte, su altura y su oscuridad hacen que muchas bocas se abran. Estira su brazo y me arrastra contra él, como si reclamara algo que le pertenece.

Me besa. El alcohol quema en su aliento, su lengua impone un ritmo que no puedo controlar. Aprieta mi cintura.

Cuando se separa, sisea para mí.

—¿Esperabas a alguien más, Alaska?