Salvaje (Destrucción nº 2) 13
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AL DESCUBIERTO

Alaska

La garganta se me cierra y durante un segundo mi pecho parece quedarse sin aire. Ni siquiera me molesto en ocultarme cuando me observan. Los hombres permanecen quietos, el color desaparece de sus rostros al comprender que escuché su conversación.

Mis piernas tiemblan.

—Señora Van Loren, ¿está bien? —Uno de ellos corre hacia mí para sujetarme.

—Sí, solo me paré rápido.

—Voy a llamar al médico.

—No, quiero estar sola.

Camino hacia la puerta, pero el otro escolta bloquea mi paso.

—Señora, yo… —dice tratando de explicarse.

—No le diré nada a Markos, si es lo que te preocupa.

Me aparto de él, fingiendo que no pasa nada. Pero cuando estoy a solas, mi cuerpo amenaza con flaquear de nuevo. Camino rápido hasta esconderme en uno de los arbustos. Cuando llego a uno de los árboles, mis piernas se doblan.

Marcela tuvo un hijo.

¿Será suyo?

¿Markos alejó a ese bebé de su madre por venganza?

Niego con la cabeza. Un espasmo se apodera de mi cuerpo. Mi mente trae al presente cosas que elegí olvidar. Hundo mis dedos en la tierra.

—No me importa —me digo a mí misma—. Él puede hacer lo que quiera con su vida. Si estoy aquí es por una única razón.

Pero la calma no llega. Por el contrario, todo se agrava.

El aire deja de entrar con normalidad en mis pulmones. Mi pecho se comprime y cada respiración cuesta más que la anterior.

Cierro los ojos, apretando el puño. Mis manos sudan y sé que está pasando de nuevo.

El agobio empieza a consumirme de pies a cabeza y lo único que hago es sujetar mi pequeña esclava de oro. El metal frío toca mi piel, la acerco a mis labios para besarla.

«No llores, Alaska».

Nada funciona.

Mis dedos bajan hacia mi vientre.

Y me rompo.

Es más fuerte que yo, que mi rabia. Todo lo que guardé empieza a salir con fuerza. Mi rostro se empapa, sin que pueda frenar los espasmos de mi boca.

—¡Mi señora!

Kyria grita cuando me ve.

Intento alejarla, pero es inútil. En cuanto me abraza, algo en mí explota. Dejo de luchar. Me rompo en mil pedazos.

—Aquí estoy.

Es una mujer muy noble, lo único rescatable de este lugar. Acaricia mi espalda y ya no evito la sensación que empieza a arder en mi pecho. Lloro, sin ser consciente del tiempo que pasa. Su abrazo reconforta una parte olvidada de mí. Una que pesaba fuerte.

El dolor en mi cabeza es intenso cuando me incorporo. Llevo las manos a mi rostro para limpiarme las lágrimas y giro la cabeza para ver si no hay nadie alrededor.

—Tranquila. El señor salió con sus hombres, quizá no regrese hasta mañana. —Palmea mi hombro—. ¿Se siente mejor?

—Sí. Gracias, Kyria. Mejor vete, deben estar buscándote.

—No sin usted.

Hago una pausa.

—Uno de los guardaespaldas regresó a la mansión preguntando por la señora, por eso salí a buscarla. Sin querer escuché lo que pasó.

Silencio.

—Sé que no soy nadie para opinar, pero aún ignora muchas cosas. La señorita Marcela llegó como prisionera a este lugar. El señor ni siquiera la miró cuando la trajo. Durmió en las carceletas, pasó días ahí hasta que la convirtió en una sirvienta. Nunca la tocó.

—¿Markos te pagó para que vinieras a decírmelo?

—Sería incapaz, señora. —Baja la cara—. Yo solo quería... que usted esté bien.

Asiente apenada, a tal punto de llorar. Me acerco a ella. No quiero lastimarla. Es una mujer de buen corazón.

—Lo siento. No me hables de él, por favor.

Las lágrimas todavía brotan por mi rostro.

—No está así por la señorita Marcela, ¿cierto? Es algo más.

Su mirada baja hasta mi muñeca al ver que presiono mi esclava, casi como un instinto. Se queda quieta.

—Es una esclava de bebé. —La sujeta—. Tiene iniciales grabadas.

La sonrisa se le borra.

—Señora... usted...

No completa la oración. Se lleva las manos a la boca.

Siniestro

Minsk, Bielorrusia

El ruido de las balas es placer para mis oídos. Un edificio arde a las afueras de la ciudad. Los sistemas de comunicación fueron bloqueados hace veinte minutos. Cuatro calles permanecen cerradas por mi gente y ahora toda la manzana me pertenece.

Pero el hombre que vine a buscar todavía se hace de rogar.

—Señor... Vasily Goncharov no aparece.

Aprieto la mandíbula.

—Revisen todo. Lo quiero vivo.

Más de cincuenta hombres están desplegados en las cercanías. Aun así, ese hijo de puta sigue escondido.

Disparos.

Su seguridad intenta abrirse paso entre las sombras.

—Señor, tienen tecnología capaz de competir con la nuestra. Intentan entrar en nuestros sistemas, corremos riesgo de hackeo.

Me cansé.

—Exploten.

Apenas la orden sale de mi boca, fuego se vislumbra en el cielo. El edificio se sacude. Vidrios, concreto y cuerpos salen despedidos por los aires en medio de gritos.

Tomo mi arma y avanzo.

—S-Siniestro...

Algunos de los sobrevivientes me reconocen.

Siempre es lo mismo. Primero el miedo, después la desesperación.

Cometen el mismo error mediocre una y otra vez: intentar matarme.

Esquivo cada mísera bala que me lanzan y luego me encargo de los que se quedan en pie.

