Salvaje (Destrucción nº 2) 10
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CONTRA CARA

Alaska

El gemido que se escapa de mi garganta rompe el silencio. Marcela continúa observándome mientras Markos me folla. Me llena con toda su fuerza. Una y otra vez. El movimiento de sus caderas es criminal. Ni siquiera le importa que nos vean.

La conmoción empieza a quebrar su expresión, sus ojos se llenan de lágrimas y algo dentro de mí se estremece.

¿Está… dolida?

Se marcha dando un portazo. Quiero detenerlo, decir algo, pero la mente se me nubla.

—¡Joder!

Mi cuerpo salta sobre su miembro y el dolor en mis piernas no cesa. Anhelo cabalgar, pero no frena. Sus embestidas me llevan a niveles descomunales. No soy consciente del tiempo, tampoco de lo que hace. Gemidos se aprietan en mi garganta, ansiando salir.

Cierro mis ojos, sintiendo el placer que me dan sus huevos en el tope de mi entrada. Lo tengo dentro. Completo. Con contracciones que me desbordan.

Arrugo la cara al sentir mi límite. Empuja como una bestia. Y luego exploto. Fuerte. Mi garganta emite un grito que se va desvaneciendo. El ruido ronco que sale de su boca, junto a la humedad en mi sexo por su derrame, aturde mi cabeza.

Pronto, mis músculos se relajan. Recupero el aliento. Pero Marcela vuelve a mi memoria.

Ya no está. ¿Fue real? ¿Nos vio?

Acomodo la tela de la bata y me levanto. No hay palabras entre los dos, solo retazos de lo sucedido.

—Aléjala de mí —advierto—. No quiero a tu ex como sirvienta.

—¿Celos?

—Dignidad —remarco—. Los celos implicarían un sentimiento y aquí no hay amor. Es una palabra que tú no conoces.

Me giro y mi pecho pesa. Sigo mi camino, obligando a mi mente a callarse. No quiero pensar, tampoco sentir. Pero la sensación no se va. Por el contrario; se clava más en mi cabeza.

Al llegar a mi habitación, cierro la puerta con llave. Su olor sigue presente. Me meto a la ducha, queriendo arrancármelo de la piel. El agua corre por mis hombros, pero no basta. No sé si voy a soportar tenerlo cerca. Este lugar activa recuerdos que no quiero.

—¿Por qué nunca funcionó contigo, Rich?

Recuesto mi cabeza contra los azulejos. Mi mirada se pierde en el vacío, evitando padecer lo que me golpea.

«Estás aquí por algo, Alaska», me lo repito una y otra vez.

Debo hundir a mis enemigos. Uno por uno. Y Briana es la primera en mi lista.

Fue astuta al meterse con Smirnov. Durante meses traté de dar con su paradero. Invertí tiempo, dinero y recursos, pero no tuve éxito.

Siniestro es el único hombre que podría ponerla en jaque. Cuando la tenga a mis pies, habré saldado una de mis deudas. Y luego seguirán los demás en mi lista, porque no voy a parar hasta obtener lo que quiero. Es lo único que debe importarme.

El amanecer llega sin que haya podido dormir mucho. Will por fin contesta mi llamada. Está a salvo y recuperándose, por lo que me quedo más tranquila. Ahora necesito trazar mis planes, aunque estas cuatro paredes me asfixian.

Bajo hasta la sala y me percato de movimientos extraños. Los hombres de Siniestro se reúnen a un lado de la mansión y sonríen por alguna hazaña de la que se burlan. Hablan en griego, idioma que nunca pude dominar. Se mueven entre las áreas de tortura, con caras de placer retorcido.

Los sigo sin que me noten. Necesito saber todo lo que ha cambiado de esta casa. En el pasado, solo quería llegar viva a mis noventa días. Hoy, mi prioridad es entender cómo funcionan.

Hago memoria de todo lo que sabía, además de la nueva información de los documentos que tenía Bristol en su poder.

Siniestro es el líder de la mafia griega. Bajo él está su mano derecha. En tercer lugar los kefalis, jefes de las tierras que invade. Y, casi al mismo nivel, la fuerza criminal que los respalda.

Pero no solo estaban los Red Men. Aquellos papeles también nombraban a otros hombres: sus espías.

Debe ser cierto. Sería descabellado pensar que la fuerza de Siniestro solo recae en diez hombres. Hay otras caras que aún no conozco. Incluyendo a sus nuevos escoltas de la mafia, que son los que cuidan esta casa.

—¿Se le perdió algo, señora? —Un tipo de cara cortada me sorprende.

Mi cuerpo se agarrota. Alzo el mentón y desvía su mirada.

—¿No puedo pasear por mi propia casa?

—No es un lugar adecuado para la señora. —Trae cabezas humanas cortadas en una red de pesca—. Como comprenderá, los túneles que dan a las carceletas son sucios para una dama.

Su tono irónico calienta mi hígado.

—Conozco muy bien estos lares. —Me acerco—. También los pozos donde guardan cocodrilos y suelen echar la basura humana que a los amos se les antoja.

