14
ANZUELO
Alaska
El frío que hace en la isla al anochecer me obliga a arroparme. Odio llorar, me explota la cabeza cuando lo hago. Lo peor es la sensación de sentirte expuesta, como si todo lo que me costó reconstruir se viniera abajo en un segundo.
Salgo del jardín sin decir más palabra. No veo a nadie en lo que resta de noche.
Al día siguiente, trabajo con Astrid. Se mantiene firme, tratando de disimular su sueño por los medicamentos.
Revisamos mi regreso a las pasarelas, la London Fashion Week, mis entrevistas con la prensa.
Asiento cuando habla, aunque apenas la escucho.
Paso toda la mañana ocupada. Al llegar a la habitación, caigo en la cuenta de que Markos no ha aparecido.
No me importa, es mejor así. Estar sola en la casa me devuelve algo de calma. Aunque ya no sea absoluta, no desde que Kyria sabe lo del embarazo.
Confío en ella. Pero si él la presiona, hablará. Y eso me pone tensa.
—Mi señora, su almuerzo.
Kyria entra con una bandeja de comida.
—No tengo hambre.
—Por favor. No ha comido nada desde anoche.
Le hace señas a su ayudante, una muchacha que no habla, solo obedece. Pone la bandeja junto a la cama. Por su lenguaje de señas, entiendo que tiene la lengua cortada. No me sorprende.
—Puedes irte —le indica.
—En serio, no deseo comer.
—La sopa está buena, pruébela.
Como poco y sin ganas.
—Gracias.
—El señor no ha regresado —dice—. Pidió un plato especial, pero no vino. Tampoco sabemos de Sky.
Me mira de reojo mientras recoge la vajilla. Quiere hablar y está buscando razones para verme, por eso me trajo la comida ella misma.
«¿Qué hizo con el bebé, señora? ¿Dónde está?», fue la pregunta que repitió y que no supe responder.
—El señor tarde o temprano lo va a descubrir. —Alza la bandeja—. Piénselo, señora. Es mejor que se entere por usted.
Contengo el vacío mientras se va. Es la duda que me ha carcomido por meses. ¿Y si él lo llegara a saber? ¿Y si siempre lo supo y solo jugó conmigo?
Niego con la cabeza. Bloqueo las preguntas por salvaguardar mi paz mental.
Decido trabajar en mi habitación lo que resta de la tarde. Grabo algunos vídeos que Astrid pidió para redes sociales. Practico una caminata en tacones y saco algunas fotos. Cuando llega la noche, me doy una ducha antes de dormir.
El cansancio pesa en mis párpados, pero no logro conciliar el sueño otra vez. Me giro en la cama. Una ventisca golpea las lunas de la habitación y el aire me pesa de repente.
Abro los ojos y me doy cuenta de que una silueta me observa.
Es él.
El pecho me arde. El reloj marca las 3:40 a.m. Todo cansancio se me va cuando se acerca.
—¿Desde cuándo estás aquí? —Me siento, pero no responde.
Se acerca y el olor de su colonia me embriaga por completo. Sus ojos parecen emanar un fuego que arde más de lo común.
Quita la colcha con la que me arropo para descubrir mis piernas.
—¿El señor no consiguió placer con otras?
Sigue sin hablarme. Se controla. Me mira como si quisiera asfixiarme. Su odio empieza a calar en mi sistema. Algo vibra dentro de mí cuando empieza a quitarse la ropa.
Sus músculos de acero brillan. Todavía tiene el tatuaje de dragón en el pecho, que parece encenderse con la luz de la luna. Mi boca se seca al mirar en otra dirección. Tiene las venas marcadas en la parte baja del abdomen, tal vez por todo lo que carga.
Entreabro los labios, dispuesta a hablar. Pero intentar huir sería un suicidio. Algo que él no dejará pasar y que yo… tampoco quiero hacer.
Cuando termina de desnudarse, me quedo muda. Su erección parece un fierro gigante que crece al acercarse a mí.
Atrapa mis piernas en sus caderas. Se da cuenta de que no llevo ropa interior. Me besa con tanta hambre que produce en mi cuerpo una explosión. Trato de tocarlo, pero no me deja. Ata mis muñecas con su correa, las engancha en la cabecera de mi cama y, sin decir más, se entierra en mí.
Duele. Abro la boca cuando lo recibo.
Sujeto la correa para evitar que el balanceo me haga caer. Me penetra con tanta violencia que siento mi sexo estallar. Si no estuviera húmeda, sangraría por lo rápido que va.
—Espera.
Imploro y más duro me da. Mis pies saltan en el aire. Empuja toda esa masa musculosa sobre mí y en ningún momento me quita la vista de encima.
Algo está mal. Sus ojos me muestran otra intensidad, pero no puedo hacer más que gritar. Se complace a sí mismo. No hay palabras sucias ahora. Me folla duro, con embates inhumanos que apenas puedo resistir.
Mis paredes se contraen con una oleada que amenaza con hacerme vibrar.
El jadeo que sueltan sus labios me hace ver las estrellas.
No espera, tampoco quiere mi placer. Es como si hubiera una desconexión entre él y yo.
Empuja y con un fuerte gruñido saca su miembro de mí, vertiéndose de semen la mano.
Me deja incompleta, frustrada, con las piernas abiertas y una punzada dolorosa por la falta de liberación.