Tomo al líder para romperle el brazo. Al segundo, le quiebro la tráquea con una mano.

Un tercero corre con un cuchillo, pero no necesito verlo para dispararle en la frente.

—¡Biehčy! —gritan.

Los últimos valientes aparecen por los techos. De una barrida los elimino.

Mi gente se encarga de los cadáveres mientras avanzo. Los que aún respiran huyen, dejando solo a un crío.

—¿No sabes quién soy? —Con manos temblorosas, me apunta.

Se mea en los pantalones. Lo atraigo hacia mí.

—El hijo de Vasily.

—No me mate, por favor.

Se arrodilla, llorando como una princesa. Debe tener unos dieciocho años. Se crio en las piernas de su padre, quien en el pasado tuvo negocios conmigo. Sus debilidades son mi mayor distracción.

—Tu padre no te quiere —hablo en su idioma—, porque solo un miserable deja a su hijo morir.

Escupe en mis pies, creyéndose digno.

—¡No blasfemes! Alá es mi padre también.

Había olvidado su fanatismo religioso. La madre era musulmana. Lleva toda su vida siendo controlado por el miedo.

—Rézale a tu verdadero Dios. —Levanto su mentón—. El que tienes frente a ti.

—¡Hijo de puta!

—¿Dónde está tu padre?

Calla.

—Bien.

Grita cuando le disparo en uno de los dedos.

—Alá es grande, Alá es grande —repite.

—Sé que está aquí, mirándonos. Así que, por tu bien, habla.

Su silencio me hace soltar una risa. Señalo a uno de mis hombres y ríe mientras camina.

—¿Hace cuánto no follas?

Se baja el pantalón y luego le mete la verga en su boca. Las risas estallan. Para su religión es un sacrilegio. Estará manchado después de esto, nadie se lo perdonará. Le dan duro mientras el muchacho solo llora.

—¿Te damos por el culo? ¿Qué te parece? Te va a saber bien.

Para que no se mueva, mi hombre lo empieza a clavar con una daga. La hoja del cuchillo impacta en su carne. Una, otra… y otra vez, hasta verlo agonizar. En menos de un segundo, un movimiento se escucha alrededor.

Sonrío.

—¡Suelta a mi hijo! —Vasily me apunta con un arma.

—Claro.

Le disparo en la cabeza. El cadáver del muchacho cae con sangre y semen.

—¡Hijo!

Las piernas de Vasily se doblan, dando un grito de dolor. Lo abraza, permitiéndose llorar.

—Nadie que apoye a mi enemigo quedará vivo. Yo no perdono una traición. Díselo al Vyshe y a los tuyos. Serán los siguientes.

Mis hombres se acercan para tomarlo de los brazos.

—¡Bastardo! ¡Mátame ya!

—Todavía quiero divertirme.

—Señor.

Mis hombres traen a su mujer.

—No, por favor. Haré lo que quieras —suplica.

—Rézame.

—Por favor…

—Oh, gran Siniestro, rey de todos los cielos oscuros…

Lo repite hasta que dejo mi arma en su boca.

—Mataste a mi hijo —solloza.

—¿Y? Tienes noventa y nueve más. Da igual. Ahora sabes de lo que soy capaz. —Lo tomo del cuello—. ¿Dónde está Smirnov?

Se mantiene en silencio y disparo a la cabeza de su mujer. Un grito desgarra su garganta otra vez. Lo apunto en la frente.

—Maldigo tu descendencia. Pagarás con la misma moneda lo que hiciste. Un día, los hijos que me quedan matarán a los tuyos. No dejaré vivo a ninguno, ni al que parió tu mujer.

Mi sonrisa se borra.

—¿No lo sabías? —ríe—. Ella estaba preñada cuando la dejaste ir. Juro que vas a sufrir lo mismo que yo. Otros la encontrarán… y terminará en manos de Smirnov…

Disparo. Ya no soporto su voz.

El silencio cae de golpe en el edificio. Sus palabras quedan suspendidas en el aire. No me muevo. Bufo por lo bajo.

—Infeliz.

Camino entre cadáveres. No sabe nada. Él no puede saber nada. Aun así, la palabra no desaparece de mi mente. Sky me espera junto al auto.

—Llama al espía.

—Aún no termina su investigación, señor.

—Hazlo —exijo.

El motor ruge fuerte cuando avanzo. Aprieto el acelerador hasta que mis dedos duelen.

Conozco a un mentiroso cuando empieza a hablar, pero también sé de lo que podría ser capaz Smirnov.

Lleva años intentando meterse en mi cabeza.

Vasily era su cómplice. Si quisiera distraerme, haría exactamente esta farsa.

Es imposible. Controlo el cuidado sexual a detalle. Cada mujer con la que he estado es inyectada. Solo me vine dentro de una.

Lo sabría. Alaska no podría ocultarme algo así. Me lo habría dicho.

Un hijo sería un error que les daría a mis enemigos una ventaja para ir contra mí. Me juré a mí mismo no darle al mundo armas con las que atacarme. No puede suceder ahora.

—El espía está en línea, señor.

Mis fosas nasales se ensanchan.

—¿Mi mujer estuvo embarazada?

Voy al grano. Se toma una pausa.

—Todavía no tenemos nada confirmado al cien por ciento. Estoy…

—¡Habla!

Su respiración irregular inunda el teléfono.

—Podrían existir… indicios. Pero no es seguro. Encontramos registros eliminados.

—¿De qué?

—Clínicas. Consultas médicas. No sabemos si son auténticos. Todo aún es incierto y extraño. Nada cuadra. Enviaré la información que tengo hasta ahora.

El iPad se enciende con una notificación. Lo primero que ven mis ojos es un informe:

Paciente: Alaska Wells.

Prueba de embarazo: «Positivo».