7
SUYA
Siniestro
Las mentes débiles huyen, las inteligentes solo esperan el momento correcto.
Un líder no amenaza; ejecuta. Las presas corren creyendo que escaparon de su control, pero nadie que haya sido marcado por el amo de la mafia griega se aleja de su vista.
Aprieto los dedos en su cráneo mientras devoro su boca.
Sus labios ceden ante mi roce; son alimento para mi hambre, una maldita adicción que revienta en mi cabeza.
Me abro paso entre sus dientes hasta llegar a su lengua.
Es suave, rebelde, y su sabor aún me fascina. Vibra cuando nuestras puntas se rozan.
—Hijo de puta.
Me muerde, pero cuando vuelvo a sus labios, no se aleja. Nuestras bocas encajan tan bien que besarnos es una jodida agonía.
—Ni lo pienses. —Atrapo su muñeca—. Yo te voy a clavar otra cosa, señora Van Loren.
Aprieto los músculos de su muñeca y suelta la daga con la que pensaba herirme. Llevo su mano hasta el cierre de mi pantalón. Estoy duro y se lo hago saber mientras la rozo. Contiene la respiración cuando mis dedos la tocan. Se deslizan lento hasta llegar a sus muslos mientras sus ojos se nublan.
—¿Echaste de menos a tu marido, angliká?
Mis yemas acarician su braga. Juego con el elástico y uno queda atrapado dentro.
Entreabre los labios, aún con su boca sobre la mía. Mi dedo separa sus pliegues y recorre su extensión hasta llegar a su abertura. Su sexo está caliente, húmedo, listo para su marido. Muerdo su labio y luego la empujo hacia la cama.
Sus ojos brillan al ver cómo me quito la correa. Dejo caer el último tiro del cierre y mi pantalón se desploma hasta mis tobillos. Traga saliva al ver mi polla erecta. Está hinchada por todo lo que carga.
La sobo de abajo arriba al sentirla caliente.
Mis piernas rozan las suyas, retrocede con los codos y caigo encima de ella.
—Púdrete.
—Púdreme.
Capturo su cuello y su cuerpo se eriza. Su olor me fascina; arrastro mi nariz por su piel hasta llegar a sus pechos. Sus pezones duros se transparentan en la tela. Deslizo el vestido con mi lengua y, al descubrirlos, salivo su textura.
Rasgo la areola con mis dientes, dejando que su anchura entre en mi boca. Succiono sus pechos tanto como se me antoja mientras me impregno de su sabor. Sus tetas son perfectas; no me canso de mamarlas, apretarlas, dejar la marca de mis dientes en sus bordes.
Pero mi cuerpo pide más de ella. Tengo sed… una que quiero probar ahora. Entreabro sus piernas y deslizo mi mano hasta su vagina.
—Maldito infeliz —sisea.
—Dímelo gimiendo —ordeno.
Estoy acostumbrado a recibir, no a dar. Los hombres como yo se reservan ese derecho porque ninguna mujer es digna. Pero esta es la excepción.
Hundo mi cabeza entre sus piernas. Arrastro la punta de mi lengua por sus pliegues y, en un impulso, arquea su espalda. Su clítoris quema cuando mis labios lo rozan. Punteo su centro. Rápido. De abajo arriba. Los jugos que tira son miel para mi boca.
Arruga las sábanas cuando aumento el ritmo. Sabe bien, todo en ella es perfecto.
Introduzco dos dedos en su canal, aún con mi lengua en su clítoris, bombeando dentro y fuera.
—Para —gime—. Markos…
Es la única persona que se ha atrevido a llamarme por mi nombre.
Contrae los músculos, queriendo evitar que note su reacción. Pero es obvio que está tan húmeda como necesitada de mi polla.
—Pensabas en mí. —Vuelvo a su boca—. Cuando te tocabas, pensabas en mí.
Llevo sus manos hasta mi pene.