Deja de sonreír.

—Aprende a cerrar el hocico en mi presencia. Puedo hacer lo que se me venga en gana en mi casa, incluso pedir tu cabeza. No me vuelvas a dirigir la palabra.

Regreso, sin mucho humor, por delante. Cuando veo el jardín, exhalo con fuerza. Debo ser más cautelosa. Esta gente no es tonta y, aunque sea libre, me tienen en la mira.

Mi respiración se normaliza al admirar el horizonte mientras el sol alumbra mi rostro. Ya no hay girasoles en los huertos, sino lirios que le dan un bello color a la casa. Caminar descalza siempre fue uno de mis placeres favoritos, pero cambio de idea cuando escucho una voz conocida.

—¡Mi señora! —Kyria grita al verme entrar en la cocina.

Fue mi único soporte emocional verdadero cuando estuve cautiva. La abrazo tan fuerte que no siento mis músculos.

—Estoy feliz de verte. Qué bueno que sigues aquí.

—Todo es gracias a usted, mi señora.

—¿A mí?

—El señor pensó que yo era la única persona a la que querría ver en este lugar cuando regresara. Todo cambió cuando usted se fue. La casa se quedó... rara —musita.

—¿Rara?

—Silenciosa. —Mira hacia los costados para ver si hay alguien cerca. Luego murmura—: El amo desapareció durante meses.

—Seguro tuvo mucho trabajo.

—¿Trabajo? Algunos dicen que se encerró en una de sus islas, otros cuentan que volvió del infierno. Torturó a no sé cuántas personas. Su humor empeoró terriblemente.

Algo pesa en mi garganta.

—Tal vez le desagradaron sus nuevas skýlas.

Kyria se ríe.

—Esas duraron poco. —Vuelve a mirar hacia la puerta—. Las desapareció cuando usted se fue. Yuri y las otras están muertas. Mi señora, tiene que saber tantas cosas...

El sonido de unos pasos acercándose la callan y regresa al lavadero cuando uno de los hombres de Siniestro aparece por la puerta.

—Solicitan a la cocinera en los comedores —acentúa—. Hace rato tenías que estar ahí.

—Sí, señor, ahora voy. Disculpe.

Kyria se va, sobresaltada. Aquel hombre solo me mira. Cuando lo enfrento, baja la cabeza.

—Que tenga una buena mañana, señora Van Loren.

Lo observo alejarse.

Algo no encaja.

Rich

El cigarro se consume entre mis dedos. No recuerdo cuándo fue el último que encendí. Mis ojos siguen clavados en la lluvia del otro lado del vidrio, sin tener noticias de Alaska.

Su imagen vuelve a mi cabeza. Y en todas… está con él.

Aprieto el puño con fuerza. Tuve que huir de Estados Unidos a Portugal porque, si no, terminaría muerto. Fui un idiota. Nunca se me pasó por la cabeza que el jefe de la mafia americana podría ser otro Bastardo salvaje.

Ahora estoy acorralado en mi propia tumba. Usé casi todo mi dinero para salir vivo de América. El efectivo restante cabe en el bolsillo interior de mi chaqueta. Si me encuentra, no tendré esperanzas.

—¿Qué es lo que sabes? —digo, al ver una sombra.

—Que juegas con un fuego que nunca se apaga, muchacho.

Un hombre alto vacila.

—Te pago para que me ayudes, no para que me juzgues. —Le lanzo mis últimos fajos de billetes—. Háblame de ella.

—Está en la mansión Van Loren. Mis contactos me informaron que hubo un revuelo en el puerto. Ya sabes, puede viajar solo sin ningún apuro, pero con su mujer es más cuidadoso.

—¡No digas que es su mujer! ¡Porque no lo es!

El tipo se ríe, contando los billetes.

—Como quieras. Ya te liberé de las garras gringas que te seguían.

Estoy seguro de que el jefe de la mafia americana no te mató porque le divierte ver encabronado a su hermano.

Te perciben como una lacra insignificante, pero en cualquier momento tu suerte cambiará.

Siniestro sigue buscándote. Lo mejor es que te largues a Asia.

—No, no puedo dejar sola a Alaska. Quiero tu ayuda. Fuiste ex peleador de las pandillas, estuviste al servicio de Siniestro.

—Nunca estuve a su servicio, él llegó para imponer su voluntad a la fuerza —remarca—. No confíes en nadie, todos podrían traicionarte por dinero.

—¿Incluso tú?

El tipo cambia de expresión.

—Ningún millón cubre la dignidad que nos quitan.

Me lanza las llaves de un auto, un arma y un sobre con pasaportes falsos. Tiene razón; nunca tendré aliados confiables, a menos que carguen el mismo odio por Siniestro.

Soy consciente de que no tengo su poder, tampoco su dinero, pero no puedo irme mientras Alaska esté dentro de esa casa. Porque si llega el momento... si las cosas se salen de control... Ella sabrá cómo encontrarme.