Salvaje (Destrucción nº 2) 8
18%

8

HERIDAS

Alaska

Nueva York. Aeropuerto privado

Horas después

La lluvia se estampa contra los vidrios de la sala en un aeropuerto privado a las afueras de la ciudad. Mantengo la mirada en la bandeja de comida que me ofrecen; una lasaña de verduras que todavía humea en la mesa. El empleado permanece frente a mí con la cabeza gacha. No se ha movido en una hora.

—Ti symvaínei? —Alguien le habla.

—No quiere comer —contesta.

Otro hombre se acerca y su rostro me resulta familiar. Es el chófer que me movilizaba en Nueva York, un miembro de la «seguridad» que Level Gold contrató para mí. Tras él, aparecen sus cómplices; perros de Siniestro que fingieron protegerme para tenerlo informado. Contengo el aire en mi garganta.

—Señora Van Loren —me saluda—. ¿No es de su agrado la comida? Podemos traerle otra cosa.

—Solo quiero que se larguen.

Los pasos se alejan hasta desaparecer. Recorro la sala de un lado a otro. Fuera ha empezado a llover. Pronto será hora de irnos.

—Aneváste to tóra.

Los escoltas intercambian miradas antes de acelerar el paso. Francotiradores peinan la azotea, otros me cubren con sus cuerpos mientras me acompañan al avión.

Soy la única mujer entre ellos. Paso de largo entre los hombres con tatuajes que me guían. Segundos después, agachan la cabeza. Es porque ha llegado Siniestro. Se sienta frente a mí y solo nos separa una mesa.

—No has comido en todo el día.

—Mi dieta es especial, amo —acentúo la última palabra—. Más proteínas y porciones controladas de carbohidratos.

Levanta la mano.

—Que le traigan carne con patatas a mi mujer —ordena, en voz alta.

—Te acabo de decir que…

—O lo tragas, o te la meto en la boca. Tú decides.

Tensa sus cejas. Minutos después, traen comida caliente. Ni siquiera recuerdo la última vez que comí. El estómago me ruge de hambre y, resignada, como lo que puedo mientras se dedica a mirar su móvil.

Cuando termino, pasan a recoger los platos, pero deslizo el cuchillo sobre mis piernas.

—Voy al baño.

—Yo no haría tal tontería.

—¿Qué?

Tira de mí hacia él.

—Te gusta el peligro. En especial, con los cuchillos que guardas.

—Ya ves, cualquier día podría clavártelo en la garganta.

Sus dedos fuerzan un punto en mi muñeca y el dolor me obliga a aflojar la mano. Forcejeamos. En el movimiento, la punta del cuchillo alcanza su piel. Una línea de sangre mancha su camisa.

Sus ojos se incendian. Tira de mi brazo hasta el baño. Apenas cabemos los dos cuando cierra la puerta.

La subida del avión me sucumbe contra la pared y me agarro de donde sea. Su corte no es grave, es solo un raspón, pero toma un pedazo de algodón y me obliga a curarlo.

A regañadientes, subo mis dedos hasta su herida. Me desinfecto las manos, lo limpio y me es inevitable no ver cómo una gran gota de sangre baja. El aire parece acortarse en mi garganta.

—Con la boca.

Parpadeo, confusa.

—¿Qué?

—Lame.

Su musculatura choca contra mis labios. Hay un bulto en su pantalón que… crece. Me quedo inmóvil y sube mi mentón con una mirada inexpresiva. Su pulgar acaricia mi boca y, sin soltarme, su mano baja hasta el borde de su cremallera.

La sensación de ardor envuelve mis mejillas. Contengo el aliento al ver el cierre. Lo baja, solo un poco. Y luego pone más algodón en mi boca.

—Limpia.

Hunde sus dedos en mis cabellos, orillándome a quitar el exceso de sangre. Las comisuras de mis labios sienten su temperatura cuando lo rozo. Está caliente. Su piel bronceada aún parece haber sido labrada por algún dios del Olimpo.

Guía mis movimientos con una lentitud angustiante. Cuando termina, me quedo quieta. Levanto la mirada y sus ojos azules se oscurecen. Presiona su sexo contra mi cuello, se siente como una gran bestia que asfixia mi garganta.

Las puntas del cierre se desprenden y mi boca saliva. Imagino lo que quiere. Anticipo desde ya la sensación de tenerlo dentro de mi boca. Mi lengua rozando su dureza, el sabor…

Para.

—No lo mereces.

Mi rostro arde al verlo alejarse. Tiro la puerta cuando me quedo a solas.

Exhalo, sin dejar de presionar mis manos en el lavado. Mi cuerpo está caliente, mis pezones duelen por lo duros que se pusieron.

—No descuides el foco —me digo a mí misma, frente al espejo.

Después de un tiempo, me acomodo la ropa y salgo hacia el pasillo. No quiero tener que hablar con él, finjo dormir, pero no logro más que dormitar en mi asiento.

—Señor.

Uno de sus hombres lo llama. Aunque hablan bajito, logro escucharlos.

—¿Qué pasa?

—Vengo a informarle sobre Rich.

Hay una pausa. Mis músculos se ponen rígidos. Markos no contesta, tampoco puedo ver lo que hace porque tengo los ojos cerrados. Solo escucho pasos de diferentes personas que se alejan.

—¡Por favor!

Un disparo.

Maldito psicópata.

