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NO TE ENAMORES
Alaska
Se me contrae el estómago. Sus ojos de color miel parecen proyectar una extraña sensación de tristeza. Tiene la voz suave, sumisa, e intenta no mirarme. No obstante, su curiosidad la delata. Lo suficiente para entender que sabe quién soy.
Finjo que no pasa nada. En un pasado, habría dado lo que fuera por conocer a la mujer que desató la guerra entre Leonardo Bristol y Siniestro. Ahora ya no me importa.
—Debo retirarme.
Detalla mi atuendo. Mi garganta se aprieta de solo imaginar que Markos tiene a su propia amante siendo la sirvienta de su “esposa”.
Cuando se va, suelto un suspiro largo. ¿Qué pretende con esto? ¿Demostrarme quién manda? No me gustan las sorpresas.
El color de mis ojos parece encenderse frente al espejo. Inhalo lento y me llevo una mano a la frente, sin querer actuar por impulso.
«Piensa con la cabeza fría».
Va a enfrentarme, pretende que reaccione desde la cólera para mostrarle mis debilidades. Y aunque esté a punto de incendiar esta maldita casa, no puedo hacerlo. Voy a convertirme en la mejor de sus contrincantes.
Me tomo un tiempo para calmarme y luego camino hacia la puerta. Cuando salgo, no hay guardias de seguridad esperándome. El pasillo está despejado. Nadie controla, tampoco me vigila. Se siente extraño, debido a todos los recuerdos que tengo de esta casa.
Bajo por las escaleras. Al llegar al primer piso, se respira un ambiente distinto al que recordaba. Los hombres que cuidan la mansión no parecen escoltas, sino asesinos. Algunos llevan tatuajes hasta la mandíbula, otros tienen cicatrices de viejas torturas.
Nadie habla, solo observan. Tampoco se parecen a los Red Men.
—¿Dónde está Markos? —pregunto.
El que se me acerca tiene sangre en las manos y un cuchillo que cuida.
—En su área privada, señora.
Doy la vuelta y me encamino hacia uno de los salones. Al entrar, sus ojos permanecen en la chimenea con un vaso de whisky entre sus dedos. Levanta la mirada y no parece sorprendido con mi visita. Se da el tiempo de observarme, incluso de beber con calma.
—Estaba esperándote.
El calor sube por mis mejillas. Sabe lo que hizo, también cómo juega. Espera que le reclame por Marcela. Pero no le demuestro más emoción que una falsa sonrisa.
—William, el mayordomo de tu padre, está a salvo. Mis hombres entraron a matar. Logramos expulsar a la gente de Smirnov.
—Quiero señales de vida. No eres la persona más confiable.
Señala un móvil en la mesa.
—Llámalo. Este teléfono es para ti. Tiene conexión satelital, en clave.
Puedes hacerlo cuantas veces quieras. Ahora estoy a cargo de las tierras belgas, pero seguirán siendo tuyas.
Como sabes, son una importante conexión de transporte para las drogas de Europa.
Pienso invertir en negocios. También he decidido salvaguardar tu imagen como modelo.
Río.
—Muy condescendiente de tu parte —respondo, con ironía—. Dejar que me eleve para luego disfrutar mi caída con un espectáculo. ¿Qué es lo que realmente buscabas? ¿Echarme en cara que sin ti no puedo lograr nada?
—Level Gold fue tu propio mérito. La compré meses después de que ellos te hicieran la oferta.
—Para que luego la hicieras pedazos.
—No fui yo quien empezó esta guerra, Alaska. Ibas a revelar nombres, estaban a punto de matarte.
—Y llegaste tú, como la única solución a mis problemas. Qué gran oportunidad para regresarme a tu lado. —Sonrío—. Lo malo para ti es que ahora no es tan fácil desaparecerme. La prensa preguntará. Soy una mujer mediática.
—Que tiene una vida en ruinas.
Curva sus labios, volviendo a su bebida. No es tonto, supo jugar bien sus fichas. Entiende que mi imagen está por los suelos y mi clan, atado a sus intereses. Pero yo también sé dar golpes bajos.
Cruzo la pierna, sus ojos siguen mi movimiento. No llevo ropa interior y lo nota. Permanece quieto mientras me relajo en el sofá.
—Quiero saber cuándo empezaremos con el ataque hacia Smirnov y Briana.
—Que los hayamos echado de las tierras belgas es una primera coartada.
Vuelvo a moverme, esta vez dejando mi pierna junto a la otra.
—Eres consciente de que vienes a la guerra.
—También tengo armas.
De un tirón, me pasa encima de la mesa. Mi boca termina bordeando la suya.
—¿Viste qué fácil es provocarte, Markos Van Loren?
Ahogo un grito cuando sus labios capturan los míos. Intento no sentir nada, pero besarlo es mi mayor incoherencia. Mi boca reacciona sin siquiera procesarlo. Hacerlo consciente no funciona.
—Mis ojos jamás se despegaron de ti, angliká.
Caigo encima de sus caderas y luego me gira.
Me pone de espaldas a él y muerde mi hombro mientras me roza.
Mis nalgas bordean su sexo, sus manos acomodan mis piernas para que lo sienta.
Entreabre el cierre de su pantalón y su erección se desborda bajo la tela de su bóxer.
Ahogo un gemido cuando desliza el elástico. Mi humedad empapa el largo de su polla.
Freno.
—Sé lo que intentas hacer. No vas a ganar, Alaska —sisea.
—Eso lo veremos.
Un ruido suena. Alguien abre la puerta con implementos de limpieza en la mano.
Es Marcela.
Nos mira con la cara pálida, pero a Markos no le importa. Hunde su miembro en mí mientras ella solo se congela.