Salvaje (Destrucción nº 2) 12
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SIN RASTRO

Alaska

Los ojos son el espejo del alma. Lo que veo ahora solo me da pena.

El odio de Marcela me asfixia. Ya no queda nada de la chica sumisa que conocí en aquel terreno baldío de Londres. Ahora escupe mi nombre mientras se la llevan, como si yo fuera la causa de todos sus problemas.

Respiro fuerte. Astrid sigue en el suelo e intento ayudarla.

—¡Por favor, un médico! —insisto.

A Markos no le importa. Se va, pero yo no puedo dejarla.

—Resiste, pronto llegará la ayuda.

Apenas respira.

La trasladan al centro médico de la mansión para revisarla y el trayecto se hace eterno. Cuando por fin la atienden, me dejan fuera.

Mis piernas se desploman en la silla y todo el peso de lo sucedido me cae encima. Marcela trató de matarme. Si me hubiera comido esos dulces, yo estaría en su lugar ahora.

Llevo una de mis manos a mi pecho, las palabras siguen atoradas en mi garganta. Está celosa de mí, no encuentro otra explicación lógica para lo que hizo. Sigue amando a Markos y ahora me ve como una amenaza.

—Señora Van Loren.

El doctor Mayer aparece y me levanto.

—¿Cómo está Astrid?

—Viva. Por ahora es lo único que puedo garantizarle.

El alivio me afloja los hombros.

—¿Era veneno?

—Sí, le estamos realizando un lavado gástrico para quitarlo de su cuerpo. Si el perro no hubiera tirado su comida…

—Yo estaría en esa cama.

Las palabras de Marcela aún retumban en mi cabeza.

—No duerma en su habitación esta noche. No sabemos si puso algún tóxico en sus sábanas mientras salió de su cuarto.

Asiento.

—Es lamentable lo que le ha sucedido a esa muchacha. Manténgase lejos de ella. En su estado, puede ser peligrosa.

—¿En su… estado?

—La señorita Marcela tiene un trastorno psicológico severo. Pasó años sometida a situaciones extremas. Drogas, violencia, encierro… Su estabilidad mental está seriamente comprometida.

—Entonces no sabe lo que hace.

—No, sabe perfectamente lo que hace. Solo que no distingue cuándo debería detenerse. A veces puede ser pasiva y dócil, otras muy agresiva. Sus estados de ánimo cambian constantemente si no toma las pastillas que venimos suministrándole.

—¿Qué harán con ella? —inquiero.

—Aislarla.

—¿En un centro psiquiátrico?

—Un psiquiátrico solo agravaría las cosas, ya que no conocemos las drogas que hay en su cuerpo.

—Entonces…

—La mantendremos aquí. Las empresas Van Loren han estado desarrollando antídotos para contrarrestar el ataque de nuestros enemigos y probamos nuestros mejores medicamentos en ella. Se lo comento para que esté informada.

—Le agradezco la ayuda.

—Es un placer, señora Van Loren.

El reloj sigue su curso y pronto llevan a Astrid a una habitación. Ahora se recupera. Le dije que podía tomarse los días libres que quisiera, pero insiste en trabajar. Es difícil llevarle la contraria. El médico recomendó no agitarla, así que no insisto.

Cuando le inyectan un tranquilizante para que duerma, regreso a la mansión. El ambiente se siente tenso. Las mucamas todavía desinfectan el área y no puedo evitar pensar en Marcela.

Deben de estar torturándola. Pero no me interesa. Ya no me importa la vida de nadie. Lo único que quiero es cerrar el pasado, aunque para ello necesite respuestas.

—Mi señora, se ve muy cansada. Estoy segura de que ni ha comido. —Kyria aparece detrás de mí—. Hice pollo con verduras. Déjeme servirle.

Asiento.

Comer no es de mis cosas favoritas últimamente; sin embargo, no puedo seguir sin alimentarme. Me sirve la cena en el comedor y me siento extraña. La mesa es demasiado grande para una sola persona. Con cuatro bocados, ya estoy satisfecha.

—Gracias.

Estoy dispuesta a irme, pero una bulla que crece en el recibidor capta mi atención absoluta.

Hay desconocidos en la casa. Me acerco para observarlos.

No parecen ser los hombres que rondan este lugar, sino criminales de otra calaña.