—Siéntelo… —Lo acaricio—. Mira cómo me la pones.
Con ambas palmas, lo atrapa. No afloja el agarre mientras me sobo. Sus ojos se oscurecen cuando follo sus manos, sus uñas acarician mis venas hinchadas. Saboreo sus labios mientras me acerco a su entrada. La humedad que desprende baña mi pene. Introduzco solo la punta.
—Con…dón.
—No —siseo—. Quiero llenarte de mí toda la noche.
La penetro hasta su tope y grita con fuerza.
Aguanta, como la chica valiente que siempre ha sido. Sus paredes se tensan al recibirme. Se siente apretada, demasiado estrecha.
—Mírame.
Empujo.
—He querido romperte. —Vuelvo a empujar—. Montarte como me gusta.
Mi polla resbala rico dentro de ella.
Me muevo rápido, sus tetas saltan por mis movimientos bruscos, sus piernas abiertas bailan en mi cintura y sus manos intentan aferrarse a mi espalda.
Nos balanceamos a un solo ritmo. Pero mi mente se nubla.
—¿Lo besabas mientras pensabas en mí?
Las imágenes de ese miserable vuelven a mi cabeza.
—¿Quieres saber si fue mejor que tú?
Sonríe. Y luego chilla.
Mi mano se cierra alrededor de su garganta. Hago presión y sus labios se abren cuando inclino la botella de mi trago. El bourbon se derrama hasta casi ahogarla.
—Esa maldita boca… —Succiono el trago de su boca—. Me vuelve loco.
No dejo de moverme.
La pongo en cuatro y mis manos sujetan su nuca. Entonces empujo con fuerza.
Una. Otra. Y otra vez.
El sonido hace explotar mi cabeza. Mis testículos latigan su piel, grita, pero no freno. La embisto más fuerte cuando se queja. Pierdo la noción del tiempo con sus gemidos. El placer me embarga. Se contrae con mi pene dentro y solo dejo escapar un gruñido cuando sus paredes me aprietan.
Estalla. Y luego me corro.
Una corriente eléctrica me recorre la columna. Mi descarga la llena y se derrama por su entrepierna. Hunde la cabeza en la almohada, quejándose de dolor. Tiene el coño empapado de mi semen, la piel roja por mis embestidas. Pero no me he saciado como quiero.
La alzo en mis caderas.
—¿Qué haces?
—Volver a romperte, Alaska.
Se quita la careta de mojigata cuando me besa.
La Alaska del pasado se habría largado a llorar; la de ahora, no niega que le gusta el sexo rudo.
Cogemos de formas infinitas toda la noche. Sin descanso. Hasta que su cuerpo dice basta. Cuando llega el amanecer, duerme acurrucada entre las sábanas.
Todavía habla dormida. Ha murmurado más de cien estupideces sin sentido entre sueños. Aun así, no me molesta.
Llevo una hora sentado frente a la ventana, con un puro en mi boca, y mis ojos no se han apartado de ella.
Ha cambiado en su físico; sus hombros tienen más fuerza, sus piernas están más marcadas. Los informes decían que entrenaba por exigencias de la industria, pero las horas que pasa encerrada en salas de boxeo apuntan a otra cosa: rabia contenida.
Conozco el sentimiento. También cada paso que dio desde que llegó a Nueva York. Los lugares que frecuentaba, las caras que veía, incluso los que se acercaron a ella.
Pero no es eso lo que llama mi atención.
Es su mirada.
Fría. Directa. Sin una pizca de ingenuidad ni ternura.
—Quiero noticias —contesto, cuando el móvil vibra.
—No encontramos a Rich, señor. Hemos hecho lo posible, pero el infeliz supo borrar sus huellas.
Mis dedos se aprietan en torno al teléfono.
—El cojo no puede ir muy lejos.
—Al parecer, tenía un plan organizado. Hay gente que lo ayuda. —Observo la ciudad a través de la ventana.
