Salvaje (Destrucción nº 2) 11
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SOMbrAS DEL PASADO

Siniestro

He tratado con todo tipo de seres inferiores: presidentes, mercenarios, reyes sin corona… y todos terminaron igual. Muertos. Arrodillados. En ruinas. Pero existe un solo infeliz que aún respira.

Viktor Smirnov.

Lo conozco desde que era un crío. Manchó mi sangre, atentó contra mi honor. Juré que iba a hacer de su vida un infierno hasta que muera.

El pasado pesa en mi mente. Con solo doce años, ya sabía a dónde apuntaba. Bajo el único cadáver que me importó en este mundo, después de cometer mi primer asesinato, tatué la ley que gobernaría el resto de mi vida: las traiciones nunca se perdonan. Y la venganza se cobra con creces.

Crecí forjando mi camino. Me rompieron huesos. Latigaron mi espalda. Intentaron enterrarme vivo más de una vez. Pero mientras yo me hacía más grande, Smirnov se acostumbró a vivir de mis sobras. Intentó manipular a los míos para que me traicionaran: Bristol, Marcela, Otto… y nunca logró destruirme.

Ahora vuelve con una nueva jugada.

—Se juró al nuevo círculo de la mafia —me informa uno de mis hombres—. Ya se saben sus nombres: el gobernador de Bielorrusia, el presidente de Ucrania y… el Vyshe. Se declararon en su contra.

La risa se atasca en mi garganta. Mi enemigo siempre ha necesitado a otros para ir en mi contra. Aunque esta vez supo apuntar alto.

—Son tres halos fuertes, señor. Vasily Goncharov, el gobernador de Bielorrusia, posee tierras estratégicas.

Intentamos llegar a un acuerdo con él, pero no quiere negociar.

El presidente ucraniano le aporta tecnología, sabemos que no querrá deshacer su alianza.

Pero el que más me preocupa es el Vyshe.

El Vyshe… Su nombre se atasca en mi cabeza.

Es el actual líder de Rusia, un impostor que gobierna tierras ajenas. Nadie conoce su rostro y tampoco ha sido mi problema, sino de Tormenta. Pero si se atrevió a meterse en mi camino, habrá consecuencias.

—Los joderemos a todos. Destruiremos los brazos que soportan a Smirnov. Uno por uno. Ya sabes qué hacer.

Asiente.

El trago no apaga el calor en mis puños. Dejo caer mi mano en la mesa. El anillo que llevo en el dedo suena, mueve el cristal de la botella. Nada consigue mermar el fastidio.

—¿Dónde está mi mujer?

—En la cocina.

—Llámala.

Sky se gira para dar la orden, pero se detiene cuando la puerta no llega a cerrarse. Un hombre entra. Se queda a medio paso al mirarme.

—Señor. —Agacha la cabeza—. Necesito hablar con usted.

Es el espía que puse a cargo de mis investigaciones.

—Ahora no.

—Es de suma urgencia —insiste—. Tengo información relevante de Rich.

El nombre basta para que frene. Mis hombres nos dejan a solas.

—Está en Europa, de vuelta. Y no para ver a su esposa e hijos, que aún siguen desaparecidos, sino para actuar contra usted. Creemos que tiene a un topo cerca.

Bufo.

—El cojo no tiene ni el poder ni el dinero para dañarme.

—Pero sí conoce el movimiento de su clan.

Ahora mismo se mueve con tres identidades.

Pasó por Londres, luego entró al espacio Schengen con otro perfil.

Evitó controles, y gracias a las cámaras ocultas de una tienda de armas, ahora sabemos cómo luce después de las cirugías que se hizo. Pero eso no es todo…

Me extiende un sobre. Las fotos caen sobre la mesa.

Es Alaska, con él. Más delgada. Más vulnerable.

Mi mano se cierra en un puño.

—Esta foto fue de hace nueve meses. Están en… Suiza.

Miro los datos.

Es imposible.

—Se suponía que, para esa fecha, su esposa debió haber estado en Nueva York, pero descubrimos que nunca llegó a América. En realidad, tomó otro avión hacia Zúrich. Mintieron para no levantar sospechas.

—¿Sospechas?

—Se internó en una clínica en Suiza. Aún no estoy seguro del motivo.

El golpe que doy en la mesa los paraliza.

—¡¿Por qué carajos nadie me informó?!

—Usted pasó tres meses fuera, señor. Dio la orden de que no lo molestaran —Sky habla—. Hicimos lo que pidió; rastreamos el vuelo privado hasta que pisó suelo americano. Pero nunca imaginamos que la señora no iba dentro de ese avión.

Vuelvo a leer los papeles. Hay una serie de documentos, imágenes borrosas y datos que no concuerdan.

—Quiero saber todo. Cada paso que dio en el tiempo que no la tuve en el radar. Arma este maldito rompecabezas. Sky te dará acceso total a lo que necesites. No quiero errores.

—Sí, mi señor.

—Fuera.

La puerta se cierra. El bourbon arde en mi lengua, baja lento por mi garganta hasta hacer prender mi tráquea.

«¿Qué carajos escondes, Alaska?».

Si la encaro, no me lo dirá. Solo la verdad podría acorralarla.

Mis dedos destruyen el puro. El humo nubla mi visión, pero no aplaca mi deseo por ella. Volver a montarla me ha provocado una obsesión que no cesa. Es mía, joda a quien le joda. Mi mujer, ahora más fuerte, siendo una sombra con agallas. No voy a soltarla, mucho menos compartirla.

Un ruido hace que suelte un disparo. El impacto sacude la puerta, pero no detiene a quien está esperándome. Marcela entra con una bandeja de comida. Se adentra con el traje de sirvienta, sin mirarme.

