11 #2
Me da un archivo y todos los planes son precisos, perfectamente calculados. Es buena, más de lo que hubiera pensado. Me sonríe cuando levanto la cara, entonces un ruido me desconcentra.
Es… ¿un ladrido?
Le devuelvo los documentos y camino hacia los jardines traseros. Un perro parece haberse escapado de su jaula.
—¡Furia!
El corazón se me desborda. Los criaderos no están tan lejos de aquí. El perro gruñón trituró un bozal y su correa para venir hasta mí.
Abro la reja que nos aparta. Corre y me tumba con su fuerza brutal. Me lame mientras mueve su cola cortada. Cuando me levanto, se queda en dos patas y es casi de mi altura.
—Hey, perro malo… ¿Me extrañaste? Yo sí. Qué hermoso estás. —Parece tener sangre en el hocico, aun así, no dejo de hablarle como si fuera un bebé—. No quiero saber qué te comiste o a quién mataste.
Vuelve a su pose seria. Astrid se acerca y le gruñe.
—Eh... señora.
—No, con ella no. —Lo sujeto—. Sentado.
Me obedece. Pero cuando Astrid tiembla, se pone nervioso.
—Los perros pueden oler tu miedo, tranquila.
—He visto cómo ese perro se comió extremidades de personas. No puedo estar tranquila.
—Pues me lo llevo.
—¿Cómo?
—No pienso dejar que lo sigan acostumbrando a estas cosas.
—Señora… es… un perro de guardia, un can criminal. No puede.
—Puedo. Ahora es mío.
Furia parece contento. Los hombres de Siniestro llegan con sus armas en alto.
—Señora, quédese quieta.
—No sean ridículos, es mi perro ahora. Necesito un bozal y una correa.
En minutos hacen lo que les digo. Furia se deja. Ya con el bozal y la correa puestos, lo llevo conmigo hasta la piscina, pero al ver una bola de ping pong se me suelta. Su fuerza vence el agarre de mi mano y ahora salta como una cabra loca.
Me saca una sonrisa ver a tremendo animal jugar con una simple bolita.
Es un grandote que lo único que necesita es cariño.
Jugamos un rato con la pelota. Se la lanzo y en segundos me la trae de vuelta.
Corremos por el pasto y me baña la cara con sus lamidas.
Astrid nos sigue, insiste en no dejar el trabajo fuera.
Está preocupada por mi regreso a las pasarelas y en parte tiene sentido.
—Puedo empezar a leer lo que tengo.
Furia vuelve a gruñirle cuando la ve acercarse, entonces le pongo la correa.
—Más tarde volveremos a jugar, amigo.
Me llora y le doy un beso en su frente.
—Continúa.
Mi asistente sigue con las propuestas. Tiene buenas ideas, también da soluciones antes de que se lo pida. Con la voz temblorosa por la presencia de Furia, me explica lo de la London Fashion Week como puede.
Me sigue pareciendo apresurado. Sin embargo, tiene razón. No podemos dilatar esto. Grabaré unos vídeos antes de aparecer en escena.
—Acepto la propuesta, siempre y cuando se cumpla uno de mis requisitos: que la agencia de representación no tenga relaciones con las empresas Van Loren.
—El alcance e influencias del amo son superiores a cualquiera.
—Es eso o nada.
Asiente.
—Como diga, mi señora.
—¿Señora?
—Es por respeto. —Agacha la cara y ya no le insisto.
Mientras me da más detalles, traen la comida. Se queda mirando los pastelillos.
—¿Te gustan los postres? Come algo, anda —la animo.
—No, es suyo.
—Voy a molestarme si me rechazas.
Se sonroja.
—Todo lo que hay en esta mansión es un lujo. Muchas gracias.
Muerde unos bocadillos y luego se va a traer unas fotografías que le pido. Mientras regresa, aprovecho para meterme en el agua. El sol todavía quema. Disfruto de la calidez de la piscina, pero el ladrido de Furia vuelve a sofocarme. Cuando me doy cuenta, tiró toda la comida.
—¡Furia, no! Ven aquí.
No se acerca. Mantiene su mirada fija en un punto y se pone nervioso.
Unas mucamas pasan corriendo por la zona. Al principio no le doy mucha importancia, pero los ruidos me obligan a voltear la cara.
Alguien grita, el perro vuelve a ladrar y se pone bravo cuando un escolta se acerca.
—¡Les prohíbo tocarlo!
Salgo de la piscina. Cuando por fin atrapo al perro, es inevitable no darme cuenta de lo que mira. Markos arrastra a Marcela.
—¡Por favor, amo!
Cierro los dedos en un puño.
«No te metas. No lo hagas, Alaska».
No debería importarme.
Reniego, sujetando al perro en un árbol. Me pongo ropa encima y, aún descalza, camino hacia la bulla. Los gritos de Marcela son desgarradores. Siniestro la empuja hacia el baño y deja la puerta abierta.
—¡No, mi señor! ¡No!
Mete su cabeza en el inodoro, ahogándola.
Se le remarcan las venas cuando aprieta su cráneo contra el agua. Va a matarla y mis pies solo tratan de alcanzarlos. Ella logra zafarse para respirar, luego vuelve a asfixiarla.
—Por favor, señora. —Sus escoltas me contienen.
«Te lo advertí, zorra».
«Vales mierda, eres una mierda».
«No mereces nada».
—¡Señora!
Dos de los hombres con tatuajes traen a Astrid de los brazos. Se desploma hacia el suelo con espuma en la boca.
—¡Llamen a un médico!
Cuando intento acercarme, me alejan. Solo Sky está autorizado a tocarme.
—No se acerque, mi señora. Podría ser peligroso. La envenenaron.
Se escucha un disparo y el cuerpo se me agarrota. Diez mucamas bajan con mis cosas… rotas. Los cuadros que estaban en mi habitación están agujereados, como si les hubieran dado cuchillazos. Mis joyas, destruidas.
Entonces entiendo todo. Fue Marcela.
—Encierren a esta zorra.
Markos la arrastra por el suelo. Apesta a orín. Vomita lo que tragó del inodoro y llora desconsolada. Levanta la cabeza y me mira.
—Tú eres la culpable de todo —grita—. Primero Leonardo, luego el amo. No mereces que él te ame.
«Que él te ame».
La frase retumba en mi cabeza.