—Encuéntralo o pagarás con tu vida.
Cuelgo.
Las ratas se creen invencibles cuando aprenden a esconderse, pero un depredador no discute; las deja correr hasta que se hunden en su propia mierda. Al final, caerán de la peor manera. Disfrutaré con su muerte lenta. Solo es cuestión de tiempo.
El sol termina de abrirse paso entre los edificios a medida que avanza el día. Me doy una ducha rápida y, cuando vuelvo, Alaska ya está despierta. La sábana rodea su cuerpo mientras busca su ropa. No me mira, solo camina hacia la puerta.
—Abre.
Sus hombros se tensan apenas.
—Ya tuviste tu polvo y yo el mío. Estuvo bien para una noche. Ahora toma tu maldito avión y lárgate de mi vida.
Río.
—¿De verdad crees que incendié media ciudad para una noche?
Gira.
—Creo haberte dejado en claro que no me interesas.
Mantiene la espalda recta, la barbilla elevada. No grita.
—Se notó anoche. Un poco apretada, pero me encargaré de volverte a amoldar a mis gustos.
—Maldito enfermo.
—Boquita sucia.
—¿Qué es lo que quieres?
Esa es la pregunta correcta.
Alaska
Su mirada acelera algo dentro de mí. Mi respiración falla, un golpe cala bajo mis costillas, pero me mantengo inmóvil.
No ha cambiado demasiado desde la última vez que lo vi. Son los mismos ojos azules, la misma presencia que parece ocupar todo a su alrededor, incluso cuando no habla.
Odio recordar esto de él. La capacidad de hacer arder todo lo que toca. Pero, a diferencia del pasado, ahora conozco a mi oponente. Sabe jugar, se alimenta del dolor de las personas, también de sus miedos. Mantengo la cabeza fría.
—Cumplí con el trato, acabaron los noventa días.
—Siéntate.
—No tengo tiempo para hablar. Me esperan en casa.
Algo se endurece en su mandíbula.
—Me encargaré de las ratas. No te preocupes.
Río.
—Puedo hacer lo que quiera con mi vida. Prometiste darme libertad.
—Pero nunca el divorcio.
—¿Bajo qué excusa? Ya no hay venganza, tampoco sientes nada por mí... ni yo por ti. No tienes motivos para estar aquí ahora.
Me observa, sin decir una palabra. Aprieto la sábana contra mi cuerpo y mi piel arde. Los recuerdos del desastre que dejó anoche regresan, aunque esta vez ya no hay culpa. Me acosté con él porque quise. Lo disfruté, pero el placer no borra nada.
—Siéntate. Ahora.
Algo cae a mis pies. Fotografías cubiertas de sangre, imágenes de cuerpos descuartizados. Reconozco los tatuajes de dragón, incluso antes de inclinarme. Levanto la vista.
La televisión sigue encendida; muestra incendios, edificios derrumbándose, caos por todas partes. Aparece un mapa donde puntos rojos avanzan. Son… las tierras de mi padre. Están siendo atacadas. Dentro está Will, que corre por su vida.
—Isci za im.
Es la voz de Smirnov. La sangre arde en mis venas.
—¡Llamen a la señorita Wells! —Will grita. Unos hombres armados disparan y lo escucho llamarme, desesperado—. ¡Señorita Wells!
—¡Will!
Intento correr, pero una mano rodea mi muñeca.
—Es inútil. No podrás hacer nada ahora.
—¡No puedo dejarlo solo!
—Mis hombres ya están en camino. Lo resguardarán y se desharán de esos miserables.
Me suelto, sin saber a qué juega. Markos Van Loren no mueve un dedo sin que le convenga.
—¿Hiciste todo esto para molestarme?
—Tienes enemigos tras de ti. Robaste dinero, te hiciste cargo de tu clan. ¿Pensaste que ibas a quitártelos de encima solo por huir? No estarías viva si no te hubiera cuidado la espalda.