—Markos…
Ni siquiera recupero el ritmo de mi respiración y ya se pone el pantalón. Desata mis muñecas y se va, sin decir nada más. Está extraño, como si no fuera él mismo. Me llevo una mano al rostro y, cuando recupero el aliento, entro en el baño otra vez.
Jamás me había dejado insatisfecha, tampoco se había corrido fuera. Intento saciar mi hambre. Me llevo dos dedos a mi sexo, imaginándolo sobre mí. Logro detener el ardor, pero nada se compara con lo que le pasa a mi cuerpo cuando él me folla.
No puedo dormir. Paso lo que resta de madrugada pensando en lo sucedido. Su silencio, su mirada. La forma en que evitó terminar dentro de mí. Nada tiene sentido.
Cuando amanece, bajo a desayunar. Astrid me espera al pie de la escalera, alisando su falda con las manos.
—Buenos días, señora.
—Buenos días. —Camino por la gran sala hasta el recibidor, sin verlo otra vez.
—El señor Van Loren no está, pero ordenó que la lleváramos a Londres cuando usted lo decida. Le daremos las llaves de la suite donde se quedará apenas pisemos la ciudad.
—¿A qué hora llega él?
—No podrá asistir por compromisos, pero iré yo en su lugar.
Se me forma un nudo en la garganta. ¿Qué está planeando ahora?
No puedo dejar de pensar.
Siniestro
Mi puño golpea la mandíbula de uno de mis hombres. El impacto le rompe la nariz, su sangre salpica el suelo. Cae, perdiendo la pelea. Ningún escolta es rival para mí. Miro alrededor y nadie quiere seguir cuando los miro.
Ineptos. Ni siquiera sé para qué los entreno, si siempre les voy a ganar.
Me desquito con el saco de boxeo. Necesito herir. La pelea es lo único que aplaca mi violencia. Desde niño, mato por sed. Crecí en la cuna de una organización de la mafia. He peleado en innumerables pandillas para sobrevivir. Mi fuerza es incontrolable, la única forma de mermarla es con sangre.
El cuero se hunde bajo mi puño al dar el primer golpe. No paro hasta que mis nudillos se abren. Aun así, no siento nada.
«Prueba de embarazo: Positiva».
La frase se instala en mi cabeza. Anoche la follé porque le tenía ganas. Mi polla estaba tan cargada que necesitaba venirse, mirarla fue un jodido veneno.
Quería encararla, pero nada es claro aún. No puedo enfrentarla sin pruebas.
—Señor, tenemos nueva información.
Sky se apresura. Los escoltas que quedan alrededor se largan. Cuando estamos a solas, abre una pantalla y un vídeo empieza a reproducirse.
Capta imágenes de un hombre aparcando un auto en una clínica privada en Suiza. Camina por los pasillos, recibe documentos y luego habla con médicos.
—Es uno de los hombres de Smirnov. Encontraron su cadáver en un río hace unos meses. Al parecer, pagó por información. Estuvo siguiendo esta pista antes que nosotros.
No aparto la vista.
—Está claro que fue una treta. Smirnov lleva años buscándole debilidades. Todo ha sido conveniente: la información que soltó Vasily Goncharov, una prueba positiva, el médico muerto… Quiere enemistarlo con su esposa.
Saboreo el amargo en mi garganta. Efectivamente, es el tipo de anzuelo que un miserable como él usaría. Sin embargo, algo sigue sin encajar.
Las trampas buenas parecen creíbles, las excelentes llegan demasiado tarde.
Smirnov estuvo detrás de Alaska desde que se fue de Europa. Intentó atacarla de diversas formas, pero nunca usó esta información a su favor. ¿Por qué?
—El enemigo pudo haber sembrado trampas, señor.
—O haber seguido esta pista sin llegar a una conclusión.
No cierro el archivo. Tampoco lo creo. Todavía no. Es una información dudosa como para tomar alguna acción. Aun así, no dejaré caer la pista. Seguiré investigando.
—¿Qué saben de nuevo?
—No pudimos recuperar los vídeos de las cámaras de seguridad de la clínica, pero trabajamos en rastrear todo lo de la redonda. Hay… otra cosa que le quiero enseñar.
Reproducen otro vídeo.
—Su esposa visitó orfanatos para una campaña social, se la vio de la mano de muchos niños a los que frecuentaba.
«El enorme corazón de la modelo internacional con los huérfanos».
«Te mostramos el día a día con Alaska Wells, la reina de las sombras».
«La reina de las sombras».
Mi dedo se desplaza por la imagen que desmerece su belleza. Tras ella, hay una sombra que llama mi atención. Sky ya sabe quién es. Amplía la imagen sin necesidad de que se lo pida.
Rich. Mi mandíbula se tensa otra vez.
—¿Dónde está Alaska?
—De camino a Londres. Todo está lleno de espías, tal y como usted ordenó.
Una gota de sudor baja por mi rostro. Está justo donde quiero, es el anzuelo que las ratas no podrán resistir por mucho tiempo.
—Rich caerá. Estará desesperado por verla —Sky agrega—. A estas alturas, su asistente ya debe haberle comunicado que solo tendrá dos guardaespaldas, para que no sospeche.
—¿Lleva los rastreadores?
—Sí.
—¿Y mi pequeño encargo?
—También.
—No quiero errores —advierto.