—No te pedí el desayuno.

—El señor no comió nada.

Airea su delantal más arriba de lo normal.

—Me comí a mi mujer hace horas. Estoy satisfecho.

—Lo vi y también se escuchó en toda la casa —dice, casi sin voz.

Me acerco hasta su metro cincuenta de altura.

—¿Te gustó?

—¿Cómo?

—¿Te excitó ver cómo otra ocupa el lugar que nunca pudiste tener?

Calla.

—Te ves ridícula queriendo excitarme, cuando ni siquiera me la paras.

—Sé que no soy digna de usted, señor.

—Por supuesto que no lo eres. —Levanto su rostro—. Una simple mierda como tú jamás estará a la altura de mi esposa.

—He hecho lo que usted ha querido. Incluso rebajarme a atender a la mujer que ahora llama esposa. Alaska también se equivocó. ¿Por qué a ella sí la perdona?

Sus ojos se cristalizan.

—¿Es porque la ama?

—Vete.

Se queda inmóvil.

—¡Que te largues!

Atrapo sus cabellos, orillándola hacia la puerta. Cuando por fin se va, algo incendia mi cabeza.

Alaska

Las vistas de este lugar siempre me han parecido increíbles.

Desde el balcón de mi habitación se puede ver el gran horizonte.

Un mar azul lejano, junto a los picos de las montañas que bordean el área y, aunque no sea una vista tan imponente como la de la cápsula, sigue siendo una sensación maravillosa.

El olor a mar y limón, los azulejos griegos, el color blanco que desborda por todas partes.

Disfruto del aroma a playa, el aire fresco me hace bien. Sin embargo, no desaparece el peso que me embarga.

Apenas llevo unas horas sin sexo y mi cuerpo ya protesta. Él abrió una puerta que creí cerrada. La brutalidad con la que me folló, esa sensación de placer y dolor… hicieron que perdiera la cabeza.

No me conviene. Es peligroso jugar con tanto fuego. Aunque tengamos intimidad, no debo olvidar que es mi enemigo y que estoy aquí para tomar ventaja.

—Mi señora —la voz de una mucama resuena tras mi espalda—, la piscina está lista.

Aprieto el kimono floreado que llevo encima. Me veo al espejo y el bikini griego que compraron para mí me encanta. Necesito distraerme. Son las cuatro de la tarde y aún hay sol. Pedí que acondicionaran todo antes de darme un baño.

Con unos lentes de sol encima, bajo hasta la piscina más alejada de la mansión para evitar contratiempos. Los hombres de Siniestro me siguen, creen que pasan desapercibidos y yo solo los ignoro.

Markos ha respetado su palabra. No soy una rehén, puedo hacer lo que se me antoje, incluso salir de este lugar, pero nunca me dejan sola.

—Buenas tardes, señora.

Una muchacha de tacones, falda gris y blusa formal me saluda. Sonríe en exceso, tal vez porque se ve nerviosa. Sus ojos parecen lagrimear al mirarla de frente. Tiembla cuando me acerco a ella.

—¿Estás bien?

—Me tocó… —Lleva una mano a su boca.

—¿Cómo?

—Astrid… —jadea—. Digo, soy Astrid, su nueva asistente. El señor Van Loren…

—Está bien, gracias.

Me sigue para todos lados con una sonrisa. Casi se cae cuando un tacón se le hunde en el pasto. Solo baja la cabeza.

—Por favor, mírame de frente y háblame de tú.

—No, no, es que... —Se sonroja—. Usted es la señora.

—Alaska. —Me quito los lentes.

—¡Ahh! —grita fuerte. ¿Está llorando?—. Perdóneme, es que… soy su fan. No tiene idea de cuántas horas me preparé mentalmente para esto. Colecciono todas sus revistas y fotografías, pero mi favorita es la que sale toda bañada en chocolate. ¡Tiene unas pasarelas impresionantes! ¡Oh, por Dios!

Solo le sonrío.

—Gracias.

—Estoy aquí para lo que necesite. Soy experta en relaciones públicas y he hecho pasantías en las empresas Van Loren.

Enarco una ceja.

—¿Sabes a lo que él se dedica?

Parece calmarse y asiente.

—Toda mi familia trabaja para el amo. Claro que sí.

La miro detenidamente. Las malas experiencias me hacen no creer en caras dulces ahora. Sin embargo, parece sincera.

—Bienvenida, Astrid. Como primer requisito, te exijo que no me llames señora, solo Alaska. Tampoco mires hacia abajo, veme de frente. Ah, y una cosa más… vístete como quieras, menos con tacones.

Asiente, secándose las lágrimas.

—Tengo una lista de preguntas que hacer para empezar a trabajar, pero antes me gustaría informarle que hemos cerrado su participación en la London Fashion Week de la próxima semana.

—¿Cómo?

—Estoy enterada de todo lo sucedido. Estúpida prensa y sus chismes baratos —reniega—.

La buena noticia es que nuestro equipo de PR ha logrado grandes cosas para limpiar su imagen.

La culpan de la masacre en Nueva York, pero nadie lo ha comprobado con pruebas.

Los informes policiales determinaron que fue un atentado, eximiéndola de toda responsabilidad.

—No creo que sea el mejor momento para presentarme públicamente.

—Si no lo hace, eso daría más de qué hablar. Para toda la gente usted está huyendo. Y quien huye, carga culpa.

Me quedo pensando. Tiene un punto a favor.

—Es necesario, mi señora —insiste—. El mensaje es: «Por mi paz mental, decidí alejarme de las pasarelas, hasta que terminaran todas las investigaciones. Como ven, no soy culpable, por eso estoy aquí». Tiene que decirlo.