—¿Qué?
—Tuve que blindarte. Incluso en América.
Niego con la cabeza.
Miente.
—No es cierto. No puedes entrar aquí. El líder de la mafia americana…
—Es mi hermano, un Bastardo Salvaje. Estas son las tierras que domina. Estuviste segura aquí por su protección, pero se acabó. Smirnov ha llegado lejos, ahora es parte del nuevo círculo. Juró tu cabeza ante la mafia y nombró a esa puta, Briana Roman, como su esposa.
Un golpe de calor me atraviesa. Retrocedo y algo quema mi cuerpo.
La imagen de una mujer con injerto de pelo brilla en la pantalla. Le hacen un reportaje en un canal ucraniano, presentándola como la modelo juvenil revelación del momento.
Hundo mis uñas en mis manos al verla. Lleva mi mismo corte de cabello, junto al collar Cartier que usé en mi última pasarela. Incluso mi mismo estilo de ropa.
Está loca.
—Sé que la has buscado por mucho tiempo, pero esa perra supo a quién arrimarse. Mi guerra contra Smirnov no ha terminado. Ahora tenemos los mismos enemigos. Tienes un clan, pero no podrás enfrentarlos sola.
—¿Qué es lo que quieres decir?
—Únete a mí.
Parpadeo. El aire se queda atrapado en mi garganta.
—¿A cambio de qué?
—Las tierras de tu padre. —Su boca queda a centímetros de la mía—. Y tú.
Un escalofrío me recorre la espalda.
—Regresarás a mi vida, ya no como una rehén, sino como mi aliada —continúa—. Te daré la cabeza de Briana, si trabajas conmigo contra Smirnov.
—¿Y si digo que no?
—No hay un no en mi lógica, angliká.
Mantiene los ojos fijos en mí, el calor me sube rápido a las mejillas.
Los gritos de Will vibran en mis tímpanos. Sus súplicas desgarran mi alma y la sonrisa de Briana no sale de mi cabeza.
Suelto el aire por la nariz y un sabor amargo raspa mi lengua. Me detengo, solo un segundo… La rabia recorre mi ser, infesta cada parte de mi sistema.
Podría escupirle. Decir que no. Pelear… pero no funcionaría. Los hombres como él nacieron convencidos de que pueden aplastar todo lo que tocan. Conocen su poder, también cómo cerrar una salida.
Pero yo sé algo más: ya nada me derrumba.
Mi estómago duele cuando lo aprieto. Mis manos arden por cómo entierro mis uñas en mis palmas. Levanto mi barbilla. Inhalo profundo, sin quitarle la vista. Quiero que sepa que lo odio.
Hay decisiones que se sienten como una muerte. Esta es una de ellas.
—Pido ser yo quien la mate.
Mis palabras salen con fuerza. Y esta vez es él quien se queda quieto, mirándome.
—Bien.
Retrocedo cuando se acerca.
—Esta unión no afectará a mi carrera. Viviré en la mansión, pero saldré cuando quiera porque seguiré modelando. No voy a dejar de lado todo lo que me costó lograr hasta ahora.
—Irás acompañada de mis hombres. Smirnov va a seguir cada uno de tus pasos.
Asiento.
—La alianza acaba cuando mueran. Y con respecto a las skýlas… No las quiero —le advierto y sonrío—. Si las tomas, tengo derecho a pedir un harén de hombres para mi placer.
La cara le cambia.
—Voy a follarte a la primera provocación…
—No, Markos. Cuando yo quiera, como quiera. Ya no soy tu rehén.
—Sigues siendo mi esposa —recalca.
—Y tú mi mayor enemigo.
Su mirada gélida contrae mis músculos. Pero no me muevo. Se gira para irse. La puerta se cierra y entonces… cierro el puño. No por miedo. Por control. Porque sé exactamente en qué me estoy metiendo.
Y aun así, ganaré la guerra.