Algo me aprieta el pecho. El eco sigue vibrando dentro de mí. Había olvidado la forma tan cavernícola que tiene para solucionar las cosas. Y Rich… aún está en mi cabeza. Sin dinero ni apoyo no debería llegar lejos, pero confío en que encontrará la manera de esconderse.

Las horas avanzan y el silencio sigue instalado entre nosotros. Cuando vuelvo a abrir los ojos, uno de los escoltas se acerca con una bolsa de ropa nueva y una caja pequeña.

—El amo quiere que se lo ponga.

Es el anillo de matrimonio. Un diamante gris oscuro que refleja destellos contra mis dedos. Tan raro como costoso.

Lo arranqué de mi dedo antes de marcharme. Me detengo un segundo para mirarlo y luego me lo pongo. Antes lo habría sentido como una condena, hoy pesa diferente.

Me recuerda por qué estoy aquí y hacia dónde debo mirar ahora.

El resto del viaje se convierte en una sucesión de motores, escalas y silencios. Cuando llegamos a la isla, soy la primera en bajar del avión.

—Bienvenidos.

Un hombre nos recibe. Es alto, delgado y al menos sonríe. Es el único al que Markos le dirige la palabra. Intuyo que es su nueva mano derecha.

—Mi nombre es Sky, señora. Estoy a su orden.

Asiento.

La mansión aparece frente a mis ojos y el aire parece atascarse en mi garganta. El mármol blanco, la escalera, las columnas, incluso el perfume de lavanda que usan para limpiar, todo sigue ahí.

Durante un segundo, vuelvo a verme cruzando este lugar entre lágrimas, arrastrada por escoltas, convencida de que mi vida acababa de terminar. Ahora todo es diferente.

—La señora Van Loren está de vuelta —anuncian.

Hay más de treinta hombres que me esperan. Algunos con trenzas largas, otros sin cabello. Todos de negro, con armas, y en completo silencio, agachan la cabeza mientras cruzo el umbral del palacio.

La mansión parece haber sido remodelada por dentro. Es más lujosa de lo que recordaba. El techo alto la hace ver más imperial. También hay una nueva piscina cerca.

El personal de servicio doméstico se acerca. Toda la gente que está aquí es desconocida para mí, menos la señora Kyria, quien sonríe con lágrimas en los ojos cuando me mira.

—Señor —un tipo lo llama—, perissótera provlímata.

Ignoro lo que dicen. Solo entiendo la seña que le hace para que no me dejen sola.

—Por aquí, mi señora.

Camino en silencio por los largos pasillos del segundo piso. El sonido de mis pasos rebota contra las paredes.

¿Lo habrán llamado por Rich? ¿Y si lo encontraron?

Aprieto la mandíbula. No puedo ser tan negativa.

—Su habitación está aquí. Adelante.

Cruzo el umbral y mis ojos recorren la habitación por instinto. Tardo un segundo en reconocerla. El océano sigue del otro lado de la ventana y las cortinas blancas se mueven con el viento, aunque los muebles ya no son los mismos.

—Si necesita algo, solo llámeme.

La puerta se cierra y el silencio cae de golpe. Recorro las esquinas del lugar con la mirada; no parece haber cámaras escondidas, aunque no debo confiarme.

Me detengo en seco cuando noto algo más; el vestidor en un área escondida. Entro despacio. La luz cae sobre hileras de vestidos, tacones y vitrinas de cristal. Todo lo que hay dentro es hermoso: desde ropa de diseñador hasta las joyas.

Los diamantes destellan ante mis ojos. También hay perlas, piedras oscuras y piezas que parecen recién salidas de una subasta privada. El mundo de las pasarelas me hizo apreciar las marcas de lujo. Pero esto está al nivel de las colecciones que se exhiben en museos. Son piezas inéditas.

El maquillaje ocupa una esquina completa. Mis dedos se detienen sobre una paleta y algo se tensa bajo mis costillas. Es la misma marca que uso. El mismo tono de labial, el mismo perfume. Él sabe todo de mi vida, o al menos eso es lo que piensa.

El cansancio por el cambio de horario empieza a pasarme factura. Tomo una pijama corta de satén. Me quito los zapatos y los sostengo antes de guardarlos. Aprieto los dedos alrededor de los tacones. La historia no volverá a repetirse, ahora sé qué es lo que busco.

Entro al baño para cambiarme. Me deshago de la ropa y luego me pongo la pijama. Cuando vuelvo a moverme, un escalofrío me recorre la espalda. Hay una sombra tras de mí, alguien está mirándome.

—Disculpe, señora.

No había notado a la mucama. Está agachada, limpiando el piso. Viste de uniforme negro y cuando se levanta me baja la cara.

—Ya terminé el aseo —prosigue.

Sus hombros se encogen cuando doy un paso. No me sorprendería que piense que, si me incomoda, podrían matarla. Intenta irse, pero resbala por el suelo mojado. Su minúsculo cuerpo es incapaz de evitar el golpe. Quiero ayudarla y se aleja.

—¿Estás bien?

Algo me carcome al ver su nuca roja. Los cabellos tapan su rostro. Intenta respirar hondo. Conozco la sensación de asfixia. Trato de sostenerla para darle calma.

—¿Cómo te llamas?

Levanto su mentón y el aire desaparece de mis pulmones. Las quemaduras deforman parte de su rostro. Esos ojos... los conozco.

Mi sonrisa se borra.

—Marcela. —Me mira—. Mi nombre es Marcela. Y soy su nueva sirvienta.