¿Serán los espías de los que hablaba Leonardo Bristol en los documentos que le robé?

—Entraremos en Bielorrusia esta noche. El gobernador sigue en Minsk. Al parecer, vieron a Smirnov por la zona. ¿A quién mandaremos?

—A nadie —Markos determina—. Iré yo mismo.

Se queda a medio hablar cuando su mirada se encuentra con la mía. Es inútil negar que su presencia llama la atención en cualquier parte. Sus ojos azules queman. Sus hombres se miran, saludan y luego se van, dejándonos a solas.

—¿Qué haces fuera a esta hora?

—Rascándome el culo.

Sonrío sin ganas.

—Voy a tener que amaestrar esa boquita de nuevo. —Se acerca—. Mantente lejos de los problemas.

—¿Lo dices por Marcela? El amo debe de estar contento. Tiene a su ex amante loca y a su esposa en la misma casa. ¿Te quedarás con quien sobreviva o nos matarás a las dos? —ironizo.

Suelta una risa corta.

—Quizá te sorprendas.

—¿Qué es lo que buscas con esto? Retener a Marcela, la London Fashion Week, querer salvar mi imagen pública. Todo como un golpe rápido al mismo tiempo.

—Cumplo con mi palabra.

—Tú no tienes palabra. Lo único que haces es usarme para tu beneficio. Pero no seré parte de tus planes. Ya le dejé en claro a Astrid que iré a la London Fashion Week por mi cuenta. Sin tus contactos ni tus empresas.

—Necesitas dinero.

—Siempre me las he arreglado sola. Trabajo para mí. Lo suficiente como para vivir cómoda.

Tensa la mandíbula.

—No necesitas trabajar, Alaska. Eres mi esposa.

—Aliada para vencer enemigos en común —aclaro—. Que no se te olvide.

Empuja mi cuerpo contra la pared y hunde sus dedos en mi rostro.

—No pruebes mi paciencia. Mira por dónde pisas.

—Y tú lo que haces.

Su cercanía es peligrosa, demasiada potencia para mi autocontrol. El olor de su colonia entra por mis fosas nasales, jodiéndome la cabeza. La comisura de sus labios bordea la mía.

¿Cómo puedo estar tan enojada y, a la vez, ansiar que me bese?

—No voy a dejarte sola —murmura—. Aunque no quieras, aunque te joda, mis ojos nunca se apartarán de ti, Alaska.

—¿Por qué? ¿Me vas a decir que tienes buenas intenciones? ¿Que me orillaste a todo esto porque te importo? —Su respiración pesa—. Tú no quieres a nadie.

—¿Y si no fuese así, Alaska? ¿Y si sí me interesaras?

Me suelto, casi con violencia.

Lo hace a propósito. Esto. Incomodarme para jugar con mi reacción.

Se va sin decir más y el aire se escapa de mis pulmones. Cuando salgo de la mansión, una sensación extraña arde en mi garganta. Camino hacia los criaderos y solo abrazo a Furia. La paja donde duerme es mucho mejor que esta casa, así que me acuesto con él en cuanto empieza a lamerme.

El latido de su pequeño corazón me relaja. Me mira como si pudiera entenderme. Entonces me quedo en silencio. Quieta. Sin pensar en nada. Bloqueando incluso mi memoria.

Mis dedos se deslizan por su fino pelaje. Su calor me hace cerrar los ojos. Dormito un rato, pero me sobresalto cuando se mueve.

Hay pasos cerca y siempre está vigilante. Corre hacia las rejas a ver quién es. Si no les ladra, es porque conoce las voces que hablan.

Son dos escoltas.

—No podemos mantener a Marcela aquí, es un peligro latente. Deberíamos matarla.

—El amo tiene razones suficientes para dejarla viva.

Caminan cerca y no se dan cuenta de mi presencia.

—Smirnov la usó. Bristol y él la volvieron loca.

—Quizá necesite otra cosa —le responde el otro—. Vive reclamando a su hijo.

Mi mundo se detiene.

—¿Su hijo?

—Un niño de tres años. Dice que se lo quitaron.

—¿Quién? ¿El amo?

Mi sangre se congela cuando se acercan. Aquel hombre levanta la mirada y se paraliza al verme.